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Nacionalismo, liberalismo
y capitalismo
por el
profesor Luiz Carlos Bresser-Pereira
"The
Economist" (17 de julio) publicó un editorial sobre
Egipto y Arabia Saudita (dos países dictatoriales
aliados a los EE.UU. en el Oriente Medio)
manifestando la esperanza de que se democraticen en
el futuro.
Lo sorprendente, entre
tanto, es que en el mismo número la revista haga una
reseña simpática del libro de Stephen Kinzer,
ex-periodista del "New York Times", que, después de
hacer el análisis de las revoluciones nacionalistas
y capitalistas en curso en estos países desde los
años 1920, defiende la alianza de los Estados Unidos
con Turquía e Irán.
Tal vez esta actitud de
la gran revista liberal sea una señal de los tiempos
que corren. Refleje la desmoralización de la
ideología "globalista" que caracterizó los 30 años
Neoliberales del Capitalismo (1979-2008) - una
ideología que condenaba el nacionalismo de los
países en desarrollo mientras que los países ricos
practicaban – sin ninguna vacilación - su propio
nacionalismo.
Históricamente,
liberalismo y nacionalismo económico siempre
estuvieron en desacuerdo, pero son ideologías
complementarias. Fue a través del nacionalismo que
los Estados-nación se formaron, y fue a través de
este proceso que sus fronteras fueron ampliadas y
que se constituyeron mercados internos amplios y
seguros, viabilizando la industrialización.
En otras palabras, fue
a través de la combinación de nacionalismo y
liberalismo que los Estados-nación como Gran
Bretaña, Francia y los Estados Unidos realizaron sus
revoluciones capitalistas.
Sólo fue posible al
globalismo criticar al nacionalismo económico
(olvidando cuan diferente es del horrible
nacionalismo étnico) porque el nacionalismo de los
países ricos no estaba amenazado: nadie en estos
países duda que el papel de su gobierno es defender
el trabajo, el conocimiento y el capital nacionales.
Sin duda, sería mejor
un mundo sin nacionalismos, pero ese sería un mundo
encantado. En realidad, la sociedad mundial está hoy
organizada en familias, organizaciones y
Estados-nación.
Se espera que cada
individuo, primero, se solidarice con su familia,
con las organizaciones de las cuales participa, y
con su país, para, después, buscar intereses comunes
y defender la cooperación entre todos. El globalismo
enseña (y las elites dependientes creen en ello) que
los países ricos están listos para cooperar; no
perciben que lo que realmente los mueve son sus
intereses nacionales.
Cuando países como
Arabia Saudita y Egipto se tornan subordinados a los
países ricos, significa que sus elites están
alienadas, que su desarrollo económico es lento, que
la corrupción es elevada, y que la desigualdad
económica sólo aumenta.
Cuando países como Irán
utilizan la religión para fortalecer su
nacionalismo, están adoptando una vieja práctica
para alcanzar cohesión nacional y completar su
revolución capitalista - una condición esencial para
que transiten hacia democracias consolidadas.
Mientras los países
ricos no comprendan que este nacionalismo religioso
no es contra ellos, mientras sus portavoces
continúen criticando al gobierno autoritario de
Irán, mientras apoyan dictaduras que no ofrecen
ninguna perspectiva a su pueblo, como Arabia Saudita
y Egipto, estarán cambiando intereses de corto plazo
de algunas de sus empresas por su propio interés
nacional.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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