|
Nic Dunlop, el hombre que
encontró al verdugo Duch
Entrevista
La semana pasada el tribunal
internacional que juzga a los jemeres rojos dictó en
Phnom Penh su primera sentencia. El acusado era
Kaing Guek Eav, alias Duch, director de Tuol Sleng,
el centro de detención de la Kampuchea Democrática
en el que fueron torturadas y ejecutadas al menos
14.000 personas.
Probablemente Duch nunca habría sido
juzgado si el fotoperiodista de origen irlandés Nic
Dunlop, no hubiera emprendido su búsqueda con la
única ayuda de una antigua fotografía y le hubiera
localizado en 1999 en la selva del oeste del país,
donde el antiguo verdugo vivía en un campamento
con una identidad falsa.
Son dos historias, la de Duch y la de
su descubrimiento, que el propio Dunlop narraría más
tarde en su libro The Lost Executioner (publicado en
español por la editorial Océano con el título Tras
las huellas del verdugo).
En la actualidad, Dunlop vive en
Bangkok, desde dónde desarrolla su labor profesional
en el Sudeste Asiático. Con motivo de la sentencia,
hemos conversado (periodiamohumano.com) con Dunlop
sobre Duch,
el juicio y los jemeres rojos.
-
¿Por qué emprendiste la búsqueda de Duch? ¿Qué fue
exactamente lo que te motivó a hacerlo?
- Todo comenzó con la
idea de que no basta con limitarse a condenar a los
asesinos, con clamar que aquello no debió ocurrir,
lo que por supuesto es cierto, sino que es necesario
entenderlo. Uno no aprende nada condenando algo. Se
pueden condenar los actos de una o varias personas,
pero creo que es muy importante comprender cómo esas
personas llegaron a cometerlos. Ha de ser posible
extraer lecciones de ello. Yo quería entender el
punto de vista de alguien que no sólo creía en la
revolución y ocupaba un alto cargo, sino que también
participó en los peores actos de la revolución, es
decir, en los asesinatos. En los años noventa
visitaba Tuol Sleng cada vez que viajaba a Phnom
Penh como si fuera, en cierto modo, una
peregrinación. Y pensaba que si Duch estaba vivo, si
estaba dispuesto a hablar y yo podía llegar a
conversar con él, podría responder a muchas de las
preguntas que nadie había sido capaz de contestar.
Para mí no se trataba tanto de encontrar a Duch y
llevarle ante la justicia como de hallar una
explicación o algo parecido a una explicación.
- ¿Cómo fue tu primer
encuentro con Duch?
- Estaba haciendo un
trabajo en el oeste de Camboya para una organización
que se dedicaba a eliminar minas antipersona y
cuando lo acabé, decidí quedarme algunos días más
con ellos. Aquella organización trabajaba en una
zona que siempre había querido visitar, pero nunca
había tenido la oportunidad de hacerlo porque estaba
controlada por los jemeres rojos. Es un lugar
llamado Samlaut, a unas tres horas de Battambang.
Los combates habían finalizado tan sólo unos meses
antes, por lo que todavía había cierta tensión.
Viajé a la capital del distrito con algunos miembros
de aquella organización, que iban a reunirse con
soldados de los jemeres rojos para determinar qué
zonas había que desminar primero y qué tipo de
trampas explosivas, minas y bombas sin detonar había
en la zona. Mientras celebraban la reunión, di un
paseo por los alrededores para tomar algunas
fotografías y cuando estaba fotografiando a un
soldado del jemer rojo sentado en una motocicleta,
se acercó a mí un hombre pequeño que se presentó
como Hang Pin. No tuve ninguna duda de que era Duch,
el comandante de S-21. Estuvimos hablando un rato de
nimiedades. Aunque le había reconocido de inmediato,
no se lo dije y traté de disimular mi sorpresa, ya
que no sabía si seguía siendo un verdugo o no, por
lo que tenía que ser precavido. Conseguí hacerle una
fotografía para compararla con la que llevaba en el
bolsillo y mostrársela a otra gente, a otros
compañeros. Así que, tras hablar un poco más con él
y averiguar dónde vivía, regresé a Bangkok.
Volví algunas semanas
después con un amigo, el fotógrafo Stuart Isett, y
hablé de nuevo con él. No traté de desenmascararle,
pero conseguimos grabarle. Más tarde volví con el
periodista Nate Thayer y conversamos con él. Creo
recordar que fueron tres las ocasiones en que
tratamos de enfrentar a Duch con su pasado
diciéndole que creíamos que él también había
trabajado para el servicio secreto durante el
período de los jemeres rojos, pero él lo negaba. Sin
embargo, cuando vio la tarjeta de visita de Nate se
dirigió a mí y me dijo: “Nic, tengo entendido que tu
amigo ha entrevistado a Pol Pot y a Ta Mok”. Yo le
respondí que sí. Fue entonces cuando empezó a
hablar. Comenzó a hablar del papel que había
desempeñado en las matanzas, de cómo al principio
había creído en la revolución, pero hacia el final
había ido perdiendo la fe. Creía que probablemente
iría a la cárcel, pero dijo que no le importaba, que
se tenía que saber la verdad. Le mostramos
confesiones de la prisión con anotaciones suyas y
nos dijo: “Sí, ésa es mi firma, ésa es mi letra, ésa
es la letra de Son Sen, ésa es la de Nuon Chea”, y
comenzó a describir la cadena de mando. Aquella fue
la primera vez en la historia que un alto cargo de
los jemeres rojos admitía que la cúpula de los
jemeres rojos aplicaba una política de asesinatos
masivos desde 1971. No sé exactamente cuánto tiempo
duró la entrevista, pero me pareció mucho. Entonces
nos preguntó: “¿Alguien sabe que estáis aquí, que
sabéis quién soy?”. Nosotros le respondimos que sólo
lo sabíamos nosotros. Entonces nos dijo que debíamos
irnos, porque la gente se enfadaría si se enteraba.
No conseguimos discernir realmente si nos estaba
amenazando o poniendo sobre aviso. Le preguntamos si
podría garantizar nuestra seguridad en el caso de
que regresáramos de nuevo y se mostró evasivo.
Pensamos que había llegado el momento de marcharnos.
Después de aquello
desapareció durante varios días. Volví a Bangkok.
Escribí la historia y envié las fotografías. Después
de que se divulgara la noticia, hubo rumores de que
lo habían asesinado, pero me enteré de que lo habían
detenido y llevado a Phnom Penh. Y eso fue todo.
- ¿Por qué crees que
comenzó a deciros la verdad sobre su identidad?
-
No lo sé, y es una pregunta que me
hago a menudo. Creo que hay varias razones posibles.
La primera es que se había convertido al
cristianismo y uno de los elementos centrales del
cristianismo es contar la verdad, la confesión. Creo
que eso tuvo algo que ver. Asimismo tengo la
impresión de que no entendía realmente las
implicaciones de lo que estaba diciendo, pero
también es probable que no creyera realmente que le
fueran a detener porque estábamos a tres horas de
Battambang, en una zona controlada por los jemeres
rojos. Se hallaba en una zona en la que pensaba que
estaba seguro, que estaría protegido. También creo
que hay que tener en cuenta que ninguno de aquellos
jemeres rojos había figurado nunca en una lista de
fugitivos. El que alguien dijera que hay que
juzgarles, y lo dijera realmente en serio, es muy
reciente. La ONU no comenzó a colaborar con el
Gobierno camboyano para juzgar a los jemeres rojos
hasta finales de los años noventa. Antes, no le
había convenido. Así que quizá se sentía seguro,
quizá pensó que podía conseguir ambas cosas al mismo
tiempo: decir la verdad y evitar la cárcel. Al fin y
al cabo, el problema de Camboya es la impunidad,
¿no?
- ¿Qué clase de
hombre crees que es Duch? ¿Qué clase de hombre
encontraste entonces y qué clase de hombre crees que
es ahora?
- Me resulta bastante
difícil decirlo con certeza porque no estuve con él
el tiempo suficiente para formarme una idea de su
personalidad. Era muy simpático, encantador,
abierto, como suele ser la gente en Camboya. No
había nada que indicase que fuera un asesino, nada
en absoluto. Más bien al contrario: era sumamente
amable y uno se sentía cómodo en su compañía. Estaba
con un individuo que había estado involucrado en el
asesinato de miles personas, pero lo que veía no era
un asesino, sino un hombre bastante corriente, un
hombre agradable, abierto y amable.
En cuanto al hombre
que he descubierto tras escribir mi libro,
investigar su vida, asistir al juicio y observarle,
es imposible despacharlo fácilmente. No se puede
decir que sea un monstruo, pero tampoco puedo decir
que me guste demasiado. Puede llegar a ser muy
arrogante, puede ser muy… displicente, sí, ésa es la
palabra, displicente. Miraba por encima del hombro a
sus víctimas. Pero también veo a alguien que parece
estar realmente afectado por lo que hizo. Ha pedido
perdón durante el juicio, ha reconocido su
responsabilidad y ha colaborado con el tribunal y en
las investigaciones.
Mi conclusión es que
no somos ni buenos ni malos. Somos buenos y malos al
mismo tiempo, y todo lo que hay entre ambos
extremos. Duch es la antítesis de lo que pensamos
que debería ser un jemer rojo. Siempre vemos a los
jemeres rojos, o a al-Qaeda, o quizá en tu país a
ETA, o en mi país de origen al IRA o al UVF, como
simples terroristas y no nos tomamos la molestia de
tratar de comprender cómo son.
Es imposible
describir fácilmente o ignorar a Duch. Y para mí eso
es un gran motivo de esperanza, porque se aleja de
la visión del mundo de George W. Bush o de la guerra
fría de los años ochenta, de esa visión del mundo
según la cual “o estás con nosotros o estás contra
nosotros”, en la que el mundo es blanco o negro. No
lo es: es gris. Lo más importante de Duch es que es
un ser humano, no un monstruo. Si es humano, podemos
entenderle hasta cierto punto, podemos reconocernos
en él. Y si podemos reconocernos, existe la
esperanza de que podamos aprender algo de todo esto,
de que estemos más cerca de evitar que se cometan
esta clase de crímenes de nuevo. Por eso para mí
ésta es una historia muy importante y esperanzadora
en muchos sentidos.
- ¿Crees que el
arrepentimiento que ha mostrado durante el juicio es
sincero?
-
Creo que es bastante difícil negarlo
tajantemente. Es obvio que siente algo. Es un hombre
que vivió gran parte de su vida en un mundo de
extremos, de opuestos, el mundo que acabo de
describir, un mundo similar al de George W. Bush, un
mundo en el que hay gente buena y gente mala y es
necesario matar a la gente mala. Duch supervisó a
diario la ejecución de miles y miles de personas.
Creo que todo este proceso y su estancia en prisión
han tenido que afectarle de algún modo.
- El veredicto ha
suscitado cierta polémica tanto en Camboya como en
el resto del mundo. Mucha gente cree que la condena
es demasiado leve para los crímenes que Duch
cometió. ¿Qué piensas de la sentencia?
- Me puse en contacto
con el jefe del equipo de la defensa en Phnom Penh
después del fallo y le pregunté por el veredicto. Me
respondió que si uno analiza este tipo de crímenes
en otros lugares del mundo, se da cuenta de que es
una sentencia bastante normal. Pero, por supuesto,
no importa lo que uno pueda decirles a las víctimas,
no va a suponer ninguna diferencia para ellas, esto
no va a devolver la vida a toda aquella gente.
Ninguna sentencia podría compensar el grado de
sufrimiento que Duch ha infligido a tantos seres
humanos. Para mí es imposible plantearlo como una
especie de problema matemático. ¿Cadena perpetua?
¿Pena de muerte? Eso no, desde luego. ¿45 años? ¿40
años? No cabe duda de que 35 años, o diecinueve,
parecen una condena leve. Sin embargo, cuando se
valora dentro de un contexto más amplio, no creo que
se aleje tanto de las dictadas por muchos otros
tribunales internacionales. Es muy difícil encontrar
una “fórmula matemática” para hacer justicia. Creo
que todo el mundo se iba a sentir decepcionado de
todas formas, debido a que las expectativas eran muy
altas.
- En mi opinión, el
verdadero juicio comienza ahora, porque los que
dictaron realmente las políticas genocidas de la
Kampuchea Democrática son Nuon Chea, Ieng Sary y el
resto de imputados en el segundo caso. Al fin y al
cabo, Duch no era más que un alto funcionario.
- Estoy de acuerdo.
Ésa es la razón de que se persiga a los dirigentes,
porque son ellos quienes crearon el entorno y las
condiciones que permitieron a gente como Duch hacer
lo que hizo. Ellos tienen la mayor responsabilidad,
del mismo modo que George Bush, Donald Rumsfeld y
toda esa gente son los máximos responsables de lo
que sucede en Guantánamo.
- Han transcurrido
más de treinta años desde que finalizó el genocidio.
Es mucho tiempo. ¿Cuál crees que es la importancia
de este juicio para Camboya y sus habitantes? ¿Cuál
es la percepción que tienen los camboyanos del
juicio?
- Las percepciones
son muy diversas. Al principio muy pocos camboyanos
entendían el tribunal o sabían siquiera que existía.
Ninguna de las partes, ni la ONU ni la camboyana,
elaboraron ningún plan para divulgar realmente lo
que estaba ocurriendo, por qué se había creado el
tribunal o cuáles eran sus entresijos, a una
población mayoritariamente rural. Creo que ése es el
aspecto más importante del tribunal, que sea
relevante para los camboyanos. Se supone que iba ser
una gran lección de historia, además de servir para
castigar a las personas que cometieron aquellos
horribles crímenes. Sin embargo, mucha gente con la
que hablé al principio, no sabía nada del juicio.
Pero eso ha cambiado y sigue cambiando. Debido a las
críticas al tribunal por no intentar llegar a la
gente, se redoblaron los esfuerzos en ese sentido.
Muchas organizaciones de Camboya comenzaron a tratar
de explicar el tribunal a los ciudadanos corrientes
del país y cuando el juicio estaba llegando a su
fin, se consiguió que mucha gente se interesara por
él. Al final, retransmitían las sesiones en directo
entre cuatro y siete cadenas de televisión, lo cual
es extraordinario. Una cadena de televisión afirma
que sus programas sobre el juicio llegaron a
alcanzar una asombrosa audiencia de 2,5 millones de
espectadores.
Esa situación de
desconocimiento cambió y creo que el significado de
ese cambio es que a los camboyanos todavía les
importa lo que ocurrió y creen que es necesario
juzgar a los jemeres rojos, que deben rendir
cuentas, y lo consideran importante debido a su
experiencia de la inexistencia de un estado de
derecho. Creo que, cuanto menos, es indudable que se
ha abierto un tema del que ahora la gente puede
hablar. Las nuevas generaciones están haciendo
preguntas a las anteriores y creo que eso es muy
bueno, porque es el principio de un debate sobre
“qué ocurrió”, “quiénes somos”, “cómo podemos
organizar las cosas para que no vuelva a ocurrir
algo parecido”, etcétera. A menudo pienso que en
este momento es difícil saber cuál es la importancia
del tribunal, porque puede que sus efectos no se
aprecien durante algún tiempo e incluso puede tener
unas repercusiones que no fuimos capaces de prever.
Pero creo que la ONU y el tribunal aún deben hacer
un esfuerzo mayor para explicar lo que está
ocurriendo a la gente corriente para que ésta pueda
entenderlo.
- Hay cierta polémica
en torno al número de personas que debe juzgar el
tribunal. La acusación internacional quiere procesar
a seis personas más, a lo que se opone la fiscal
camboyana. Por su parte, el primer ministro de
Camboya, Hun Sen, ha declarado que no está dispuesto
a permitir que se juzgue a más antiguos jemeres
rojos. ¿Qué opinas de este asunto?
- Sí, creo que es un
problema. Y es un problema que prácticamente pone en
tela de juicio la credibilidad del tribunal. Pero
también hay que tener en cuenta la situación de
Camboya y el primer ministro ha declarado que no
habrá más acusaciones. El hecho de que el primer
ministro diga eso demuestra que hay injerencia
política y que la fiscalía no es independiente, o al
menos no tanto como debiera. Pero creo que sí, que
es un auténtico problema y que debería haber más
acusados, pero no sé cómo se podría lograr, ya que
el tribunal no tiene autoridad para hacerlo.
- ¿Cuál crees que es
la verdadera razón para que Hun Sen se oponga a que
el tribunal juzgue a más personas de las previstas?
-
Creo que una de las principales
razones es China, que fue el principal patrocinador
de los jemeres rojos. Si se juzga a más personas, se
corre el riesgo de que revelen información
embarazosa para China durante el juicio. Y en la
actualidad China es uno de los mayores inversores en
Camboya. Ése es uno de los factores más importantes.
Otro factor es la
cultura de lealtad y protección que existe en
Camboya. Si eres leal a un líder en concreto, éste
debe cuidar de ti. Es una especie de tradición muy
antigua aunque, por supuesto, no es un fenómeno
exclusivo de Camboya. Tengo entendido que en su
momento se hicieron tratos con algunos dirigentes de
los jemeres rojos cuando desertaron al bando del
Gobierno, que se les ofrecieron cargos en el Estado
y en el ejército y cosas así.
Creo que otro factor
es que existe un resentimiento enorme hacia la
comunidad internacional y especialmente hacia la
ONU, a la que no le había interesado hasta ahora
llevar a los jemeres rojos a los tribunales. Pero
durante los años ochenta Hun Sen estuvo pidiendo
constantemente que se les juzgara e hicimos oídos
sordos a sus peticiones. Y la ONU olvida muy a
menudo, de una forma bastante oportuna, su turbia
historia. Únicamente se está juzgando a los jemeres
rojos, pero hubo mucha gente y muchos países que
desempeñaron un papel en la destrucción de Camboya,
no sólo los jemeres rojos. Después de que su régimen
fuera derrocado, la comunidad internacional les
proporcionó suministros y armas y siguió apoyándoles
mientras continuaba la guerra civil en Camboya.
Hay numerosos
factores que explican la injerencia de Hun Sen en el
tribunal y creo que ese resentimiento es uno de
ellos. Siempre vemos las cosas desde nuestra
perspectiva, pero muy pocas veces lo hacemos desde
la perspectiva política de los camboyanos. No estoy
diciendo que Hun Sen tenga razón, lo que estoy
diciendo es que hay un punto de vista al que
probablemente no le hemos prestado toda la atención
que debiéramos. Mira, mi propio país (bueno, yo soy
medio irlandés y medio inglés), mi propio país, Gran
Bretaña envió a sus fuerzas especiales, el SAS, a
ayudar y a entrenar a los jemeres rojos. Ahora
estamos juzgando a los jemeres rojos porque hemos
decidido que es lo que hay que hacer y tratamos de
arrogarnos una superioridad moral que no tenemos.
Creo que todo ello
(China, el apoyo de la ONU y la comunidad
internacional a los jemeres rojos durante los años
ochenta, la cultura de protección, de favores, etc.)
influye en la forma de pensar de Hun Sen. Pero he de
aclarar que no sé cuáles son realmente sus razones y
sólo estoy especulando.
Creo que los medios
de comunicación no son justos ni imparciales en este
aspecto. Siempre se critica a Hun Sen sin censurar
con la misma contundencia a la comunidad
internacional, e incluso se le acusa de haber sido
un jemer rojo sin mencionar que desertó y combatió
contra éstos.
Hay un doble rasero.
A mí no me gusta Hun Sen, pero es un producto de la
situación camboyana. Se ha tratado de averiguar si
estuvo involucrado personalmente en las atrocidades,
pero nadie ha conseguido encontrar ninguna prueba.
No estoy diciendo que sea un buen tipo, pero hay una
gran diferencia entre eso y echarle en cara que
fuera un jemer rojo. Ése es un término cargado de
implicaciones y al mismo tiempo vacío de contenido,
porque había muchísima gente que pertenecía a los
jemeres rojos, no sólo asesinos, también gente que
creía que era necesario que Camboya mejorase. Por
ejemplo, nunca se habla del príncipe Sihanouk, nunca
se menciona que fue jefe de Estado con los jemeres
rojos.
- ¿Qué crees que
puede ocurrir en el próximo juicio, el caso 002?
- El tribunal no lo
tiene fácil. Creo que necesita desesperadamente a
Duch, ya que puede ayudar a explicar cómo se
transmitían las órdenes en el régimen, tanto las de
los asesinatos como las de otros asuntos. Ningún
otro acusado ha admitido su culpabilidad y todos
ellos siguen sosteniendo que hacían lo correcto para
su país y que los responsables de los asesinatos son
otros. En el caso de Duch, había documentación
abundante, fotografías y una gran cantidad de
pruebas, además de testigos. En este caso el enorme
hermetismo de los jemeres rojos, sobre todo en los
rangos más elevados y en el Comité Central, va a
poner las cosas muy difíciles a la fiscalía para
plantear una buena acusación. Además, son ancianos y
están enfermos, y cuanto más se prolongue el juicio,
menos capacitados estarán para afrontarlo. Para
ellos, los asesinatos y cualquiera de las políticas
de los jemeres rojos en general eran algo bastante
abstracto. No es fácil vincularlos a lo que ocurrió.
Por ejemplo, cabría la posibilidad de que Khieu
Samphan supiera muy poco de lo que estaba
sucediendo. No creo que ése sea el caso, pero
probablemente pueda sostenerlo y defenderlo bastante
bien en el juicio. Creo que va a ser muy interesante
ver qué sucede a continuación.
- Cómo enfocas tu
trabajo, cuál crees que es la función del
fotoperiodismo.
- Para mí el
fotoperiodismo consiste en llevarte hasta una gran
historia. Lo que yo hago acompaña a un texto, a
palabras, y debe llevarte a las palabras y a la
historia, ayudarte a conectar emocionalmente con el
tema. Para mí las palabras son tan importantes como
las fotografías, o más. Las fotografías captan la
atención de una forma inmediata, suscitan emociones
y, con suerte, despiertan la curiosidad de quien las
mira. Entonces querrá saber más, querrá leer el
artículo, el libro, o lo que sea. Harán que el
lector se sumerja en una historia de la que podrá
aprender algo.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|