El mundo del trabajo en América
Latina: entre la flexibilización
y la inseguridad laboral
por el politólogo Carlos Wladimir Gómez Cárdenas*

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El panorama  Latinoamericano de las últimas dos  décadas  evidencia  la  profundización de problemáticas sociales irresueltas. El accionar de los Estados nacionales frente a viejas  y nuevas  problemáticas  sociales  se  ha  visto  en  la  tarea  de  reorganizarse.  Las  reformas  del Estado implementadas desde entonces, han buscado afinar su capacidad de respuesta desde múltiples ángulos de cara a la complejidad social

en la cual vivimos

 

Este proceso de reestructuración no es una dinámica univoca ni mucho menos lineal. Parte del  supuesto  de  la  inoperancia  de  las  viejas  estructuras  estatales  burocratizadas  y  trae consigo  no   sólo  el  rediseño  estructural  de  la  organización   estatal,   sino  también  la desatención por parte del Estado de actividades que otrora le significaban gran importancia, lo que ha derivado en la emergencia de nuevos actores, muchos de ellos de naturaleza no estatal, en la provisión de bienes y servicios públicos.

 

El cambio de paradigma global y la nueva fase de acumulación del capitalismo han influido directamente sobre los procesos de transformación en los diferentes países. Particularmente en nuestra América Latina, el mundo del trabajo y las diferentes relaciones laborales se han visto  influenciadas  por  estos  movimientos  globales.  A  través  de  cambios  normativos, cambios económicos, cambios en las empresas, y cambios en la composición de la mano de obra, el mundo del trabajo y las relaciones laborales se ha transformado gracias a presiones externas a la región.

 

En  este  panorama  de  cambios  a  escala  planetaria,  es  de  suma  importancia  analizar  el fenómeno de la flexibilización laboral con inseguridad laboral o desprotección social que se viene presentando en nuestra América latina. Dicho fenómeno se relaciona con las reformas de los sistemas de políticas sociales, en especial con las reformas laborales adelantadas en toda la región durante las últimas dos décadas.

 

Bajo este contexto, la presente ponencia pretende analizará de manera general los procesos de  cambio  introducidos  por  las  reformas  laborales  en  América  Latina,  cuyo  resultado resulta atractivo para demostrar la tesis de la flexi-inseguridad; es decir una alta flexibilidad del mercado laboral con una también alta inseguridad laboral y desprotección social fruto de dichas reformas introducidas desde la década de los años 90’.

 

América Latina: dos décadas de reformas

y un panorama de flexibilidad e inseguridad laboral.

América Latina vivió durante las últimas dos décadas una serie de reformas estructurales de los sistemas de políticas sociales. En términos de Sonia Fleury (2000) América Latina tuvo una gran transformación en la trama social y de la estructura política institucional. A partir de  los  años  1970,  cambió  el  viejo  patrón  de  relación  entre  estado  y sociedad.  La  región experimentó  un  enorme  cambio  de  estructura,  en  donde  los  actores  tradicionales  que apoyaban  ese  patrón  social  iban  perdiendo  poder,  mientras  emergían  nuevos  actores (proveedores            privados,            compañías     de            seguros,            gobiernos            locales,            organizaciones comunitarias, agencias multinacionales, etc.) que presionaban para transformar los sistemas de protección social.

 

Estas  reformas  estructurales  produjeron  el  surgimiento  de  un  nuevo  estilo  de  desarrollo económico, basado en el rol primordial de la inversión privada y las exportaciones, en la expansión del consumo privado y en un papel limitado del Estado. En muchos países de la región, los ajustes a la crisis financiera condujeron a una distribución regresiva del ingreso y  a  una  fuerte  caída  de  los  salarios,  dando  lugar  a  una  desigualdad  creciente  y  a  aún mayores índices de pobreza y miseria. (Fleury, 2000)

 

Dentro  de  este  marco  de  reformas  estructurales  se  inscribe  de  manera  particular  las reformas laborales implementadas  a partir de la  década de los años 90’  en toda América Latina cuyo principal objetivo fue la flexibilización de la estructura laboral.

 

Según María Victoria Cárdenas (2007) cuando se habla de flexibilización se hace referencia a  la  adecuación  del  conjunto  de  elementos  (jornadas,  contratos,  salarios,  despidos,  entre otros) del mercado laboral, a las condiciones externas, de manera que se logre una mayor competitividad y generación de empleos en dicho escenario de trabajo globalizado.

 

Buena parte de los países de la región, afirma Cárdenas (tabla 1), desde la década de los noventa vienen realizando modificaciones en su normativa de trabajo. Estas modificaciones emergieron  justificadas  por  la  necesidad  de  generar  empleo  o  por  la  importancia  de eliminar rigideces existentes en la legislación y en las instituciones de trabajo que parecían impedir a las empresas adecuarse a la actividad económica en el marco de los procesos de apertura existentes.

 

En términos generales, las reformas introdujeron cambios relacionados con la disminución de  costos  laborales,  flexibilización  a  la  contratación,  disminución  de  los  pagos  por indemnización  de  despido,  mayor  flexibilidad  en  horas  de  laborales,  eliminación  de obligación  a  las  empresas  a  reincorporar  a  un  trabajador  con  diez  años  de  servicio  que hubiese sido despedido injustificadamente, entre otras.

 

Toda esta serie de cambios introducidos en las diferentes legislaciones latinoamericanas, no han respondido a las particulares situaciones de contexto de cada uno de los países, sino por el contrario han sido impulsados mecánicamente a través de modelos únicos a imitar. De allí que se puedan sintetizar todos ellos en unas pocas líneas.

 

Mesa  Lago  (2004)  afirma  en  este  sentido  que  los  países  han  ajustado  la  reforma  a  sus condiciones financieras, económicas, sociales, políticas y de seguridad social. Sin embargo, algunos han copiado mecánicamente un supuesto modelo universal que no puede funcionar debido a la falta de elementos esenciales. Los países que aún no han acometido una reforma deberían  estudiar  cuidadosamente  la  experiencia  de  las  reformas  estructurales,  antes  de decidir si hacer una reforma estructural o paramétrica y, si se deciden por la primera, antes de  escoger  un  modelo  general  y  adaptarlo  a  sus  condiciones.

 

La  diferencia  entre  las reformas  estructurales  y  paramétricas  obedecen  fundamentalmente  a  que  las  primeras cambian totalmente la lógica del sistema, mientras que las segundas cambian sólo algunos parámetros del mismo.

 

Debido  a  dicha  mecanicidad  de  las  reformas  descrita  por  Mesa  Lago  (2004)  no  han producido los mejores resultados en materia de seguridad laboral y protección social de los trabajadores. María Luz Vega Ruíz en un estudio evaluativo de las reformas laborales en América Latina en el año 2005 afirmaba que   las reformas en materia laboral han estado concentradas  en  moderar  los  costos  de  despido  y  facilitar  la  contratación  temporal  de trabajadores.

 

En ausencia de sistemas universales de protección social en la mayoría de los países  de  la  región,  las  normas  que  tradicionalmente  han  regido  la  actividad  laboral  se expidieron con el ánimo de asegurar la estabilidad laboral y proteger al trabajador frente a los riesgos propios del desempleo, la enfermedad y la vejez, entre otros. Sin embargo, estos objetivos  no  siempre  se  han  cumplido,  debido  a  que  estas  restricciones  han  reducido  la generación de empleo y propiciado la informalización.

 

Esta   situación   de   incumplimiento   de   objetivos   por   parte   de   las   reformas   laborales implementadas  en  nuestra  región  durante  las  últimas  dos  décadas  ha  suscitado  el  más intenso  debate  entre  las  medidas  a  seguir  en  materia  laboral.  Por  un  lado  emerge  la necesidad de flexibilizar aún más los mercados con el ánimo de hacerlos más competitivos.

 

Por  otro  lado  también   surge  la  imperiosa  necesidad  de  proteger  socialmente  a  los trabajadores de la inseguridad laboral. América Latina no ha estado exenta de este debate entre  protección  y  flexibilidad.  Toda  una  serie  de  reformas  han  estado  orientadas  tanto hacia  la  modificación  de  los  derechos  reconocidos  tradicionalmente  en  la  legislación  del trabajo, como hacia la reducción de los costos laborales, en aras una mayor competitividad y de la creación de empleos (Vega Ruiz, 2005).

 

Aportando a este debate aparece Victor Tokman (2009) con el ya referenciado concepto de Flexiguridad.

 

Este autor afirma que tras la necesidad de mejorar la capacidad de competir en mercados abiertos se requiere de relaciones laborales flexibles. Las mismas conllevan a la difusión de inestabilidad y significan pérdidas de protección. Sin embargo la experiencia países  desarrollados  presentada  en  su  artículo,  permitió  conciliar  ambos  objetivos  bajo estrategias de flexiguridad constituyéndose como un importante antecedente para analizar de cara a la capacidad de los países de la región para incorporarlas.

 

Tokman  (2009)  presenta  los  países  del  Norte  de  Europa  (Dinamarca,  Bélgica,  Holanda, Finlandia  e  Irlanda)  asociados  con  la  estrategia  exitosa  de  flexiguridad.  El  éxito  se configura con la combinación de una legislación laboral que proporciona baja seguridad en el  empleo  con  un  gasto  público  en  políticas  de  mercado  de  trabajo  que  asegura  alta protección y apoya una reinserción rápida.

 

En América Latina este mismo autor identifico cuatro grupos de países de acuerdo al grado de exigencia de su legislación laboral  y a la importancia de los recursos públicos que se destinan  a  la  protección.

 

En  un  extremo,  se  ubican  los  países  con  legislaciones  laborales menos  exigentes  pero  acompañadas  por  un  gasto  en  protección  laboral  alto  y  donde  los ciudadanos registran las percepciones de mayor seguridad en la región. Se incluyen en este grupo, Uruguay, Chile, Argentina y Costa Rica. Al otro extremo se ubican México, Panamá y  los  países   Andinos   con  legislaciones  laborales  estrictas  que  aseguran  una  mayor estabilidad  en  el  empleo  mediante  altos  costos  de  despido,  pero  que  destinan  escasos recursos a la protección. El resultado es una alta percepción de inseguridad.

 

Situaciones  intermedias   se  encuentran  en   Brasil   y  Venezuela,  países   que  combinan legislaciones  laborales  estrictas  con  alta  protección.  Como  resultado  predomina  una  alta percepción de seguridad. Sin embargo, dicha percepción es menor que la registrada en los países del Cono Sur y Costa Rica.

 

Como             situación        límite,            Tokman          ubica a          los             países            centroamericanos, República Dominicana  y  Bolivia,  con  legislaciones  laborales  menos  estrictas,  pero  superiores  a  las existentes  en  el  Cono  Sur  y  con  menor  gasto  en  protección.  El  resultado  es  una  alta percepción  de  inseguridad,  pero  inferior  a  la  registrada  en  los  países  Andinos,  México  y Panamá.

 

Más allá de su clasificación Tokman reconoce la heterogeneidad laboral en América Latina. Los países de América Latina muestran todavía restricciones estructurales que limitan los efectos  potenciales  de  las  políticas  tendientes  a  la  flexiguridad.  La  existencia  de  una economía informal significativa, requiere de una estrategia de inclusión económica y social.

 

La       misma             se             manifiesta    como obstáculo       al alcance      de       las      políticas usualmente recomendadas pero se fundamenta también en la necesidad de enfrentar los problemas de empleo, inestabilidad y desprotección asociados a la misma. Más aún, una estrategia que no aborde la informalidad de manera adecuada puede resultar en una expansión de la misma.

 

En parte la economía informal constituye un desequilibrio estructural; en parte es también el  resultado  de  políticas  laborales  diseñadas  para  aumentar  la  competitividad  que  se traducen en creciente inseguridad y desprotección.

 

Bajo la propuesta de Tokman (2009) la inserción en el empleo y el reconocimiento legal de la existencia de la relación laboral constituyen requisitos imprescindibles para acceder a la cobertura  de  la  seguridad  social.  Los  desempleados  en  países  como  los  latinoamericanos enfrentan generalmente una doble exclusión: por carencia de empleo y por desprotección social.  Ello  resulta  tanto  de  la  casi  inexistencia  de  seguros  de  desempleo  como  de  la insuficiencia y escasa cobertura en las pensiones no contributivas cuando existen.

 

En suma la introducción de la estrategia de la flexiguridad en los países latinoamericanos proporcionará  para  Tokman  una  orientación  útil  para  enfrentar  los  desafíos  globales  que requieren aumentar la capacidad de competir, lo que requiere flexibilidad en la producción y el trabajo y al mismo tiempo, dotar a los trabajadores de seguridad y oportunidades para acceder a empleos de mayor calidad.

 

Al margen de la propuesta normativa presentada por Tokman, la realidad de las reformas laborales en América Latina muestran un resultado bastante atractivo para demostrar no la tesis de la flexiguridad sino la tesis de flexi-inseguridad; es decir una alta flexibilidad del mercado laboral con una también alta inseguridad laboral  y desprotección social fruto de las reformas laborales introducidas desde la década de los años 90’ en toda la región.

 

Varios estudios confirman dicha tesis de la flexi-inseguridad. En términos de flexibilidad laboral, un estudio de Eduardo Lora (2001) adelantado desde el Banco Interamericano de Desarrollo, compara las reformas puestas en marcha hacia finales de los años 80 versus las reformas laborales implementadas hacia finales de los años 90’.

 

*) Carlos Wladimir Gómez Cárdenas.

Politólogo UNSAM-CONICET. carloswladimir@yahoo.com

 

Trabajo presentado en el III Congreso Uruguayo de Ciencia Política

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