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La
integración sudamericana
como espacio geopolítico*
por el profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira*
El
proceso de integración entre Brasil y Argentina,
iniciado en 1985-1987 por parte de los presidentes
Raúl Alfonsín (1983-1989) y José Sarney (1985-1990),
no apuntaba apenas a la formación de una simple
unión aduanera. Tenía también un objetivo político y
estratégico. La perspectiva era la de que Argentina
y Brasil constituyesen un polo de gravitación en
América del Sur, núcleo de un futuro mercado común,
fundamento para la formación de un Estado
supranacional, algo similar a la Unión Europea. Este
aspecto fue, de cierto modo, eclipsado por el
Tratado de Asunción, que los gobiernos de Fernando
Collor de Mello (1990-1992) y Carlos Menem
(1989-/1999), celebraron el 26 de marzo de 1991,
instituyendo el Mercosur, marcado, entre tanto, por
el vicio libre-cambista y neoliberal, dominante, en
aquel momento, en Brasil y en Argentina.
El proceso de
integración entre estos dos países, que sería
gradual (10 años), sectorial (bienes de capital) y
administrado, sufrió una seria distorsión, en el
sentido de un “regionalismo abierto”, como ensayo
hacia la implantación del área de libre comercio de
las Américas, pretendida por los Estados Unidos. La
incorporación de Paraguay y de Uruguay, en virtud de
sus características económicas e intereses
diferentes de Brasil y de Argentina, determinó la
apertura de innumerables y enormes brechas en la
unión aduanera, cuyo plazo para su formación fue
reducido de diez a cinco años.
Entre tanto, dentro
de las condiciones existentes, el embajador Celso
Amorim, como canciller del gobierno del presidente
Itamar Franco (1992-1995), desarrolló y amplió la
Iniciativa Amazónica, lanzada por Brasil en 1992, y
ensanchó el proceso de integración a las repúblicas
del Pacífico, tejiendo una serie de acuerdos con los
Estados de la Comunidad Andina de Naciones (CAN),
como forma de crear en diez años el Área de Libre
Comercio de América del Sur (ALCSA). Esta
perspectiva de integración regional no se limitó a
los aspectos comerciales. Existió acuerdo sobre la
necesidad de promover la Integración de la
Infraestructura Regional de América del Sur (IIRSA),
a fin de modernizar las relaciones y potenciar la
proximidad sudamericana, rompiendo los obstáculos
fronterizos y formando un espacio ampliado, a través
de obras y articulaciones en las áreas de
transportes, energía y comunicaciones.
Durante el primer
mandato del presidente Fernando Henrique Cardoso
(1995-1999 y 1999-2003), que sucedió al presidente
Itamar Franco, no se habló más del ALCSA, sin
embargo los acuerdos de libre comercio con otros
países de la región continuaron siendo negociados.
El proyecto, en realidad, no había sido abandonado.
Y el presidente Fernando Henrique Cardoso, en el año
2000, convocó a una reunión de cúpula de los jefes
de Estado de América del Sur, realizada en Brasilia,
durante los días 31 de agosto y 1° de septiembre. El
objetivo fue discutir la integración regional del
espacio económico de América del Sur, básicamente
las interconexiones energéticas y vial, con
financiamiento del BID y de la CAF (Corporación
Andina de Fomento), mediante el entendimiento entre
“el Mercosur ampliado y la Comunidad Andina (CAN),[i]
con el acercamiento creciente de la Guayana y de
Surinam”. De acuerdo a lo que destacó el presidente
Fernando Henrique Cardoso, “un acuerdo de libre
comercio entre el Mercosur y la Comunidad Andina
será la espina dorsal de América del Sur como
espacio económico ampliado. Debe, por lo tanto, ser
visto como un objetivo político prioritario”.
[ii]
En efecto, la Cúpula
de Brasilia apuntó no sólo a la integración física,
económica y comercial de América del Sur. Había un
objetivo de integración geopolítica, que se
evidenció, sobre todo, en el hecho de no haber sido
invitado México para participar del encuentro. Ante
el resentimiento manifestado por el presidente
Ernesto Zedillo
Ponce de León, el presidente Fernando Henrique
Cardoso alegó que México no había sido invitado
porque el plan de interconexiones, una constante de
la agenda de la Cúpula, no podría llegar a América
del Norte. La verdad, sin embargo, es que él estaba
retomando el concepto geopolítico, i. e., el
concepto de América del Sur, animado por el
canciller Celso Amorim, en el gobierno del
presidente Itamar Franco, a fin de pautar la
política exterior de Brasil. Y el presidente
Fernando Henrique Cardoso dejó entrever el carácter
político de la Cúpula de Brasilia, al decir que era
“el momento de reafirmación de la identidad misma de
América del Sur como región donde la democracia y la
paz abren la perspectiva de una integración cada vez
más intensa entre países que conviven en un mismo
espacio de vecindad”.[iii]
La afirmación de una
“identidad propia”, diferenciada de América del
Norte, preocupó a Washington.
[iv]
Y el presidente Fernando Henrique Cardoso explicitó
aún más el objetivo político prioritario, y
estratégico, de la integración de América del Sur,
como espacio económico, al declarar, en 2001, que el
“Mercosur es más que un mercado para Brasil, un
destino”, mientras que el Área de Libre Comercio de
las Américas (ALCA), propuesta por los Estados
Unidos, era “una opción”, a la cual podría adherir o
no.
[v]
Esta declaración tuvo sus repercusiones y Henry
Kissinger, en su obra Does America Need a Foreign
Policy?,
[vi]
observó que el Mercosur tendía a presentar la misma
tendencia de la Unión Europea, que buscaba definir
una identidad política europea, no sólo diferente de
los Estados Unidos, sino en manifiesta oposición a
los Estados Unidos.
[vii]
Según afirmó, “especialmente en Brasil, hay líderes
atraídos por la perspectiva de una América Latina
políticamente unificada confrontando con los Estados
Unidos y el NAFTA”
[viii],
el
North American Free Trade Agreement, que había
entrado en vigor el 1° de enero de 1994, creando el
área de libre comercio entre los Estados Unidos,
Canadá y México.
En su percepción, mientras el ALCA era concebida
como una simple área de libre comercio, el Mercosur
configuraba una unión aduanera, allende fronteras,
que tendría, por su naturaleza, aranceles más
elevados para el mundo (arancel externo común) que
entre los Estados asociados, y pretendía evolucionar
hacia un mercado común”. Y eso no le convenía
porque, probablemente, “afirmaría la identidad
latinoamericana (sic) como separada y, de ser
necesario, opuesta a los Estados Unidos y al NAFTA.
“(...)
Todo eso ha
creado un potencial debate entre Brasil y los
Estados Unidos sobre el futuro del Cono Sur” –
reconoció Kissinger[ix].
La perspectiva no
era, entre tanto, la integración de América Latina,
sino la integración de América del Sur, región
geográficamente definida, con características
específicas, que la distinguían en el escenario
internacional y que sus peculiaridades y la
contigüidad geográficas creaban una agenda común de
desafíos y oportunidades, tal como fuera reconocida
por los presidentes, en un Comunicado Conjunto de la
Cúpula de Brasilia. Y, en la Segunda Reunión de
Presidentes de América del Sur, realizada en
Guayaquil (Ecuador), entre el 26 y el 27 de julio de
2002, fue aprobado el “Consenso de Guayaquil sobre
Integración, Seguridad e Infraestructura para el
Desarrollo”, manifestando el propósito de construir
“un futuro de convivencia fecunda y pacífica, de
permanente cooperación” y declarando “a América del
Sur como Zona de Paz y Cooperación”.
América Latina o
América del Sur
Al circunscribir el
proceso de integración a América del Sur, Brasil
rescató un concepto esencialmente geopolítico, en
virtud de las características económicas, políticas
y culturales, que la diferencian de América del
Norte. Ya en década de 1820, George Hegel, en las
clases sobre la filosofía de la historia mundial,
resaltó el contraste entre América del Sur, donde
predominaba el catolicismo, y América del Norte, una
tierra de sectas, protestante, donde el comercio
constituía el principal principio, un principio muy
simple, aunque no fuese tan firme como en
Inglaterra.[x]
Y, apuntando a América como la tierra del futuro,
previo una “contienda entre la del Norte y la
América del Sur, en la cual debería manifestarse la
importancia de la Historia Universal”.
[xi]
No explicitó qué tipo de contienda. Sin embargo, se
refirió a México como un país aparte, tanto de
América del Norte, representada por los Estados
Unidos, y América del Sur, que comprendía a Brasil y
los países de lengua española. También el escritor
francés
Michel Chevalier, en la
introducción al
libro Lettres sur l'Amérique du Nord[xii],
publicado en 1837, hizo
una observación similar a la de Hegel, al comparar a
América del Sur con la Europa meridional, católica y
latina, y la América del Norte, donde predominaba
una población protestante y anglosajona.
Todo indica que el concepto de
América Latina, integrando a México y demás países
de América Central, fue usado por primera vez por el
intelectual y
político chileno
Francisco Bilbao Barquín (1823-1865), en una
conferencia pronunciada en París el 24 de junio de
1856.
Algunos meses después, el 2 de septiembre del mismo
año, el escritor y diplomático colombiano José María
Torres Caicedo (1830-1889), en un poema titulado “Las
dos Américas”, se refirió a la “raza de
América latina, al frente tiene la sajona raza,
enemiga mortal que ya amenaza, su libertad destruir
y su pendón”,
y agregó que “América del Sur está llamada a
defender la libertad genuina, la nueva idea, la
moral divina, la santa ley de amor y caridad”,
pues “el mundo yace entre tinieblas hondas:— en
Europa domina el despotismo, de América en el Norte,
el egoísmo, sed de oro e hipócrita piedad”.
Posteriormente, en 1861, Torres Caicedo lanzó las “Bases
para la formación de una Liga Latinoamericana”.
Y, en el mismo año, en un artículo publicado por la
Revue des Races Latines, L. M. Tisserand
denominó como l’Amérique Latine lo que hasta
entonces se conocía, en Europa, como Nouveau
Monde o Amérique du Sud o républiques
hispanoaméricaines. El
abate Emmanuel Domenech (1825-1903),
autor de Journal d'un Missionnaire au Texas et au
Mexique 1846-1852, consolidó el concepto de
América Latina, como “le Mexique, l'Amérique
Centrale et l'Amérique du Sud”.
El concepto de
América Latina, desarrollado para demostrar las
diferencias, contrastes e incluso antagonismos con
América del Norte, tal como Chevalier y Tisserand
expresaron y difundieron, pasó a integrar el
pan-latinismo, ideal que revestía las pretensiones
imperialistas de Francia, bajo el reinado de Luis
Bonaparte (Napoleón III) y fue manipulado para
legitimar la intervención de Francia en México
(enero 1862 – marzo 1867), donde había sido
entronado el archiduque Ferdinand Maximilian,
hermano del emperador de Austria. El propósito de
Napoleón III era construir un Imperio Latino, en
oposición a Gran Bretaña, y necesitaba establecer un
eslabón de identidad con Iberoamérica de tal forma
de legitimar su pretensión. Pero ahí el concepto de
América Latina, integrando el pan-latinismo según lo
divulgado por Chevalier, entonces consejero de
Estado de Napoleón III, y Tisserand, ya se
distanciaba de la formulación de Torres Caicedo,
que le había dado un carácter defensivo frente a la
expansión de los Estados Unidos, y de Francisco
Bilbao, en cuya obra La América en Peligro,
de 1862, no solamente denunció el despotismo europeo
y su política de expansión sino que proclamó la
necesidad de defender a México contra Francia.
En aquel momento,
William H Seward, secretario de Estado del
presidente Abraham Lincoln, invitó a Brasil para
intervenir en México, junto con los Estados Unidos.
Pero, aunque el emperador D. Pedro II no aprobase,
personalmente, la iniciativa de Napoleón III,[xiii]
su gobierno no aceptó la invitación, alegando que no
tenía mayor interés en el asunto.
[xiv]
Esta actitud del gobierno de D. Pedro II se debió al
hecho de que Brasil consideraba a México fuera de su
esfera de preocupación y nunca aspiró a tener
ninguna interferencia en los países de aquella
región, considerada como perteneciente a la órbita
de influencia de los Estados Unidos. De hecho, en
el curso del siglo XIX, Brasil se abstuvo de
cualquier tipo de ingerencia en América del Norte,
Central y el Caribe, al mismo tiempo en que
resguardaba a América del Sur como su esfera de
influencia. Dentro de América del Sur, sin embargo,
el interés fundamental de Brasil, desde los tiempos
de la colonización, se centró, particularmente, en
los países de la Cuenca del Plata – Argentina,
Uruguay, Paraguay y, de cierto modo, Bolivia, y lo
que amplificó aún más la importancia geopolítica de
la región, primero para Portugal, durante la
colonización, y para Brasil, fue el hecho de que el
abastecimiento de Mato Grosso, Goiás y parte de S.
Paulo dependía, casi en su totalidad, de la
navegación fluvial.[xv]
El bloqueo de la libre navegación a través de los
ríos de la Cuenca del Plata configuraba casus
belli para el gobierno imperial.
Con las repúblicas
del Pacífico, separadas por selvas y por la
cordillera de los Andes, las relaciones de Brasil
nunca adquirieron mayor peso y densidad, hasta la
primera mitad del siglo XX. El interés primordial de
Brasil consistió en buscar una solución para las
cuestiones de límites y de navegación fluvial, a
través del Amazonas,[xvi]
y de ahí las misiones de Duarte da Ponte Ribeiro
(1851), Miguel Maria Lisboa (1853), João da Costa
Rego Monteiro, Felipe Lopes Neto, Joaquim Maria
Nascentes de Azambuja (1866-1867)[xvii],
enviadas a las repúblicas del Pacífico (Perú,
Ecuador, Colombia y Venezuela). La doctrina del
uti possidetis sirvió de base para la
demarcación de las fronteras, con la supremacía de
la idea de la nacionalidad, que confirió a la
política brasileña coherencia, racionalidad y
continuidad como resaltaron Amado Luiz Cervo y
Clodoaldo Bueno[xviii].
Y lo que Brasil trató de asegurar fue su soberanía
sobre la Amazonia, antes de abrir el río a la
navegación internacional, y evitar que las
repúblicas del Pacífico fuesen inducidas por los
Estados Unidos a atacarlo por el norte, aprovechando
su intervención en la guerra contra Paraguay
(1864-1870).[xix]
Pauta de la política
exterior de Brasil
El concepto de
América del Sur y no el concepto de América Latina,
muy genérico, y sin consistencia con sus reales
intereses económicos, políticos y geopolíticos, fue
el que siempre pautó, objetivamente, la política
exterior de Brasil, cuyos intereses, desde el siglo
XIX hasta la mitad del siglo XX, se concentraron,
sobre todo, en la región del Plata, o sea,
Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, que
conformaban su vecindario y con los cuales había
fronteras vivas comunes, i. e, fronteras habitadas.
José Maria da Silva Paranhos, barón de Río Branco,
cuando ocupó el cargo de ministro de Relaciones
Exteriores (1903-1912), buscó consolidar las
fronteras de Brasil, con todos sus vecinos, y su
política exterior estuvo pautada por directrices
similares a las de la época de la monarquía
(1822-1889), al considerar al continente como una
suerte de condominio, en el que Brasil ejercería
libremente su influencia sobre América del Sur,
mientras que las Américas del Norte y Central, así
como el Caribe, tendrían a los Estados Unidos como
polo de gravitación. Cuando Panamá se separó de
Colombia, con el apoyo de los Estados Unidos (1903),
Río Branco, no obstante lamentar el acontecimiento,
no protestó. Solamente reconoció a la nueva
república de acuerdo con Argentina y Chile, como
forma de mantener la unidad de los tres países, con
los cuales pretendía establecer un acuerdo
diplomático, conocido como ABC (Argentina, Brasil y
Chile).
Pero, en 1908,
reaccionó enérgicamente porque los Estados Unidos
estaban favoreciendo a Perú en el litigio sobre los
territorios de Purus y Juruá,
afirmando el “nuestro derecho (brasileño) de actuar
políticamente en esta parte sin tener que pedir
permiso o dar explicaciones” al gobierno americano,
que, según sus palabras, no debía involucrarse “para
ayudar en nuestras desavenencias, en los asuntos en
los que estamos embarcados”.[xx]
Y un año después, 1909, amenazó romper relaciones
con los Estados Unidos, si el presidente William
Howard Taft ejecutase el ultimatum dado a
Chile para pagar dentro de diez días el monto de U$S
1 millón, reclamado por la empresa norteamericana
Alsop & Co.[xxi]
Entre tanto, en 1910, Río Branco no atendió a un
llamado de Nicaragua para ayudarla a impedir que un
barco de guerra americano continuase apoyando una
revolución que allá se estaba produciendo.[xxii]
Brasil no tenía interés en ese tema. Y solamente,
unido a Argentina y a Chile, configurando el bloque
conocido como ABC, actuó, en 1915, como mediador
para evitar una guerra entre México y los Estados
Unidos, cuyos soldados habían ocupado la ciudad
portuaria de Vera Cruz, bajo el pretexto de capturar
un cargamento de armas alemanas, transportado por el
navío Ypiranga, de la Compañía Hamburg-Süd.[xxiii]
En 1927, sin embargo,
el diplomático Ronald de Carvalho, en un “Informe
Reservado sobre la Política Exterior de Brasil y la
de los Países de América del Sur”, organizado por
orden del entonces canciller Octavio Mangabeira,
dejó bien clara la pretensión de Brasil, al afirmar,
luego de definir varios objetivos a cumplir, que
“volveremos a ocupar, en virtud del crecimiento
natural de nuestra población y del desarrollo de
nuestras riquezas, el lugar que nos corresponde en
América del Sur”, o, dicho de otra manera, la
supremacía que tuviera durante el siglo XIX.[xxiv]
Oswaldo Aranha,
cuando fue embajador en Washington, tomó, en 1935,
una actitud similar a la del Barón de Río Branco,
frente a la intromisión de los Estados Unidos en los
asuntos de Brasil con los países vecinos. Advirtió
al Secretario de Estado, Summer Welles, que “nada
explicaba nuestro (brasileño) apoyo a los Estados
Unidos en sus cuestiones en América Central, sin una
actitud recíproca de apoyo a Brasil en América del
Sur”.[xxv]
Y, posteriormente, en su condición de ministro de
Relaciones Exteriores del presidente Getúlio Vargas
(1930-1945), firmó, con Enrique Ruiz-Guiñazú,
canciller de Argentina, el Tratado del 21 de
noviembre de 1941, cuyo objetivo era “establecer, de
forma progresiva, un régimen de intercambio libre,
que permitiese llegar a una unión aduanera /.../,
abierta a la adhesión de los países limítrofes”, i.
e., abierta a la adhesión de los países de América
del Sur.
Argentina se
configuraba cada vez más, como el socio comercial
más importante de Brasil, puerta de salida natural
para sus productos agrícolas y manufacturas. Y el
presidente Getúlio Vargas, durante la Conferencia de
Río de Janeiro, luego de la cual rompió relaciones
con los países del Eje, no quiso forzarla o que
Brasil se apartase de ella, por cuanto consideraba
la amistad entre los dos países como “parte
integrante de un programa de gobierno”.
[xxvi]
Para Brasil, existían
dos Américas, distintas no tanto por sus orígenes
étnicos o incluso diferencia de idiomas, sino,
principalmente, por la geografía, con las
implicancias geopolíticas, y este fue el parámetro
por el cual se orientó la política exterior de
Brasil. Henry Kissinger percibió claramente esta
directriz y, en Does America Need a Foreign
Policy?, comentó que Brasil veía su vinculación
con los Estados Unidos como similar a dos pilares
gemelos (twin pillars), correspondiéndole
organizar América Latina, mientras que a los Estados
Unidos le correspondía la misma tarea, en América
del Norte, dos empresas trabajando en armonía, a
través de un frecuente intercambio, y articulando
sus propósitos comunes”.[xxvii]
América Latina, a la que Henry Kissinger se refirió,
significaba, en realidad, América del Sur, como se
puede claramente inferir de la frase, por cuanto
América del Norte, comprendida como México y los
países de América Central, era el área de
responsabilidad de los Estados Unidos.
América del Sur y
América del Norte
Según resaltó João
Augusto de Araújo Castro, embajador de Brasil en
Washington (1971-1975)[xxviii],
Brasil jamás consideró sus relaciones con los
Estados Unidos como un capítulo de las relaciones
entre los Estados Unidos y América Latina y desea
cooperar con todos los países del continente, pero
no quería ser confundido con ninguno de ellos, ni
siquiera admitía ser confundido con su totalidad[xxix].
En efecto, Brasil no
solamente no quería ser confundido con América
Latina, en general, sino que no aceptaba dicho
concepto, entonces generalizado y adoptado por las
instituciones multilaterales, para enmarcar a toda
una región donde los diversos Estados presentaban
enormes disparidades y asimetrías. Brasil no quería
ser diluido en un conjunto de países, de los cuales
se diferenciaba por su dimensión territorial,
demográfica y económica. Entre tanto, incluso cuando
Brasil se refería a América Latina, lo que estaba
subyacente era la idea de América del Sur, de la
cual asumió abiertamente el liderazgo, cuando el
presidente Juscelino Kubitschek lanzó, en 1958, la
Operación Panamericana, apuntando a reformular los
términos de la relación con los Estados Unidos.
“Constato que en Brasil - y creo que en los demás
países del continente – maduró la conciencia de que
ya no conviene más que formemos un mero conjunto
coral, una retaguardia desdibujada, un simple marco
de fondo” – declaró Kubitschek.[xxx]
En aquellas
condiciones, el continente significaba, sobre todo,
el continente sudamericano. Y el formidable impulso
que había tomado el proceso de industrialización de
Brasil, como consecuencia de la implantación del
parque siderúrgico de Volta Redonda, fue lo que
aumentó y robusteció su pretensión de asumir su
liderazgo vis-à-vis de los Estados Unidos.
La Operación
Panamericana, cuyo sentido el presidente John
Kennedy desvirtuó al lanzar, en 1961, la Alianza
para el Progreso, con un carácter asistencialista,
resultó en la creación del Área Latinoamericana de
Libre Comercio (ALALC) y en el Banco Interamericano
de Desarrollo (BID), atendiendo a una propuesta
patrocinada por Argentina, Brasil y México. De
acuerdo con el Tratado del 18 de febrero de 1960,
que estableció la ALALC, los países signatarios se
comprometían a establecer una zona de libre
comercio, en un plazo de 12 años, i. e., hasta 1972,
mediante un proceso gradual de eliminación de todas
las restricciones, cuotas y gravámenes entre los
países y, para conseguirlo, se creó un sistema de
listas, negociadas periódicamente.
Este proceso de
integración se restringía al intercambio de bienes y
no incluía áreas como servicios, infraestructura,
inversiones extranjeras, políticas agrícolas,
balanza de pagos, arancel externo común u otras
políticas de coordinación económica y/o política. La
creación de la ALALC posibilitó un incremento del
comercio regional. Pero ante diversos problemas,
como la falta de coordinación y la rigidez de los
plazos y mecanismos, que no permitían otras formas
de negociación, se planteó difícil la implantación
del área de libre comercio hasta 1972, el Protocolo
de Caracas (1969) extendió el plazo al 31 de
diciembre de 1980. Concomitantemente, dentro del
esquema de la ALALC, algunos países se organizaron
en el Pacto Andino (1969), con un compromiso de
mayor integración económica.
A pesar de prorrogado
el plazo para la creación del área de libre
comercio, la imposibilidad de cumplirlo llevó a los
países latinoamericanos a efectuar una ronda de
negociaciones, la cual llevó a la reformulación de
la ALALC, sustituida por la ALADI, con la
celebración del Tratado de Montevideo del 12 de
agosto de 1980. Todas las concesiones hasta entonces
acordadas pasaron a formar parte del patrimonio
histórico del nuevo organismo. Pero, a diferencia de
la ALALC, la ALADI no tenía como meta crear una zona
de libre comercio, dentro de un plazo determinado,
sino que permite acuerdos bilaterales de
preferencias arancelarias o mecanismos similares. Su
objetivo habría sido crear un mercado común por
medio de una serie de iniciativas multilaterales
flexibles y diferenciadas, de acuerdo con el nivel
de desarrollo de cada país. Los mecanismos del
Tratado de 1980 configuran el marco básico para los
convenios y tratados para las negociaciones. Y la
ALADI constituyó una estructura más abierta que la
ALALC, pues posibilitaba la integración o
negociación con países fuera de la zona.
Comunidad Andina de
Naciones
El temor de que Brasil
y Argentina, bajo dictaduras militares, que
defendían la revisión del concepto de soberanía,
fuesen a formar un eje autoritario y tratasen de
establecer una supremacía dual, tanto económica como
política y militar, sobre el resto de América del
Sur, llevó a la creación de la Comunidad Andina de
Naciones, (CAN) una organización regional económica
y política, con personalidad jurídica, constituida
por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, y
al establecimiento, mediante el Protocolo de
Trujillo (10/03/1996), del Sistema Andino de
Integración (SAI), i. e., compuesto por un conjunto
de órganos e instituciones que debían trabajar
estrechamente vinculados entre sí, con los objetivos
de profundizar la integración sub-regional andina y
promover su proyección internacional.
La creación del mercado
sub-regional se cristalizó, posteriormente, en el
acuerdo de Cartagena, celebrado el 26 de mayo de
1969 y conocido, hasta 1996, como Pacto Andino. Su
objetivo era lograr un desarrollo equilibrado y
armónico entre sus miembros, acelerar su
crecimiento y formar un mercado común a los países
de la región andina. Y a fin de alcanzar dichos
objetivos se consideró la adopción de un programa de
reducción de aranceles y un programa de
liberalización y el establecimiento de un arancel
externo común. El Grupo Andino creó la Corporación
Andina de Fomento (CAF), encargada de financiar
proyectos en la región, la Corte Andina de Justicia,
para examinar algunos asuntos de carácter legal que
pudiesen ser motivo de controversias entre los
miembros. Y, como parte de la política industrial,
fueron establecidos programas sectoriales como forma
de promover el desarrollo de industrias en forma
racional y ganar con las economías de escala, con
mercados más amplios, y obtener un mayor poder de
negociación.
El Pacto Andino,
mediante la Decisión 24, instituyó un régimen común
de tratamiento para las inversiones extranjeras,
limitando la entrada de capitales y estipulando
especificaciones sobre la propiedad de extranjeros,
que podrían detentar el 100% del total del capital
de una empresa, la remesa de capitales y
royalties, así como la reinversión de capital
registrado (restringido bajo la forma de una empresa
mixta con el 51% del capital nacional), los niveles
de empleo de extranjeros, entre otros, además de
afirmar los que no podían invertir (bancos,
telecomunicaciones).
La Decisión 24,
reglamentando el capital extranjero, determinó el
abandono del Grupo Andino por parte de Chile, en
1976, dado que la dictadura militar implantada por
el general Augusto Pinochet, luego de derrocar al
gobierno del presidente Salvador Allende
(1970-1973) implementó una política económica
extremadamente liberal incompatible con las
políticas de integración pautadas en el acuerdo de
Cartagena.
La crisis económica de
los años 80 y la liberalización del mercado en
algunos países de la región en los años 90
debilitaron el Grupo Andino, que se convirtió en
Comunidad Andina de Naciones, compuesta actualmente
por cinco países - Venezuela, Colombia, Ecuador,
Perú y Bolivia - con una población total de 120
millones de habitantes en una superficie de
4.710.000 km2. El 3 de agosto de 2004, los
presidentes Alejandro Toledo, de Perú, y Carlos
Mesa, de Bolivia, firmaron un acuerdo bilateral,
posibilitando el intercambio comercial entre los dos
países, libre de aranceles. Y desde el 1° de enero
de 2005, se hizo efectiva la libre circulación de
los ciudadanos, entre los cinco países, sin
necesidad de visa, una de las condiciones requeridas
para la constitución gradual del Mercado común
Andino.
El Mercosur
La CAN, sin un polo
industrial, en torno del cual pudiesen gravitar los
demás países de América del Sur. El presidente Juan
Domingo Perón ya había afirmado, en 1953, que el
proceso de integración regional sólo podría ser
promovido a partir de la unión de Argentina, Brasil
y Chile (Pacto ABC), países que constituían la “unidad
económica más extraordinaria del mundo entero
(sic), todo hacia el futuro”, dada la
disponibilidad de recursos que poseían.[xxxi]
Según acentuó,
era “indudable que, realizada esta unión, caerán
en su órbita los demás países sudamericanos, que no
serán favorecidos ni por la formación de un nuevo
agrupamiento y probablemente no podrán realizar en
manera alguna, separados o juntos, sino pequeñas
unidades”.[xxxii]
Tres décadas después, en la primera mitad de
los años 1980, este proyecto de integración no podía
contar más con Chile, que se había retirado de la
CAN, bajo la dictadura militar del general Augusto
Pinochet, y había perdido gran parte de su parque
industrial, debido a las políticas neoliberales,
allá aplicadas, bajo la inspiración de los Chicago’s
Boys.
Entre tanto, el acuerdo entre Brasil
y Argentina ya se había delineado, en 1980, cuando
el presidente xe "João Batista Figueiredo"João
Batista Figueiredo (1979-1985) realizó una visita
oficial a Buenos Aires (la primera de un jefe de
Estado brasileño desde 1935) y allá firmó con el
general Rafael xe "Videla"Videla, jefe de la Junta
Militar argentina, una serie de protocolos de
cooperación entre los dos países.
Estos protocolos apuntaban a promover la
interconexión entre los sistemas eléctricos de los
dos países; eliminar la doble tributación y la
evasión fiscal; construcción del puente
internacional sobre el Río Iguazú; y cooperación
científica y tecnológica. También abarcaban el área
militar, para la fabricación conjunta de aviones –
el caza-bombardero AX y el bimotor CX – y misiles;
suministro entre la Siderbras y Fabricaciones
Militares de Argentina; colocación en órbita común
de un satélite de comunicaciones; así como en el
campo de la energía atómica.
Esta tendencia se
desarrolló, cuando, a comienzos de 1985, el
presidente de Argentina, Raúl Alfonsín, propuso al
presidente electo de Brasil, Tancredo Neves,
promover un proceso de integración "para fortalecer
la democracia, afrontar la deuda externa y
posibilitar la modernización productiva”. Con el
deceso de Tancredo Neves, José Sarney, como vice-presidente,
asumió el gobierno de Brasil y llevó la propuesta
adelante, firmando con el presidente Raúl Alfonsín,
el 30 de noviembre de 1985 la Declaración de Foz de
Iguazú. en seguida, el 29 de julio de 1986 fue
firmada el Acta para la Integración
Argentino-Brasileña, estableciendo el programa de
integración y cooperación entre Argentina y Brasil,
basado en los principios del gradualismo,
flexibilidad, simetría, equilibrio, tratamiento
preferencial frente a terceros mercados,
armonización progresiva de políticas y participación
del sector empresarial.
El programa de
integración era sectorial, comenzando por el de
bienes de capital. Luego de la firma del Acta del
Alvorada, el 6 de Abril de 1988, los presidentes
Sarney y Alfonsín firmaron, el 29 de octubre del
mismo año, el Tratado de Integración, Cooperación y
Desarrollo Brasil-Argentina, previendo la
conformación de un espacio económico común a Brasil
y Argentina, dentro de un plazo máximo de diez
años, en que los dos países deberían armonizar sus
políticas aduanera, comercial, agrícola, industrial
y de transportes y comunicaciones, así como
coordinar sus políticas monetaria, fiscal y
cambiaria.
Este proceso fue
reformulado por el Acta de Buenos Aires (7 de julio
de 1990), que anticipó el plazo para la formación de
la unión aduanera entre los dos países para el 31 de
diciembre de 1994, y el acuerdo de Complementación
Económica nº 14, en diciembre del mismo año,
instituyó el cronograma para la creación de una Zona
de Libre Comercio. El Tratado de Asunción firmado
por Brasil y Argentina, con la adhesión de Paraguay
y de Uruguay, confirmó el plazo de cinco años, i.
e., 31 de diciembre de 1994, para la implantación de
la unión aduanera, con la creación de un espacio
económico común a los cuatro países. Y, aunque
representase un avance en el proceso de integración,
reflejó el espíritu mercantilista y libre-cambista
de la época, como el propio nombre – Mercado Común
del Sur - indicó. Fue concebido como un ensayo para
la liberalización general del comercio, de
conformidad con la ideología neoliberal y
libre-cambista de los gobiernos de los presidentes
Collor de Mello, de Brasil, y Carlos Menem, de
Argentina. Y funcionó como un instrumento adicional
para la aceleración de la liberalización de la
economía brasileña, sin discrepar con las grandes
líneas del Consenso de Washington, transformando el
programa bilateral de integración Brasil-Argentina,
con mecanismos graduales y adaptados a las
peculiaridades de los diversos sectores económicos,
en un esquema automático y acelerado de reducción y
eliminación de aranceles. La incorporación de
Uruguay y de Paraguay cuyos aranceles eran más
bajos, dado que son países importadores, forzó la
reducción del Arancel Externo común (AEC),
favoreciendo así el proceso general de
liberalización del comercio, sin proponer,
efectivamente, los mecanismos para la coordinación
de políticas macroeconómicas.
La entrada en vigor
del Arancel Externo común, el 1º de enero de 1995,
marcó el inicio efectivo de la existencia de la
unión aduanera, a pesar de varias brechas. Y el
Mercosur concluyó en 1996 acuerdos de libre comercio
con Chile y Bolivia, y en 1998 un acuerdo de
Cooperación con la Comunidad Andina de Naciones
(CAN), denominado “Acuerdo marco para la creación de
la zona de libre comercio entre la Comunidad
Andina y el MERCOSUR”, haciéndose efectiva,
finalmente, en octubre de 2004.
La otra vertiente
del proceso de integración entre Brasil, Argentina,
Uruguay y Paraguay puede ser denominada “Mercosur
político”. El 25 de junio de 1996, fue firmada en
San Luis (Argentina) la Declaración Presidencial
sobre Diálogo Político, creando el Mecanismo de
Consulta y Concertación Política (MCCP), con el
objetivo, entre otros, de buscar coordinar
posiciones sobre asuntos internacionales de interés
común. Los entendimientos fueron institucionalizados
por medio de la Decisión 18/98, que creó el Foro de
Consulta y Concertación Política; el 24 de julio de
1998, fue firmada en Ushuaia (Argentina) la
Declaración Política del Mercosur, Bolivia y Chile
como Zona de Paz; otros acuerdos de cooperación
fueron alcanzados en las áreas judicial y de
seguridad interna entre los cuatro países del
Mercosur, Bolivia y Chile; y el Protocolo de Ushuaia
(1998) instituyó oficialmente la “cláusula
democrática”, a través de su artículo 1º,
estableciendo que “la plena vigencia de las
instituciones democráticas es condición esencial
para el desarrollo de los procesos de integración
entre los Estados Partes del presente Protocolo”.
La UNASUR
El presidente Lula da
Silva, desde el inicio de su mandato en 2003,
demostró que la integración de América del Sur era
prioridad número uno en su política exterior y que
trataría de robustecer el Mercosur, profundizando
los vínculos con Argentina, su principal socio, y la
asociación estratégica con Venezuela y el Mercosur.
La base económica y no exclusivamente política
debería hacer hincapié en las relaciones de Brasil
con los demás países de América del Sur y el Banco
Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES)
desempeñó un importante papel en el fortalecimiento
de esta política y pasó a dar un tratamiento similar
al concedido a productos nacionales en los
financiamientos de la Finame a bienes de capital
fabricados en Argentina, Uruguay y Paraguay. El
BNDES también aprobó un crédito de U$S 200 millones
para la ampliación de un gasoducto en Argentina, con
la construcción y montaje de la tubería, en un
trecho de 508 kilómetros, expandiendo la capacidad
de transporte de gas natural de la Compañía de
Inversiones de Energía (Ciesa), ligada a la filial
de la Petrobrás (Petrobrás Energía S/A, ex-Pérez
Companc), a través de los gasoductos General San
Martín y Neuba II, y ampliando la oferta de gas
natural y electricidad en la región del Gran Buenos
Aires.
El presidente Lula da
Silva dio continuidad al proyecto de integración
física y energética y explicitó y enfatizó aún más
el proyecto de formación de una Comunidad
Sudamericana de Naciones, creada finalmente en la
Tercera Reunión de los Presidentes de América del
Sur, el 8 de diciembre de 2004, en la ciudad de
Cuzco (Perú), cuando fue firmada la Declaración de
Cuzco por parte de los presidentes y representantes[xxxiii]
de los 12 países de la región, i. e., los cuatro
países del Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y
Paraguay), los cinco de la Comunidad Andina
(Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia), así
como Chile, Surinam y Guayana. En dicha ocasión, el
presidente Lula anunció la construcción de la
Carretera Interoceánica, que Brasil y Perú estaban
implementando. Era mucho más que un proyecto
bilateral. Interesaba a todos los países de la
región. Según resaltó el embajador Celso Amorim, que
diera inicio a la formación de la ALCSA, en 1993, y
volviera al cargo de canciller con el presidente
Lula da Silva, la Comunidad Sudamericana de
Naciones, basada inicialmente en un área de libre
comercio y en proyectos de infraestructura, iría a
reforzar la capacidad de negociación de los países
de la región, aumentando su poder de negociación en
los grandes bloques económicos, y admitió la
posibilidad de que fuese a generar un proceso de
integración similar al de la Unión Europea, objetivo
estratégico de Brasil.
Brasil, al alentar,
en la reunión de Cuzco, el lanzamiento de la
Comunidad Sudamericana de Naciones, después
denominada Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUL),
tuvo un objetivo estratégico, apuntando a tornar no
precisamente a sí mismo, sino al conjunto de los
países del sub-continente, una potencia mundial, no
sólo económica, sino también política. Su dimensión
sobrepasaba, por lejos, el carácter meramente
comercial. Brasil había comprendido que la
consecución de tal objetivo pasaba por su
integración con Argentina y, en una segunda etapa,
con todos los demás países de América del Sur. La
unión de Argentina y de Brasil no significaba una
suma de dos países, sino una multiplicación de
factores, como cierta vez el presidente Arturo
Frondizi (1958-1962) resaltó.[xxxiv]
Y la unión de los demás países de América del Sur
con Brasil y Argentina, en una comunidad económica y
política, conformaría una gran potencia, con un
enorme peso en el escenario mundial.
Se tornaba necesario,
por lo tanto, crear un marco institucional, un
organismo más amplio, para abarcar y agregar a todas
las naciones de América del Sur que no participan
plenamente del Mercosur, con el objetivo de promover
la realización de varios proyectos de integración,
no sólo económica y comercial, sino también de
comunicación, infraestructura, transporte,
energética, educacional, cultural, científica y
tecnológica. La celebración del Tratado Constitutivo
de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) fue
un hecho de gran significación histórica. La UNASUR
pasó a tener una personalidad jurídica, con la forma
de una organización internacional, con un Consejo de
Jefes de Estado y de Gobierno, un Consejo de
Ministros de Relaciones Exteriores y un Consejo de
Delegados. Constituye un avance en el sentido de la
coordinación de políticas. Y dentro de este marco
institucional debe concretarse el proyecto del Banco
del Sur y del gasoducto desde Venezuela, pasando por
Brasil, hasta Argentina. Dificultades, divergencias,
contradicciones hay y siempre habrá, en virtud de la
enorme asimetría que existe entre los países de
América del Sur, principalmente entre Brasil y sus
vecinos. No existe, sin embargo, ninguna
perspectiva para los países pequeños si no se unen y
forman un amplio espacio económico común, de modo de
alcanzar una mejor inserción nacional.
Brasil constituye,
por si sólo, un enorme espacio económico, no
obstante la asimetría existente entre los 26 Estados
que lo componen. Adquiere un peso internacional
mayor. Mayor, sin embargo, sería el peso de América
del Sur integrada. Compuesta por doce Estados,
dentro de un espacio contiguo, poseía, en 2007, una
población total de 294 millones de habitantes
(2008), cerca del 67% de toda América Latina y el
equivalente al 6% de la población mundial
(6.706.993.152 - 2008 est.), con integración
lingüística, pues la inmensa mayoría hablaba
portugués o español, y detentaba una de las mayores
reservas de agua dulce y biodiversidad del planeta,
además de inmensas riquezas en recursos minerales,
pesca y agricultura. Y no sólo su población era
casi equivalente a la de los Estados Unidos
(307.212.123, est. 2008). Su territorio, cerca de 17
millones de kilómetros cuadrados, era el doble del
territorio americano, con 9.631.418 kilómetros
cuadrados.
En tales
circunstancias, la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR),
con un PBI del orden U$S 3,031 trillones, para el
cual el Brasil contribuía con U$S 1,990 trillón
(est. 007)[xxxv],
dos tercios de toda América del Sur, podía
representar un espacio económico y político
autónomo, oponiéndose al esfuerzo de los Estados
Unidos en el sentido promover la integración
subordinada de América del Sur a su propio espacio
económico, a través del Área de Libre Comercio de
las Américas (ALCA) y/o de los tratados de libre
comercio con algunos países de la región. Y la
crisis desencadenada por la tentativa separatista de
Santa Cruz de la Sierra y demás departamentos de la
Media Luna de Bolivia, en 2008, dejó en evidencia la
capacidad política de la UNASUR de influenciar y
obtener importantes resultados en el sistema
internacional, en el que prevalecerán los grandes
bloques, constituidos por los Estados Unidos, Unión
Europea, Rusia, China e India.
[i]
En abril de 1998, los cuatro Estados del
Mercosur celebraron con los Estados de la
Comunidad Andina de Naciones (CAN) un
acuerdo-marco que preveía la creación de una
zona de libre comercio entre los dos bloques
a partir de enero de 2000. El intercambio
con el CAN, en el año 2000, alcanzó un monto
del orden de los U$S 5,5 millones, 29% mayor
que en 1999, siendo los flujos de comercio
más importantes los registrados entre Brasil
y Venezuela y Brasil y Colombia[i].
Datos de la Confederación Nacional de la
Industria (CNI), Brasilia.
[ii]
Cardoso, Fernando Henrique - “O Brasil e
uma nova América do Sul”, Valor Econômico,
30 de agosto de 2000.
[iii]
Cardoso, Fernando Henrique - “O Brasil e
uma nova América do Sul”, Valor Econômico,
30 de agosto de 2000.
[iv]
Rohter, Larry – “South American Trade Bloc
Called Mercosur Under Siege”, in The New
York Times, New York, 24.3.2001.
[v]
Discurso del Presidente Fernando Henrique
Cardoso, en la Reunión de Cúpula del
Mercosur, en ocasión de la Reunión del
Consejo del Mercado Común, Asunción, 22 de
junio de 2001.
[vi]
Kissinger, Henry. Does America Needs a
Foreign Policy?. New York: Simon &
Schuster, 2001, p. 152 - 163.
[vii]
Kissinger, Henry. Does America Needs a
Foreign Policy?. New York: Simon &
Schuster, 2001, p. 152 - 163.
[x]
“Amerika
ist somit de las Land der Zukunft,in welchen
sich ins vor uns liegenden zeiten, etwa im
Streite von Nord- und Südamerika,die
weltgeschichtliche Wichtigkeite offenbaren
sol”.
Hegel, Band I, 1994, p.208.
[xii]
Chevalier, Michel. Lettres sur l'Amérique
du Nord. Librairie de Charles Gosselin
et Cie, 1837.
2 vol
[xiii]
Dom Pedro II, 1956, p. 62.
[xiv]
Oficio de Miguel Maria Lisboa a Benevenuto
Augusto de Magalhães Taques, Washington,
20/10/1961. Taques a Lisboa, 07/11/1861.
Missões Diplomáticas Brasileiras. Legações
Imperiais em Europa. Arquivo Histórico do
Itamaraty 233/3/11 y 235/2/1.
[xv]
Moniz Bandeira, 3ª. Edição, 1998, pp. 21-87.
[xvi]
Teixeira Soares, 1972, p. 213. Santos, 2002,
pp. 75-86, 99-109.
[xvii]
Vide Teixeira Soares, 1971, pp. 17-21.
[xviii]
Cervo & Bueno, 2ª edição, 2002, pp. 87-107
[xix]
Teixeira Soares, 1971, pp. 17-21.
[xx]
Telegrama de Río Branco a Joaquim Nabuco,
embajador de Brasil en Washington.
10.11.1908. Ibid.
[xxi]
Entrevista del embajador José Joaquim de
Lima e Silva Moniz de Aragão, que fue
secretario particular del Barón de Río
Branco. Rio de Janeiro, 1971.
[xxii]
Telegrama de Río Branco a la Embajada de
Brasil en Washington, 16.6.1910. Telegramas
expedidos – AHI – 235/4/1.
[xxiii]
Vide Moniz Bandeira, Luiz Alberto.
Brasil, Argentina y Estados Unidos:
conflicto e integración en América del Sur.
Rio de Janeiro: Editora Revan, 2003, pp.
128-130.
[xxiv]
Informe Reservado sobre la Política Exterior
de Brasil y de los países de América del
Sur. Organizado por orden de su Excia. el
señor Ministro de Estado de Relaciones
Exteriores por el 1° oficial de la
Secretaría de Estado, Ronald de Carvalho (Do
Gabinete del Ministro).
Rio de Janeiro, 1927. Archivo del Autor.
[xxv]
Carta de Oswaldo Aranha a Getúlio Vargas,
Washington, 9.4.1935.
AGV – doc.18, vol. 18.
[xxviii]
“Exposición a los becarios de la Escuela
Superior de Guerra”. Washington, 22.06.1974;
“Exposición a los becarios de la Escuela
Superior de Guerra”. Washington,
17.06.1975, in Araújo Castro, 1982, pp.
283-284 y 315-316..
[xxix]
“Exposición a los becarios de la Escuela
Superior de Guerra”. Washington, 22.06.1974;
“Exposición a los becarios de la Escuela
Superior de Guerra”. Washington,
17.06.1975, in Araújo Castro, 1982, pp.
283-284 y 315-316.
[xxx]
Discurso, in Correio da Manhã,
22/06/1958, última página.
Vide Moniz Bandeira, 2ª. Edição, 1978, pp.
382-382
[xxxi]
Discurso pronunciado en la Escuela Nacional
de Guerra en 11 de noviembre de 1953. in
PERÓN, 1973, pp. 77-89.
[xxxiii]
Los presidentes, Néstor Kirchner, de
Argentina; Lucio Gutiérrez Ecuador; Nicanor
Duarte, Paraguay; y Jorge Batlle, de
Uruguay, no participaron de la reunión por
diversos motivos, pero dejaron en claro su
apoyo a la decisión.
[xxxiv]
Entrevista al Autor, Buenos Aires, 1975.
[xxxv]
De acuerdo con el método de la paridad del
poder de compra.
LA
ONDA®
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