Rescatando nuevamente
al gobierno de Goulart
por Argemiro Ferreira

Comentario sobre la 8º edición del libro del historiador y cientista Luiz Alberto Moniz Bandeira, “El gobierno João Goulart – Las luchas sociales en Brasil, 1961-1964” de la editorial UNESP, São Paulo, 2010.

 

La disposición obsesiva de Luiz Alberto Moniz Bandeira de rever, ampliar y corregir, siempre basándose en más investigaciones y documentos, hace de la 8a edición de El gobierno João Goulart - Las luchas sociales en Brasil, 1961-1964, prácticamente un libro nuevo (la 1a edición tenía 200 páginas; la actual, 486). Entre los aditamentos, hay un análisis que le resta credibilidad a la versión de asesinato con relación a la muerte de João Goulart; datos fundamentados en una investigación en Argentina sobre la ayuda de Juan Perón, intermediada por Jango, para la campaña electoral de Getúlio Vargas; una historia sintética del socialismo y laborismo en Brasil; y el relato de la aventura de Leonel Brizola, expulsado de Uruguay, para ser asilado en los EE.UU. y, con la protección del gobierno (y de la CIA), volar de Buenos Aires a Nueva York.

 

Al firmar una reseña del libro inmediatamente después de su lanzamiento en 1977 - tres páginas para la IstoÉ de Mino Carta - lamenté que después de 1964 la historia de Brasil hubiese sido escrita no por los brasileños, como Moniz Bandeira, sino por los brazilianists. Historiador y cientista político, el autor no solo había estudiado el período: también lo había vivido, con intensidad, como periodista. La familiaridad con el tema lo inmunizaba contra resbalones frecuentes, ingenuos o no, de extranjeros que entonces publicaban libros sobre nuestra historia reciente. La reevaluación comenzaba en la propia figura de Jango, subestimada en los EE.UU. como si no pasase de un oportunista demagogo y corrupto en la línea del execrado populista Huey Long de Louisiana, tema de libros y películas.

 

Estereotipos diseminados por reducciones simplistas de la banda de música de la UDN, que en 1954 había festejado el manifiesto de los coroneles que derrocó a Jango del ministerio de Trabajo y en 1964 el golpe de los generales que lo depuso, contaminaban el análisis que se realizaba desde afuera. Sensibles al contenido intelectual udenista, autores de los EE.UU. a veces parecían incapaces de encarar a Jango de otra manera. Como máximo lo veían como un nuevo Perón, enriquecido en el poder. Robert Kennedy y Arthur Schlesinger se rindieron a eso, incluso habiendo servido a Lyndon Johnson (cuya fortuna colosal había sido construida sólo en cargos públicos). Moniz Bandeira pasó por alto la intriga udenista y mostró como la riqueza de Jango era anterior a su ingreso en la política y - en verdad - perjudicial para sus negocios.

 

En el prefacio de un libro el norteamericano Thomas Skidmore, decano de los brazilianists post 1964, se refirió medio avergonzado a la “generosidad de un pueblo que permite a un extranjero entrometerse en el análisis de la historia de su pais”. Confesó: “Dudo que mis coterráneos se mostrasen tan indulgentes”. Es innegable la contribución de los que vinieron a estudiarnos, pero la zafra de estudios de brasileños a partir de El gobierno João Goulart cambió mucho el panorama - para mejor.

 

El libro fue lanzado a fines de un año que había comenzado con la revelación explosiva, por parte del Jornal do Brasil, del contenido de documentos hasta el momento secretos de la biblioteca presidencial LBJ (archivos de la Casa Blanca de Johnson), con detalles sobre el papel de los EE.UU. en el golpe que depuso a Jango e instauró la dictadura. Ernesto Geisel, el cuarto de nuestros generales-dictadores, había tomado posesión en 1974 con la promesa de una apertura “lenta y gradual”, pero en el tercer año de su mandato había impuesto el paquete de abril, cambiando las reglas electorales (para garantizar el control del Congreso), creando senadores biónicos y ampliando las atribuciones presidenciales. Todo con el propósito de prolongar la dictadura. El análisis de Moniz Bandeira sobre el período 1961-64 ya estaría justificado por el uso de la documentación del ex-presidente, a la cual nadie antes había tenido acceso, y de archivos de varios de sus ex-ministros, así como incluso por las entrevistas francas y detalladas que el autor obtuviera de todos ellos, más allá de Leonel Brizola, del almirante Sílvio Heck, del general Odílio Denis y de personajes menos conspicuos, entre ellos militares del servicio secreto.

 

Modelos udenistas persiguieron a Jango toda la vida, en especial en la prensa y en los medios oficiales de los EE.UU. Obviamente se reflejaron de alguna manera en la obra de los que usaban ciertas fuentes. Pero hasta un udenista ilustre como Afonso Arinos de Melo Franco cambió con el tiempo. En una autocrítica significativa el ex-senador y ex-canciller reconoció años después lo que había sido la lucha de la UDN contra reformas y cambios. “Por detrás de la lucha udenista por la legalidad y contra Getúlio, de la que fui portavoz parlamentario, estaba, también, el rechazo del partido militarista y conservador en aceptar la fatalidad de ciertos cambios”, escribió.

 

Puede verse incluso en ese contexto el retrato coherente que Moniz Bandeira hace de Jango a partir de 1952, cuando había pasado a comandar el PTB. De acuerdo con el autor, el nacional-reformismo de él evolucionó gradualmente. Luego de la  caída del ministerio en 1954, él le había escrito a Getúlio que hubiera preferido “quedarse al lado de los trabajadores que pactar con los innumerables abogados de intereses espurios que muchas veces golpearon a las puertas de mi gabinete”. Como vice-presidente en el gobierno JK, observó en 1958 que el pueblo financiaba con su sacrificio el desarrollo económico, reclamando “medidas de reforma social tendientes a impedir que una pequeña minoría, nadando en el lujo y en la ostentación, continúe afrontando las privaciones y la miseria de millares y millares de brasileños”. En el terreno práctico, llegó a pedir al entonces presidente del PSD, Benedito Valadares, el apoyo del partido oficial para la aprobación de varias enmiendas constitucionales (una de ellas para permitir la reforma agraria) y medidas legislativas de base cuyos proyectos ya se tramitaban en el Congreso.

 

En febrero de 1961, siendo aún vice-presidente, comenzó a preparar un Congreso Laborista para “la toma de conciencia de la opinión pública en cuanto a la existencia de una doctrina político-laborista”. Llegó a recibir de San Thiago Dantas y Hermes Lima, dos intelectuales del partido, la línea de acción: “la posición fundamental del partido es la de un instrumento de reforma, de cambio, de superación de la estructura social brasileña. El PTB no quiere corregir simplemente la estructura social existente. Quiere cambiarla hacia algo mejor, favorable a la incorporación del pueblo brasileño a niveles de educación, productividad y consumo tan superiores que son, por eso mismo, distintos en calidad y finalidad de los actuales”.

 

Esta madurez ideológica de Jango y del PTB, en un camino cercano “al de la Social Democracia europea luego de la guerra de 1914-18”, evidencia que el llamado programa de reformas de base era bastante más que un mero recurso demagógico, oportunista, electoral y subversivo que sus enemigos se obstinaban en denunciar. Él lo había anunciado por primera vez en 1958,  se jugó por él en la campaña electoral de 1960 y era natural que intentase cumplirlo al llegar a la presidencia en 1961, en medio de la crisis desencadenada por la renuncia de Jânio Quadros. Ex-ministro, ex-diputado federal, vice-presidente de la república (y presidente del Senado) dos veces, muy exitoso desde joven en su actividad pecuaria, no era un desprevenido.

 

El libro define los factores decisivos para el posterior desdoblamiento de la crisis brasileña: 1. el esfuerzo de desestabilización (la palabra sólo entraría hacia el vocabulario de la política internacional luego de la tragedia chilena, que bajo ciertos aspectos había repetido el 1964 brasileño), patrocinado por los EE.UU., bajo la coordinación extraordinariamente eficaz del embajador Lincoln Gordon (su ingerencia en los asuntos internos brasileños tal vez sólo encuentre paralelo en la conducta del británico William D. Christie, un siglo antes); 2. la  radicalización político-ideológica, agravada por la madurez de un proletariado cada vez más independiente luego de tanto tiempo bajo el control oficial (“El nacional reformismo se revelaba impotente para atender las necesidades políticas de la época. Las masas caminaron le pasaron por arriba a las direcciones. Los acontecimientos pasaron por delante de los personajes”) y por el abierto estímulo externo hacia grupos de extrema derecha (IBAD, IPES, organizaciones paramilitares, conspiración en las fuerzas armadas).

 

Para caracterizar la acción desestabilizadora de los EE.UU. (citada en la declaración del ex-embajador americano en Chile, Edward Korry, como precedente para su propia actuación contra Allende) bastarían las confesiones del propio Lincoln Gordon y de su superior en el Departamento de Estado, Thomas Mann, sobre la canalización de todos los fondos americanos para estados y municipios (“islas de sanidad”, alegó) que se oponían a Jango. “Washington no dio ningún dinero para la balanza de pagos o para el presupuesto federal porque eso podría beneficiar directamente al gobierno central”, dijo Mann después del golpe. Sin embargo, la deuda externa brasileña, que Jango heredó, ascendía a U$S 3 mil millones. Sólo de intereses debíamos pagar un 15% de los ingresos por divisas en moneda convertible. Según Carvalho Pinto, penúltimo ministro de Hacienda de Jango, la deuda externa prácticamente había dejado de crecer luego de la caída de Jânio y, de no ser por las presiones de los EE.UU., la situación se hubiera resuelto. El golpe final fue el bloqueo de los créditos externos, que impuso el dilema al gobierno: o ceder a Washington o recurrir a medidas de carácter nacionalista.

 

Ceder a Washington significaba, entre otras cosas, comprar la AMFORP por el precio fijado en los EE.UU. (y denunciado en Brasil, a la izquierda y a la derecha), cumplir el programa de estabilización del FMI con medidas de repercusiones dramáticas para los trabajadores y, en por el camino, atender a las exigencias de Gordon en favor de la industria farmacéutica americana, de los intereses de la Hanna y de la ITT y contra la ley de remesa de lucros que el Congreso ya había aprobado. Significaba incluso renunciar a la política externa independiente, que indignaba a un Departamento de Estado de espaldas al problema cubano. Las vacilaciones de Jango en aquel momento, según el autor,  “provenían menos de su estilo de conducta que de su condición en el Poder, presionado por un lado por los trabajadores y, por el otro, por la identidad y contradicciones entre la burguesía brasileña y el imperialismo norteamericano”.

 

Las vacilaciones también habían marcado las actitudes americanas con relación a Brasil. En la crisis de la renuncia, según dijo el almirante Heck  al autor, los ministros militares recibieron un informe de que el presidente Kennedy suspendería el apoyo financiero si se produjese una ruptura de la legalidad, pero la CIA y el Pentágono (en oposición al Departamento de Estado, que reflejaba la orientación de la Casa Blanca) estimulaban el golpe. A juzgar por los documentos de la biblioteca LBJ, quien garantizó la coherencia norteamericana, un poco más tarde, fue el embajador Gordon, cuyos memorandos (contrarios a Jango) al principio preocuparon a la diplomacia empeñada en por lo menos aparentar fidelidad a los compromisos de la Alianza para el Progreso con el sistema democrático representativo. Tal vez por eso Gordon haya insistido tanto tiempo en repetir que sus decisiones eran determinadas por el clima de la guerra fría.

 

Sobre el papel de los EE.UU. en el golpe, disecado antes por Phyllis Parker (O papel de los EE.UU. en el golpe del 31 de Marzo) y Marcos Sá Correa (1964 visto y comentado por la Casa Blanca), Moniz Bandeira fue mucho más lejos gracias a documentos y declaraciones hasta entonces inéditos. Los movimientos del general Vernon Walters, agregado militar de la embajada de los EE.UU., sus encuentros diarios con el general Castelo Branco (suspendidos en vísperas del golpe, por cuestiones de conveniencia), sus viajes por Brasil son relatados en sus más mínimos detalles a Jango por los informes del SFICI (Servicio Federal de Informaciones y Contra-informaciones). El presidente supo con anticipación que el golpe era inminente (se había descifrado de un mensaje codificado). No se tomaron las providencias debido a la negligencia de su jefe de la Casa Militar, general Assis Brasil (ingenuo, se había dejado envolver por un agente de la CIA) y a la certeza equivocada del propio Jango de que las fuerzas populares no tolerarían el golpe.

 

El libro expone incluso, en parte basado en las entrevistas del ex-presidente al autor, la cadena de traiciones que lo golpeó. Comenzando por el ex-amigo Amaury Kruel, general a quien él le dijo el 31 de marzo, por teléfono: “Ponga las tropas en la calle y traicione abiertamente”. El general Jair Dantas Ribeiro fue otro: decidió hacerse una cirugía en vísperas del golpe, dejando acéfalo el ministerio del Ejército. Anteriormente, el embajador en Washington, Roberto Campos, había firmado sin autorización presidencial el memorando de la compra de la AMFORP. y el canciller interino Araújo Castro, por instrucciones del entonces jefe del Estado-Mayor, Castelo Branco, y sin el conocimiento de Jango, firmó en enero de 1964 la revitalización del Acuerdo Militar Brasil-Estados Unidos - instrumento legal a ser usado como pretexto para la intervención armada en Brasil (como ocurriría en 1965 en la crisis dominicana) en caso de resistencia al golpe.

 

Acusado de estar preparando un golpe, Jango - que en 1961 se había rehusado a la idea de rechazar el parlamentarismo y avanzar sobre Brasilia en la cresta de una revolución - resistió por dos veces la propuesta de Kruel para cerrar el Congreso y gobernar como dictador. También estuvo en contra de la sugerencia de Brizola para “dar el golpe antes que ellos”. Conciente de que una resistencia en 1964 llevaría a la intervención de los EE.UU., según su relato al autor, prefirió no dar armas a los que las reclamaban para luchar contra el golpe; pero repudió igualmente las propuestas (del general Pery Bevilacqua, del ex-presidente JK, de Kruel y de Magalhães Pinto, entre otros) para que abandonase a los que lo apoyaban, clausurase las organizaciones sindicales, desistiese de las reformas y formase un gobierno  conservador para aguantarse hasta el final del mandato.

 

De no ser por la vigencia de la dictadura, El gobierno João Goulart habría motivado en aquella época un debate saludable incluso sobre las razones del desvío de los estudios brasileños hacia institutos, fundaciones y universidades del exterior. Los obstáculos encontrados por nuestros estudiosos y autores comenzaban en las fuentes del país, en especial las oficiales, inclinadas a favorecer interpretaciones menos críticas de extranjeros poco familiarizados con la escena brasileña. Al mismo tiempo, los brasileños tropezaban allá afuera con la reticencia de ciertas fuentes - como el general Walters, que concedió una entrevista a la americana Parker, poco informada sobre las peripecias de él en Brasil, y se negó a hablarle a Moniz Bandeira y otros. El ex-embajador Gordon llego incluso a defender su derecho a mentir a un periodista brasileño excesivamente curioso. “Mentí deliberadamente porque no estaba obligado a decirle la verdad”, explicó en enero de 1977 a la corresponsal Eugênia Fernandes, de Manchete, al ser preguntado sobre una declaración falsa hecha en 1971 a Elio Gaspari, de Veja. Gordon, que murió a fines del año pasado, confiaba plenamente en intelectuales americanos comprensivos, como el amigo Skidmore, que durmió en su casa en la noche del 31 de Marzo para el 1o de abril de 1964 - precisamente cuando el anfitrión comandaba desde Rio la fuerza-tarea en la costa de Brasil. Skidmore retribuyó la confianza al abrazar la tesis de la no ingerencia de los EE.UU. (y del propio Gordon) en 1964, atribuyendo las versiones en contra - comprobadas en 1977, con la liberación de los papeles de la biblioteca LBJ - o a irresponsables, o a la izquierda radical.

 

Entre los agregados de Moniz Bandeira que enriquecieron El gobierno João Goulart sin alterar en esencia el contenido original del libro, está el registro del papel asumido por Jango en la década de 1950 como representante de Vargas, en la intermediación junto al emisario de Juan Perón, que había canalizado recursos hacia el PTB (en forma de representaciones dadas al petebista Hugo Borghi). Según el periodista argentino Rogelio Garcia Lupo, eso fue averiguado en una investigación de los militares argentinos que derrocaron a Perón en 1955. A Carlos Lacerda y a la UDN les hubiera encantado haber estado en conocimiento del hecho en aquel momento, ya que incluso usaron un documento fraudulento (la célebre carta Brandi) con la obsesión de probar una conexión semejante.

 

Quedamos en deuda incluso con el autor por ponerle fin a otro misterio - el de las últimas horas de Brizola en Uruguay, luego de la revocación del asilo. En las 20 páginas del prefacio a la nueva edición está el relato de la aventura - en clima de película de espionaje, aunque cada detalle este basado en declaraciones de los  personajes. De los contactos iniciales con autoridades brasileñas, a través del abogado, sobre la posibilidad (enfáticamente rechazada) de retorno a Brasil, a la decisión de “jugar la carta americana” - el pedido de asilo, vía embajada de los EE.UU. en Montevideo, para “poner a prueba la política de derechos humanos del presidente Carter”. La ola de asesinatos de políticos de izquierda ya había comenzado en el cono Sur (en especial en Argentina). Brizola viajó a Buenos Aires, bajo la protección, todo el tiempo, de diplomáticos o agentes de los EE.UU., que lo instalaron en un apartamento particular, a la espera de un vuelo de la Braniff en la mañana siguiente, con escalas en Santiago de Chile y Miami. A última hora el vuelo fue de Aerolíneas Argentinas, sin escalas - directo a Nueva York, donde el propio Moniz Bandeira lo esperaba en el aeropuerto JFK.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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