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Brasil: “la
hora del pueblo”
por
Héctor Valle
“Tal vez en el futuro, cuando sea
escrita la crónica factual de los dos mandatos
presidenciales de Luiz Inácio Lula da Silva, el
pleito del 29 de octubre de 2006 aparezca como mera
repetición de los resultados numéricos de cuatro
años antes, en que el candidato del PT venció al del
PSDB por una diferencia en torno a los 20 millones
de votos. Quedará, entonces, encubierto, bajo cifras
casi idénticas, el desplazamiento que, con el
aspecto superficial de la consagración del lulismo,
puede haber significado, en verdad, un importante
realineamiento político de estratos decisivos del
electorado.”
André Singer, “Raízes Sociais e
Ideológicas do Lulismo”
Introducción
El Brasil acaba de comenzar una nueva
fase. Instalada en el centro de las discusiones de
los temas del mundo, la nación norteña rediseña su
Estado mientras vastos sectores sociales, otrora
olvidados y sumergidos, han comenzado, sin sombras
de dudas, una vida crecientemente más digna.
Es la emergencia del pueblo la que
está vehiculizando este progreso de lo humano en un
país que hasta hace muy poco se contentaba con que
su estamento burocrático modulara para sí los
pequeños avances que se producían, mientras el
pueblo permanecía ajeno y expectante.
Nuestra intención, conscientes de la
imposibilidad de tratar en un artículo la vastedad
de asuntos que traen consigo esta realidad, consiste
en presentar cuestiones a nuestro entender
sustantivas para que cada quien, a su modo y tiempo,
busque, coteje y analice el Brasil actual y futuro
que, vaya novedad, resulta crucial para todo
sudamericano.
La
historia reciente y la emergencia de Lula
El anterior
Presidente tuvo, particularmente en su segundo
período de gobierno, un accionar sumamente errático
y por demás contrario a los intereses populares.
Así, el candidato de
determinados sectores de poder, llevó adelante una
serie de privatizaciones que, conducidas con una
liberalidad que otros catalogan de irresponsable,
trasladó el control, y el rédito posible, de
sectores estratégicos del Estado al denominado
sector privado. Se estaba en medio de la fiesta
neoliberal y la lectura y seguimiento de su
catecismo era bien vista por la centralidad del
poder en el mundo.
En forma tardía, a su
vez, el anterior gobierno constató que tanta
liberalidad no le trajo aparejado mayores
aproximaciones a ese centro, el que le siguió
obsequiando una delicada ignorancia en los asuntos
estratégicos.
Como bien argumentara el economista
brasileño João Sicsú, en su ensayo intitulado
“Re-visões do desenvolvimento”, “Hay
dos proyectos en disputa: el del estancamiento, que
acentuó vulnerabilidades sociales y económicas,
aplicado en el período 1995-2002, y el desarrollista
redistributivo, en curso. Por lo tanto, lo que está
en disputa, particularmente en este año de 2010, son
proyectos, ya comprobados, que anuncian continuidad
o cambio.”
Es decir, por un
lado, los que cuidan intereses de los grupos que
integran y por el otro, aquellos funcionarios que
muestran osadía y creatividad, sin olvidar a quiénes
deben lealtad, esto es al Estado nacional, y van
por cambios realmente importantes para el pleno de
la ciudadanía.
A renglón seguido, Sicsú alega que: “Sólo
en el escenario artificial, que los grandes medios
de comunicación intentan crear, llamado de
pos-Lula, es que lo que
estaría abierto para la elección sería apenas el
nombre del “administrador del condominio Brasil”.
Sería como si el “ómnibus Brasil” tuviera un
trayecto conocido, pero sería preciso saber tan solo
quién sería el mejor y más eficiente “conductor”. Si
fuera del caso utilizar esa figura, lo que
verdaderamente está en juego en el 2010 es el
trayecto, o sea, el proyecto, que obviamente está
concretado en candidatos, aliados y bases sociales.”
Se trata, entonces,
de modelos antagónicos en pugna.
Así, cuando el señor
Luiz Inácio Lula da Silva se hizo cargo de la
Presidencia del Brasil tuvo, como primera tarea la
de ordenar el descalabro que recibiera del anterior
mandatario y sus más cercanos colaboradores. Y lo
hizo gradualmente, en una tarea que le llevó su
primer período de Gobierno, prácticamente.
Desde el vamos, Lula
tuvo en los grandes medios de comunicación – para
referirnos a su oposición “visible” -, una lucha que
no cesaría de darse aunque mediaran éxitos y avances
notorios en la economía del Brasil.
Asimismo, el
Presidente Lula contó desde el arranque, con
reclamos sociales provenientes tanto de su propio
Partido como de los sindicatos y organizaciones
sociales. Tal era el estado de postración social en
que recibiera el país.
Es prudente, pues,
atisbar el porqué del significativo avance en
políticas sociales que tuvo el Presidente Lula a
partir de su segundo mandato. Por ello es que
consideramos especialmente relevante el pensamiento
del señor André Singer - ya citado en nuestro
epígrafe -, periodista y politólogo brasileño, quien
a su vez fuera portavoz del Presidente Lula en su
primer mandato.
En el citado ensayo, Singer estudia
el llamado “Lulismo”, con método y bases
científicas, llegando a conclusiones realmente
interesantes. Veamos una de ellas a modo de ejemplo:
“Lo popular que
había quedado fuera de moda, sea por la retórica de
la modernización, al centro, sea por el discurso de
clase, a la izquierda, está de vuelta.
Diferentemente de la experiencia del PSDB, el “Real
de Lula” vino acompañado de un mensaje que hace
sentido para los de menor renta: por primera vez el
Estado brasileño mira a los más frágiles y, por lo
tanto, se popularizó.”
Es decir que hubo una
intención clara, y meditada, de atender a lo social,
comprometiéndose abiertamente con el pueblo a través
de programas diversos que han tenido no sólo
continuidad en el tiempo sino también revisiones
periódicas tendientes a mejorarlos al irlos
adecuándolos a la realidad que la experiencia
acumulada va dictando.
Por eso lo del
título: se trata de la hora del pueblo, puesto que
este avance, en sus más variadas facetas, lo
encuentra al soberano en el centro de la
consideración y ocupación del Estado. De un Estado,
convengamos, crecientemente democrático.
Ya no es, tan sólo,
el hecho que un estamento burocrático comande con
éxito los destinos de una nación del porte del
Brasil, algo que esta nación tiene desde hace
siglos. No. Ahora se trata del Brasil avanzando,
desde sus estructuras pensantes y operativas,
teniendo como eje central de sus políticas sociales
al pueblo en su conjunto pero en especial a aquellos
sectores altamente postergados. Algo a lo cual se ha
ido arribando de manera notoria y creciente.
Y estos no es una
mera expresión de simpatía para con el Brasil lo que
sería, además de anecdótico, irrelevante. No. Se
trata de un análisis a partir de la lectura de los
hechos constatables y que resultan ser,
concédasenos, verdades de a puño.
Avances en lo interno
y en lo externo
Son tales y de tal
entidad los avances logrados en estos ocho años,
pero singularmente en los últimos cuatro de la
Presidencia del señor da Silva que habremos de
presentar unos pocos a modo de ejemplo.
Para ello, nos
valdremos, en parte, del discurso proferido por su
Ministro de Relaciones Exteriores, el embajador
Celso Amorim, en el pleno de las Naciones Unidas, a
resultas del Debate General de la 65ª Asamblea de la
misma.
Este discurso, como
ustedes saben, fue leído hace apenas pocos días,
representa también una inflexión en la historia
diplomática y de la política exterior en general del
Brasil ante el mundo, para con el mundo.
Antes vayamos a los
datos prometidos
Dice el canciller: “A
lo largo de los dos mandatos del Presidente Lula, el
Brasil cambió. Crecimiento económico sustentable,
estabilidad financiera, inclusión social y la plena
vigencia de la democracia convivieron y se
reforzaron mutuamente.” Y éste es, como
decíamos, el avance cualitativo: el de la plena
vigencia democrática donde los avances en lo
económico y financiero marcharon junto con lo social
y político.
Seguidamente, el canciller abunda en
datos al respecto: “Más de
veinte millones de brasileños saldrían de la pobreza
y otros tantos de la pobreza extrema. Casi treinta
millones de personas ingresaron en la clase media.
Políticas públicas firmes y transparentes redujeron
las desigualdades de renta, de acceso y de
oportunidades. Millones de brasileños conquistaron
la dignidad y la ciudadanía.”
La elocuencia de
estos datos nos lleva a entender el apabullante
respaldo que tiene el Presidente da Silva e incluso
la señora Roussef - candidata del PT, cabeza
pensante y brazo ejecutor de políticas centrales
dictadas por Lula -, con un proyecto que está en
progreso.
En fin, el Brasil,
que ha rediseñado su política de Defensa, que ha re
articulado su Ministerio de Relaciones Exteriores,
es el mismo que en estas horas también ha retomado
sendas de prosperidad sobre bases muy firmes.
Brasil acaba de
recapitalizar Petrobras al tiempo que incrementó la
presencia del Estado en el paquete accionario de la
misma.
Son innumerables los
datos de crecimiento en sectores estratégicos de la
economía brasileña, como así también los avances de
los programas sociales implementados desde el
Estado.
Programas ejecutados
en sus más variados frentes y que, lejos de referir
a un burdo asistencialismo, capacitan a hombres y
mujeres de a pie dotándolos de instrumentos
esenciales para intentar acceder a otros planos de
actuación societaria, sea bajo la modalidad
empresarial, sea en lo comunitario y social, por
ejemplo.
Hablamos de gentes
que, hasta hace pocos años, estaban no sólo
relegadas sino y groseramente olvidadas por los
otrora príncipes de una nación periférica y
“neutral”.
El Brasil de la
no-indiferencia
Periferia y
neutralidad que se traslada también al plano de lo
internacional. Y aquí está el cambio estratégico, en
lo geopolítico y geoestratégico del Brasil: el
Brasil ya no es, ni quiere volver a ser, un “país
neutral”, que se acomoda a los dictámenes de los
mandamases del “centro”.
El Brasil, lejos de
renegar de su ubicación periférica la potencia y
conduce para que la centralidad del mundo, en su
manejo, comience a rotar su eje por vía de la
generación de multipolaridades operativas. Para
ello, claro está, cuenta con otras importantes
naciones, también periféricas, con las que se ha
asociado en diversas modalidades.
Y este avance de la
diplomacia brasileña también se apoya en otro vector
que incorporó el Presidente da Silva a las
relaciones internacionales: el universitario y
político de la mano, por ejemplo, de su asesor, el
señor Marco Aurelio García. Lo cual da por resultado
una presencia de mayor abarcación, que busca crecer
junto con los parceros que esta nación tiene y
precisa, geoestratégicamente, en su primer círculo:
los países de la América del Sur.
Asimismo, el Brasil
avanza desde diferentes agrupamientos en las
relaciones internacionales: G20, G4, BRICS, IBAS,
UNASUR, junto con el MERCOSUR, en proyección desde
la ALADI y que así va irradiándose a la
complementariedad asociativa con otras naciones y
grupos de naciones.
Pero si hubiera que
resumir, en el contexto de la política exterior
brasileña aquello que no sólo la hace mayor y más
plena sino que la diferencia de sus anteriores
modalidades, no tenemos duda en citar lo que en el
Brasil y desde Itamaraty se dio en llamar la
política de la “no-indiferencia”.
Una política externa
llevada adelante sin preconceptos y, muy
especialmente, sin miedos a incomodar a los otrora
dueños del mundo, aunque tampoco a embestirlos
irracionalmente.
Diversidad, arrojo y
voluntad de cambio
Una política de la
Casa que dice presentar una maduración y proyección
que la hace trascender su condición de parte
constitutiva del estamento burocrático que gobierna
esta Nación. Estamento éste que, en el Brasil, vale
remarcarlo, piensa y decide desde hace siglos,
formando parte, según algunos, de lo que vulgarmente
suele llamarse “el poder permanente” y que les tiene
presentes en grado no menor.
Lo trasciende, digo,
en el sentido de incrementar su permeabilidad ante
lo societario y humano. Fue en este gobierno, vale
recordarlo, que tal trascendencia comenzó a tener
visos de realidad, merced al arrojo del Presidente
Lula, junto con el de su actual canciller como el de
su ex vice canciller, el embajador y catedrático
Samuel Pinheiro Guimarães, al “abrirla” al pleno de
la sociedad.
Al quitar sutiles
barreras impuestas por el estamento - algunas de
éstas impulsadas en la anterior administración -,
donde por vía de la imposición de mayores trabas al
ingreso a la “carrera”, fuera por un idioma, fuera
por no atreverse o no querer buscar formas más
democráticas para que el acceso fuera lo más abierto
posible, el acceso estaba facilitado singularmente
para los sectores históricamente y estamentalmente
constitutivos de la Casa.
Así, por acción o por
inacción, que a la postre es una modalidad política
de actuar, a la comunidad negra, entre otras, -
aunque de una importancia social y cultural
innegable para el Brasil -, le era casi imposible
acceder a la carrera diplomática y con ello a los
cuadros pensantes del estamento burocrático por
antonomasia.
Con el Presidente
Lula, el canciller Amorim y el entonces vice-canciller
Pinheiro Guimarães, reiterémoslo una y otra vez, se
hizo posible que se instituyeran medidas específicas
para facilitar el acceso democrático a la carrera
diplomática.
Y lo hicieron en
medio de una lluvia de agravios y desinformación
provenientes de los sectores más reaccionarios de la
sociedad.
Ellos tres tuvieron
el coraje de enfrentar a las huestes de la nada y
llevar democracia también al seno del mismo
estamento burocrático, desde su vector diplomático.
Si algo signa al
Brasil, entre tantas etnias y culturas, es el negro
y a su cultura. Y con él, al pasado de oprobio y
enajenación que le acompaña. Pese a ello, la
comunidad negra no sólo existe sino que constituye
parte esencial del Brasil. Nadie podría entender a
esta nación despojada de la historia del negro a
través de sus diferentes épocas.
Un ejemplo a seguir
Pero como la
vergüenza y el coraje también son moneda corriente
en esta nación, ahora el poder constitutivo del
Estado promueve - y queremos creer que promoverá
con mayor decisión y acción en el futuro cercano -,
su inclusión plena su aparato circulatorio
llevándola a ser grande también y primeramente por
su condición humana, en el respeto a la diversidad,
luego a la dignidad del otro, del diferente.
Y que lo copien otras
naciones que, como el Uruguay - por ejemplo y para
hablar desde la circunstancia del que esto escribe
-, mantienen una hipocresía agraviante respecto de
estas cuestiones.
Es que lo que está
soterrado en el Brasil es lo mismo que recorre las
venas de nuestra América: la sangre y el sentir de
vastas capas sociales hasta hace muy poco
postergadas, alienadas, quitadas de la mesa, y que
ahora han comenzado a emerger.
Vale, asimismo,
destacar que es una emergencia muy diferente a la de
apenas acceder a las clases medias, en sus
diferentes modalidades o capas. Porque si esto fuera
lo único, sería también utilitarista y cosificador.
Y no lo es.
En el Brasil, el
hombre y la mujer de a pie, del color que fuere, lo
reiteramos, ahora comienzan a tener expectativas
ciertas de avance en lo humano, desde la dignidad, y
en lo societario, desde el respeto a su condición de
ciudadanos y ciudadanas.
Por esto último,
singularmente, al Brasil le ha llegado la hora de su
pueblo. Y por ello, levantamos nuestro brazo y le
saludamos, desde el llano para con el otro llano, el
que nos complementa y así formamos una unidad en la
diversidad: Sudamérica, la postergada que, al
influjo del Brasil, ahora comienza a andar, erguida.
Irgámonos, también, y avancemos. En el horizonte, el
mundo; en el cielo, la consideración para con el
otro. No más indiferencia. No más.-
LA
ONDA®
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