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Obama: La dignidad es
un derecho humano
Discurso
ante 65ª sesión de ONU
Discurso completo del presidente de los EEUU, Barack
Obama ante ante la 65ª sesión de la Asamblea General
de la ONU
el 23 de septiembre.
Sr.
Presidente, Sr. Secretario General, colegas
delegados, damas y caballeros: Es un gran honor
dirigirme a esta asamblea por segunda vez, casi dos
años después de ser elegido Presidente de Estados
Unidos.
Sabemos
que éstos no son tiempos normales para nuestros
pueblos. Cada uno de nosotros viene aquí con sus
propios problemas y prioridades. Pero también hay
desafíos que tenemos en común como líderes y como
naciones.
Nos
reunimos dentro de una institución forjada sobre los
escombros de la guerra, concebida para unir al mundo
en busca de la paz. Y nos reunimos dentro de una
ciudad que –durante siglos– ha acogido a personas de
todo el mundo, demostrando que personas de todo
color, credo y condición social pueden unirse para
buscar oportunidades, desarrollar una comunidad y
vivir con el don de la libertad humana.
Fuera de
las puertas de esta sala, las cuadras y los
vecindarios de esta gran ciudad cuentan la historia
de una década difícil. Hace nueve años, la
destrucción del World Trade Center fue indicio de
una amenaza que no respetaba los límites de la
dignidad ni la decencia. Este mes se cumplen dos
años desde que una crisis financiera en Wall Street
devastó a las familias promedio de Estados Unidos.
Estos desafíos distintos han afectado a gente en
todo el mundo. Hombres y mujeres y niños han sido
asesinados por extremistas desde Casablanca hasta
Londres; desde Jalalabad hasta Yakarta. La economía
mundial sufrió un golpe enorme durante la crisis
financiera, lo que afectó el mercado y pospuso los
sueños de millones en todos los continentes. Detrás
de estos desafíos para nuestra seguridad y
prosperidad yacen temores más profundos: que odios
antiguos y divisiones religiosas nuevamente
aumentan; que de alguna manera hemos perdido el
control de un mundo que se ha vuelto cada vez más
interconectado.
Éstos
son algunos de los desafíos que mi gobierno ha
enfrentado desde que asumí la presidencia. Y hoy, me
gustaría hablar con ustedes sobre lo que hemos hecho
durante los últimos 20 meses para hacerles frente a
dichos desafíos; la responsabilidad que tenemos de
consolidar la paz en el Oriente Medio, y el tipo de
mundo que estamos tratando de forjar en este siglo
XXI.
Permítame comenzar con lo que hemos hecho. Mi
principal cometido como Presidente fue rescatar
nuestra economía de una catástrofe potencial. Y en
una era en la que la prosperidad se comparte, no
podríamos haberlo hecho solos. Por lo tanto, Estados
Unidos se ha sumado a países de todo el mundo para
propiciar el crecimiento y renovar la demanda que
podría reiniciar la generación de empleos. Estamos
reforzando nuestro sistema de finanzas globales,
comenzando con la reforma de Wall Street aquí en mi
país, para que nunca vuelva a suceder una crisis
como ésta. E hicimos del G-20 el punto focal de
coordinación internacional, porque en un mundo donde
la prosperidad es más difusa, debemos ampliar
nuestro círculo de cooperación para incluir a las
economías emergentes, economías de todos los
rincones del mundo.
Nuestros
esfuerzos han producido muchos resultados, a pesar
de que aún queda mucho trabajo por hacer. Sacamos a
la economía mundial del borde de una depresión y
está volviendo a crecer. Hemos rechazado el
proteccionismo y estamos explorando maneras de
aumentar el intercambio comercial entre países. Pero
no podemos quedarnos cruzados de brazos – ni lo
haremos – hasta que estas semillas de progreso se
conviertan en prosperidad más generalizada no sólo
para todos los estadounidenses, sino para los
pueblos de todo el mundo.
En
cuanto a nuestra seguridad común, Estados Unidos
está librando una lucha más eficaz contra Al Qaida,
a la vez que lleva la guerra en Irak a su fin. Desde
que asumí el mando, Estados Unidos ha movilizado a
casi 100,000 soldados fuera de Irak. Lo hemos hecho
de manera responsable, a medida que los iraquíes
pasaban a asumir la responsabilidad por la seguridad
de su país. Ahora nos concentramos en forjar una
sociedad duradera con el pueblo iraquí, mientras
cumplimos con nuestro compromiso de replegar al
resto de nuestras tropas para fines del próximo año.
Al
reducir nuestra presencia en Irak, nos hemos
reorientado a vencer a Al Qaida y negarles a sus
afiliados un refugio. En Afganistán, Estados Unidos
y nuestros aliados siguen una estrategia para
interrumpir el ímpetu de los talibanes y aumentar la
capacidad del gobierno y las Fuerzas de Seguridad de
Afganistán, para que en julio se pueda comenzar a
transferir responsabilidad a los afganos. Y desde
Asia meridional hasta el Cuerno de África, avanzamos
hacia una estrategia más específica, que robustezca
a nuestros aliados y desmantele las redes
terroristas sin movilizar ejércitos numerosos de
Estados Unidos.
Mientras
perseguimos a los extremistas más peligrosos del
mundo, también los estamos privando de las armas más
peligrosas del mundo y consolidando la paz y
seguridad de un mundo sin armas nucleares. Este año,
47 países acogieron un plan trabajo para almacenar
en lugares seguros todos los materiales nucleares
vulnerables dentro de cuatro años. Nos hemos unido a
Rusia para firmar el tratado de control de armas de
mayor envergadura en varias décadas. Hemos reducido
el papel de las armas nucleares en nuestra
estrategia de seguridad. Y aquí, en las Naciones
Unidas, nos hemos unido para mejorar el Tratado
sobre la No Proliferación Nuclear.
Ahora
bien, como parte de nuestro esfuerzo contra la
proliferación, le extendí la mano a la República
Islámica de Irán el año pasado y destaqué que tiene
tanto derechos como responsabilidades como miembro
de la comunidad internacional. También dije en esta
sala que se debe hacer que Irán rinda cuentas por
sus actos si incumple dichas responsabilidades. Eso
es lo que hemos hecho. Irán es el único suscriptor
del Tratado sobre la No Proliferación que no puede
demostrar que tiene intenciones pacíficas… pacíficas
para su programa nuclear, y esos actos tienen
consecuencias. Por medio de la resolución 1929 del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, hemos
dejado en claro que las leyes internacionales no son
una promesa vana.
Ahora,
permítanme volver a ser claro: Estados Unidos y la
comunidad internacional desean resolver sus
diferencias con Irán, y la puerta sigue abierta a la
diplomacia si Irán opta por usarla. Pero el gobierno
de Irán debe demostrar un compromiso claro y digno
de fe, y probarle al mundo las intenciones pacíficas
de su programa nuclear.
Mientras
combatimos la proliferación de armas letales,
también enfrentamos el espectro del cambio
climático. Tras hacer inversiones históricas en
energía limpia y eficiencia en nuestro país,
ayudamos a lograr un acuerdo en Copenhague en el
que, por primera vez, las principales economías se
comprometen a reducir sus emisiones. Estamos muy
conscientes de que éste es apenas el primer paso. De
ahora en adelante, apoyaremos un proceso en el que
todas las principales economías cumplamos con
nuestras responsabilidades de proteger el planeta y
a la vez demos rienda suelta al poder de la energía
limpia para que sirva como motor de crecimiento y
desarrollo.
Estados
Unidos también ha aceptado responsabilidades únicas
que provienen de nuestra capacidad. Desde el inicio
de las lluvias e inundaciones en Pakistán, hemos
prometido nuestra asistencia, y todos debemos
respaldar al pueblo paquistaní mientras se recupera
y reconstruye. Y cuando la Tierra tembló y Haití
quedó desolada por sus pérdidas, nos unimos a una
coalición de países para responder. Hoy rendimos
homenaje a los miembros de la familia de las
Naciones Unidas que perdieron la vida en el
terremoto y nos comprometemos a respaldar al pueblo
haitiano hasta que pueda recuperarse.
En medio
de esta conmoción, también hemos sido persistentes
en nuestros esfuerzos por lograr la paz. El año
pasado, prometí hacer todo lo posible para apoyar el
objetivo de que existan dos Estados, Israel y
Palestina, y vivan uno al lado del otro con paz y
seguridad, como parte de una paz general entre
Israel y todos sus vecinos. Hemos recorrido un
camino con muchas curvas en los últimos 12 meses,
con pocos picos y muchos valles. Pero este mes, me
complace haber procurado negociaciones directas
entre israelíes y palestinos en Washington, Sharm
el-Sheikh y Jerusalén.
Ahora
bien, reconozco que muchos se sienten pesimistas
sobre este proceso. Los cínicos dicen que los
israelíes y palestinos desconfían demasiado los unos
de los otros y están demasiado divididos
internamente como para consolidar una paz duradera.
Los que se oponen a la paz en ambos lados tratarán
de interrumpir el proceso con palabras amargas y con
bombas, o con armas de fuego. Hay quienes dicen que
la brecha entre las partes es demasiado extensa; el
potencial de que se rompan las conversaciones es
demasiado grande, que tras décadas de fracaso, la
paz simplemente no es posible. Oigo esas voces de
escepticismo.
Pero les
pido que consideren la alternativa. Si no se llega a
un acuerdo, los palestinos nunca conocerán el
orgullo y dignidad que proviene de tener su propio
Estado. Los israelíes nunca conocerán la certeza y
seguridad que proviene de vecinos soberanos y
estables, comprometidos con la coexistencia. La
difícil realidad de la demografía se arraigará. Se
derramará más sangre. Esta Tierra Santa seguirá
siendo un símbolo de nuestras diferencias, en vez de
nuestra humanidad común.
Me
rehúso a aceptar ese futuro. Y todos debemos tomar
una decisión. Cada uno de nosotros debe escoger una
vía hacia la paz. Por supuesto que esa
responsabilidad comienza con las mismas partes
interesadas, quienes deben responder al llamado de
la historia. Este mes en la Casa Blanca, me
impresionaron las palabras de líderes tanto
israelíes como palestinos. El Primer Ministro
Netanyahu dijo, “Vine hoy aquí para lograr un
arreglo histórico que permita que ambos pueblos
vivan en paz, seguridad y dignidad”. El Presidente
Abás afirmó, “haremos todo lo posible y trabajaremos
diligente e incansablemente para asegurar que estas
negociaciones logren su cometido”.
Estas
palabras deben ser seguidas ahora por hechos, y creo
que ambos líderes tienen la valentía para hacer eso.
Pero el camino que debemos recorrer es sumamente
difícil, motivo por el cual insto tanto a israelíes
como palestinos – y al mundo – a unirse detrás del
objetivo que esos líderes comparten ahora. Sabemos
que habrá pruebas en el camino, que pronto se
avecina una de esas pruebas. La moratoria en
asentamientos de Israel ha tenido un impacto en esta
región y mejorado el ambiente para las
conversaciones. Nuestra posición sobre este asunto
es muy conocida. Creemos que se debe prolongar la
moratoria. También consideramos que las
conversaciones deben continuar hasta que concluyan.
Éste es el momento de que las partes se ayuden a
superar ese obstáculo. Éste es momento de aumentar
la confianza – y dar tiempo – para los logros
considerables que deben alcanzarse. Éste es el
momento de aprovechar esta oportunidad, para que no
se pierda.
Ahora
bien, los israelíes y palestinos tienen que hacer la
paz, pero todos nosotros también tenemos la
responsabilidad de poner de nuestra parte. Quienes
somos amigos de Israel debemos comprender que la
verdadera seguridad para el estado judío requiere
una Palestina independiente, que permita que el
pueblo palestino viva con dignidad y oportunidades.
Y quienes somos amigos de los palestinos debemos
comprender que los derechos del pueblo palestino
sólo se ganarán por medios pacíficos, lo que incluye
una reconciliación genuina con un Israel seguro.
Sé que
muchos en esta sala se consideran amigos de los
palestinos. Pero esas promesas de amistad deben ser
respaldadas por hechos. Quienes suscribieron la
Iniciativa Árabe de Paz deben aprovechar la
oportunidad de hacerla realidad dando pasos
tangibles hacia la normalización que ésta le promete
a Israel.
Y
quienes hablan a favor de la autonomía de Palestina
deben ayudar a la Autoridad Palestina política y
económicamente, y al hacerlo, ayudarían a los
palestinos a desarrollar las instituciones de su
Estado.
Quienes
anhelan ver la independencia de Palestina también
deben dejar de tratar de eliminar a Israel. Tras
miles de años, los judíos y los árabes no son
extranjeros en tierra extranjera. Después de 60 años
en la comunidad de naciones, la existencia de Israel
no debería ser motivo de debate.
Israel
es un Estado soberano y el territorio histórico del
pueblo judío. A todos debe quedarles claro que los
esfuerzos por cuestionar la legitimidad de Israel
sólo se encontrarán con la oposición imperturbable
de Estados Unidos. Y los esfuerzos por amenazar o
matar israelíes no ayudará para nada al pueblo
palestino. La matanza de israelíes inocentes no es
resistencia; es injusticia. Y que no quepa duda: La
valentía de un hombre como el Presidente Abás, que
defiende a su pueblo frente al mundo en
circunstancias muy difíciles, es mucho mayor que la
valentía de quienes lanzan cohetes contra mujeres y
niños inocentes.
El
conflicto entre israelíes y árabes es tan antiguo
como esta institución. Y podemos regresar el próximo
año, como hemos hecho en los últimos 60 años, y
pronunciar largos discursos al respecto. Podemos
leer las acostumbradas listas de quejas. Podemos
bloquear las mismas resoluciones. Podemos darle más
peso a las fuerzas del rechazo y el odio. Y podemos
perder más tiempo insistiendo en argumentos que no
ayudarán a ningún niño israelí o palestino a tener
una vida mejor. Podemos hacer eso.
O
podemos decir que esta vez será diferente, que esta
vez no permitiremos que el terrorismo ni la
agitación ni las poses ni la politiquería barata se
conviertan en obstáculos. Esta vez no pensaremos en
nosotros sino en la niña de Gaza que quiere que en
sus sueños no haya un techo, o el niño de Sderot que
no quiere tener pesadillas de ataques con cohetes.
Esta vez
debemos inspirarnos en las enseñanzas de tolerancia
que están en el corazón de tres grandes religiones
que consideran sagrada la tierra de Jerusalén. Esta
vez debemos buscar lo mejor que tenemos dentro de
nosotros mismos. Y si lo hacemos, cuando volvamos el
próximo año, podremos lograr un acuerdo que produzca
un nuevo miembro de Naciones Unidas, el estado
independiente y soberano de Palestina, que vive en
paz con Israel. (Aplausos.)
Nuestro
destino es llevar la carga de los desafíos que hemos
mencionado: la recesión, la guerra y el conflicto. Y
siempre hay cierta urgencia, incluso emergencia, que
repercute en nuestra política de relaciones
exteriores. De hecho, tras milenios marcados por
guerras, esta misma institución refleja el deseo de
los seres humanos de crear un foro para hacerles
frente a las emergencias que inevitablemente
surgirán.
Pero
incluso al enfrentar los desafíos inmediatos,
también debemos tratar de tener la previsión para
ver por más allá y pensar en lo que estamos tratando
de construir a largo plazo. ¿Qué mundo nos espera
cuando las batallas de hoy lleguen a su fin? Y
quisiera hablar de eso con lo que me queda de tiempo
hoy.
Una de
las primeras medidas de esta Asamblea General fue
adoptar una Declaración Universal de Derechos
Humanos en 1948. Esa declaración empieza afirmando
que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo
tienen por base el reconocimiento de la dignidad
intrínseca y de los derechos iguales e inalienables
de todos los miembros de la familia humana”.
La idea
es simple, que la libertad, justicia y paz empiecen
con la vida de cada uno de los seres humanos. Y para
Estados Unidos, esto es un asunto de necesidad moral
y pragmática. Como dijo Robert Kennedy, “el hombre,
el hijo de Dios, es norma de valor, y toda sociedad,
grupo y estado existen para su beneficio”. Así que
nosotros respaldamos los valores universales porque
es lo correcto. Pero también sabemos por experiencia
que quienes defienden esos valores para su gente han
sido nuestros más leales amigos y aliados, mientras
que quienes han negado esos derechos, ya sea grupos
terroristas o gobiernos tiránicos, han elegido ser
nuestros adversarios.
Los
derechos humanos nunca han dejado de ser
cuestionados, en todos nuestros países y en el
mundo. La tiranía aún existe y se manifiesta ya sea
en la matanza por los talibanes de niñas que tratan
de ir a la escuela, un régimen de Corea del Norte
que esclaviza a su propio pueblo o un grupo armado
en Congo-Kinshasa que usa la violación como arma de
guerra.
En
tiempos de malestar económico, también puede existir
ansiedad sobre los derechos humanos. Hoy en día, así
como antes de la desaceleración económica, hay
quienes ponen de lado los derechos humanos a favor
de la promesa de estabilidad a corto plazo o la
falsa noción de que el crecimiento económico puede
darse a costa de la libertad. Vemos que los líderes
abolen las limitaciones a los períodos de mandato.
Vemos que se toman medidas contra la sociedad civil.
Vemos que la corrupción sofoca el espíritu
empresarial y el buen gobierno. Vemos que reformas
democráticas se posponen indefinidamente.
Como
dije el año pasado, cada país seguirá su camino,
conforme a la cultura de su propio pueblo. Sin
embargo, la experiencia nos muestra que la historia
favorece la libertad; que la base más sólida para el
progreso humano es la apertura económica, de la
sociedad y del gobierno. En pocas palabras, la
democracia, más que cualquier otro tipo de gobierno,
produce resultados para nuestros ciudadanos. Y creo
que esa verdad no hará sino afianzarse en un mundo
en que las fronteras entre países están menos
claras.
Estados
Unidos está trabajando para forjar un mundo que
promueve esta apertura, pues la decadencia de una
economía cerrada o corrupta nunca debe eclipsar la
energía e innovación de los seres humanos. Todos
nosotros queremos el derecho de educar a nuestros
hijos, de ganar un buen salario, de cuidar a los
enfermos y de llegar tan lejos como nos lo permitan
nuestros sueños y actos. Pero eso depende de que la
economía aproveche el poder de nuestro pueblo, lo
que incluye el potencial de mujeres y niñas. Eso
significa permitir que los empresarios comiencen una
empresa sin pagar sobornos y que los gobiernos
apoyen las oportunidades en vez de robarle a su
pueblo. Y eso significa recompensar el trabajo arduo
en vez de los riesgos imprudentes.
Ayer
presenté una nueva política para el desarrollo, en
pos de dichos objetivos, que reconoce que la
dignidad es un derecho humano y que el desarrollo
mundial nos conviene a todos. Estados Unidos se
asociará con los países que le ofrecen a su pueblo
una vía para salir de la pobreza. Y juntos podemos
dar rienda suelta al crecimiento que les da poder a
las personas y los mercados emergentes en todas las
regiones del mundo.
No hay
razón para que África no sea un exportador de
productos agrícolas y por ese motivo, nuestro
programa de seguridad alimentaria les otorga poder a
los agricultores. No hay razón para que no se
permita que los empresarios creen nuevos mercados en
toda sociedad y por ese motivo, presidí una cumbre
sobre capacidad empresarial en la primavera, pues la
obligación del gobierno es darles poder a las
personas, mas no ponerles obstáculos.
Lo mismo
sucede con la sociedad civil. El arco del progreso
humano ha sido delineado por personas con la
libertad de reunirse y por organizaciones no
gubernamentales que insistieron en cambios
democráticos y por la prensa libre que hizo que los
poderosos rindieran cuentas de sus actos. Lo
hemos visto en los sudafricanos que se opusieron al
apartheid, los polacos de Solidaridad, las madres de
los desaparecidos que denunciaron la Guerra Sucia,
los estadounidenses que marcharon por los derechos
de todas las razas, entre ellas la mía.
La
sociedad civil es la conciencia de nuestras
comunidades, y Estados Unidos siempre interaccionará
en el extranjero con ciudadanos más allá de las
esferas del gobierno. Denunciaremos a quienes
suprimen las ideas y seremos la voz de quienes no la
tienen. Promoveremos nuevas herramientas de
comunicación para que las personas tengan el poder
de comunicarse unas con las otras y, en sociedades
represivas, puedan hacerlo con seguridad. Apoyaremos
un Internet libre y abierto, para que las personas
tengan la información necesaria para llegar a sus
propias conclusiones. Y es hora de acoger y vigilar
eficazmente normas que promuevan los derechos de la
sociedad civil y garanticen su expansión dentro y
fuera de sus fronteras.
Una
sociedad abierta apoya la apertura del gobierno,
pero no puede sustituirlo. No existe derecho más
fundamental que la capacidad de escoger líderes y
determinar el destino propio. Ahora bien, que no
quepa la menor duda: El éxito de la democracia en el
mundo a fin de cuentas no se deberá a que Estados
Unidos la imponga; será producto de que los
ciudadanos individuales exijan voz y voto en la
manera en que son gobernados.
No
existe territorio donde esta noción no puede echar
raíces, así como cada democracia refleja la
originalidad de una nación. Este otoño viajaré a
Asia. Y visitaré la India, que eliminó el
colonialismo pacíficamente y creó una democracia
próspera para más de 1,000 millones de personas.
Proseguiré a Indonesia, el más populoso país con
mayoría musulmana, que conecta a miles de islas con
un gobierno representativo y una sociedad civil.
Participaré en la reunión del G20 en la península de
Corea, que le ofrece al mundo el más claro contraste
entre una sociedad dinámica, abierta y libre, y una
cautiva y cerrada. Y concluiré mi gira en el Japón,
una cultura antigua que encontró la paz y un
desarrollo extraordinario por medio de la
democracia.
Cada uno
de estos países alimenta los principios democráticos
a su propia manera. Incluso cuando algunos gobiernos
dan marcha atrás con reformas, también celebramos la
valentía de un Presidente de Colombia, que cedió el
poder voluntariamente, o la promesa de una nueva
constitución en Kenia.
El
factor común de progreso es el principio de que el
gobierno debe rendirles cuentas a sus ciudadanos. Y
la diversidad en esta sala deja en claro que ningún
país tiene todas las respuestas, sino que todos
debemos responderles a nuestros propios pueblos.
En todas
las regiones del mundo vemos la promesa de la
innovación para hacer que el gobierno sea más
abierto y responsable. Y ahora, debemos continuar
ese progreso. Y cuando nos volvamos a reunir el
próximo año, debemos ofrecer promesas específicas
para promover la transparencia, combatir la
corrupción, activar la participación civil,
aprovechar la tecnología para reforzar las bases de
la libertad en nuestros propios países, mientras
vivimos conforme a los ideales que pueden alumbrar
al mundo.
Esta
institución todavía puede desempeñar una función
indispensable en la promoción de los derechos
humanos. Es hora de darle la bienvenida a los
esfuerzos de ONU Mujeres por proteger los derechos
de la mujer en todo el mundo. (Aplausos.)
Es hora
de que todo Estado miembro someta sus elecciones al
escrutinio de observadores internacionales y aporte
al Fondo para la Democracia de las Naciones Unidas.
Es hora de revitalizar los esfuerzos de la ONU, por
mantener la paz, para que las misiones cuenten con
los recursos necesarios para tener éxito, se
prevengan atrocidades como la violencia sexual y se
vele por la justicia, pues la dignidad y la
democracia no pueden prosperar sin seguridad básica.
Y es
hora de hacer que esta institución también sea más
responsable por sus actos, porque los desafíos de un
nuevo siglo exigen nuevas maneras de servir a
nuestros intereses comunes.
El mundo
al que aspira Estados Unidos no es uno que podemos
forjar solos. Para que los derechos humanos lleguen
a quienes sufren de opresión, necesitamos que se
pronuncien al respecto. En particular, hago un
llamado a aquellos países que surgieron de la
tiranía e inspiraron al mundo durante la segunda
mitad del siglo pasado, desde Sudáfrica hasta Asia
meridional; desde Europa Oriental hasta Sudamérica.
No se queden cruzados de brazos, no permanezcan
callados cuando en otras partes se apresa a
disidentes y se apalea a manifestantes. Recuerden su
propia historia, porque parte del precio de nuestra
libertad es defender la libertad de otros.
Esa
noción guiará el liderazgo de Estados Unidos en este
siglo XXI. Es la creencia que nos ha permitido
sobrellevar tribulaciones durante más de dos siglos
y nos permitirá sobrellevar los desafíos que
enfrentamos ahora, sea la guerra o recesión, el
conflicto o la división.
Entonces, a pesar de que hemos pasado por una década
difícil, me presento hoy ante ustedes seguro del
futuro, un futuro donde Irak no es gobernado por un
tirano y una potencia extranjera, y Afganistán es
libre de la agitación bélica; un futuro donde los
niños de Israel y Palestina pueden consolidar la paz
que no fue posible para sus padres; un mundo donde
la promesa del desarrollo llegará a las prisiones de
la pobreza y enfermedad; un futuro donde la sombra
de la recesión da paso a la luz de la renovación y
el sueño de oportunidades para todos.
No será
fácil alcanzar este futuro. No llegará sin reveses
ni se alcanzará rápidamente. Pero la fundación misma
de las Naciones Unidas es prueba del progreso
humano. Recuerden: en tiempos mucho más difíciles
que los nuestros, nuestros predecesores optaron por
la esperanza de la unidad en vez de la fácil postura
divisionista y les hicieron una promesa a
generaciones futuras de que la dignidad e igualdad
de los seres humanos sería nuestra causa compartida.
Recae en
nosotros cumplir esa promesa. Y aunque enfrentaremos
fuerzas tenebrosas que someterán nuestra
determinación a prueba, los estadounidenses siempre
han tenido motivo para creer que podemos optar por
una historia mejor; sólo es necesario que miremos
más allá de las paredes que nos rodean, pues gracias
a ciudadanos de todos los orígenes imaginables que
llaman suya esta ciudad, vemos pruebas fehacientes
de que todos pueden tener acceso a las
oportunidades, que lo que nos une como seres humanos
es muy superior a lo que nos divide, y que personas
de todas las regiones de este mundo pueden vivir
juntas y en paz.
LA
ONDA®
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