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Las palabras no
son inocentes
por el
escritor Ignacio Martínez
(Palabras que destruyen o
construyen el mundo)
Las
palabras no son inocentes. Pueden ser constructoras
de nuevos mundos o destructoras del mundo que hoy
tenemos.
La
humanidad asiste en estos tiempos a una etapa de su
vida en que, por un lado, hay una enorme oferta de
modos de comunicación (Internet, teléfonos
celulares, televisión por cable, etc), al tiempo que
se producen mayores lejanías, separaciones,
incomunicaciones e incomprensiones.
Mario
Benedetti nos alerta sobre la comunicación en uno de
sus poemas breves, Mass Media, y nos dice:
“De los
medios de comunicación
en este
mundo tan codificado
con
Internet y otras navegaciones
yo sigo
prefiriendo
el viejo
beso artesanal
que
desde siempre comunica tanto”
Las
personas, especialmente los jóvenes, están sometidos
a un empobrecimiento de sus lenguajes, impidiéndoles
una comunicación en profundidad, cayendo
frecuentemente en la superficialidad y en no poder
comunicar una idea, una creencia, un sentimiento.
El
lenguaje es un espejo del pensamiento. Hablamos,
leemos y escribimos según el orden establecido en
nuestro pensamiento. Existe una relación
directamente proporcional entre orden y claridad de
pensamiento por un lado, y las manifestaciones a
través del lenguaje. Si no comprendemos un texto, si
escribimos mal la construcción de las frases, si nos
expresamos pobremente, es porque nuestro pensamiento
es pobre, desordenado, poco claro.
Hoy, a
través de los grandes medios de comunicación, hay
una tendencia importante a la simplificación, a la
pobreza del lenguaje, buscando que nos convirtamos
principalmente en consumidores o en meros receptores
de una información que siempre damos como válida.
Mi amigo
Eduardo Galeano acostumbra a decir que si no estás
en la televisión no existes, y creo que tiene razón.
Esa es la idea que domina entre las multitudinarias
poblaciones consumidores de horas y horas de una
televisión al servicio del consumo y del
sometimiento. Esa televisión nunca está al servicio
de la libertad y del crecimiento espiritual e
intelectual, salvo excepciones. El mundo sólo existe
si pasa por la televisión; esa es la idea que quiere
prevalecer en nuestra visión del mundo.
Por otro
lado también estamos asistiendo a una tergiversación
del significado de las palabras o la sustitución de
unas por otras para expresar una misma situación que
finalmente las justifique, las acepte y las apoye.
A las
invasiones de países, a las agresiones armadas, a la
ocupación de territorios se les llama “guerras
preventivas” para justificarlas. El gran gendarme
del mundo nos previene de la guerra haciendo la
guerra. Así aparecen las guerras “buenas” y las
guerras “malas”; los muertos que lloramos y los
muertos necesarios.
A los
países pobres, atrasados, enfermos, todavía se les
llama “países en vías de desarrollo”, un desarrollo
que no llega nunca, mientras la riqueza está
concentrada cada vez en menos manos y hay más gente
con hambre en el mundo. Más allá de todas las
palabras, lo cierto es que en los últimos años hay
400 millones más de personas en condición de pobreza
en el mundo, sumando 1700 millones en este momento,
es decir, la tercera parte de la humanidad.
Basta
ver la situación de muchos países africanos y
asiáticos para entender las miserias del mundo.
Basta ver las diferencias sociales en nuestra
América para entender las injusticias del mundo.
Esas
palabras, las que ya no se dicen porque no se
comprenden (justicia, derechos humanos, liberación),
las que nos condenan a ser meros consumidores
durante el tiempo que nos toque vivir en esta vida
(compre ya, la felicidad es poseer el último
aparato) y las que cambian su significado para
ponerle un velo a la realidad (desarrollo,
competitividad, futuro), son las palabras que
destruyen el mundo.
Se llama
“globalización” a la dominación. Se llama Premio
Nóbel de la Paz al primer belicista del planeta.
Decimos “cuidemos el medio ambiente” como si el
ambiente no fuéramos nosotros mismos. Nos pasamos
hablando del “futuro” que no llega nunca, un futuro
cuyo único cometido es hacernos olvidar nuestro
presente o aguantarlo aún en el peor calvario, con
tal de llegar a ese futuro que nunca vendrá.
Toda la
preocupación es estudiar, preparase, obtener títulos
para “llegar a ser”, perdiendo de vista que ya somos
desde el momento mismo de la concepción y del
nacimiento, con todos los derechos de ser un ser
humano como la condición esencial.
“Unidos
contra el hambre”. Con este lema se conmemora el Día
Mundial de la Alimentación el próximo 16 de octubre.
¿Por qué tal alarma? Según los organismos
internacionales, el año pasado (2009) se sumaron más
de 105 millones de seres humanos a la parte de la
Humanidad que padece hambre. Se calcula que 1020
millones de personas están mal nutridas por falta
de alimentos y se enferman y fallecen por no tener
qué comer o por falta de agua potable. Lo que no
entendemos es cómo puede suceder esto cuando el Día
Mundial de la Alimentación fue proclamado en 1979
¡hace más de 30 años! por las Naciones Unidas y la
FAO y desde entonces la cantidad de personas que
padecen hambre no ha dejado de aumentar. Esas
palabras que prometen y no cumplen también son
palabras que destruyen el mundo. Yo soy un escritor
comprometido. Mis palabras tampoco son inocentes.
¿Qué
podemos hacer?
Paulo
Freire nos dejó profundas enseñanzas que quiero
retomar hoy en este Seminario. “No hay palabra
verdadera – dijo – que no sea unión inquebrantable
entre acción y reflexión.” También agregó: “Decir la
palabra verdadera es transformar al mundo.” Y en
relación a la Alfabetización, esa hermosa tarea
liberadora, dijo: “Alfabetizarse no es aprender a
repetir palabras, sino a decir su palabra”
Nosotros, personas que estamos relacionadas con las
palabras, lo primero que tenemos que hacer es
liberarlas de toda censura, dejarlas volar para que
lleguen a todas las personas y nos ayudemos a
profundizar nuestros lazos de comunicación en una
extensa red tejida con palabras, con nuestras
palabras.
Dominar
las palabras es vivir la libertad. La peor
dominación es la enajenación. La globalización hoy
tiene ideas hegemónicas que buscan prevalecer sobre
toda la humanidad. La forma de dominación más
profunda del poder es cuando el dominado se quiere
parecerse al dominante y adopta todas las visiones
de este, enterrando las propias.
Un
pueblo sin memoria está condenado a desaparecer como
tal, convirtiéndose en parte de una masa uniforme al
servicio de los que lo dominan. Un pueblo sin
identidad está condenado a adoptar la identidad de
otro que por lo general es la identidad dominante.
En mi
país, cuentan, hay un hombre que suele cabalgar
montado al revés. La gente le pregunta: ¿Por qué
monta su caballo así? Y él responde que lo hace
porque el caballo puede ir adónde quiera, pero él no
debe perder nunca de vista de dónde viene.
El poder
capitalista voraz que domina el mundo hoy,
concentrador de riquezas e incapaz de resolver los
grandes problemas de la humanidad que en realidad no
le interesa resolver, hoy tiene como meta hacer del
planeta un gran centro comercial, con cada región
como una góndola. He ahí otro grupo de palabras que
también destruyen: guerra, consumo, droga,
sometimiento, estupidez, marketing, frivolidad,
homogeneidad, pensamiento único, haz la tuya, no es
tu problema, no te metas, corporativismo,
individualismo, juegos de la suerte.
Se
mezclan los significados de las palabras y se
confunde ser con tener; valor con precio; hablar con
decir; mirar con ver; oír con escuchar; conocimiento
con educación. De esa manera sabemos de gente que
tiene mucho y es muy poco; que cuesta mucho y no
vale nada; que habla pero no dice; que mira pero no
ve; que oye pero no escucha; que transmite
conocimientos pero no educa.
Se
sustituye la solidaridad con la filantropía
misericordiosa, el arte con la vulgaridad, el valor
de una obra por la cantidad en ventas, la creación
artística como valor de consumo.
Los
principales enemigos de este sistema perverso son
las palabras que construyen, las que liberan la
mente y hacen propuestas nuevas que conduzca a un
mundo nuevo que nos pertenezca a todos. Palabras
como soberanía productiva, soberanía alimentaria,
preponderancia de las identidades autóctonas, la
libertad de construir políticas sustentables,
democráticas y equitativas que estamos intentando
desde la llanura, hace tantos años, nos hacen volar,
nos liberan y nos construyen el espíritu. Palabras
como alfabetización, educación en valores, educación
para la paz, formación por el arte, son palabras de
que nos liberan y nos vuelven protagonistas de
nuestras propias vidas.
Las
palabras que construyen son las que se alzan desde
el mundo de la cultura para darnos cada vez mayor
libertad. Federico García Lorca dijo una vez,
refiriéndose al teatro que:
“un
teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a
las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación
entera.”
Nosotros, los trabajadores de cultura, tenemos que
entender este marco para construir nuestras propias
políticas culturales que antes que nada nos permitan
construir un territorio de libertad para hacer lo
que democráticamente decidamos y nos dé alas, no
pezuñas.
Se
vuelve imprescindible la difusión de las ideas. Con
un concierto, con un film, con una obra de teatro o
una exposición de artes plásticas o un espectáculo
de danza o un torneo deportivo o una novela o una
poesía, nuestros pueblos pueden hacer una
contribución a la conformación de grandes ateneos de
reflexión. Debemos hacer frente a la penetración
ideológica que día a día se produce a través de los
grandes medios de comunicación y a través de las
reglas de juego a que están sometidas nuestras vidas
cotidianas: trabajar y trabajar para consumir y
consumir hasta consumirnos, volviendo como única
aspiración el propósito deslumbrante de comprarnos
el mejor plasma para ver el peor programa, como la
panacea de todas nuestras aspiraciones.
A la
segregación, la marginación, la tergiversación
informativa y la culturización de la frivolidad, la
estupidez y el inmediatismo consumista, (todas
palabras que destruyen el mundo), debemos oponerle
la integración, la búsqueda de la verdad, la
revitalización de nuestras identidades, nuestra
sensibilidad, nuestra inteligencia y nuestro anhelo
de la construcción del un ser humano íntegro, nuevo,
crítico y autocrítico, analítico y reflexivo,
solidario y cooperativo, sensible y creativo. (Todas
palabras que construyen el mundo nuevo posible)
Para eso
debemos levantar bien alto nuestros idiomas, todos
nuestros idiomas. La literatura en todas sus formas
nos puede auxiliar. El poeta Blas de Otero nos dice:
“Si he
perdido la vida, el tiempo, todo
lo que
tiré, como un anillo, al agua,
si he
perdido la voz en la maleza,
me queda
la palabra.
Si he
sufrido la sed, el hambre, todo
lo que
era mío y resultó ser nada,
si he
segado las sombras en silencio,
me queda
la palabra.
Si abrí
los labios para ver el rostro
puro y
terrible de mi patria,
si abrí
los labios hasta desgarrármelos,
me queda
la palabra.”
Esas
palabras que son las que construyen, las de nuestras
identidades, por más diversas que ellas sean. Brasil
es un ejemplo. El idioma oficial en Brasil es el
portugués y es hablado por toda la población. Las
minorías indígenas también hablan sus idiomas de
origen. Debido a las oleadas de inmigrantes a partir
de la segunda mitad del siglo XIX, existen pequeñas
comunidades de parlantes de otros idiomas: alemán
(1.500.000), italiano (500.000), japonés (400.000) y
coreano (100.000). A su vez, en estas comunidades
también existen diferentes formas de dialectos que
dan una riqueza de vocablos, modismos y expresiones
de inmenso valor cultural, de pertenencia y de
identidad.
El
castellano es el idioma oficial de todo el resto de
América Latina, haciendo la salvedad del francés en
algunas regiones. Pero es imprescindible reconocer y
reconocernos también en esos otros idiomas europeos
y asiáticos que se hablan en diferentes territorios
a partir de las inmigraciones que ha venido a
nuestro continente. Como dijimos, el alemán, el
italiano, el chino, el coreano, son algunos de
ellos. Sin embargo, debo decirlo, son idiomas de la
dominación. Se vuelve imprescindible reconocernos en
las lenguas autóctonas como Aimara, con 2 millones y
medio de hablantes, el Guaraní, de 7 a 12 millones
de hablantes o lenguas de las islas del mar Caribe
como el Garífuna, el Akawaio y el Pemón, todos
lenguajes con influencias o directamente derivados
de lenguas africanas. Debemos reconocernos en
lenguas Maya, con 6 millones de hablantes o Mapuche
con 5 mil hablantes o Náhuatl con 1 millón 700 mil
hablantes o el Quechua, la lengua nativa con mayor
número de hablantes, entre 9 y 14 millones. A esto
habrá que agregarle otras lenguas autóctonas más
locales, pero no por eso menos importantes. Todas
ellas son parte de nuestra diversidad de identidades
que conforman nuestra identidad multicolor. Esa debe
ser nuestra capacidad: encontrar y encontrarnos a
través de las palabras en todas sus formas y
sonoridades, a través de la historia que cuentan, a
través de los sueños que describen, a través de la
sabiduría que traen en sus significados, a través de
las vidas que tienen y que nosotros tenemos que
encontrar.
Como dice
Vinicius de Moraes “A vida é a arte do encontro”.
El
encuentro, como este Seminario, se debe dar entre el
espíritu, el pensamiento y las palabras de cada
persona.
Eduardo
Galeano nos cuenta: “En lengua guaraní, ñe'~e
significa palabra y también significa alma. Creen
los indios guaraníes que quienes mienten la palabra
o la dilapidan, son traidores del alma”
Nosotros
no debemos ser traidores de nuestras propias almas.
Nosotros debemos hacer frente a los que mienten la
palabra o la dilapidan. Lo debemos hacer con
nuestras palabras, nuestros cantos, nuestras
poesías, nuestra literatura en su más amplia
concepción. Dijo Cervantes: “Más vale una palabra a
tiempo que cien a destiempo”. Hoy es tiempo de
nuestras palabras, las palabras que proponen, que
construyen, que deleitan, que se alzan, que
resisten, que ayudan, que encuentran.
Enseñemos a leer. Leamos buena literatura entre
nuestros niños. Busquemos tiempo y espacio para
crear. Ofrezcamos a nuestros niños y a nuestros
jóvenes tiempos y espacios para que ellos creen. La
Tierra, la Humanidad tienen en sus vientres un mundo
nuevo que tenemos que ayudar a que nazca pronto.
Permítanme terminar esta ponencia con un poema de
Miguel Hernández, ese gran poeta español que se negó
a sucumbir, que ahora, el 30 de octubre, cumplirá
100 años y que todos los que amamos las palabras
acudiremos, de una u otra manera, a ese hermoso
cumpleaños.
Permítanme también que yo dedique este poema de
Miguel al mundo nuevo que está por nacer del vientre
más hermoso que es el de la esperanza.
“Menos
tu vientre
todo es
confuso.
Menos tu
vientre
todo es
futuro
fugaz,
pasado
baldío,
turbio.
Menos tu
vientre
todo es
oculto,
menos tu
vientre
todo
inseguro,
todo es
postrero
polvo
sin mundo.
Menos tu
vientre
todo es
oscuro,
menos tu
vientre
claro y
profundo.”
LA
ONDA®
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