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José Manuel Fortuny:
un comunista clandestino
en Montevideo
por
Roberto García Ferreira
robertogarciaferreira@hotmail.com
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José Manuel Fortuny (1916-2005) fue uno de los
importantes dirigentes comunistas de América Latina.
Adquirió notoriedad por su amistad y cercanía con el
presidente de Guatemala Jacobo Arbenz Guzmán,
derrocado tras un golpe militar encubierto fraguado
por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a
mediados de los años 50. A consecuencia de estos
hechos y al igual que un importante número de
compatriotas,
partió forzosamente al exilio.
En medio de la Guerra Fría, su condición de
comunista lo convertía en un blanco de permanente
vigilancia por parte de la CIA, quien se mantuvo al
tanto de varias de sus actividades y viajes pese a
la “clandestinidad” de los mismos. A casi medio
siglo, esta ponencia describe su presencia “secreta”
en Montevideo durante el invierno de 1958, hecho que
constituye un excelente ejemplo de cómo un dirigente
se esforzaba por permanecer “clandestino” intentando
burlar
la vigilancia de los servicios secretos.
Aunque la ahora disponible documentación de la
inteligencia policial uruguaya permite apreciar
varias de las exitosas maniobras del propio Fortuny
para despistar la celosa vigilancia, el resultado
global de su presencia derivó en la posterior
detención de éste. Es que, aún en el “liberal y
democrático” Uruguay, el cerco no era sencillo y las
fuentes permiten reconstruir un muy temprano
operativo coordinado de tres servicios: la CIA
y las policías secretas uruguaya y brasileña.
Jacobo
Arbenz, José Manuel Fortuny y el PGT
Piero
Gleijeses ha reconstruido con acierto la cordial
amistad que unió a Fortuny con Arbenz. Según sus
profusas investigaciones en este aspecto —basadas
fundamentalmente en testimonios orales de los
protagonistas—, dicha relación comenzó en el otoño
de 1947, luego de que Arbenz como Ministro de
Defensa se opusiera a que varios obreros fueran
deportados tras acusárseles de comunistas. Fortuny,
“intrigado por [el] (…) inesperado comportamiento” y
actitud del jerarca, le hizo una visita a Jacobo. En
ese momento se conocieron. El propio Fortuny, en
testimonio al investigador citado, recordaba que en
aquella entrevista “descubrió a un hombre distinto
del estereotipo del militar” centroamericano. A ese
primer encuentro “más bien formal”, siguieron otros
hasta que el propio Jacobo invitó a José Manuel a su
casa, donde las discusiones y conversaciones se
hicieron comunes prolongándose habitualmente hasta
la madrugada.
Tenían
“personalidades completamente diferentes” argumenta
Gleijeses: “Fortuny, como María, era extrovertido,
ingenioso, vivaz, interesado en todo, desde el cine
hasta la política; podía hablar durante horas, sin
aburrir jamás (…). Como Arbenz, estaba inspirado por
un fiero nacionalismo y un ardiente deseo de mejorar
la suerte del pueblo guatemalteco; como Arbenz,
buscaba respuestas en la teoría marxista”. Por esas
razones, “Arbenz encontró en Fortuny el hermano que
nunca había tenido, al complemento de sí mismo, a un
hombre con quien se sentía completamente a gusto”.
Se trató de “una relación que nunca tendría con
nadie más, excepto con María”.3 Sobre esas bases,
Gleijeses concluyó en que “de todos sus amigos,
ninguno sería tan íntimo como José Manuel Fortuny”.
Cuando
la campaña electoral de 1950, Jacobo le pidió a José
Manuel que escribiera algunos discursos. El tema
central de los mismos era la reforma agraria, el
“proyecto preferido” de Arbenz y a la vez, “una
aberración para un ladino de clase media”.
Compartieron la holgada victoria en los comicios de
finales de 1950 y, de allí en adelante, las tareas
de gobierno. Mientras buena parte de los dirigentes
de la coalición oficialista se disputaban arduamente
la cercanía con el presidente buscando beneficios
personales, los líderes del Partido Guatemalteco del
Trabajo (PGT), especialmente Fortuny, “eran los
consejeros más cercanos de Arbenz y constituían su
gabinete privado”.
No hay
dudas respecto del ascendiente que tenía Fortuny
sobre Arbenz. Sin embargo, dicha relación no debe
idealizarse y sí tomarse en consideración —algo que
Gleijeses pasa por alto, probablemente influido por
la estrecha amistad que tuviera con José Manuel— que
el propio Fortuny también buscaba sobresalir. Las
muestras por exteriorizar su cercanía con el
presidente resultan inocultables y sus memorias
reflejan fielmente esa necesidad permanente de
“mostrarse” como el personaje “clave” de muchos de
los trascendentes hechos históricos de aquellos
años. Entre los gestos algo incómodos por lo
ostensibles que resultaban, Jacobo Arbenz Vilanova
—hijo del ex presidente— recuerda la manera como
Fortuny siempre “parqueaba el carro frente a la casa
presidencial”.
De todas
formas, importa subrayar que junto a Jacobo, Fortuny
vivió los últimos momentos de la revolución,
redactando la famosa misiva de renuncia que el
presidente grabara la tarde del 27 de junio de 1954.
A
consecuencia de ello y al igual que un buen número
de guatemaltecos, ambos debieron optar por salvar la
vida asilándose en la Embajada de México. Partieron
rumbo a ese país para comenzar sus respectivos
exilios meses más tarde y, aunque en el caso de
Jacobo, jamás pudo regresar a Guatemala, las
peripecias del destierro fueron sufridas —y en
momentos también compartidas— por ambos.
El golpe
militar y las motivaciones de Estados Unidos
Liberados en su casi totalidad los registros de la
operación encubierta por medio de la cual la CIA
forzó el derrocamiento del presidente Arbenz en
junio 1954, ha quedado definitivamente claro que el
tema constituye un evento decisivo de la Guerra
Fría. No debe entonces sorprender que dada la
trascendencia del mismo, hecho que ya fuera
percibido en su momento, un buen número de
estudiosos haya dedicado sus esfuerzos a tratar de
comprender aquellos episodios. Con los registros
ahora públicos y a más de medio siglo de aquellos
hechos, el debate historiográfico coincide en que la
decisión de derrocar a Arbenz por parte de Estados
Unidos estuvo motivada por los imperativos
ideológicos y políticos propios del enfrentamiento
bipolar. Aclarado ese tópico y puesto en evidencia
que más allá del vasto operativo diseñado por la CIA
el presidente guatemalteco cayó mediando un golpe
militar, aún resultan escasas las investigaciones
relativas al exilio guatemalteco.
La
“diáspora guatemalteca” en el exilio
Derribado Arbenz del poder, los principales
funcionarios gubernamentales y simpatizantes
debieron solicitar asilo político en diferentes
Embajadas o Legaciones para intentar evitar la
cárcel o el linchamiento por parte de las fuerzas
contrarrevolucionarias. Desde la radio clandestina,
los anticomunistas amenazaron con “fuertes
represalias” contra todo aquel que hubiese
colaborado con el anterior gobierno, lo cual
expandió un sentimiento de “pánico colectivo” entre
la población. En razón de ello y como han
identificado especialistas en Derecho Internacional,
la crisis de Guatemala derivó en un inusual “asilo
político en masa”.
Naturalmente, las misiones de los países limítrofes
a Guatemala — fundamentalmente México— constituían
un polo de preferente atracción. Pero la capacidad
de las mismas era limitada y el número de asilados
muy superior a aquella. Por esa razón, otras
representaciones del sur del continente, como los
casos de Chile, Ecuador, Brasil, Argentina y
Uruguay, también recibieron a un buen número de
guatemaltecos presurosos de salvar su vida.
El caso
de la Legación de este último país fue especial.
Inicialmente, sus grandes vecinos —Argentina y
Brasil— ofrecían mejores posibilidades de desarrollo
que el pequeño Uruguay. Sin embargo, sólo se trataba
de apariencias. Aunque amistosamente el Brasil
trasladó en su avión militar a los guatemaltecos
asilados en la sede uruguaya — abaratando los costos
y facilitándole a su vecino cumplir los acuerdos
internacionales— de allí en más su actitud se alejó
en demasía de lo que podría llamarse “cordialidad”.
Aunque no debe obviarse que los exiliados
guatemaltecos llegaron al país en un momento
especial en su historia —recuérdese que el
presidente Getulio Vargas se había suicidado a fines
de agosto de 1954 dejando un emotivo testamento—,
también resulta evidente que el Departamento de
Estado presionó con insistencia a los países de la
región buscando que la ambigua resolución
anticomunista aprobaba en Caracas fuera ampliamente
cumplida.
Debe
añadirse que muy similar —por lo hostil— fue la
conducta Argentina y también en este caso cabe
consignar la manifiesta premura de Washington para
que el gobierno de Buenos Aires emprendiera
“acciones” “contra el comunismo”. Un memorándum de
la conversación mantenida entre el presidente Juan
D. Perón y Henry Holland, Secretario Asistente para
Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado,
revela que el presidente argentino mostró un “fuerte
énfasis” anticomunista ante el funcionario
norteamericano, asegurándole que “acentuaría la
represión interna y que se controlaría a los
exiliados guatemaltecos”, negándole al ex embajador
de Arbenz la posibilidad de brindar “conferencias
públicas”.
Empero,
lo afirmado no explica totalmente las razones por
las cuales las medidas aplicadas por Argentina y
Brasil fueron tan extremas.16 ¿O acaso Uruguay podía
resistir mejor las presiones de Estados Unidos? Así
las cosas, Montevideo culminó transformándose en un
sitio de refugio seguro y sobre todo, cordial para
los diez desterrados guatemaltecos. Además de
respetar lo que era una tradición muy firme y
arraigada sobre el tema, el gobierno de entonces
—cuya figura más influyente era Luis Batlle Berres—
era consecuente con una actitud ampliamente
favorable hacia los regímenes de Arévalo y Arbenz,
además de condenatoria del intervencionismo
norteamericano, aunque ello sin dejar de lado una
evidente prudencia dirigida a no enemistarse con
Estados Unidos en momentos de difícil
relacionamiento con el gobierno peronista. A este
respecto y más allá de los pronunciamientos públicos
y editoriales, importa destacar parte del contenido
de un memorándum elevado al jefe de Estado por uno
de sus más cercanos asesores. En dicho documento, el
emisor “le pide y le encarece” a Batlle la “mayor
atención para el asunto Guatemala”, aconsejándole
mantenerse en la “misma línea que significa: Ni
United Fruit ni Comunismo”. Actitud que debía
redoblar no sólo por cuestiones ideológicas sino en
razón del sostenido conflicto con el vecino
rioplatense, de cuya actitud se dudaba ampliamente:
“(…) en lugar de embanderarnos contra Guatemala con
posible sospecha sobre nuestra actitud debemos
sostener acción mediadora contraria a toda acción
exterior.
Para
nosotros debe ser tan mala una agresión preparada en
Honduras como otra agresión que fuese preparada en
Entre Ríos”. Debe evitarse, proseguía el asesor, que
“Montevideo descienda al nivel de Caracas en materia
internacional”.
La
“visita defensiva” de Juan José Arévalo
a Montevideo los días previos al comienzo de la
invasión por parte de Castillo Armas —movilizando en
la oportunidad a una importante cantidad de público—
y la excelente imagen que dejara Manuel Galich
contribuyeron de manera significativa para el
cordial recibimiento de los exiliados. Las muestras
de simpatía fueron varias y resulta importante
destacar que las mismas provenían de un amplio
espectro que abarcaba a los sectores mayoritarios de
los partidos tradicionales del país —el gobernante
Colorado y el Nacional— además de los partidos de
izquierda, minoritarios y sólo con “testimonial”
representación parlamentaria.
La
Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay
(FEUU) nombró una delegación para esperar a los
exiliados en la Terminal aérea. El influyente
semanario independiente Marcha les dio la bienvenida
y exhortó a sus lectores “a participar en la ayuda a
los exiliados” ofreciendo su sede para la entrega de
las “donaciones”.
La
revista del Partido Socialista haría lo propio,
publicando varias colaboraciones. Los comunistas
locales, además de publicar notas, le ofrecieron a
uno de los emigrados, Miguel Ángel Vázquez —“el
guate”—,se encargara de las informaciones
internacionales, lo que hizo hasta bien entrado el
año 1958. Por último, cabe agregar que el Directorio
del Partido Nacional en pleno recibió en su sede a
la maestra Consuelo Pereira de Vázquez, esposa de
Miguel Ángel. Tras una breve presentación por parte
de uno de los senadores más allegados al líder
blanco Luis Alberto de Herrera, Consuelo Pereira
arremetió con una cerrada y apasionada oratoria para
defender los logros de la revolución guatemalteca,
denunciando al “imperialismo estadounidense” y a “la
Frutera” como instigadores del golpe contra Arbenz.
Igualmente, dichas gratitudes públicas contrastaban
con lo que era una celosa y discreta vigilancia
cumplida por el Servicio de Inteligencia y Enlace
(SIE) de la Policía de Montevideo, un
desprendimiento “natural” de la estación local de la
CIA, que de manera directa no podía asumir esas
tareas sin poner en riesgo su privilegiada relación
con la policía local. Algo que, cabe agregar, ha
sido recientemente confirmado por uno de sus ex
directores, quien recuerda que “en la policía
debíamos entregarle a los yanquis copia de todos
nuestros informes referentes a las investigaciones
que realizábamos”.
Una
carpeta de asunto conserva las fotografías
originales, firmas y huellas dactilares de los
emigrados guatemaltecos y que fueran tomadas al
llegar éstos a Montevideo. Se trataba de algo poco
usual ya que esa documentación debería permanecer en
la cancillería y no en el servicio de inteligencia.
En razón de lo antes afirmado no parece exagerado
suponer que su conservación en dicho repositorio
pueda explicarse por la cercanía de varios agentes
del SIE con la estación de la CIA. Ello no sorprende
ya que el SIE fue informado de los antecedentes
políticos de los recién llegados por comunicación
del Comité Nacional de Defensa Contra el Comunismo,
un organismo de inteligencia creado en Guatemala por
la CIA tras el derrocamiento de Arbenz y que se
manejaba en sus menesteres con “fondos
confidenciales ejecutivos” dependiendo directamente
del Presidente. Significativa es la anotación que
figura en la ficha personal de Edmundo Guerrero
Castellanos pues parece corroborar la existencia de
tempranos —y bien coordinados— esfuerzos de
represión entre los aparatos de inteligencia
latinoamericanos: “Según nota No. 2568 de fecha 31
de mayo de 1955 del Comité de Defensa Nac. Contra el
comunismo de Guatemala, el reseñado” figura “en
órganos del Partido Guatemalteco del Trabajo
(PÁG.Comunista) desempeñando el cargo de presidente
de la Junta Nal. Electoral del Depto. De Guatemala.–
Figura en la lista de los principales comunistas de
Guatemala”.
Arbenz y
Arévalo en Montevideo
El
Uruguay, que como brevemente se describió, había
vivido con intensidad y optimismo todo el proceso
revolucionario guatemalteco, asistió con impotencia
al final del gobierno de Arbenz. Por ello y por
tratarse de un país hospitalario en la materia, supo
recibir y albergar por un tiempo a los dos ex
presidentes de la denominada “primavera
democrática”.
Arévalo,
que tenía especial estima para con el Uruguay,
arribó a Montevideo en varias ocasiones antes,
durante y después de la renuncia de su sucesor,
estableciéndose de manera estable entre 1958 y
principios del siguiente año, cuando aceptó una
cátedra universitaria en Venezuela. Gozó de cierta
libertad y pudo expresarse a través de artículos
periodísticos que el semanario Marcha recibió
gustoso.
El
arribo de Arbenz y su familia a mediados de 1957 sí
fue diferente. Su amistad con los comunistas,
especialmente con el propio Fortuny, y su pasaje
obligado por Checoslovaquia, la URSS y China en el
marco de un exilio doloroso, despertaban importantes
sospechas. La CIA programó y efectivamente puso en
práctica una intensa serie de “operaciones en
contra” a través de la prensa periódica, el cine y
los ámbitos de la diplomacia, buscando presionar al
gobierno uruguayo para que no otorgara al
guatemalteco la residencia. Fracasado en este último
aspecto, primaron las labores de desgaste a través
de un sospechoso y riguroso control policial del
asilado, su familia y amistades. El grueso de dichas
actividades era asumida por parte del SIE y las
peripecias del “caso Arbenz” exhiben una llamativa
libertad de movimiento por parte del citado
servicio.
Aunque
el asilado era grato para las principales figuras
políticas del oficialista Partido Colorado, el
gobierno no pudo evitar que los agentes policiales
se abocaran con particular celo a la vigilancia del
guatemalteco. Ello se vio notoriamente acrecentado
durante 1958 y, muy especialmente, desde que el
oficialismo perdiera a manos del Partido Nacional
las elecciones nacionales celebradas a fines del 58.
Dichos señalamientos explicarán, junto a otros
factores que a continuación trataremos, la denodada
actitud anticomunista de la inteligencia policial
uruguaya, cultivada desde tres décadas atrás.
Las
“actividades comunistas” y las policías políticas de
la región
Especialmente la Tercera Internacional no hubiera
tenido la importancia que tuvo de no haber sido por
su manifiesta misión de integrar a los partidos
comunistas mundiales, los sindicatos obreros, el
campesinado, los intelectuales y la juventud en una
“magna organización mundial” destinada a derrotar al
capitalismo y reemplazarlo por el socialismo”. En
razón de ello, tales disposiciones promovieron la
existencia de una especial preocupación de parte de
las agencias de inteligencia a nivel internacional,
que mantuvieron a los comunistas bajo un atento
“escrutinio” desplegando tempranas labores de
“inteligencia preventiva”. Por su naturaleza, buena
parte de dichas tareas recayeron en cuerpos de
inteligencia policial y, aunque su acción ha evitado
dejar huellas, no parece arriesgado argumentar que
los servicios secretos de la región compartieron
información confidencial bastante antes que la
Guerra Fría irrumpiera en la escena internacional.
Según la hipótesis de una politóloga estadounidense,
la denominada Operación Cóndor sólo fue la
“manifestación de una estrategia anticomunista más
amplia” y anterior.
Algunos
breves ejemplos y la investigación de la cual es
resultado parcial este capítulo, corroboran la
validez de su interpretación.
En los
años treinta y a consecuencia del levantamiento
indígena en El Salvador, la policía ubiquista fue
prontamente informada por sus colegas salvadoreños
acerca de los militantes comunistas que habían
conseguido escapar hacia Guatemala una vez fracasado
el complot y fue la propia Gaceta de la Policía
donde además de publicar los documentos sobre dicho
proceso, dejaba “entrever de que estaba al tanto de
los sucesos insurreccionales de El Salvador”.
Poco
después y en esta oportunidad sí mediando un intento
revolucionario auspiciado por Moscú en Brasil, la
región se vio convulsionada. Tanto como ello, y
según un documento recientemente hallado en archivos
oficiales de Brasil, los servicios de inteligencia
uruguayos y brasileños trabajaron coordinadamente en
la ocasión. Aunque como fuera mencionado, la
creación del SIE en la policía uruguaya respondió a
los avatares de la Guerra Fría —sus inicios se
remontan a septiembre de 1947—, el celo
anticomunista de ella precedió a ese enfrentamiento
bipolar y, por ende, sus archivos conservan
información previa a 1947. Y uno de los casos
corroborados es precisamente el de Luis Carlos
Prestes, a quien se le iniciaron sus
antecedentes y prontuario respectivo en abril de
1936. Como se evidencia por los sellos que lucen las
copias de fotografías y huellas dactilares, tales
registros habían sido cedidos por sus colegas
brasileños.
El
temprano prontuario personal del dirigente
Enrique Rodríguez, cuyos vínculos
internacionales le aseguraban un lugar de
importancia entre las figuras más visibles del
Partido Comunista de Uruguay, exhibe importante
evidencia respecto al manejo común de información
confidencial así como al trabajo conjunto de la
policía uruguaya con su par argentina.
Ambos
señalamientos no resultan sorprendentes ya que, por
lo menos desde los tempranos años 30, las policías
políticas de la región compartían un objetivo común:
la represión y control de “actividades comunistas”,
fueran estas reales o imaginarias.
La
creciente inmigración desde Europa hacia la
Argentina y la expansión con ella del anarquismo
promovieron desde el régimen oligárquico la creación
de “organizaciones” que desde la policía fueran
capaces de controlar las actividades de aquellos. De
esta forma, sostiene una investigadora, el régimen
combinaba “prácticas inclusivas” y “prácticas
excluyentes”, éstas últimas, especialmente dirigidas
contra los anarquistas y el movimiento trabajador.
El golpe militar de 1930 puso fin al proceso de
democratización policial impulsado desde la asunción
de Hipólito Yrigoyen en 1916. Y desde allí, la misma
tendió a politizarse crecientemente, razón por la
cual el control de las disidencias se transformó en
la “principal actividad” policial. El golpe de 1943
no hizo sino fortalecer dicho carácter consolidando
a nivel nacional el “control estatal del uso de la
fuerza” para que, de esa forma, el régimen se
protegiera “contra los enemigos”. Entre ellos, y
según se ha podido estudiar en sus publicaciones, la
policía argentina mostraba temprana predisposición
para combatir la influencia del comunismo, a quien
definía como el “terrible enemigo de la nación y de
sus instituciones”.
Similares señalamientos caben hacia la policía
brasileña, cuyo marcado anticomunismo resultó tan
temprano como el de sus colegas argentinos, en
especial para los servicios policiales de Río de
Janeiro en cuyas actividades contaron con amplia
participación del Ejército.
La
coordinación trascendía al sur del continente.
Cuando el matemático e importante dirigente
comunista uruguayo José Luis Massera
realizó las gestiones y finalmente obtuvo una beca
de estudio en los Estados Unidos, el FBI
norteamericano estaba al corriente de todos sus
antecedentes personales, familiares y políticos.
¿Quién si no la policía uruguaya podía ser la
“fuente confidencial” y “creíble” que menciona en su
informe el Director del FBI?. Resulta interesante
advertir que el documento también contiene
información anterior al trabajo del SIE, lo cual
parece revelar la existencia —en otras dependencias
que aún los historiadores no conocemos— de
informaciones policiales previas a la Guerra Fría,
aunque inspiradas en una lógica anticomunista muy
similar.
Montevideo: el “nido” de los comunistas
Dentro
de ese espacio latinoamericano, el caso uruguayo
merece especial atención. La circunstancia de haber
sido el primer país de América del Sur —durante
agosto de 1926— en formalizar vínculos diplomáticos
con los soviéticos —promotores de la Revolución
Mundial— fundamentó la existencia de muy tempranas
tareas de control policial respecto de las
“actividades comunistas”, un concepto simplificador
y flexible donde cabían una importante cantidad de
opciones políticas que no necesariamente suponían
una identificación político-partidaria con el
marxismo-leninismo.
Según
fuentes policiales, era la “garra de la III
Internacional moviendo en nuestro país una fuerza
profundamente perturbadora, orientada, sin duda
alguna, hacia la destrucción del sistema
gubernamental” —pues los “soviets” deseaban
“implantar en los países de América la dictadura
democrática del proletariado”—, la que justificaba
dichas labores preventivas. A lo cual corresponde
agregar, siempre según el mismo documento, que los
orígenes de la “celosa vigilancia” de los “focos”
comunistas —dentro de los cuales la policía había
comprobado la existencia de “agitadores
profesionales”—, se remontaba a 1921, año en que la
labor de la policía uruguaya sufrió “una
intensificación progresiva” para vigilar dichas
actividades y desde allí, proceder a iniciar una
“investigación paciente y dificultosa acerca de los
elementos desconocidos que arribaban al país”.
En
función de lo señalado parece comprensible la
visible preocupación exhibida en sus informes por
los diplomáticos extranjeros acreditados en
Montevideo desde inicios de los años treinta,
definiendo a esta capital como un “nido de
comunismo”. Aunque no cabe duda acerca del carácter
distorsionado de varios de dichos telegramas, no
todo era suspicacia y exageración: cuando el suizo
Jules Humbert-Droz —un importante cuadro de la
Internacional comunista—, visitó Montevideo, se
refirió a ella en estos términos:
“Es una
pequeña ciudad provinciana, un poco como Lyon,
bastante muerta y tranquila. Desde el punto de vista
policial, esto es de una seguridad desconcertante.
Cada uno entra y sale como quiere sin presentar
papeles y dando el nombre que quiera. Una vez
adentro ya no hay control. Es un verdadero paraíso
para los ‘comerciantes de nuestra especie’”.
Esas
circunstancias no pasaban desapercibidas para las
autoridades políticas y policiales uruguayas y si
bien éstas últimas bregaron insistentemente por una
legislación más “eficaz” —por lo restrictiva—, sus
mensajes tuvieron escaso eco, muy probablemente
porque la estabilidad política uruguaya
—habitualmente destacada desde el exterior—,
constituía un factor de autocomplacencia decisivo.
Sin embargo, más allá de la retórica pública de las
autoridades, convencidas del valor que tenía la
“excepcionalidad democrática” del sistema
político-partidario de Uruguay, hoy sabemos que
también pesaron “razones de inteligencia” en las
decisiones de no ilegalizar a los partidos políticos
que conformaban la izquierda, especialmente al
Partido
Comunista local:
“Quizás
no sea conveniente llevar al comunismo a la
clandestinidad dado que ello obligaría a nuestra
Policía a descubrir las nuevas organizaciones y
conocer los nuevos métodos de trabajo y enlace que
dicho partido adoptaría, necesariamente, al
colocarse fuera de la ley”.
De todas
formas y también remitiéndonos a sus propios
documentos, las “amplias facilidades” que ofrecía el
país parecían notorias y hay importante evidencia
documental acerca de cómo la inteligencia policial
uruguaya manejaba la situación. Un memorándum de esa
repartición estatal mientras en Europa tenía lugar
la Segunda Guerra Mundial, advertía que Uruguay era
“el Centro del Comunismo en la América del Sur en la
misma forma que lo es Méjico para la América del
Norte”. Agregándose en el mismo informe que desde
Montevideo se canalizaba propaganda comunista hacia
los países vecinos, especialmente Argentina, Brasil,
Chile y Bolivia. La presencia de instituciones
culturales soviéticas en los departamentos
fronterizos más importantes de Uruguay con Argentina
y Brasil puede explicarse precisamente por ello. En
respuesta, el control de las actividades allí
desplegadas fue entonces prioritario para los
servicios, desde donde se evaluaba que Montevideo
constituía una “base libre” de permanente ingreso de
propaganda.
Una
investigación reciente sobre uno de los más célebres
espías del KGB, evidencia que Montevideo era uno de
los sitios más estables para su actuación en América
del Sur.
En razón
de ello, y como se corrobora en los registros
consultados, cabe suponer que la paranoia de la
Guerra Fría sistematizó y expandió prácticas que ya
tenían —por lo menos— dos décadas en el país, aunque
como se ha visto ellas asumían un carácter regional.
Todo
indica que en ello la influencia de Estados Unidos
resultó decisiva, haciéndose evidente que la misma
se enmarcaba en una política hemisférica más amplia
cuya finalidad era alentar y financiar la
profesionalización de los servicios de inteligencia
policial y militar latinoamericanos encauzando los
objetivos de estos en la contención y represión del
“comunismo”, algo que indudablemente consiguió.
La
Cancillería guatemalteca, los embajadores
y sus
labores de espionaje
Una vez
arribados al poder, hay evidencia de la premura con
que el gobierno liberacionista dirigió sus acciones
para conseguir documentación inherente a eventuales
“instrucciones especiales” que durante los “dos
gobiernos anteriores” se hubieran otorgado para
facilitar los viajes de “políticos” y “comunistas”.
Resulta plausible relacionar dichos pedidos con la
imperiosa necesidad norteamericana de conseguir
pruebas acerca del carácter “comunista” del régimen
derrocado. Debe subrayarse que la posibilidad de
obtener “evidencia documental” con la cual exponer
la “conspiración comunista” en los asuntos de
Guatemala, había sido definida como uno de los
“objetivos primarios” por parte de la CIA, que envió
a varios de sus oficiales a Ciudad de Guatemala
durante 10 días para que coordinasen la creación de
una fuerza de seguridad local inspirada en el
anticomunismo y que fuera “eficaz”. La razón de este
énfasis se derivaba de que el golpe reveló que más
allá de su buena voluntad, la Guardia Civil no había
podido apresar a los principales líderes comunistas
que consiguieron refugiarse en las embajadas
mexicana, chilena, salvadoreña y argentina entre
otras.
Tal
circunstancia no pasó desapercibida para el gobierno
estadounidense y fue seguida con atención por parte
de la CIA, quien evaluó la peligrosidad de los
exiliados guatemaltecos dispersos en el continente.
Ello
explica, en parte, la incansable tarea anticomunista
de los diplomáticos liberacionistas. De esta forma
hoy sabemos que los embajadores guatemaltecos
remitían asiduamente a la cancillería de su país
recortes de prensa e informaciones relativas a los
exiliados opositores a la dictadura instaurada tras
el golpe de estado. En buena medida, el resultado de
las mismas era el fruto natural de sus intensas
labores de espionaje y contra-propaganda. Sus
funciones en ese sentido se veían facilitadas tanto
por los estrechos vínculos con los servicios de
inteligencia locales así como también por las sumas
de dinero invertidas discretamente en periodistas
que habitualmente difundían “noticias” dirigidas a
ponderar al nuevo régimen guatemalteco.
José
Manuel Fortuny: una “figura clave” para
los
servicios de inteligencia
Por su
condición de comunista, la vigilancia y control de
las actividades de Fortuny se constituyeron en un
objetivo prioritario para los servicios de
inteligencia, cuya “misión” es la de “generar
conocimiento para anticiparse a las amenazas y
asistir a la toma de decisiones”.66 Aunque debe
reconocerse que las funciones propias de dichos
organismos son inherentes a todo Estado, parece
pertinente recordar que la crisis de Guatemala —en
medio de la caza de brujas promovida por la histeria
“macarthista”—, había incentivado notoriamente la
colaboración entre las policías políticas de la
región al reclamar de parte de los países
latinoamericanos “un alto grado de cooperación
internacional” e “intercambio de información” a los
efectos de reprimir las actividades de aquellas
“personas que hagan propaganda del movimiento
comunista internacional”. Durante 1958, el
Departamento de Estado reconoció, al momento de
caracterizar su política hacia América Latina, que
“en consonancia con la Resolución de Caracas” sobre
el comunismo, había “proporcionado información sobre
los comunistas a los gobiernos latinoamericanos”
buscando que éstos restringieran sus intercambios
con el bloque soviético. No sólo ello alentaba
Estados Unidos: también buscaba fortalecer las
“capacidades” de las fuerzas de seguridad pública
locales cuyas “actividades” se dirigían a dejar sin
efecto el accionar comunista. Merece subrayarse que
ese tipo de colaboración entrañaba “peligros” para
Estados Unidos: en caso de que sus actividades
“extra legales” salieran a la luz pública sería algo
“repugnante” para la sociedad.
En razón
de ello y remitiéndonos a lo recabado, es notorio
que el dirigente guatemalteco era una figura
“conocida” en suelo latinoamericano. No resulta
novedoso que entre la documentación desclasificada
por la CIA pueda hallarse un importante número de
registros dedicados a Fortuny y que abarcan
diferentes etapas de su carrera comunista.
Un
documento relativo al comunista cubano Juan
Marinello menciona, entre varios otros, a
Fortuny como el referente guatemalteco del comunismo
internacional, junto a Carlos Manuel Pellecer y
Víctor Manuel Gutiérrez. Se trataba de un boletín
del Servicio Especial de Información (SEI) que
poseía carácter “Confidencial” y, como consta en el
encabezado de cada página, había sido confeccionado
para su uso “exclusivo” por “Autoridades do Brasil e
dos Paises Latino-Americanos”, lo cual aporta mayor
evidencia al mencionado tema del manejo coordinado
de información confidencial de inteligencia entre
las agencias de la región bastante antes que el Plan
Cóndor se instaurara.
El
archivo de la Policía Nacional de Guatemala hallado
en 2005 permite interpretaciones similares, aunque
la ficha personal de Fortuny no parece todo lo
elocuente que debiera ser en razón de sus vínculos
internacionales. De todas formas, el prontuario deja
entrever la creciente paranoia anticomunista que
ganó a la Policía guatemalteca una vez derrocado
Arbenz. Desde ese momento las anotaciones relativas
a Fortuny se acrecentaron y la primera de ellas
corresponde al 23 de agosto de 1954, cuando las
autoridades policiales, informadas por la Guardia
Nacional, registraron que Fortuny y Víctor Manuel
Gutiérrez “llegaban a soliviantar los ánimos en la
Administración de Arbenz”. Años más tarde y mientras
el dirigente guatemalteco se encontraba en la URSS
asistiendo al 40 aniversario de la Revolución
bolchevique, la Jefatura de la Policía Nacional
estrechó la vigilancia en la frontera con México,
solicitando en la oportunidad su captura y detención
por “tenerse conocimiento” de que intentaba ingresar
al país.
La
Organización Democrática Latinoamericana (ODLA), una
“fuente” natural de la policía uruguaya,
confeccionaba un “Boletín informativo” que, según se
decía desde su portada, contenía “Material reservado
a personas con cargo de dirección y responsables”.
Así, el citado boletín no pasó por alto la presencia
de Fortuny en Montevideo durante el mes de agosto de
1958.
Naturalmente, José Manuel era alguien conocido para
el SIE. Según un detallado y minucioso documento
“secreto” conservado entre la información relativa
al guatemalteco, este era una “figura clave en la
organización clandestina del Partido Comunista de
Guatemala” siendo “el oficial de enlace autorizado
entre el Partido Comunista y Arbenz, y muy
influyente como asesor y confidente del Presidente”.
En suma, y siempre según el mismo documento, “para
fines de 1957” se informó que Fortuny había viajado
rumbo a Moscú para “asistir al Cuadragesimo [sic]
Aniversario de la Revolución Roja…utilizando un
pasaporte Mexicano obtenido ilegalmente en un nombre
no suyo y intentando [sic] de modificar su aspecto
fisico [sic]”. La confusa redacción del informe
sugiere que la lengua madre de los autores del mismo
no era el español y todo indica que el documento
constituye un “dossier” personal confeccionado por
la CIA para su manejo común por parte de las
agencias de la región.
Es
altamente probable que la información que en su
momento publicara la revista latinoamericana
Visión tras el arresto de Fortuny en Brasil,
tuviera como fuente original el informe que
comentamos, no sólo por las manifiestas
coincidencias de su texto sino porque, como se
afirmaba en la nota periodística, estaban dando a
conocer un “texto abreviado” de uno de los
“dossiers” que les fuera entregado a los periodistas
por los “departamentos de policía y gobiernos”.
En suma,
también resulta atinado interpretar que se trata de
un caso típico de manejo común de información ya que
el propio Fortuny, refiriéndose en sus memorias a su
detención en Brasil, comentó que el Inspector a
cargo del operativo “extrajo un legajo de papeles”
donde constaba “un gran expediente sobre mi vida”
que incluía “fotografías mías de años atrás”.
En
cuanto a ello debe reconocerse que Fortuny no
exageraba. El “dossier” contenía información veraz
respecto a la amistad que unía al dirigente
comunista con el presidente derrocado: “Desde sus
días de estudiante Fortuny fué [sic] íntimo
confidente y consejero de Jacobo Arbenz, el ex
Presidente de Guatemala, y de María Vilanova de
Arbenz. Fué [sic] mayormente a través de Fortuny que
los Arbenz recibieron su adoctrinamiento comunista”.
También certeros eran los datos relativos a
episodios sucedidos al interior del comunismo
guatemalteco durante los días de exilio en México:
“Posteriormente fué [sic] sometido a un proceso
disciplinario formal en México en 1955 por los
miembros del Comité Central del PGT, en el cual fué
[sic] acusado de ‘conducta personal indigna de su
cargo’ y de haber expresado ‘opiniones políticas
erróneas y pesimistas’ durante la crisis que culminó
en el derrocamiento del gobierno de Arbenz”.
De todas
formas, nada sorprende como la minuciosidad exhibida
en cuanto a los “datos verídicos” actualizados a
“Noviembre de 1957” y que incluían, además de varias
fotografías, información sobre su edad y la “que
aparenta”; “estatura”; “peso”; “postura”; “tez”;
“nariz”; “frente”; “ojos”, “orejas” e inclusive
sobre el aspecto de la “dentadura”, también
importante ya que sus “dientes inferiores [estaban]
manchados por tabaco”.
Tampoco
sus hábitos quedaron fuera del informe: tras definir
al guatemalteco como “fumador empedernido”,
“bebedor” y “nervioso”, el documento secreto hacía
constar —previendo las medidas preventivas de
Fortuny para despistar a los servicios— las
cicatrices que poseía: una “cicatriz bajo ceja
derecha” que “causa aspecto burlón” y otra de “3,8
cm en la frente”. Por último y habiendo consignado
con tanto detalle las características verdaderas del
personaje, el “dossier” cerraba con los denominados
“datos alterados”, actualizados en la misma fecha
que sus “datos verídicos”: el nombre falso era
“Martín Gonzalez Frías”, haciéndose pasar como
“mexicano” con unos “lentes con pesada armadura de
concha” y “cabello” “teñido rojo”.
“Pedro
Armando Cairoli”: Fortuny “clandestino” en
Montevideo
Pese a
tanta evidencia y detalle, Fortuny logró sortear los
controles policiales arribando a Montevideo
procedente desde Brasil en agosto de 1958.
Previamente había permanecido como asilado en México
y desde ese país emprendió viaje rumbo a la URSS en
representación del comunismo guatemalteco. Era la
primera vez que llegaba a dicho país y según
consignara en sus memorias, “ese viaje y sus
incidentes determinaron que me quedara fuera de
México varios años. Me quedé varado en la Unión
Soviética y en América del Sur”.
Aunque
el famoso discurso secreto de Jruschov condenando a
Stalin se filtró al mundo occidental, “durante unos
años siguió habiendo razones para defender el
patriotismo soviético y creer en el comunismo
reformado” observa un historiador ruso. Debe
recordarse, como prosigue el mismo profesor Zubok,
que “la Unión Soviética demostraba un crecimiento
económico impresionante, restaurando y expandiendo
su poder industrial” y por esa razón “en los países
de Asia, África y América Latina el atractivo que
suscitaba el sistema soviético de modernización
alcanzó sus máximos”. En suma, es pertinente
destacar que por ese entonces la propia URSS se
encontraba abocada en una importante ofensiva
económica en el Tercer Mundo. Y, paralelamente a
ello, las manifestaciones anti- norteamericanas a
que dio lugar la gira latinoamericana de Richard
Nixon habían sido muy visibles provocando un
justificado temor en el Departamento de Estado.
En ese
marco, los Estados Unidos se esforzaron por matizar
las concepciones negativas de los latinoamericanos
que tendían a interpretar —no sin fundamento— como
displicente su actitud hacia la región,
fundamentalmente en lo que atañe al desarrollo
económico. Una investigación reciente argumenta que
dichos cambios, además de haber surgido por la
necesidad de dar respuesta a la mencionada ofensiva
económica soviética de los años 1958-59 en América
Latina,89 también respondieron a una no menor
necesidad de resguardar sus intereses estratégicos
en la región, presentándose como la potencia que
habría de vencer en la Guerra Fría.
Lo
antedicho y el expandido clima anticomunista
explican el momento especialmente ríspido por el que
atravesaba la región al momento de retornar Fortuny
desde la URSS. Además de percibir la diferente
consideración que merecían los comunistas europeos
respecto de sus camaradas latinoamericanos, el
dirigente guatemalteco reconoció que tras las
celebraciones, entre diciembre de 1957 y enero de
1958, “nos dieron charlas sobre métodos de
clandestinaje, sobre diversos aspectos de la guerra
popular prolongada que había librado el Partido
Comunista con Mao al frente, sobre técnicas de
propaganda, de agitación, etc.”. Luego de las mismas
y mediando las consabidas medidas de seguridad,
logró llegar a Río de Janeiro ingresando poco
después al Uruguay.
La CIA
estaba enterada del viaje y de cuáles eran sus
intenciones: “quería ir a Venezuela pero el gobierno
de Venezuela no le dio la visa”. Tampoco lo hizo el
gobierno del Brasil y por eso la breve nota llegada
al SIE le prevenía a éste de que Fortuny “intenta
venir a Montevideo para ponerse en contacto con
Arbenz”. Por esa importante razón, la hoja suelta
advertía que “en sus viajes el ha usado documentos
falsos. Cuando el fue a Moscú caminaba en nombre de
Martin Gonzalez Frias, con pasaporte Mexicano
falso. Posiblemente el venga acá con documentos en
nombre de Felipe Tzay Marroquin, alias Jose Luis
Ramos, comunista Guatemalteco ya atras de la cortina
de hierro”. La ausencia de firmas, fechas, su
escasamente prolija redacción —como puede verse los
tildes eran excepcionalmente empleados— y,
fundamentalmente, la incorrecta conjugación de los
tiempos verbales sugieren que la esquela provenía de
la estación de la CIA en Montevideo.
Pese a
todas las previsiones y abordando un avión de la
compañía Varig —“cuyas tarifas eran las más
baratas”—, Fortuny arribó a Montevideo el 7 de
agosto sin ser detectado. En la ocasión empleó un
pasaporte falso a nombre de un ciudadano argentino,
declarando ser empresario teatral a las autoridades
de migración. “Pedro Armando Cairoli” era el
“nombre” del “empresario”. Se alojó en el céntrico
Hotel España y sus movimientos en dicho sitio fueron
discretos, tanto como su estadía. Cuando los agentes
del SIE concurrieron al lugar y exhibieron a su
personal varias fotos del guatemalteco, la
respuesta unánime fue que Fortuny no había pasado
por allí ya que de haberlo hecho lo tendrían
presente en función de que “en estos últimos tiempos
han tenido pocos pasajeros y los que tienen son más
o menos estables y conocidos”.
Según
sus memorias, un insoportable “dolor de muelas”
había ayudado para que permaneciera poco tiempo en
el hotel ya que “buscar un dentista” en forma
urgente se hizo imperioso. Solucionado el
inconveniente dental, “Cairoli” fue al encuentro de
los camaradas orientales, a quienes llegó —siempre
de acuerdo a su propia versión— “a través del
periódico matutino que publicaban”. El contacto se
hizo a través de uno de los más importantes cuadros
dirigentes del Partido Comunista del Uruguay (PCU):
Enrique Rodríguez. Cuando se vieron “nos dimos un
abrazo” recuerda el guatemalteco en su trabajo. En
efecto, para el comunista uruguayo Fortuny no era un
desconocido y recordaba perfectamente el final de
aquel experimento revolucionario. El propio ex
presidente Arbenz, que desde el año anterior vivía
en Montevideo, había departido ampliamente con
Rodríguez transmitiéndole los principales episodios
de aquellos intensos días finales de su gobierno
recuerda una amiga en común de ambos. Por obvias
razones cuando se encontraron Rodríguez le dijo que
“hoy en la tarde” lo alojarían “en casa de un
camarada” donde “te tratarán muy bien”. Se trataba,
como bien consignó en sus memorias, de la casa de un
compañero “albañil”. El asado y el mate “llenaban
una y otra vez la bombilla con agua caliente”. “Su
casa era tan fría que yo dormía en un sofá vestido y
con el abrigo puesto”, circunstancia más que
probable por tratarse de mes especialmente frío en
Uruguay.
Luego de
establecido, llegó el contacto con su viejo amigo
Jacobo. Fortuny afirmó que ese era precisamente “el
objetivo de mi viaje”. Se reunieron en unas tres
ocasiones y mediando importantes medidas de
seguridad. Los movimientos del ex presidente se
encontraban controlados por parte del SIE y si la
policía descubría sus reuniones con su amigo
“clandestino”, el ex mandatario y su familia
estarían en problemas. Además de referirse a la
situación de Guatemala, según parece ambos
departieron acerca del documento del PGT que
circulaba clandestinamente —la ya referida “Legítima
Leche de Magnesia de Phillips”— y sobre el cual el
ex presidente le manifestó varias reservas. Tanto su
amigo como más tarde su propia viuda, consignaron
por separado que aquél “folleto” fue “para Jacobo un
golpe muy duro” ya que “el PGT lo atacaba y
prácticamente lo señalaba como cobarde”.
Sin
embargo, no eran solamente esos los temas a tratar:
allí estuvo presente la espinosa y delicada
vinculación de Arbenz con Fortuny y el PGT.103 La
suspicacia ha sido tanta que aún hoy el abordaje del
tema resulta complejo. Según Fortuny, que en verdad
nunca perdió oportunidad para presentarse como el
“centro” de cada cuestión inherente a Arbenz, el
cometido de su presencia secreta en Montevideo era
comunicarle a su amigo la “respuesta afirmativa del
PGT a su solicitud de ingreso”. El profesor
Gleijeses, fuertemente influido por sus entrevistas
con Fortuny, corrobora que Arbenz ingresó
oficialmente al PGT en 1957 mientras estaba en
Uruguay. Un documento de la CIA, basado en
información suministrada por Carlos Manuel Pellecer
—por ese entonces, y pese a las sospechas que ya
pesaban en torno a su figura, también comunista— en
septiembre de 1955, daba cuenta que Arbenz había
“calificado” como miembro del PGT a través de un
“agente de enlace” de los Partidos Comunistas en el
área del Caribe. En ese momento su “aceptación” fue
mantenida “en espera” y, según anotaron los agentes
a renglón seguido, aquello no debía ser “mencionado
de ninguna manera ya que su efecto puede ser
contraproducente” dejando en evidencia “la fuente”.
“Figueroa” y el XVII Congreso del PCU
A la
semana de su arribo a Montevideo tuvo lugar un
congreso partidario del PCU, entre los días 15 y 20
de agosto. Se trataba de una instancia importante
por varios motivos. En primer lugar porque
constituía un evento de reafirmación ideológica
especialmente significativo debido a la crisis
interna que había golpeado al Partido tres años
antes, oportunidad donde se había producido la
expulsión del Secretario General Eugenio Gómez.
Segundo, y en esa misma línea, aquel Congreso, el
número XVII, resultó ser “el punto de partida
ideológico” de una “nueva etapa” al aprobarse
durante sus deliberaciones una trascendente
Declaración Programática. En tercer lugar debe
consignarse que el mismo incluyó una importante
presencia de dirigentes extranjeros, asistiendo
delegados de Chile, Argentina, Brasil, Francia,
España, Bulgaria, Venezuela, México y Bolivia.
Por lo
antedicho, y al igual que sucedía con la totalidad
de las restantes actividades de ese partido, aquel
evento fue seguido de cerca por la inteligencia
policial uruguaya. Más allá de los pronunciamientos
públicos y documentos programáticos, al SIE le
importaba especialmente saber qué otro tipo de
instancias podían celebrar los comunistas uruguayos
con aquellos delegados extranjeros. Efectivamente y
“al margen” del Congreso, la inteligencia policial
tuvo conocimiento de varias reuniones que “se
llevaron a cabo en los domicilios de Rodney
Arismendi (Missouri 1439, donde se hospedó
Jourdain) y del Ingeniero José Luis Massera
(Mar Mediterráneo 5501)”.
Pocas
personas supieron de ellas y la asistencia estuvo
fuertemente restringida: “estas reuniones fueron
todas de carácter ‘privado’ y desconocidas para la
mayor parte de los propios comunistas” dice un
documento elaborado con posterioridad.110 Doce
personas integraron aquella selecta lista: “los
europeos Tenev y Jourdain; los
uruguayos Rodney Arismendi, José Luis Massera
y Enrique Pastorino; Luis Telles (Brasil);
Rodolfo Ghioldi (Argentina); Julieta
Campusano (Chile); Eduardo Gallegos Mancera
(Venezuela); Juan Pablo Sainz (México);
Dr. Raúl Ruiz González (Bolivia) y un
representante del partido guatemalteco del Trabajo,
de apellido “Figueroa”, que habría entrado al
Uruguay bajo otro nombre con documentos
adulterados”. La marginal infiltración del SIE en el
PCU no permitía un conocimiento detallado de todo lo
tratado en esas reuniones secretas y el propio
servicio de inteligencia reconocía que las
“referencias” “obtenidas” lo eran “en forma muy
parcial y fragmentada”. De todas formas, ellas
indicaban que “se habrían considerado informes sobre
la situación económica, política y social de los
países latinoamericanos, en base a los cuales se
desarrollará su acción continental”.
Empero,
importa reseñar que el SIE consiguió saber que
Fortuny, transformado en “Figueroa” para despistar
al grueso de la militancia comunista, había
participado activamente de las reuniones,
circunstancia sobre la cual sus memorias guardan
silencio. Aunque no está clara su vinculación en ese
momento, la misma no sería sorpresiva en razón de
que los comunistas consideraban que dichas
instancias debían ser aprovechadas. La
correspondencia privada del propio Massera con su
esposa, en los orígenes de la Guerra Fría, es
testimonio de ello. La hija de ambos, consultada
acerca de la presencia de Fortuny en aquella
ocasión, aunque manifestó que le era “imposible
recordar ese caso particular”, no la descartó en
absoluto: por el contrario, es muy “probable” ya que
“por casa pasaron muchos dirigentes
internacionales”. Néstor Bardacosta, un joven cuadro
del Partido y que más tarde compartió varios años de
celda con Massera durante la dictadura
cívico-militar, recordó que “José Luis” le había
comentado de aquella presencia del guatemalteco.
La
captura en Brasil y la investigación del SIE
El
último día de agosto y días después de finalizado el
congreso partidario, Fortuny regresó a Brasil.
Permaneció allí todo el mes de septiembre y sabiendo
que era buscado por la policía brasileña fue
finalmente detenido en los primeros días de octubre.
La muy difundida revista latinoamericana
Visión, informó que su apresamiento había
tenido lugar mientras se “dirigía en shorts a
playa Flamenco”. La versión periodística parece
poco veraz y es deudora del contenido del artículo,
concebido con la intención de mostrar el dinero con
que se manejaban los comunistas latinoamericanos
para propagar la Revolución Mundial.
De
acuerdo al propio Fortuny, los agentes policiales
brasileños golpearon la puerta de su habitación casi
a la medianoche y en el preciso momento en que se
acostaba a dormir. Se “llevaron hasta los papeles
rotos que había en el cesto de la basura” indicó.
Con
prontitud, la CIA comunicó a la inteligencia
policial uruguaya lo acaecido en Brasil. “La policía
federal de Rio [sic] de Janeiro agarró a José
Manuel Fortuny el día 3 de octubre. Les daré
más detalles después, pero por ahora parece que
Fortuny viajó a Montevideo desde Moscú (según mi
informe anterior), pasaba tiempo aquí vinculado con
el XVII Congreso del PCU y celebró entrevistas con
Arbenz y probablemente con Arevalo”.
Existía contacto fluido de la policía uruguaya con
el emisor de la pequeña esquela, que según se
desprende de sus palabras, se hallaba “aquí” en
Montevideo. La “hoja” suelta no sólo informaba,
también contenía algunas tareas para que el SIE
desempeñara: “sería interesante averiguar cómo entró
al país, qué nombres usaba, y cómo salió para
Brasil”.
Los
“detalles” llegaron poco después, tras los
interrogatorios a que fuera sometido Fortuny en
Brasil. Su agenda, también capturada por los
agentes, aportó una lista de personas y
direcciones fruto de su paso por Montevideo. Con
ella, la policía uruguaya comenzó a cumplir con el
pedido de la CIA.
Hay
evidencia de que realizaron las investigaciones de
rigor en los lugares correspondientes, además de
consultar sus propios archivos. Así, se confirmó que
Fortuny estuvo en contacto con Angel Emilio
Gavagnin, un “Oficial albañil” —en cuyo “oficio” se
“iniciara con su padre”— que se desempeñaba como
empleado del Partido Comunista en la sección
“Organización” debido a su condición de “activo
militante” de dicho Partido. Angel Emilio vivía en
la calle Jackson de la capital uruguaya en un
apartamento que, según la versión policial, sería
“pagado por el Partido Comunista para realizar
reuniones o tareas de índole especial, pudiendo
servir también como un refugio para personas de esa
ideología que necesiten ocultar”.
Otros
nombres encontrados en poder de Fortuny también
apuntaban a la misma dirección pues se trataba de
activos militantes del PCU. Tal es el caso de
Lorenzo Collado, quien concurría “casi todas las
noches a la Casa del Partido Comunista”.
Sin
embargo, no todos fueron contactos partidarios:
entre los nombres que figuraban en la “lista” estaba
el de “AVC”, una señorita de 23 años. A ella la
policía no la conocía por su militancia político
partidaria —no se pudieron obtener “informes
respecto a su vinculación al comunismo”— sino porque
se trababa de alguien que “ejercía o ejerce la
prostitución en la vía pública”. No se trató del
único caso. En la “lista”, además de nombres, había
direcciones y en una de ellas los agentes supieron,
tras investigar, que “hace dos meses
aproximadamente, estuvo residiendo en el apartamento
No. 3, una persona que responde a los datos
filiatorios y a la fotografía de Manuel Fortuny
—la del año 1953—, pero usando bigote”. Usaba
“lentes”, y “siempre andaba con un portafolios” con
el cual “salía en dirección a Carrasco”, o en otras
oportunidades, “al parecer en dirección al Centro”.
Tras consignar que “hace más de un mes que no lo ve
por allí”, “la misma fuente de información” reveló
que la persona en cuestión “vivía con una de las
mujeres que frecuentaba el apartamento”. Se trataba
de “La Pícola”, quien asistía a “varios centros de
diversión nocturna, donde ejerce la prostitución”.
De creer dicho testimonio, Fortuny no había sido
desagradecido: hacía unos días había llegado una
carta “fechada en Brasil” y donde su remitente
agradecía al dueño del apartamento “todas las
atenciones que tuvieron con él”, en especial para
con las “muchachas” que “había conocido allí”.
Cinco
días más tarde, la policía dio con la pista de
“Cairoli”: había arribado el día 7, pernoctó en el
Hotel España y salió del mismo sin registrar “otras
entradas”.
El
“caso” enfureció a los sectores del anticomunismo
local, quienes se hacían sentir asiduamente en
medios radiales, celebrando mítines públicos,
conferencias y foros. Contaban con espacios estables
en la prensa y por esa razón las repercusiones
relativas a la detención del guatemalteco circularon
profusamente en la prensa anticomunista uruguaya,
desde donde se censuró a la policía uruguaya,
carente de medios para controlar sus fronteras. Es
“asombroso comprobar como el jefe del comunismo
latino americano, el guatemalteco Fortuny, pasó 20
días en Montevideo dando instrucciones a sus
subordinados, sin ser molestado” indicó una columna
muy leída. Se trataba de un momento especialmente
furioso en ese sentido y con ambos bandos buscando
aglutinar adherentes. Circulaban en el ambiente las
repercusiones de un reciente Foro Anticomunista que
tuvo lugar en Montevideo; lentamente asomaba a la
opinión pública el denominado “caso Mesutti” y las
crecientes movilizaciones estudiantiles dirigidas a
consagrar la autonomía universitaria ganaban las
calles, provocando hilaridad y temor.
En
tiendas opuestas, la prensa comunista alertó sobre
la “nueva campaña calumniosa contra” el “compañero
Fortuny”, desacreditando a tales columnistas cuyo
“ideal” es “un régimen como el que el sanguinario
dictador impuso a sangre y fuego en la noble tierra
del quetzal con las armas y los aviones yankis”.
Aunque
la creciente movilización estudiantil y obrera eran
el resultado de la manifiesta agudización de una
crisis económico-social cada vez más evidente,
resulta acertado concluir que dichos episodios,
parte de ese clima anteriormente descripto,
“enturbiaron” el final del gobierno colegiado del
Partido Colorado que pese a acceder a los reclamos
universitarios, cayó derrotado por sus opositores
blancos en las elecciones de finales de 1958.
Conclusión
Para
finalizar, no puede soslayarse la complejidad del
“asunto Fortuny” y sus derivaciones. A más de medio
siglo, el caso puede ser objeto de múltiples
miradas y por el momento el tema permanece abierto
ya que los registros consultados resultan
insuficientes para aventurar interpretaciones
más precisas. Mayores certezas se obtendrían si
tales documentos pudieran ser contrastados con
expedientes provenientes de archivos soviéticos y
por la consulta de repositorios brasileños al ser la
policía política de ese país la que capturó al
guatemalteco.
El
derrotero del presente capítulo torna plausible
asociar la presencia de Fortuny en Uruguay con su
asistencia al Congreso del PCU. “Este individuo,
desde Montevideo, dio órdenes e instrucciones a todo
el comunismo continental, en el que está considerado
con mando superior al de Lombardo Toledano o al del
brasileño Luis Carlos Prestes” indicaba en su
boletín secreto la Organización Democrática
Latinoamericana. ¿Se trataba de un dirigente de
tanto peso? Aunque resulta dudoso adjudicarle al
guatemalteco una importancia de tal magnitud, las
reuniones paralelas con carácter secreto constituían
una antigua aspiración de los comunistas y el arribo
de Fortuny desde la URSS puede ser asociado con
dicha pretensión. Ello sin temor a extremarnos en la
interpretación y más allá del desafío que supone a
los historiadores el manejo de información
confidencial producida por servicios de inteligencia
cuya tendencia hiperbólica es una de sus
características más notorias.
De todas
formas y corroborando que se trata de un tema por el
momento abierto, parece probable que el episodio
haya supuesto la intervención de los servicios
brasileños, que en la oportunidad actuaron con
prescindencia de fronteras: “Durante todo el tiempo
que estuvo en nuestro país este sujeto, fue
vigilado por la policía brasileña, que le vino
siguiendo desde Brasil y que, al saberle de
regreso en Río de Janeiro, le detuvo en un lujoso
hotel donde se hallaba descansando, encontrando en
su poder abundante material probatorio de las
actividades ilícitas que desarrollaba”.
*) Este trabajo cuenta con una
rigurosa documentación de referencias y
bibliografías aportadas por el autor que se pueden
consultar en la versión pdf, que este editor (L.Od.)
no puede incluir en esta versión Web. Por razones
técnicas.
* Trabajo presentado en las IX
Jornadas de Investigación de la Facultad de Ciencias
Sociales, UdelaR, Montevideo, 13-15 de septiembre de
2010.
*
Departamento de Historia Americana, Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación -SNI
LA
ONDA®
DIGITAL |