América Latina: una
revolución intelectual
por el profesor José Luís Fiori

“Mientras se pensaba que con las leyes de Newton y las que le sucedieron podíamos comprender el  universo, el  diálogo con las otras civilizaciones era un diálogo de profesor y alumno, alumno primario.”

Ilya Prigogine, “Nombre de Dioses”, Ed. UNESP,  2002, p:64

 

En la segunda mitad  del Siglo XX, el  físico norteamericano, Thomas Kuhn, y el  químico ruso, Ilya Prigogine, revolucionaron la epistemología y la historia de la ciencia, echando una palada de cal sobre la visión positivista del conocimiento, y poniendo un punto de interrogación definitivo, sobre todas las teorías mecanicistas y deterministas, con respecto al mundo físico, del cosmos y de las sociedades humanas. Para Thomas Kuhn, el avance de la ciencia no  es acumulativo, ni se da de forma lineal y continua. Por el contrario, se da de una forma discontinua y a través de grandes rupturas, o “revoluciones científicas”, que marcan un momento de “cambio de paradigmas”, que son definidos por Kuhn, como una manera particular de mirar el mundo, que articula de forma coherente, problemas, conceptos, métodos de investigación y criterios de verdad, que solo son válidos dentro de determinadas comunidades específicas, y durante períodos determinados de tiempo. Por otro lado, Ilya Prigogine se rebeló contra el determinismo y el mecanicismo de las teorías de Isaac Newton y Albert Einstein, y demostró que la irreversibilidad del tiempo, el desorden y la incertidumbre son elementos esenciales y constructivos del mundo físico y biológico. O sea: Kuhn defiende la historicidad de la ciencia y de sus criterios de verdad ; y Prigogine defiende la importancia de la “flecha del tiempo” y de las “opciones”, para la construcción del futuro de un universo físico y de una sociedad humana, que son rigurosamente imprevisibles.

 

Por analogía, también es posible hablar de la existencia de “paradigmas”, y de “revoluciones intelectuales”, en el campo del pensamiento social, donde se forman y se transforman los valores, conceptos y criterios de verdad, que las sociedades humanas utilizan para interpretar su pasado y su presente, y para decodificar y responder a las incertidumbres de su futuro. Son modelos, enfoques y creencias que atraviesan el pensamiento académico y el  pensamiento político – de izquierda y de derecha - y también forman parte del sentido común y de la formación de la opinión pública. Estos “paradigmas sociales”, también son válidos apenas para ciertas comunidades específicas, y durante un cierto período, por más largo que pueda ser. Con el paso del tiempo y de los cambios sociales, entre tanto, estos paradigmas “societarios” se quedan sin aliento, se esclerosan, y acaban siendo superados por nuevas “visiones del mundo”, más capaces de comprender y enfrentar los desafíos creados con la llegada del futuro.

 

Pues bien: todo indica que América Latina y Brasil están viviendo uno de estos momentos de “revolución intelectual”, y de cambio de su forma de mirar hacia sí mismos y hacia el mundo. Por un lado, lo que se ve, es un “paradigma intelectual” en franco declive, incluyendo algunas ideas y teorías de izquierda y de derecha, que ya no dan cuenta de las transformaciones del continente, y de Brasil, en particular. Sus conceptos y sus debates parecen viejos y repetitivos, y por esto, filtran las novedades que trae el futuro, de forma extremadamente reactiva, defensiva y temerosa.

 

 Algunos “intelectuales orgánicos” de este viejo paradigma viven fascinados por la idea del “fin”, ya sea de la democracia, del capitalismo, de las especies, o de la propia tierra; otros, están siempre lamentando las “imperfecciones constitutivas” de la sociedad latinoamericana, tan distantes de sus modelos ideales de sociedad civil, de clase social, de partido político, o incluso, de estado y de capitalismo, y casi todos viven atormentados con miedo del populismo, del corporativismo, del nacional-desarrollismo, del estatismo, entre tantos otros fantasmas del pasado. Sin darse cuenta que estos conceptos y algunas de sus viejas teorías sociológicas y económicas perdieron adherencia a los hechos, y ya no demuestran ninguna eficacia como herramientas analíticas y como instrumentos estratégicos, volcados hacia la construcción del futuro. A pesar de esto, entre tanto, todavía no se puede hablar del surgimiento y de la existencia de nuevas teorías consistentes, y el propio continente latinoamericano todavía no superó algunos de sus grandes desafíos sociales y económicos. Pero seguramente ya se puede hablar de una “revolución intelectual” y de un nuevo “paradigma”, porque ya se consolidó una nueva manera de que el continente se mire a sí mismo, al mundo y a sus desafíos, asumidos como oportunidades y como opciones, que deben ser hechas, a partir de su propia identidad , y de sus propios intereses.

 

Alguna vez, Jean Paul Sartre dijo que “era más fácil ser esclavo que señor” y, tal vez, de hecho, sea más fácil pensar como esclavo, que como señor. Pero después de esta “revolución intelectual” de América Latina, ya no es necesario que nadie siga pensando como esclavo, o incluso, como alumno primario de las “civilizaciones superiores”.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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