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Cultura y negocio
de la muerte
por
Herminio Otero*
Los
ritos funerarios han acompañado al ser humano desde
que comenzó a serlo. Hace 300.000 años los homínidos
realizaban “de forma consciente y con un
comportamiento ritual y simbólico” los
enterramientos de sus congéneres, según se ha
podido saber por los restos humanos encontrados en
la Sima de los Huesos de Atapuerca (Burgos).
Los
neandertales fueron los primeros seres humanos que
practicaron rituales funerarios con la creencia en
la idea de que la muerte no era el final de la
existencia, sino un tránsito del mundo de los vivos
hacia un reino espiritual. Cubrían el cadáver con
flores e inhumaban el cuerpo del difunto junto con
alimentos, armas de caza y carbón vegetal.
La gente
de los pueblos, ya muy despoblados, aprovecha ahora
los funerales para verse. Y para encontrarse. Y para
celebrar que es preferible ir a que te lleven. Y
sigue acudiendo a estos encuentros con el gesto
adusto y con respetuoso silencio, en los que
resuenan de manera contenida siglos de rituales de
enterramiento.
Hace
años no distinguíamos si el entierro era de primera,
de segunda o de tercera, como los había en las
ciudades en otros tiempos. Morir costaba lo suyo,
como siempre. La beneficencia se encargaba de
enterrar a quienes no tenían a nadie que le llevara
hasta la sepultura.
Pero
todo ha cambiado. También el monto final de lo que
cuesta morirse, que ahora en España ronda los 3.000
euros, aunque el precio de un sepelio puede llegar a
los 6.000 dependiendo de los diversos servicios de
las funerarias y en función del tipo de funeral o
de la calidad del servicio.
El
seguro de decesos es uno de los de mayor arraigo
social. Es un tipo de póliza que cubre los gastos
de una muerte natural. En 2006 había en España 7,5
millones de este tipo de pólizas y 23 millones de
personas con este tipo de seguro, que había
mantenido un aumento creciente, aunque moderado, en
los años anteriores, hasta llegar a alcanzar un
volumen de negocio de 1.451 millones de euros ese
mismo año.
La
muerte es una verdadera industria. Al lado de la
muerte florecen muchos negocios: las floristerías,
los fabricantes de ataúdes, los cementerios, los
embalsamadores, la incineración, los lotes
funerarios, la fabricación de lápidas, los músicos,
los ritos religiosos, los seguros, los servicios de
transporte y muchos más.
En
algunas ocasiones, llega a ser inhumano cómo se
convierte al moribundo en una mercancía. En los
hospitales se presentan situaciones a veces
surrealistas cuando los negociantes de las
funerarias tratan de conseguir un cliente y varios
vendedores muestran sus folletos al mismo tiempo y
se codean entre ellos.
En
España, cada vez se incineran más difuntos, sobre
todo en las grandes ciudades, pero no siempre se
sabe bien qué hacer con las cenizas. Algunos las
esparcen en el mar o las arrojan a un río o las
diseminan o en algún jardín público o en el jardín
donde viven pues la ceniza no tiene carácter de
residuo.
La
Iglesia acepta la cremación, pero pide que no se
esparzan las cenizas y que tampoco se guarden en las
casas, sino que se depositen en el cementerio o en
los columbarios de las iglesias, guardando así la
tradición de la inhumación del cadáver, que ha
representado en la cultura occidental la vuelta del
hombre a la tierra de la que se procede, hecho que
en la tradición cristiana ha engarzado con la idea
de la semilla que muere para volver a nacer.
Aún así,
cada vez son más frecuentes en España los funerales
laicos. Ya se habla de entre el 8 y el 10% de los
clientes del sector funerario que prefiere
prescindir del clero en esas horas de duelo y que
piden unas ceremonias civiles o laicas que
supongan un homenaje a la persona difunta, basado
en su perfil y en los aspectos más relevantes de su
vida. Ya hay empresas que han olido este negocio y
ofrecen a los familiares y amigos la posibilidad
de participar en el acto con la lectura de poemas
o textos relacionados con el difunto y la
audición de música en crematorios y cementerios,
acompañada de un servicio de catering, así como de
una decoración especial en la que no suelen faltar
las flores. En algunos tanatorios o cementerios, los
actos laicos se ofician en una capilla
transformada, y las empresas ofrecen entre sus
servicios salas ecuménicas, que en numerosas
ocasiones consiste en capillas o templos cristianos
con los santos y el sagrario tapados. En las
celebraciones, en las que antes predominaba la
palabra de Dios, ahora se puede escuchar la palabra
del poeta (“Al andar se hace camino y al volver la
vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver
a pisar”).
Lo que
está claro es que, desde que el hombre es hombre,
todos queremos despedir a los seres queridos. Ahora,
para algunos, esto se ha convertido también en un
negocio.
*)
Periodista y escritor español
LA
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