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Mujeres en acción: la
sonrisa de la globalización
por
Barbara Supp
¿Cómo está transformando la
globalización el mundo de las mujeres? ¿Cómo están
transformando las mujeres el mundo globalizado?
.Todo lo establecido y consolidado se esfuma, todo
lo sagrado es profanado, todas las estructuras
sólidas y anquilosadas y todas las creencias
tradicionales se diluyen.
Las
mujeres rescatan de la crisis a los bancos de
Islandia, las trabajadoras de las fábricas de
Bangladesh se ponen en huelga contra unos salarios
miserables y en Nigeria las niñas aprenden a ser
mecánicas de automóviles para no tener que
prostituirse: un fantasma recorre el mundo, el
fantasma de la globalización, y parece seguir el
dictado de un guión escrito por Karl Marx hace más
de 150 años. Sólo que él nunca escribió sobre
mujeres. Pero precisamente en medio de una crisis
que algunos ya han calificado como “crisis de
hombres”, hay que preguntarse por esta nueva
revolución: ¿cómo está transformando la
globalización a las mujeres?, ¿cómo están cambiando
las mujeres el mundo?
La
globalización significa la abolición del tiempo y el
espacio. Significa que las personas, los productos y
el dinero se propagan por el mundo, al igual que el
saber y los valores. Atraviesa fronteras culturales,
transmite imágenes e ideas a través de la televisión
e Internet y a menudo se topa con esquemas sociales
arcaicos, profundamente enraizados y que llevan
siglos cimentando una drástica desigualdad entre los
sexos. El capitalismo reinante en todo el mundo
alcanza a todas las clases sociales y transforma el
papel de los sexos. El poder tiene con mucha más
frecuencia que antes rostro de mujer. El de Angela
Merkel en Berlín, el de Julia Gillard en Australia o
el de Hillary Clinton en el mundo entero. Dos
mujeres dirigen las multinacionales estadounidenses
Pepsi y Xerox y en Francia es una mujer, Anne
Lauvergeon, quien rige los designios de la potente
empresa atómica Areva.
Estas
imágenes, simbólicas y ejemplares, dan la vuelta al
globo. Pero lo que hay que preguntarse es si estas
mujeres constituyen un síntoma de que el mundo está
cambiando, si son ellas las que quieren cambiar el
mundo, o si no van más allá de una minoría
simbólica.
Tres
quintos de la población más pobre y dos tercios de
los analfabetos son mujeres. Ellas reciben el 10% de
la masa Salarial y poseen el 1% de la riqueza
mundial
Las
cifras también dan la vuelta al planeta y no
resultan agradables, precisamente. Tres quintos de
la población más pobre y dos tercios de los
analfabetos son mujeres. Si le añadimos el trabajo
no remunerado, nos encontramos con que dos tercios
de quienes lo realizan son mujeres, quienes reciben
el 10% de la masa salarial del mundo y poseen un 1%
de la riqueza de todas las naciones. Una perspectiva
nada alentadora.
Resulta
difícil medir en cifras el progreso real. El Gender-
Related Development Index (Índice de Desarrollo
Humano relativo al Género) que publica la ONU desde
hace algo más de 10 años puede proporcionar algunas
pistas, ya que indica el grado de igualdad de
oportunidades de un país. No evalúa la distribución
del poder político, sino que compara la educación,
los ingresos y la esperanza de vida de hombres y de
mujeres. Las posiciones de cabeza las ocupan casi
siempre los países escandinavos, Canadá, Australia y
Suiza, y Francia también suele aparecer bastante
arriba. En la última estadística, Alemania se sitúa
en el puesto número 20 de 155 países evaluados,
mientras España está en el 9. México, Chile y
Argentina quedan en el primer tercio de la lista, y
China ocupa el lugar 75. Níger y Afganistán se
encuentran en las últimas posiciones, mientras
Bangladesh, el país de las costureras en huelga,
hace el número 123, lo que supone una mejoría, ya
que el siglo pasado ocupaba el puesto 140.
Progreso, ¿eso qué es?
Al
subirse al tren del mercado mundial, países como
China, México o Bangladesh han experimentado una
versión más dura de esa “constante transformación de
la producción, la conmoción ininterrumpida de todas
las estructuras sociales, y la inseguridad y cambio
incesantes” que predecía Marx en el Manifiesto
Comunista de 1848. El cambio resulta especialmente
drástico en un país islámico como Bangladesh, uno de
los más pobres del mundo, una nación en la que la
dominación del hombre sobre la mujer aún suele
considerarse un designio divino. Y al que este
mercado mundial ha convertido en un taller de
producción, sobre todo para la industria textil,
porque la mano de obra, especialmente la de las
mujeres, es allí mucho más barata que en los países
industrializados. Para las mujeres esto significó
salir al exterior, el adiós a la vida de encierro.
Pero a menudo también un sueldo dolorosamente escaso
y un gran riesgo para la salud, con larguísimas
jornadas de trabajo en fábricas mal ventiladas y
propensas a los incendios –un progreso con peligro
de muerte.
Del
mundo llegan nuevos productos, llega trabajo y llega
dinero: en Bangladesh surgió la idea del premio
Nobel Muhammad Yunus de conceder microcréditos a las
mujeres para ayudarles a ganarse la vida como
empresarias. Del mundo llegan ideas: aunque no
encaje con el concepto tradicional de mujer, en
Bangladesh, y en muchos países del sureste asiático,
de Latinoamérica, del este de Europa, está
aumentando la cantidad de mujeres que emigran para
asegurar el sustento de su familia; algunos
sociólogos hablan ya de una “feminización de la
emigración”. Entonces, ¿qué es lo que les aporta la
globalización a las mujeres?, ¿progreso?, ¿un
progreso auténtico? La respuesta es sí y es no, y la
polémica en torno a ella va más allá de la frontera
entre los sexos y traspasa continentes. El ex
consejero de la ONU Jagdish Bhagwati lo deja claro
en su Defensa de la globalización: “La globalización
ayuda a las mujeres”. Bhagwati pertenece a esa
escuela de pensamiento que siempre “ha defendido la
liberalización del comercio”, porque la considera un
“arma política en la lucha contra la pobreza”.
Conoce muy bien las críticas de que son objeto sobre
todo las zonas de fomento de la exportación que se
han establecido en China, Rusia o Vietnam como
avanzadillas de la globalización moderna, la crítica
a las jornadas laborales interminables, a las
terribles condiciones de trabajo y a las míseras
ganancias. Piensa que esas zonas son injustamente
consideradas la “cara más brutal de la
globalización”, ya que opina que, al fin y al cabo,
las propias obreras jóvenes prefieren ganar “mucho
dinero lo más rápido posible” y, por eso, “trabajan
mucho y duro por voluntad propia”. Para él, esos
trabajos junto a la cinta transportadora requieren
disciplina y, aunque “los vigilantes y las grandes
multas económicas” de los que hablan las mujeres
taiwanesas, por ejemplo, resultan muy desagradables,
comprende que todo eso es necesario, porque al fin y
al cabo es fundamental “contar con una plantilla
disciplinada”.
Su idea
es que el trabajo de una persona refuerza su
autoestima y por eso también ve sólo ventajas para
todos en la emigración en masa de empleadas
domésticas hacia los Estados del Golfo, EE UU o
Europa, siempre y cuando las mujeres no sean
obligadas a mantener relaciones sexuales o se las
maltrate: “Las trabajadoras que emigran están mejor
en el Nuevo Mundo, que les ofrece más contactos y
autonomía; sus hijos son felices, porque los cuidan
sus abuelas y las abuelas a su vez se ocupan con
alegría de sus nietos; las madres que les ofrecen
trabajo también se sienten felices de encontrar
buenas niñeras para sus hijos, porque así pueden ir
a trabajar sin esa sensación agobiante de descuidar
a sus hijos”. ¿La globalización? Una bendición.
Especialmente para las mujeres.
“Olvidaos de China, India e Internet; las impulsoras
del crecimiento económico son las mujeres”, ‘The
Economist’
Pero la
lectura que hace de ella en sus trabajos la experta
en desarrollo Christa Wichterin es diametralmente
opuesta. Wich terin lleva años ocupándose del tema
mujeres y globalización y mantiene una postura más
bien crítica con la credulidad de Bhagwatis hacia el
mercado. Ella ve una “doble cara de la
globalización”. La globalización les consigue a las
mujeres de los viejos países industrializados de
Europa camisetas baratas, teléfonos baratos,
lavadoras baratas, mientras, a cambio, los puestos
de trabajo se esfuman hacia Rumania, hacia Polonia,
hacia Bangladesh. Y al poner a esos países en
desarrollo en contacto con el mercado mundial, el
capital se lleva por delante de un plumazo las
viejas estructuras económicas y el
autoabastecimiento rural, que casi siempre era cosa
de mujeres. En su lugar, coloca a esas mujeres en
puestos de trabajo por cuenta ajena, y las deja
expuestas a los altos y bajos del mercado mundial,
ahora mismo sobre todo a los bajos.
Hoy, a
raíz de la crisis, se calcula que se han perdido
30 millones de empleos en todo el mundo. Los
afectados han sido principalmente hombres, pero eso
no es una buena señal, pues han desaparecido sobre
todo los puestos más seguros, los bien pagados. Las
mujeres ocupan en una gran mayoría los trabajos
flexibles, los precarios, en fábricas, tareas
domésticas o burdeles. Las mujeres son comodines, se
las contrata más rápido y se las despide más rápido
aún.
La cara
de la globalización: es un rostro femenino, agotado,
marcado por el trabajo y la falta de sueño. O quizás
una cara con los labios pintados y una sonrisa
comercial. Esta versión, que también existe y se da
cada vez con mayor frecuencia, pertenece a esa
especie de mujeres con formación, buenos sueldos e
influencia, que trabajan para empresas, partidos,
gobiernos, organizaciones de ayuda o lobbies, y les
resulta de lo más natural sacar provecho de la
globalización. Puede apreciarse en los congresos de
mujeres y los foros económicos, allí donde se da
cita la élite, allí donde impera la consigna
publicada por The Economist: “Olvidaos de China,
India e Internet; las impulsoras del crecimiento
económico son las mujeres”, donde circula desde hace
unos años una nueva palabra clave: “womanomics”, la
confianza en la potencia económica de las mujeres.
En las más altas esferas, en consultoras como por
ejemplo McKinsey, y también en el Banco Mundial, han
descubierto el creciente arsenal de mujeres de
amplia formación, ambiciosas y con espíritu
profesional, que en muchos países ya constituyen la
mayoría en las universidades. Y que, gracias a su
flexibilidad y capacidad de comunicación y
cooperación, según un estudio de McKinsey, están
especialmente bien dotadas para responder a las
exigencias de la globalización.
Su
reivindicación: las mujeres al poder. Y no lo
consideran tanto una cuestión de justicia como una
cuestión económica. “Emancipación adaptada al
mercado” lo llama Christa Wichterich. El movimiento
feminista de antes nunca habría considerado a una
mujer a la cabeza de una poderosa empresa
automovilística, o a una mujer que lleva a su país a
la guerra como ministra de Exteriores como un signo
de progreso, sino como una traición. Pero ahora
impera una argumentación muy distinta, no sólo en
McKinsey o el Banco Mundial, sino últimamente
también en los grupos de mujeres. Hay que
participar, integrarse en el mundo de los
economistas y los políticos, ¿hacerlo todo mejor?
Esta
crisis que experimenta la economía ¿es de verdad una
crisis de hombres?, ¿una crisis de los jóvenes
inteligentes con traje gris, como escribía el
periódico francés Ouest-France? ¿No habría quebrado
un banco Lehman Sisters? ¿De verdad son distintas
las mujeres? ¿Lideran, deciden, gobiernan de otra
forma?
En
economía la verdad no resulta tan sencilla de
dilucidar como quisieran creer algunos. Es cierto
que, por lo general, las mujeres administran el
dinero con más prudencia, no buscan tanto el riesgo,
no se dejan llevar con tanta premura por las nuevas
y brillantes ideas, y se las considera más
conscientes de la importancia de la seguridad, y en
un mundo que ha aprendido a tener miedo de jugar con
el riesgo, la seguridad se ha convertido en un bien
muy preciado. También es cierto que Wall Street, el
mundo de los banqueros, que ha llevado a la economía
mundial al borde del abismo, es eminentemente
masculino. Pero esa bomba crediticia que se
convirtió en el detonador de la crisis financiera la
inventó Blythe Masters en JP Morgan, una mujer.
Lo que
está claro es que no existe de forma natural un
interés común de todas las mujeres. No cuando se
está al mismo nivel, pues la armonía puede esfumarse
de inmediato cuando ellas compiten por el mismo
puesto o el mismo proyecto. Y tampoco cuando existen
diferencias de nivel, puesto que puede ser una
mujer, una consultora empresarial quizás, la que
baje el sueldo de una costurera o se lleve su puesto
de trabajo a un lugar en el que resulte más barato.
Esa
creciente cantidad de mujeres que han adquirido
poder influye en las leyes, los contratos de trabajo
y las inversiones, establecen redes y dialogan en
sus almuerzos para damas (Ladies lunches) en los
congresos mundiales. Y lo que está por saber en
todas esas ocasiones es: ¿sólo buscan una carrera
mejor o también un mundo mejor?
Ahí
reside la esperanza: en que la globalización de
arriba ayude a la de abajo. Que las corrientes
globales de información resulten útiles, que la
expansión de conocimiento pueda convertirse en el
núcleo de un proceso de democratización. Que allí
donde crece el peligro también pueda crecer el
remedio, si se abona adecuadamente. Porque la
globalización del saber y de los valores tiene como
mínimo tanta importancia como la globalización del
dinero y la producción. Las mujeres producen una
gran parte de los alimentos del planeta, pero la
tierra en la que los hacen crecer pertenece casi
siempre a los hombres, y muy rara vez a ellas.
Normalmente ni se les ocurre que pudiera ser de otro
modo. Consideran normal el no poseer, no decidir, ni
siquiera sobre el propio cuerpo, porque siempre fue
así, en la época de sus madres y antes, en la de sus
abuelas. La impotencia, y así lo resalta con
vehemencia el informe de población mundial de la
ONU, no sólo surge de las formas visibles del
sometimiento, sino también de las ideas que tienen
de sí mismas las mujeres que ven esa impotencia como
algo perenne, irrevocable. Pero esas ideas también
pueden modificarse con la ayuda del saber, con
apoyo, estímulo, información.
Si no
queremos pintar el mundo de color de rosa, a la
manera de Bhagwati, tendremos que admitir con
madurez que es muy posible que la crisis proporcione
un espaldarazo a las mujeres situadas en la cima, de
forma que aumente su participación en el poder. Pero
en las clases inferiores el panorama es muy
distinto. Los primeros rescates, o al menos apoyos,
han ido a parar a las industrias de la construcción
y del automóvil –trabajos de hombres–. Y esas
acciones de salvamento se financian con programas de
ahorro que se dejan sentir abajo del todo: allí
donde afectan en primer lugar a las mujeres y los
niños.
“Sisterhood is global”, se decía en los albores de
movimiento feminista de los años 70 y algunos siguen
creyéndolo. A veces incluso resulta cierto. Como en
Bangladesh, donde las costureras se han puesto en
huelga; su lucha sería más difícil si no se viera
apoyada en los países ricos, que divulgan su
situación y les ofrecen apoyo moral.
Si no
comenzara a surgir poco a poco cierto interés por el
precio que tiene que pagar por la globalización una
trabajadora textil de Bangladesh. A veces la
sisterhood podría resultar muy fácil.
Por
ejemplo, cuando una mujer con buenos ingresos de
España o Alemania se pregunta: ¿quiero comprar en
serio esta camiseta importada que cuesta unos
miserables 4,99 euros? ¿O no quiero?
Fuente:
Fride (Barbara Supp es redactora de Der Spiegel).
LA
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