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¿Para qué saludar a los
500 números de La ONDA digital?
por
Alfredo Allende
Que
yo haya tenido el desatino de no enviar mis saludos
en oportunidad de los 500 números de La ONDA
digital, no significa que todos los argentinos sean
groseros. Tampoco lo implica el hecho de que la Sra.
de Bonafini haya manifestado públicamente: “me cago
en “El Clarín” y “La Nación”. O que los
habitantes de una parte de la costa con el río
Uruguay impidan el paso internacional y se les
importe un bledo los fallos de los tribunales
locales y/o internacionales. O que niños y bisoños
adolescentes de 13 a 17 años de edad ocupen colegios
y los terminen de arruinar. O que al fiscal impoluto
de la Junta Militar del llamado Proceso, le digan de
todo menos bonito desde ese gobierno progre. O que
se amenace con cerrar todos los liceos militares sin
dar mayores explicaciones. O, ya que estamos con ese
gremio, que no se asciendan oficiales por portar
apellidos conocidos hace más de una generación
atrás. O que se viva en medio de cortes de calles y
rutas en una medida sin precedentes en los anales de
un país civilizado. O que se mienta en la cara del
mundo acerca de los datos estadísticos que hacen al
interés público. O que se haga creer que la
Presidencia del G-77 es resultado de los méritos
propios cuando casi inevitablemente la Argentina
debía tomar esa posición de acuerdo a las rotaciones
anuales que se hacen y que en América del Sur, a la
que le correspondía el cargo, ya no quedaban otros
candidatos.
No, los argentinos no
somos, mal educados, ni pretenciosos. Si los
uruguayos quieren a Gardel que lo tengan, si el
creador del arte “madi” -corriente o estilo
argentino si los hubo, así lo creíamos- fue
uruguayo, se lo dejamos (¿Para qué diablos queremos
el arte, si hasta tenemos intelectuales
piqueteros?). Si los orientales comen más carne per
cápita que los argentinos que se joroben, ya verán
crecer su colesterol. ¿Qué la Argentina no es un
país confiable de acuerdo con lo que dicen los
analistas del mundo? ¿Qué nos puede interesar? nos
bastamos a nosotros mismos y si es necesario
importamos, como lo estamos haciendo, con ciencia,
tecnología, gas, petróleo, que para eso tenemos una
flor de deuda externa con la que convivimos
pacíficamente. ¿Qué se van, huyen los capitales?
Mejor es vivir con lo nuestro, desnudos y con
lanzas, porque claro, armamentos de otro calibre no
tenemos. Nada de planes estratégicos, nada de
programas de largo alcance. Tampoco nada de
realizaciones importantes inmediatas, basta con las
casas que se hacen en Catamarca y algunas obras más
que para siete años de gobierno es mucho, como lo
revelan las inteligentes publicidades con el aporte
de todo nuestro generoso pueblo pues se están
cambiando las estructuras, cosa que no se ve, pero
más importante es lo invisible, decía Saint-Éxupery.
(Tal vez haya escapado a la percepción de algunos
que la población en el territorio nacional tenga hoy
por lo menos tres millones de habitantes más desde
que asumieron los Kirchner por lo que hacer obras
como casas, exige mayores inversiones y el déficit
ya supera los dos millones de habitaciones).
Reconocemos que hay
corrupción a granel, pero ello es una marca
nacional, distintiva de un gran país que no necesita
de recatos inútiles morales para sobrevivir. Más
vale un millonario nuevo feliz que mil indigentes
que ya conocen la miseria de hace tiempo y que de
ahora en más serán más pobres. Más vale una fábrica
menos que un patrón odioso, oligárquico como todos
los empresarios. Más valen nuevas villas miserias
con mucho progresismo, que ingenieros reaccionarios
que sólo piensan en construir caminos, puentes,
ciudades modernas, cloacas. Si para cloacas nos
sobran más de dos millones y medio de kilómetros. O
las propias ciudades convertidas en campo de acción
de bandas delictivas y/o asesinas, garantizadas por
el galantismo de los garantistas oficialistas,
protegidas por nuestra vocación inclaudicable
vocación por los derechos humanos de los atorrantes,
violadores y criminales. Por suerte en esto hay una
política de Estado, hasta la oposición apoya el
garantismo de los garantistas garantizados por la
ausencia de orden.
En fin, es un país
hermoso el nuestro, nadie nos puede robar sus
paisajes, la belleza de nuestras chicas, la
inteligencia de nuestros muchachos, las gambetas de
Maradona y de Riquelme (A propósito ¿Cuándo diablos
vuelve Riquelme?), ni el sabor incomparable de
nuestras pizzas muy superior a la de las italianas,
obviamente.
¡Pobres uruguayos!
Tenemos pastas, dulce de leche y frutas mejores; y
costas frías y ventosas que robustecen el espíritu y
que superan las de ellos plenas de sol cancerígeno y
aguas limpias carentes del color marrón de nuestro
indómito y viril litoral marítimo.
No sólo nos cagamos
en la prensa, sino en todo, y si Macri nos devuelve
un maravilloso Colón, o quiere más subterráneos, o
arregla las calles, o hace renacer el hospital
Durand, o construye pasos bajo nivel de los
ferrocarriles que cortan a la ciudad, no nos
engañemos: es un reaccionario, ¡basta!, es de
derecha, como son de derecha la gente del campo, los
curas de las villas que lloriquean por las
condiciones de vida de sus habitantes, como son de
derecha quienes se quejan de que se quite a
Clarín y a La Nación su capacidad
periodística de primer mundo, y sobre todo los que
critican al gobierno, que como todos sabemos, es un
sacrificado partidario de la izquierda.
La Sra. Bonafini
además sugirió que estaba dispuesta a tomar el
edifico de los Tribunales, y eso sí que está bien.
Más aún, habría que tomarlo y devolverlo como se
hizo con los colegios: sucio, con roturas y graffiti
por todos lados. Y, en caso de persistir los jueces
con fallos adversos, incendiar el Palacio. Ya hubo
una temporada peronista incendiaria, habría que
revivirla con particular empeño. Entonces habríamos
definitivamente cambiado las estructuras, en cambio
de justicia formal-reaccionaria de doctores ingratos
al pueblo que les pagó el estudio, tendríamos carpas
para reuniones de los diversos clanes de la
sociedad, todos iguales, todos con el taparrabos y
la lanza mencionada que deben convertirse en símbolo
de la Revolución, de la Argentina Potencia, de la
Revolución Productiva, de la Argentina dónde los
únicos privilegiados son los niños, de la Argentina
justa, libre y soberana, de la Argentina, por fin,
(ex) granero del mundo.
Las revoluciones se
hacen con dosis de violencia, es su ley. Se objetará
por los reaccionarios: ¿qué revolución? Todo sigue
igual o un poco peor, las villas miserias aumentan,
la pobreza, la informalidad en el empleo, el
analfabetismo funcional son gigantescos, la
inseguridad campea, la concentración de la riqueza
ha crecido, las subvenciones a las empresas
monopólicas de servicios continúan avanzando.
Contesto: es una forma de revolución, quizá los
uruguayos, y los argentinos no progre, no la
entiendan, no es mi problema. Pero vamos a
sacrificar una o dos generaciones para después
purificarnos en el incendio que las patotas de
valientes provocarán, y empezar sin pecados
concebidos. Con la frente alta, depurados los
índices de pobreza, abandonados los talleres y
empobrecido el agro, pero más justos, libres,
soberanos que nunca. Y con muchos automóviles,
batiendo récord de producción que para esto tenemos
salarios bajos, importaciones masivas de máquinas
herramientas, intercambio deficitario con el Brasil.
No estamos obligados
los argentinos como yo a saludar La ONDA digital,
¡no señor! Es una revista electrónica en la que no
escriben los intelectuales piqueteros, es foránea, y
para nosotros sigue rezando aquello de Patria sí,
colonia no. (A lo sumo aceptaría un viajecito a
Colonia: no vendría nada mal…).
LA
ONDA®
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