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México: alertan sobre peligrosa
avalancha financiera de EEUU
por José
Miguel Moreno
En la nota
que sigue el columnista
José Miguel Moreno
de la
publicación mexicana “Prensa de Negocios”, en su
último número alerta a la economía de su país y a la
comunidad internacional sobre las eminentes
mediadas tomadas por el gobierno del presidente
Obama, en el campo financiero, y los riesgos
emergentes de caer en una nueva trampa de liquidez
en el resto de las economías.
De
nuevo, el Presidente de la Fed, Ben Bernanke, copa
todos los reflectores. Desde hace tiempo viene
advirtiendo que, en caso de ser necesario, inyectará
más liquidez al sistema financiero. ¿Cómo? Con más
instrumentos heterodoxos, poco convencionales. En
esencia, comprando más activos e incorporándolos a
su hoja de balance, lo que algunos llaman
“relajamiento cuantitativo” (quantitative easing o
QE, en inglés).
Ese
momento cada vez parece más cerca, y tiene a los
mercados y a las autoridades en vilo. Los
inversionistas, al prever que les volverá a caer
otra avalancha de dinero fresco en las manos, se han
adelantado a comprar todo tipo de activos (bolsa,
deuda pública, bonos corporativos, materias primas)
tanto de los mercados desarrollados como de los
emergentes. Y las autoridades económicas del mundo
reexaminan sus estrategias de política monetaria
tanto por la expectativa de que las tasas en EU
sigan bajando, como por la abundancia de dólares en
los mercados, lo que está conduciendo a una
depreciación de la divisa norteamericana que
incomoda a algunos de sus grandes socios
comerciales.
El
momento de una nueva intervención monetaria de la
Fed está cada vez más cerca porque, simplemente, las
condiciones económicas así lo aconsejan. Como dejó
claro el comunicado de política monetaria de la
última reunión de la Fed, la del 21 de septiembre,
las autoridades están frustradas con un crecimiento
demasiado magro, que ha perdido vigor, y que es
insuficiente para generar los empleos necesarios
para fortalecer la demanda interna y hacer que la
economía camine con pies de plomo.
Por otro
lado, y eso fue la gran novedad del texto, “la
inflación subyacente está actualmente en niveles
algo por debajo de los que el Comité juzga más
consistentes para el largo plazo, con su mandato de
promover el máximo de empleo y la estabilidad de
precios”. Resultado de estas dos consideraciones, el
veredicto de la Fed es contundente: están preparados
“para ampliar la política acomodaticia, de ser
necesario, para apoyar la recuperación y devolver a
la inflación, con el tiempo, a niveles consistentes
con su mandato”.
Así
dicho, pareciera que la Fed está muy cerca de volver
a imprimir dinero en un esfuerzo más para reactivar
la economía y elevar la inflación a niveles más
deseables. Casi la obliga la ley, en concreto la
enmienda de 1977 de la Ley de la Reserva Federal,
que prácticamente la orilla a cumplir con un “doble
mandato”: promover el máximo crecimiento y empleo
sostenible, y preservar la estabilidad de precios.
Al parecer, ahora no cumple ninguno de los dos y por
esto tendrá que hacer algo pronto, quizá tan pronto
como el próximo 3 de noviembre, cuando concluya la
próxima reunión de la Fed.
México,
consecuentemente, puede capitalizar (o sufrir) los
impactos de esta circunstancia. Sin duda, no hay
país más interesado en la acción de la Fed que
México. Por lo pronto, la caída de tasas en EU deja
espacio a Banxico para reducir, en el actual
contexto de bajas presiones inflacionarias a nivel
subyacente, las tasas domésticas para impulsar a la
demanda interna en caso de ser necesario, lo que lo
deja en una situación bastante cómoda al tener
espacio monetario para responder a cualquier riesgo
de recaída.
¿Qué
opciones tiene?
Con el
margen de la política fiscal agotado, no tanto por
los deseos de Obama, sino por los bloqueos del bando
republicano (los cuales se radicalizarán tras las
elecciones de noviembre), Bernanke tendrá que
trabajar esta vez solo.
Ahora
bien, tampoco aquí el margen es mucho. Ya se gastó
toda la munición de la política convencional, la de
la bajada en las tasas de interés al haber reducido
las tasas de referencia a un rango de entre 0% y
0.25% en diciembre de 2008, cuando la economía de EU
hacía agua. Por otro lado, las medidas menos
convencionales, las más heterodoxas, también han
sido ya exploradas.
La Fed,
en un plan destinado a reducir las tasas de largo
plazo, compró 1.750 billones de dólares en títulos
respaldados por hipotecas, deuda de agencias
hipotecarias y bonos del Tesoro; esto es, un
programa de “relajamiento cuantitativo” (QE). El
programa concluyó en marzo, y la Fed se empezó a
plantear la mejor “estrategia de salida” para drenar
la excesiva liquidez que había inyectado a la
economía y así salvarla. El primer paso era reducir
la hoja de balance de la Fed de manera natural,
conforme vencían algunos de los activos que poseía.
Pero el deterioro económico forzó a la Fed a
anunciar, en agosto, que los recursos obtenidos por
los vencimientos de títulos serían reinvertidos en
bonos del Tesoro manteniendo la hoja de balance sin
cambios en 2.050 billones de dólares y poniendo la
estrategia de salida en pausa.
Sin
embargo, mantener la hoja de balance está siendo
insuficiente para sostener a la economía, por lo que
aboga por un segundo programa de relajamiento
cuantitativo (QE-II), consistente en comprar más
títulos de largo plazo y atesorarlos en su hoja de
balance. Y aquí surgen varias preguntas: ¿Cuáles son
las ventajas e inconvenientes de un nuevo programa
de este tipo? ¿Funcionará? ¿De qué tamaño tiene que
ser la intervención para lograr algún impacto
positivo sobre la economía? ¿Se llegará a un
consenso amplio dentro de la Fed?
La
ventaja de un programa de este tipo está nítidamente
delineada: hacer un esfuerzo más por reducir las
tasas de largo plazo de los bonos del Tesoro, de
aplanar la curva, con el objeto de que se traduzca
en un abaratamiento de los préstamos a los
consumidores y a las empresas, y contribuir así
tanto a fortalecer el gasto en consumo y la
inversión privada, como a apuntalar al sector
inmobiliario.
Sin
embargo, hay varias cuestiones sobre si el programa
servirá para dicho propósito. El primero, como ha
dicho David Rosenberg, economista en jefe de Gluskin
Sheff & Associates en Toronto, es si en un ciclo de
contracción de crédito se logrará revertir la
tendencia gracias a esas medidas. Para él, no se
logró ni cuando se llevaron las tasas de los fondos
federales a cero, ni cuando se aplicó el primer
programa de “relajamiento cuantitativo” (QE), por lo
que es legítimo preguntarse si esta segunda versión,
el QE-II, funcionará.
En
efecto, tanto la política de reducción de tasas de
la Fed como el primer QE tuvieron como resultado un
rápido descenso de las tasas de interés de los bonos
de EU a lo largo de la curva, sobre todo en el tramo
corto. Y esa tendencia se ha acentuado en las
últimas semanas al anticipar el mercado el anuncio
futuro del QE-II. De este modo, las tasas en el
tramo corto y medio, con plazos inferiores a cinco
años, se hallan en mínimos históricos; en tanto que
en el tramo largo, la tasa del bono de 10 años, en
2.40%, se acerca a su mínimo de enero de 2009, de
2.20%.
Sin
embargo, a pesar de la caída en las tasas de
referencia, y del relajamiento en las condiciones
crediticias, los préstamos siguen sin fluir al
sistema.
La
principal razón es que el exceso de reservas
bancarias, las cuales teóricamente deberían
incentivar la concesión de más créditos por parte de
las entidades financieras, y la creación de más
oferta monetaria, no se está poniendo a trabajar.
Hasta la
fecha hay pocas evidencias de que la banca comercial
se haya mostrado más proclive a prestar, o a comprar
títulos. Simplemente se han dedicado a sentarse en
grandes colchones de efectivo. En agosto de 2008,
antes de la quiebra de Lehman Brothers, el exceso de
reservas no alcanzaba los 2,000 mdd. En septiembre,
ese monto llegaba a casi 1 billón de dólares.
¿Qué han
hecho los bancos comerciales con todas esas
reservas? Prestarlas no, sino conservarlas en
efectivo. En ese mismo periodo, el efectivo de la
banca comercial pasó de 310,000 mdd a 1.2 billones,
un aumento de casi un billón, la misma cantidad en
la que aumentaron las reservas.
En ese
sentido, el ex presidente de la Fed, Alan Greenspan,
se ha mostrado escéptico de que otro programa de
compra de activos en gran escala como planea la Fed
vaya a ser suficiente para empezar a mover esa
inmensa cantidad de dinero.
Otra
cuestión es, dado que las tasas de los bonos en EU
están en niveles excepcionalmente bajos, ¿cuánto más
podrían descender?, ¿por qué monto debería
intervenir la Fed para que tenga un impacto notorio
en las tasas y sirva bien al propósito de estimular
el crédito y la economía? Aquí existen tres
alternativas bajo estudio, y se debería favorecer la
que precise imprimir menos dinero y con plazos no
demasiado largos para evitar que la hoja de balance
de la Fed crezca tanto con títulos de largo
vencimiento, que luego dificulte comprimirla cuando
se precise drenar la liquidez.
La
primera es anunciar un programa sujeto a una
cantidad fija para la compra de títulos, como
sucedió en el primer programa de 1.750 billones de
dólares. ¿Qué cantidad sería óptima? Según cálculos
de William Dudley, presidente de la Reserva Federal
de Nueva York, realizados a partir de la experiencia
reciente, un monto de 500,000 mdd en títulos
equivaldría a un descenso en la tasa de los fondos
federales de entre 0.5 y 0.75 puntos porcentuales (pp).
Otra
posibilidad que no debe descartarse es que la Fed
establezca, en lugar de un monto, un techo sobre una
determinada tasa de interés. Por ejemplo, y tal y
como comentaba en un reciente artículo Neil Irwin en
The Washington Post, en vez de anunciar que comprará
500,000 mdd en activos, podría simplemente
establecer que la tasa máxima del bono de tres años,
que actualmente es de 0.56%, sea de 0.25%, y que la
Fed compre la cantidad de estos bonos que sea
precisa hasta que la tasa alcance ese nivel.
Esa
opción, dice Irwin, fue defendida por Bernanke
cuando era Gobernador de la Fed en 2002 y como una
de las políticas que podían funcionar para evitar
que EU cayera en una trampa de liquidez al estilo de
Japón. Y sin duda que eliminaría en buen grado la
incertidumbre de los agentes a la hora de pedir un
préstamo dado que existe el compromiso de la Fed de
que determinada tasa no sobrepasará determinado
valor.
Bernanke,
en aquel entonces, dijo que esa estrategia “era más
directa” y que “personalmente la prefería”, dado que
las propias fuerzas del mercado podrían colaborar a
reconducir las tasas a ese nivel sin precisar de
intervenciones cuantiosas. La lógica es que, dado
que la tasa de los fondos federales ya está en cero,
la Fed podría poner objetivos sobre otros,
equivalente de corto plazo, como las tasas de los
bonos de 2 ó 3 años. Este experimento, sin embargo,
nunca se ha hecho, y en caso de que el mercado lo
tomara mal y atacara el nivel establecido por la Fed,
forzaría a la autoridad a imprimir vastas cantidades
de dinero.
La
tercera alternativa es que se establezca un monto
bajo de compra de títulos y se vaya evaluando la
cantidad en función de cómo reaccionen los mercados
financieros y la economía.
Como se
puede ver, el debate teórico es intenso y
posiblemente sea así en la reunión del 2 y el 3 de
noviembre, cuando será difícil precisar por qué
medidas se inclinará la Fed. Dentro de su seno,
algunos altos funcionarios ya han manifestado sus
preferencias. El Presidente de la Fed, Ben Bernanke,
se mostró a favor de hacer más desde que a mediados
de julio, cuando presentó su reporte de política
monetaria en el Congreso, afirmó que las
perspectivas eran “inusualmente inciertas” y que
estaba listo para adoptar más acciones de estímulo
monetarios.
Dichas
opciones las fue elaborando poco a poco, sobre todo
en el discurso de Jackson Hole. William Dudley, el
Presidente de la Fed de Nueva York, respaldó a
Bernanke en su discurso del 1 de octubre titulado
“Perspectivas, elecciones de política y nuestro
mandato”. Charles Evans, el de Chicago, también,
aunque este año no vota en las reuniones de la Fed.
Frente a
estas tres voces que ya se han pronunciado, ha
habido cuatro en contra: James Bullard, presidente
de la Fed de San Luis; el disidente Thomas Hoenig,
presidente de la Fed de Kansas City; Charles Plosser,
presidente de la Fed de Filadelfia; y Richard Fisher,
presidente de la Fed de Dallas. De esos cuatro, sólo
dos, Bullard y Hoenig, votan este año. Por tanto, de
momento, por número de votos hay empate, aunque si
bien el peso de Bernanke y Dudley es mayor al de
Bullard y Hoenig para influir en otros miembros del
consejo.
Y
posiblemente, para convencer a más miembros y que se
decanten por anunciar más estímulos monetarios,
insista en que si bien los beneficios de otro
programa de compra de activos puede ser limitado
dado que las tasas están ya muy bajas y cualquier
nueva reducción puede servir de poco para reactivar
la economía, no cejará en su empeño de hacer todo lo
que esté en sus manos para mejorar el empleo, el
ritmo de actividad y ahuyentar cualquier riesgo de
deflación, y así no quedarse de brazos cruzados.
Si a
pesar de todos esos esfuerzos, la economía no
funciona, querrá decir simple y llanamente que EU
entró en una “trampa de liquidez”. Aun así, quizá la
mejor estrategia sería establecer determinados
objetivos que incentivaran a los bancos a prestar a
los pequeños negocios y a los consumidores, en lugar
de seguir inyectando más excesos de reservas al
mercado que pueden acaparar en vez de prestar.
Los
impactos para México
En el
resto del mundo se espera con expectación la
decisión de la Fed por varios motivos. En primer
lugar, los mercados se han adelantado a la decisión
de la Fed con un espectacular rally global que
también ha favorecido a México.
La
expectativa de que Bernanke inyectará más dinero
fresco llevó al Dow Jones por encima de los 11,000
pts. y al IPyC a un nuevo máximo histórico. Por otro
lado, mientras la curva de rendimientos en EU se
derrumbaba en todos sus tramos, situando la tasa de
cinco años y plazos inferiores en nuevos mínimos
históricos, las atractivas tasas de la deuda
emergente atraía capitales a mansalva provocando un
descenso en sus tasas y, en el caso de México,
situándolos muy cerca de los mínimos históricos de
agosto.
Las
materias primas también se subían al rally, llevando
la cotización del WTI a casi los 85 dólares, algo
que reconforta a México, mientras el oro se
disparaba por encima de los 1.350 dólares la onza.
Esto deja a la Fed en una situación comprometida: o
bien otorga lo que los inversionistas están
anticipando, o si defraudan, podemos ver una fuerte
reversión en los mercados, lo que resultaría
contraproducente para la marcha general de la
economía.
En
segundo lugar, no hay país más interesado en la
acción de la Fed que México. Es su economía la que
más depende de lo que suceda al norte del río Bravo,
como acaba de advertir el FMI. Y cualquier esfuerzo
de Bernanke por reactivar su economía tendrá efectos
beneficiosos sobre el crecimiento en México, cuyo
ciclo económico está muy ligado al estadounidense. A
su vez, la caída de tasas en EU deja espacio a
Banxico para reducir, en el actual contexto de bajas
presiones inflacionarias a nivel subyacente, las
tasas domésticas para impulsar a la demanda interna
en caso de ser necesario, lo que lo deja en una
situación bastante cómoda al tener espacio monetario
para responder a cualquier riesgo de recaída.
Las
perspectivas de que la Fed inundará al mundo con
dólares ha provocado una rápida depreciación de la
divisa de EU. Desde junio, el dólar se ha debilitado
casi 20% respecto al franco suizo, 17% respecto al
dólar australiano, 13% respecto al euro, 11%
respecto al yen, casi 10% respecto al peso chileno y
9% frente al real brasileño.
Sin
embargo, el peso mexicano, cuya moneda es en buena
medida un espejo de la del dólar, apenas se ha
apreciado 4% respecto al dólar. Por tanto, el efecto
colateral de la debilidad del dólar, resultado de su
agresiva política monetaria y que tantas suspicacias
ha despertado, también puede contribuir a mejorar la
competitividad del peso mexicano respecto a otras
divisas, al haberse encarecido menos respecto al
dólar que otros rivales comerciales.
¿Diferencia semántica o conceptual?
Muchos
economistas, e incluso algún presidente regional de
la Fed, han denominado a los programas de Compra de
Activos en Gran Escala como planes de “relajamiento
cuantitativo”. Así llamaron al primero (quantitative
easing o QE), y a esta segunda versión que apenas se
está cocinando, QE-II.
Sin
embargo, nunca el presidente de la Fed, Ben Bernanke,
se ha referido a ellos como “relajamiento
cuantitativo”, sino como “canal de hoja de balance”
(portfolio balance channel, en inglés). ¿Por qué esa
diferencia semántica? ¿Estamos hablando de lo mismo
o son conceptos diferentes?
En un
principio la práctica es la misma: comprar activos
de largo plazo. Y las consecuencias las que cabría
prever: un aumento de las tenencias de activos por
parte del Banco Central, un aumento de las reservas
bancarias y la oferta monetaria, y un descenso de
las tasas de largo plazo. Sin embargo, la
terminología varía en función del énfasis que se
ponga en lo que se considera como el principal canal
de transmisión monetaria, que a su vez depende del
marco teórico que uno abrace.
Para los
monetaristas, es el crecimiento de la oferta de
dinero y el exceso de reservas bancarias el
detonante de la inflación, tal y como está expresado
en la equivalencia de Fisher (M*V= P*Y). Y a ella
recurrió el Banco de Japón en los 90 para combatir
la deflación. Sin embargo, Bernanke defiende otro
concepto, y es que el principal canal de transmisión
monetaria no es la oferta de dinero en sí, como se
concibe desde una perspectiva cuantitativa, sino el
costo del dinero, a través de las tasas de interés.
La Fed,
por tanto, lo que busca con esta política es inducir
menores tasas de interés en el tramo largo de la
curva de modo que repercuta en los costos de los
préstamos de largo plazo (automotrices, hipotecas y
otros créditos de bienes duraderos) y de este modo
se reactive el crédito, y con ellos el consumo y la
inversión privada, y la economía en general. En un
principio, el principal instrumento que controla la
Fed para activar el mecanismo de transmisión
monetaria son las tasas de corto plazo, la de los
fondos federales. Pero como ya están en cero, no le
queda de otra que manipular la parte larga de la
curva mediante la compra directa de títulos en ese
tramo.
Por
tanto, la diferencia semántica es más bien
“conceptual” que “de facto”. Esto es, los programas
del Banco de Japón también redujeron las tasas de
largo plazo y contribuyó a abaratar el crédito, pero
no por eso se reactivó la economía. Por cambiar el
nombre, ¿funcionará esta vez?
Fuente: “Prensa de Negocios”
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