Odios, superstición e intolerancia
en la campaña electoral brasileña
por Luis Nassif

Hace tiempo que estoy alerta con relación a la campaña de odio que el pacto prensa- Fernando Henrique Cardoso (FHC) estaba planteando en el tablero político brasileño. El momento es de los más delicados. El país pasa por profundos procesos de transformación, con la entrada de millones de personas en el mercado de consumo y político. Por primera vez en la historia, se abre un espacio para un mercado de consumo de masas capaz de lanzar al país a los primeros planos de la economía mundial.

 

Estos movimientos fueron esenciales en la construcción de otras naciones, pero siempre vinieron acompañados de tensiones, conflictos, entre los que emergen buscando espacio y los ya establecidos imponiendo resistencias.

 

En otros países, estas tensiones se tradujeron con guerras, como la de la Secesión norteamericana, o se deslizaron hacia movimientos totalitarios, como el fascismo en los años 20 en Europa.

 

En los últimos años, parecía que Lula completaría la travesía hacia el nuevo  modelo reduciendo sustancialmente las fricciones. El reconocimiento del exterior ayudó a aplanar el pesado preconcepto de la clase media arrinconada. La estrategia política de unir todas las piezas – desde las multinacionales a las pequeñas empresas, del agro-negocio a la agricultura familiar, del mercado a los movimientos sociales – permitió una síntesis admirable del nuevo país. El terrorismo mediático, inventando fantasmas con el MST, Bolivia, Venezuela, Cuba y otras tonterías, no pasaba de una puesta en escena, en la que ni siquiera la propia prensa creía.

 

A falta de un proyecto de país, agotado el modelo en el cual se escudó, FHC – seguido por su discípulo José Serra – pasó a apostar todo a la radicalización. Ayudó a refrendar la idea de la república sindicalista, a difundir rumores sobre tendencias totalitarias de Lula, aún sabiendo que dichos temores eran infundados. En ámbitos más serios que en las entrevistas políticas a los diarios, el sociólogo FHC no endosaba las afirmaciones irresponsables del político FHC.

 

Pero las semillas del odio fructificaron. Y ahora explotan en toda su plenitud, mezclando la explotación de los preconceptos de la clase media con el de la religiosidad de las más simples, de un candidato que - por muchos años - parecía ser la encarnación del Brasil moderno y hoy representa el oportunismo más aguado de la moderna historia política brasileña.

 

El fascismo a la brasileña

Si alguien pretende desarrollar alguna nueva tesis sobre la sicología de masas del fascismo, en Brasil, que aproveche este momento. En estas elecciones, el clima que envuelve a algunas capas de la sociedad, es el laboratorio más completo – y con seguimiento on-line - de cómo es posible inculcar odio, superstición e intolerancia en las más variadas clases sociales en el Brasil urbano - supuestamente -  la parte más moderna de la sociedad. Uno de estos días, un padre me relató un caso de acoso escolar a su hija, cuando se declaró a favor de Dilma.

 

En San Pablo este clima es generalizado. En los contactos con familiares, en estos feriados, recibí relatos de un sentimiento difuso de odio en el aire como hace mucho tiempo no se veía, probablemente ni siquiera en la campaña del impeachment de Collor. Tal vez apenas en 1964, período en que los amigos se enfrentaban con sus amigos y los peores sentimientos salían a la luz, desde las pequeñas ciudades del interior a las grandes metrópolis.

 

Ahora, este odio no está perdonando a ningún sector. Es visceral, ostensivo, irracional, no cede ante argumentos ni ponderaciones. Mis hijas menores asisten a una escuela liberal, que estimula la tolerancia en todos los niveles. Los cuentos que me traen son que cualquier opinión que no sea contra Dilma provoca el aislamiento con la compañera. Otro padre de una alumna de Vera Cruz me dice que las compañeritas afirman en el recreo, que Dilma es una asesina.

 

En la empresa en que trabaja otra de mis hijas, todos los mandos medios son acérrimos anti-Dilma. En la primera vuelta, ella anunció su voto a Marina y fue cercada por colegas indignados. Lo mismo sucede en el ámbito de trabajo de otra de mis hijas.

 

El domingo fui a visitar a una tía en Vila Maria. El mismo sentimiento de los anti-dilmistas, virulento, agresivo, intimidador. Un amigo banquero quedó sorprendido al entrar en su banco, el lunes pasado, y captar las reacciones de los funcionarios frente al debate de la TV Band.

 

La construcción del odio

En la base del odio hay un trabajo de la prensa de masas, de machacar diariamente la historia de las dos caras, la guerrilla, el terrorismo, la amenaza de que sin Lula ella sería capaz de entregar el país al demonio de José Dirceu. Después, el episodio de Erenice abriendo las compuertas de lo que se sembró.

 

Las consecuencias son imprevisibles y trascienden el proceso electoral. La irresponsabilidad de la prensa de masas y de un candidato con una ambición sin límites, consiguió inyectar en la sociedad brasileña una intolerancia que, en otros momentos, se resolvía con golpes de Estado. Ahora, no, pero será un veneno violento que afectará el juego político posterior, sea quien sea el vencedor.

 

¿Qué país nos dejarán estas elecciones?

Produce incluso desánimo imaginárselo. Pero demuestra - en forma cabal - las dificultades insertas en todos los espasmos de la modernización brasileña, explica las raíces del subdesarrollo, la resistencia histórica a cualquier proceso de modernización. No es la herencia portuguesa. Es la escasez de hombres públicos de aliento, con responsabilidad institucional sobre el país. Es la comprobación de porqué el país siempre se quedó para atrás, abortó sus mejores momentos de modernización, se empequeñeció en los momentos cruciales, cediendo a un vale-todo sin proyecto, una guerra sin honra.

 

Sería interesante que el mayor especialista de la era de Internet, el español Manuel Castells, en su próxima visita a Brasil, invitado por su amigo Fernando Henrique Cardoso, pueda escaparse de la programación del Instituto FHC para entender un poco mejor la irresponsabilidad, el egocentrismo absurdo que llevó a un ex-presidente a renunciar a la biografía por un último espasmo de poder. Sin reparar en el precio que el país podría pagar.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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