Los escombros del Cilindro
y el rescate de la memoria
por Raúl Legnani

Se nos cayó el Cilindro y por suerte nadie resultó lastimado. Es que no había nadie, porque el sereno estaba de día libre. Por suerte. Pero se nos vino abajo un edificio contradictorio, inmenso, que debajo de los escombros está pleno de historias, de las buenas y de las malas.

 

Dicen los documentos que se inauguró como sede de la Primera Exposición Nacional de la Producción, allá en 1956. En ese momento yo sólo tenía siete años y apenas salíamos de la epidemia de la "polio", que había dejado el tendal. Entre ellos a una querida prima. De ese monstruo de cemento no tenía la menor idea de su existencia, porque entre otras cosas vivía en la ciudad Canelones, que era toda una lejanía en aquella época. Era una ciudad sin pizza y panchos que sólo vendía Rafael en la puerta del cine.

 

Pasaron once años, era 1967, para que se transformara en un estadio deportivo, particularmente de basketball porque ya no había producción. . Gracias a la generosidad de mi padre presencié en ese año todo el V Campeonato Mundial de Basketball. Del principio al fin. Recuerdo que junto a los pantalones vaqueros llevaba medias de fútbol y papel de diario debajo de la campera, para soportar el frío. El Cilindro y los ferrocarriles de AFE eran una heladera.

 

Estaba en el último año de preparatorios del Liceo Tomás Berreta de la ciudad de Canelones. Un liceo colorado, con nombre y apellido colorado, como no podía ser de otra manera. Estaba lejos, por cierto, del debate ideológico urbano y capitalino, aunque ya había rechazado la invasión a Santo Domingo. Por eso me impactó cómo la hinchada de derecha gritaba por Estados Unidos y cómo la UJC se la jugaba toda por la URSS, que finalmente se llevó la copa.

 

Recuerdo también la silbatina contra Jorge Pacheco Areco, cuando ingresó al palco oficial. Yo también chiflé, porque ya en esa época había un coronel Eduardo Legnani, que fue jefe de Policía de Canelones ­ uno de mis tíos, por más datos -, que le decían el Paleta Quemada porque era indomable (un verdadero fascista, como quedó demostrado con el tiempo).

 

El campeonato, como ya dije, lo ganó la URSS, pero bien lo pudo ganar Yugoslavia, que tenía flor de cuadro (los gringos habían llevado un equipo de quinta).

 

Las figuras con la que yo me identificaba era con Ivo Daneu y con otro que le decían la Zurda de Oro (Radijov Korac), que era un fenómeno ese flaco grandote y que creo de barba.

 

Al mejor estilo uruguayo a los yugos les amargamos la vida, cuando les ganamos sobre la hora en ese campeonato con un doble lanzado dentro de la llave por "El Negro" Gómez, de Tabaré, que partió desde la barriga (fue una bandeja de cuarta). Recuerdo que festejamos durante varios minutos dentro de la cancha, mientras los de la UJC y los fachos se insultaban en la tribuna. Eran otros tiempos.

 

Tiempo después (no me pidan cronología exacta, sino sólo impresiones de aquí en más) la selección juvenil de la ciudad de Canelones hizo dos preliminares de un partido Uruguay-URSS, donde los de Montevideo nos dieron un baile bárbaro. Allí conocí a Polivoda, un soviético inmenso que había estado en el Mundial. Me encontré con él en el vestuario, antes de entrar a la cancha.

 

El tipo tenía una espalda, además de medir más de dos metros, que era el triple de la mía. Años después, creo que en 1986, tuve la oportunidad de saludarlo en Moscú, gracias a un periodista soviético que lo admiraba, con el cual nos habíamos hecho muy amigos porque el tipo conseguía "vitamina" (vodka), a pesar de la veda establecida por Gorbachov.

 

Para mi experiencia personal, luego de presenciar una final Uruguay-Argentina en un Sudamericano, donde el Pombo Hernández fue un fenómeno, el Cilindro dejó de ser un estadio deportivo para pasar a ser una cárcel, por cierto muy particular. Les cuento que tuvo dos etapas.

 

Una primera fue durante la huelga general contra el golpe de Estado (junio 1973) y los meses posteriores. Allí nos llevaban a todos los dirigentes sindicales y estudiantiles cuando nos agarraban. Dormíamos debajo de la tribuna que está a su izquierda, si usted mira hacia los palcos oficiales.

 

Debo confesar que aquellos días no fueron muy dramáticos. Nos dejaban jugar al basketball, cosa que hacíamos con satisfacción. Yo jugaba en el cuadro de las "L" (Lucas, Liberof, el negro Larry, el Pajita y yo por lo de Legnani). Lo más complejo era soportar a Benjamín Liberof que era flor de comilón con la pelota, pero lo soportamos igual. En la otra tribuna, frente a nuestras camas, estaba Héctor Rodríguez, quien tenía prohibido juntarse con nosotros. Pero nos ingeniábamos para conversar con él: dejábamos que la pelota saliera de la cancha y allí le preguntábamos qué necesitaba.

 

En esos días pasó de todo. Algunos nos ingeniamos para poder salir del Cilindro para ir a un boliche que estaba cerca, para tomarnos unas grapas y comer fainá. Esto se pudo hacer porque el Canario Díaz ­ ese típico policía piola del Interior que supuestamente nos custodiaba y que se enojaba con nosotros porque en las manifestaciones les tirábamos cócteles Molotov "en los pies" ­ nos organizaba la "huída", con el compromiso de que volviéramos en hora. Nunca le fallamos. Fuimos y volvimos.

 

Entre los "invitados" presos, tuvimos un bandido que se dedicaba a vender carne clandestina, que se portó muy bien con nosotros. Llegó a carnear en el baño para poder alimentarnos y quedar bien con la barra.

 

De noche algunos de los milicos se "rayaban", no encuentro otra forma de definirlo, y algunas veces ­ pocas- se les ocurrió hacer práctica de tiro de una tribuna a otra. Una experiencia, por cierto, nada agradable para nosotros, pero soportable. Incluso para quienes estábamos en la cocina, que quedaba a medio camino de las balas, pero por muy por debajo. ¿Se acuerda maestro Cholo Brindisi?

 

También es verdad que los universitarios, en el día de las elecciones de la Udelar donde la democracia y la izquierda le dimos flor de paliza a la dictadura, fueron autorizados a ir a votar. Lo hicieron, pero todos volvieron en hora al Cilindro.

 

No pudimos festejar como queríamos el triunfo en la Universidad, porque el destino quiso que se nos cruzara el golpe de Estado en Chile y el asesinato de Salvador Allende. La contraofensiva fascista estaba en marcha: Chile era la nueva víctima y quizás la definitiva. Ese día lloramos.

 

En esa etapa del Cilindro aprendí muchas cosas. Por ejemplo el "come todo", donde gana el que le comen todas las piezas del ajedrez. Juego recomendable para aquellos que no ganamos al juego del Rey y la Reina. Quizá porque somos plebeyos. Conocí el comienzo del miedo, cuando se llevaron al Pájaro Vilaró para torturarlo fuera del Cilindro. Conocí la amistad, la solidaridad, el apoyo de mi familia, incluso de los colorados más retrógrados, también las miserias humanas. Conocí el humor, al grado que el Pepe Lucas quería convencernos de la mentira que le había dicho a los milicos: "Yo estaba recogiendo los miguelitos de la calle, pero no los estaba poniendo", les dijo cuando lo detuvieron. No le creyeron los milicos y tampoco nosotros.

 

Conocí a Benjamín recibiendo las cartas de su padre que estaba preso, no recuerdo dónde, sin que él y todos nosotros imagináramos la tragedia que después ocurrió en Buenos Aires con su desaparición.

 

Más adelante (fines de 1975 o principios de 1976) vino la otra historia, la negra del Cilindro. Después de que los compañeros eran torturados y procesados , se los llevaba allí como quien deposita el sobrante sucio de la cosecha.

 

Para eso hay que hablar con Alberto Grille y Fredy ("Correcaminos", le pusimos). Fueron los que se escaparon, los que no volvieron nunca y jamás escribieron un libro, cosa que debieron haber hecho. Pero hicieron lo que correspondía en el momento exacto. Es que ya se había desatado la política de extermino del Partido Comunista. ¿Dónde estabas sufriendo en esos días querida Ofelia?

 

No nos olvidemos que en esos días estuvieron detenidos Julio Castro, Carlos Quijano y Onetti, quienes conocieron el pozo antes de que al Cilindro se le derrumbara el techo. Y todo por un cuento.

 

Ya en democracia el Cilindro fue protagonista de muchos acontecimientos trascendentes. Congresos del FA, actos del PCU, festivales por distintas causas populares y democráticas. Pero me quedo con uno, en 1989. Fue cuando Jaime Pérez, secretario general del PCU, propuso que Danilo Astori fuera el primer candidato común al Senado de todas las listas del Frente Amplio. Es de esperar que este último ejemplo que recuerdo - entre grapas, solidaridades y luchas-, no haya quedado sepultado debajo de los escombros del techo.

 

Es de esperar que entre las piedras vuelva a florecer el espíritu frenteamplista, que no se debiera haber perdido nunca y que desde hace días no lo encuentro. Por eso, después del derrumbe, fui al Cilindro y me traje un trozo de hierro y lo puse junto a la computadora. Para no olvidarme.

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