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Caso uruguayo:
turismo y desarrollo,
desafíos desde la sociología
por el
Dr. Alfredo Falero
alfredof@adinet.com.uy
Versión completa en pdf
Los avances que se registran en Sociología del
Turismo a nivel global no tienen su correlato en
Uruguay. De hecho, se puede decir que apenas se
están dando los primeros pasos para generar un
ámbito académico que trate la temática desde ésta
área del conocimiento.
Confluyen en las causas de esta situación factores
institucionales que no corresponde analizar aquí
pero que obviamente refieren, como en cualquier
ámbito académico, a espacios de poder y factores
específicos de este campo de estudio.
Entre estos identificamos una desconexión entre la
disciplina, el debate sobre el desarrollo y la
temática del turismo. Sobre algunas dimensiones
centrales que deben considerarse para permitir una
reconexión a nivel local trata este trabajo.
Así es
que lo sigue procura registrar algunos desafíos que
se presentan en esta área de encuentro entre la
Sociología y los estudios sobre el turismo hacia la
apertura de líneas de investigación que deben
profundizarse. Es decir que es necesario considerar
un doble objetivo que subyace en este cruce: la
necesidad de potenciar el turismo como área de
investigación académica y mostrar la potencialidad
de contribución de la Sociología en tal sentido, en
tanto permite dar cuenta de la complejidad que
subyace a esta actividad humana y su conexión
específica en nuestro país. Este doble objetivo,
requiere tener en cuenta varios elementos de
carácter general.
En
primer lugar, implica no confundir los trabajos de
consultoría vinculados al turismo con desarrollo de
investigación. Lo primero puede converger en lo
segundo, pero no son dinámicas identificables. Los
trabajos de consultoría en general sugieren un
producto específico a partir de un acuerdo con un
organismo público o con el sector privado,
incluyendo aquí el difuso ámbito de actuación de las
ong’s, que establece una actuación acotada en base a
la instrumentación de un saber profesional aplicado
a determinada situación concreta.
El
producto puede suponer un trabajo escrito pero éste
no es asimilable al producto de una investigación
académica en sentido estricto de lo que puede
definirse como conciencia de la investigación. Esto
es: un modo de construir conocimiento que integra
varios supuestos. Entre ellos, mencionamos los
siguientes:
a) un
razonamiento que de cuenta del movimiento complejo
de la realidad social, lo cual introduce la
importancia de las articulaciones como necesidad de
mediación entre elementos
b) una
recolección de insumos suficientes que permitan
fundamentar una tesis y que permita confrontar tesis
alternativas, procurando no caer en la fetichización
de las técnicas elegidas para ello (es decir,
evitando que terminen cobrando vida propia sobre la
base de convertirlas en un recurso para mostrar el
perfil profesional del producto)
c) una
problematización de la realidad observada y un
acento en el desarrollo de nuevas preguntas que se
abren a partir del trabajo realizado (lo cual
introduce el tema de lo indeterminado de toda
investigación)
d) un
claro perfil teórico-metodológico que asuma la
importancia ordenadora de los conceptos para el
desarrollo de un objeto de estudio construido y en
tanto tal asumiendo la necesidad de tener presente
el conocimiento directo o indirecto acumulado.
e) un
proceso de elaboración general que traspase el nivel
meramente descriptivo para dar cuenta de las
posibilidades del análisis crítico y abriendo
diversos planos de la realidad social, entre otros
puntos posibles.
Todo lo
anterior no se refleja necesariamente en una lógica
de consultoría, más bien obligada a la construcción
del dato inmediato y dependiente de las limitaciones
de quien solicita la misma. Por ello, no es menor
establecer en este primer punto que los aportes de
consultoría pueden generar a futuro un insumo para
la investigación, pero se trata de ámbitos
claramente diferenciados.
En
segundo lugar, significa considerar los desarrollos
que ha tenido la Sociología desde su conformación
como área de conocimiento específica (es decir,
desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante).
Adicionalmente, desde nuestra perspectiva, deben
tenerse presente dos dimensiones centrales: la
consideración de los aportes generales de la
Sociología latinoamericana en su discusión sobre
desarrollo y la conexión entre mutaciones
globales actuales y lo que significa el turismo como
un fenómeno social complejo que es también un
espejo de la sociedad actual.
En otros
ámbitos académicos, el enlace entre aportes
generales de la Sociología y el turismo ha merecido
diversas contribuciones que se han plasmado en
aportes que van desde el manual sin mayor vuelo
hasta el trabajo creativo. Sin embargo, más allá
de recuperar tales contribuciones, es preciso
avanzar y confluir en una visión más latinoamericana
de la relación entre esta disciplina y el turismo.
La
Sociología latinoamericana tiene una rica
trayectoria a pesar de sus bloqueos que ha integrado
la temática del desarrollo con una perspectiva
crítica, no eurocéntrica. Sin embargo, tal vector de
la disciplina en su aproximación al turismo muestra
un divorcio generalizado –no solo local- que no ha
permitido bases para aportes sustantivos y que es
preciso explicar. Esto no quiere decir que no
aparezcan trabajos que considerando la región asumen
la tensión “entre el ocio y el neg-ocio”, por
utilizar el inteligente título de una de tales
contribuciones que a la vez trabaja alternativas de
desarrollo (Getino, 2009).
Pero
sostenemos que en general se trata de insumos
acotados que no terminan integrándose en un proceso
de acumulación de conocimiento más general.
En razón
de lo anterior, el próximo apartado propone
introducir algunos elementos de la Sociología
Latinoamericana que permitan mostrar tal divorcio y
a la vez rescatar algunos elementos a efectos de
derivar de allí, posteriormente, algunas dimensiones
de análisis más globales que –fundamentaremos- es
igualmente preciso considerar. Todo esto significa
analizar el turismo con perspectiva crítica, lo cual
nos lleva al tercer punto sobre las implicaciones de
plantear el turismo como área de investigación
académica y de mostrar al mismo tiempo la
potencialidad de la Sociología para ese fin, como se
indicó antes.
Porque,
¿qué significa examinar el turismo con una
perspectiva crítica?. Bourdieu decía que la
Sociología es una disciplina que incomoda pues al
procurar quitar las máscaras que se construyen en la
sociedad, atenta contra los intereses que se van
generado y por tanto el sociólogo es una especie de
policía del capital simbólico, es decir, que
permanece atento a los engaños que la cultura
establecida siempre querrá imponer.
En el
campo de la investigación del turismo, muchas veces
parece que esta premisa no se ha puesto en
práctica. Se sucumbe a la naturalización del
proceso sin establecer otras derivaciones. Por lo ya
expuesto, no es preciso insistir en que esta
perspectiva estará presente en nuestro recorrido.
La
investigación sociológica en América Latina y el
desarrollo: ausencias y legados para pensar el
turismo
Wallerstein, se preguntaba en un artículo si el
desarrollo como concepto constituía una cinosura –es
decir, una guía para el análisis- o una simple
ilusión (1998). En verdad, es una pregunta abierta
para la Sociología. Si lo consideramos una guía para
el análisis pero a la vez manteniendo una
perspectiva crítica, debemos tener presente como tal
idea fue recurrente en América Latina en el campo de
las ciencias sociales. Es decir que a efectos de
conectar la idea de turismo y desarrollo
considerando la región, primero debe realizarse un
recorrido al menos rápido para ver sus desconexiones
y sus conexiones. Sobre esto nos ocupamos en el
presente apartado.
Auge,
declinación y lento renacimiento podrían ser los
términos para caracterizar tres etapas en la
trayectoria de la Sociología en América Latina en su
nexo con el tema del desarrollo. Calificativos que
en nada se corresponden en relación con la
teorización del turismo como práctica social. Pero
ya se llegará a este punto, por el momento es
necesario establecer brevemente los elementos que
hacen al trayecto de la disciplina y sus conexiones
con la economía política. Debe quedar claro que
reconociendo la vastedad de esta temática y el
significado de la ruptura paradigmática en el
pensamiento sociológico latinoamericano ocurrido en
la década del sesenta y sus conexiones teóricas
actuales con las visiones del sistema-mundo que
fundamentamos en otros trabajos (por ejemplo, Falero,
2006), el recorrido que aquí proponemos está
fuertemente acotado. La idea es señalar algunos
mojones cognitivos para no desviarnos de nuestro
camino principal y a la vez permitir integrar luego
algunos desafíos actuales de la relación entre
sociología y turismo.
La
primera etapa debe situarse con la contradictoria
conformación de la CEPAL (Comisión Económica para
América Latina). Menos reconocido de lo que sus
contribuciones ameritan, el sociólogo brasileño Ruy
Mauro Marini recordaba que ésta se trató de una
agencia de difusión de la teoría del desarrollo
surgida en Europa y Estados Unidos con la finalidad
de caracterizar, explicar –pero también justificar-
unas relaciones económicas internacionales que
beneficiaban a aquellos países (Marini, 1993). No
obstante, puede afirmarse, si se revisan los aportes
del economista argentino Raúl Prebisch, quien fue la
figura clave de la agencia, que no se ajustó
estrictamente al libreto previsto. La
correspondencia en Brasil del perfil de este
economista puede encontrarse con Celso Furtado quien
en verdad ha tenido una contribución más dilatada y
nutrida que el anterior, pero que aquí solo
corresponde mencionar.
Para ver
los orígenes de esta etapa, conviene tener presente
que Prebisch en 1949, durante la conferencia de la
CEPAL en La Habana, hace la presentación de su
informe conocido como el “Manifiesto” que constituye
un trabajo clave que, paradójicamente, en su
original español no se distribuyó y sí, en cambio,
ello ocurrió en inglés en 1950. Hubo que esperar a
1962 para que apareciera “El desarrollo económico de
la América Latina y algunos de sus principales
problemas”-tal el título completo- en el que expone
inicial y claramente como autor su perspectiva de la
relación centro – periferia. Aquí el autor ya
muestra una visión regional y global del desarrollo
y no amputadamente nacional del problema.
Se trata
de ligar la idea con el intercambio desigual
derivado del progreso técnico de los centros
industriales, su consecuente aumento de
productividad y su capacidad para fijar los precios
de exportación de tales productos frente a la
producción de bienes primarios y su menor
productividad que caracteriza a los países
periféricos. Esa relación negativa para la periferia
se seguía ampliando y a partir de allí se establecía
la necesidad de generar y ampliar un margen de
ahorro capaz de aumentar la productividad y tender
también a la industrialización de la región a pesar
de sus límites. Si bien, no configura un cuadro
completo de las implicaciones que tiene la
caracterización centro – periferia en el que la
teoría de la dependencia tratará de avanzar,
contiene un elemento clave, pues sugiere que con el
mantenimiento de esa lógica centro – periferia se
refuerzan progresivamente las condiciones de
subdesarrollo.
Pero a
nuestros efectos, lo importante es marcar como en el
trabajo citado aparecen algunos embrionarios
elementos que no se relacionan solamente con el
aporte de la Economía y que más de 40 años después
hoy vuelven a colocarse una y otra vez en
diagnósticos y propuestas. Particularmente establece
que “la escasez típica de ahorro, en gran parte de
América Latina, no sólo proviene de aquel estrecho
margen, sino también de su impropia utilización, en
casos muy frecuentes. El ahorro significa dejar de
consumir, y por tanto, es incompatible con ciertas
formas peculiares de consumo en grupos de ingresos
relativamente altos” (Prebisch, 1962: 14-15).
En este
sentido está justamente la importancia de este
economista: en situar una parte del problema en el
comportamiento de aquellos grupos con capacidad de
acumular excedente y de invertir y la utilización
del mismo. Aquí, se hace visible un inevitable
terreno común entre cierta primitiva sociología y la
economía política. De hecho, en la década del
cincuenta, Prebisch había tenido ya la influencia de
José Medina Echavarría. Se trataba de un sociólogo
de inspiración weberiana y que tanto en la CEPAL a
partir de 1952 como luego en el ILPES y en FLACSO
comienza a sacar la discusión sobre el desarrollo,
de la matriz fuertemente economicista en la que
desenvolvió al menos hasta finales de los años
cincuenta (Sonntag, 1988). Esta apertura
conceptual resulta decisiva. Recuérdese que
“Consideraciones sociológicas sobre el desarrollo
económico” es el título de uno de los trabajos
principales de Medina Echavarría y que corresponde a
comienzos de la década del sesenta (1969).
En esta
primera etapa de la Sociología, la influencia de
Weber para caracterizar el Estado es innegable y se
articula con la perspectiva basada en Keynes que se
suministraba desde la Economía. Es decir, se ve al
Estado como un orden de segundo nivel que parecía
envolver esa “mano invisible”. Se lo ve como una
entidad con la capacidad de planificar e intervenir
en la sociedad. Se lo ve con cierta autonomía de
grupos y clases. De hecho, el reconocimiento de
éstos como eventuales impulsores o bloqueadores del
desarrollo es una convicción que comienza a
difundirse.
Nótese
que desde esta perspectiva, el turismo siendo
integrado -de hecho-como consumo de elites que
impide la capacidad de ahorro interno hacia la
industrialización, lejos de verse como una actividad
que puede conectarse con desarrollo, se la observa
como impidiéndolo. La conexión sociología y
desarrollo está claramente conectada con la
capacidad de industrialización de una sociedad y no
con este tipo de actividades. Por otra parte, el
turismo como derecho social, solo puede rastrearse
en la región en los impulsos del período Perón en
Argentina entre 1945 y 1955 y relacionado con la
capacidad de movilidad dentro del territorio del
estado-nación y teniendo presente la conformación de
una identidad nacional. Por lo que en este aspecto,
de “turismo interno” y de muy embrionario “derecho
social” es también una actividad marginal.
Un
segundo momento dentro de esta etapa puede
establecerse en la tensión entre teorías de la
modernización y teorías de la dependencia. La
modernización aparece como un proceso inmanente al
sistema social y se relaciona con la especificidad
funcional. Se está así frente a un esquema de
aplicación a toda sociedad, donde no es muy difícil
advertir como unos criterios de actuación se
relacionan con una sociedad tradicional y otros con
una sociedad moderna. Una de las grandes figuras en
esta postura es Gino Germani a fines de los
cincuenta y principios de los sesenta. Se trata de
la correlación sociológica del esquema económico que
Rostow explicita y se difunde desde los comienzos de
los años sesenta con el nombre de “Las etapas del
crecimiento económico” y al que agregaba el
sugerente subtítulo de “un manifiesto no comunista”
(Rostow, 1973).
La
perspectiva marxista, por su parte, ofrecía su
propia versión de la modernización, cambiando los
conceptos de sociedad tradicional y sociedad moderna
por los de relaciones sociales de producción
feudalistas y relaciones sociales de producción
capitalista. Se ha fundamentado en otro trabajo que
más allá de las diferencias de lenguaje no se
encontrará una perspectiva sustantivamente
diferente, sino un mismo paradigma por el que
siempre se trata de etapas que no pueden saltearse
para lograr el "desarrollo" (Falero, 2006). En este
último caso, la diferencia está en que antes de
llegar al socialismo era preciso que se ampliaran,
difundieran y universalizaran las relaciones
capitalistas.
Para
América Latina, el esquema conceptual no dejaba de
proporcionar la ubicación desde donde se partía y
una idea inequívoca de lo deseable. Pero lo típico
de la transición de una sociedad tradicional a una
moderna es la coexistencia de formas sociales que
pertenecen a diferentes épocas. Por tanto, también
coexisten actitudes, ideas, valores, pertenecientes
a las mismas. Si bien existe un continuum con una
multiplicidad de formas, su esquema metodológico
enfatiza en los dos extremos del mismo, que, a modo
de tipos ideales constituyen, como en otros autores,
la sociedad tradicional y la sociedad moderna.
De este
razonamiento de transición se desprende el carácter
asincrónico de cambio en varios planos. Por ejemplo
institucional, de modo que coexisten instituciones
de distintas etapas socioeconómicas y de grupos
sociales ya que unos se modifican con mayor rapidez
que otros y motivacional de los mismos, en tanto los
individuos pertenecen a diferentes grupos y por
tanto coexisten actitudes diferentes. Las
asincronías se relacionan asimismo con dos efectos
sociales: el de demostración y el de fusión (Germani,
1979). Por el primero se observa que el
comportamiento del consumidor es afectado por el
conocimiento de niveles de consumo de otros países,
por el segundo, el traslado de actitudes que no son
interpretadas en términos de su contexto originario
sino en los tradicionales (lo que los refuerza) y es
el caso de un estrato aristocrático adoptando pautas
de consumo modernas, por ejemplo el viaje turístico
a países distantes.
Mencionar lo anterior es importante a nuestros
efectos pues, desde esta perspectiva, el turismo se
establece como una cuestión cultural ligada a la
imitación de pautas de consumo de elites de países
centrales o “desarrollados”. La actividad turística
sería ubicada en el marco de la “coexistencia” de
pautas de consumo diversas y de “asincronías”
generales de lo nuevo y lo viejo, conformando
“sociedades duales”. De seguir con el razonamiento
se puede decir que el turismo acá sería visto como
una cuestión de difusión de pautas culturales
modernas.
Este
análisis no permitía problematizar las
articulaciones entre lo externo y lo interno. Y esto
nos lleva al tema de la dependencia. Numerosos
autores pueden acudir también en esta perspectiva.
Por ejemplo y a modo de simple registro con visiones
diferentes, están los trabajos de André Gunder Frank
por un lado y Cardoso y Faletto por otro.
Frank se
convierte en feroz crítico del tratamiento de las
sociedades como entidades aisladas separadas de un
proceso global y en uno de los primeros impulsores
de la visión de dependencia de Latinoamérica y por
la cual se reconocía una subordinación que arranca
con la conquista española como parte del capitalismo
comercial en expansión. Su postura queda muy clara
en uno de sus trabajos más difundidos y donde desde
el título se acuña una expresión que marca una
innovación conceptual: “El desarrollo del
subdesarrollo” (Frank, 1970). Contrariamente a lo
que sostenía la tesis de Rostow y sus derivaciones,
observa que los hoy países desarrollados nunca
tuvieron subdesarrollo aunque pueden haber estado
poco desarrollados.
La
expansión del sistema capitalista en los siglos
pasados penetró efectiva y totalmente aun los
aparentemente más aislados sectores del mundo
subdesarrollado. Por consiguiente, las instituciones
y relaciones económicas, políticas, sociales y
culturales que observamos ahí, son productos del
desarrollo histórico del sistema capitalista. El
énfasis es claro: las relaciones “metrópoli –
satélite” penetran y estructuran la vida social. Se
trata de dos caras de un mismo proceso.
Contra
la tesis difusionista –es decir la difusión de
pautas culturales así como de capital, tecnología e
instituciones hacia los sectores precapitalistas que
se desprendía de las teorías de la modernización-
Frank insiste en que “toda la sociedad de los países
subdesarrollados ha sido, desde hace tiempo,
penetrada y transformada por e integrada al sistema
mundial del que forma parte integrante” (1970: 429).
Por su parte, Stavenhagen indica que la tesis
correcta sería que “el progreso de las áreas
modernas, urbanas e industriales de América Latina
se hace a costa de las zonas atrasadas, arcaicas y
tradicionales” (Stavenhagen, 1970: 87).
De aquí
se desprende una consecuencia metodológica y otra
estratégica, ambas sustantivas. Respecto a la
primera la idea de reproducción de una “dualidad
estructural” es falsa, ya que tiende a crear
explícitamente dos o más conjuntos teóricos en lugar
de observar un todo social. En cuanto a la segunda,
se está ante una tesis profundamente revisora del
eurocentrismo aún en su versión marxista. La tarea
del científico social, razona Frank, no consiste en
ver cuán diferentes son las partes sino, por el
contrario, estudiar qué relación tienen las partes
entre sí. De allí se deriva que si realmente se
quieren eliminar diferencias, se debe cambiar la
estructura de todo el sistema social que da origen a
las relaciones y por consiguiente, a las diferencias
de la sociedad “dual” (Frank, 1969).
En
cuanto al trabajo de Cardoso y Faletto, puede
recordarse su explicación de las estructuras de
dominación en el caso de los países
latinoamericanos, lo cual “implica establecer las
conexiones que se dan entre los determinantes
internos y los externos, pero estas vinculaciones,
en cualquier hipótesis, no deben entenderse en
términos de una relación “causal-analítica”, ni
mucho menos en términos de una determinación
mecánica e inmediata de lo interno por lo externo” (Cardoso
y Faletto, 1990: 19). En ese sentido, la idea que
subyace en todo el trabajo es de una construcción
relacional entre clases y grupos en la medida que
promueven sus intereses, pero con la preocupación de
no ver la dependencia como una abstracción
totalizante, omnipresente y paralizante. En tal
sentido, aún considerando las implicaciones de la
dependencia, se veía como posible el desarrollo
dentro del sistema capitalista.
¿Por qué
aparece tan desconectada la discusión anterior
respecto a nuestro tema? En primer lugar porque
tanto se hable desde las teorías de la modernización
como de las teorías de la dependencia, siempre el
concepto de desarrollo se relaciona con
industrialización y no con actividades de
“servicios”. De hecho, nadie seriamente le adjudica
en este contexto posibilidades al turismo como
vector de desarrollo. Simplemente subyace como una
práctica de elites y de sectores medios con
capacidad de conexión con las regiones centrales de
acumulación y que en sus acciones reproducen la
dependencia general de la sociedad
Este
punto, sin embargo, no puede hacer olvidar que las
aperturas teóricas mencionadas –en particular las de
la dependencia- nos han legado para pensar el
desarrollo: la necesidad de ver como el proceso
global de acumulación de capital se integran en
grupos y clases a nivel nacional. Esto es,
cualquier actividad económica que se analice –en
nuestro caso el turismo- requiere observar la
estructura del capital sobre la que reposa. El otro
legado, es la necesidad de observar la capacidad del
estado-nación que se trate para regular la actividad
y para retener parte del excedente generado.
Retengamos pues estos dos elementos como
dimensiones del desarrollo en clave crítica.
En el
marco de una transición económica y política global,
a comienzos de la década del setenta se comienza a
asistir a la defunción de la visión centrada en la
dependencia.
Al
temprano golpe de estado en Brasil en 1964 se le
sumó el de Chile y el de Uruguay en 1973 en un
contexto de sucesión de golpes que abarcarían toda
la región de la mano de militares y civiles locales
con la complicidad norteamericana, todo lo cual puso
en crisis a la intelectualidad latinoamericana. Las
tesis dependentistas comenzaron a ser puestas en
cuestión por las tesis endogenistas y
neodesarrollistas que afirmaban la necesidad de
reconsiderar la posibilidad del desarrollo en el
capitalismo latinoamericano, suavizando el peso de
la variable imperialista. Brasil era un
suministrador clave de las presuntas evidencias al
considerarse solo su crecimiento económico.
Las
confusiones entre crecimiento y desarrollo
finalmente se fueron marcando cada vez más –aunque
no pocas veces el límite sigue hoy sin quedar claro,
como veremos- y un conjunto de temas desapareció de
la discusión, entre ellos, el propio tema del
desarrollo. Las salidas de las dictaduras, colocarán
el énfasis de las ciencias sociales en las
transiciones políticas. Posteriormente el Consenso
de Washington (1989), tendrá efectos sustantivos en
la producción sociológica regional que pasa a
basarse en estudios de la pobreza con perspectivas
reduccionistas y con intenciones de generar insumos
para las llamadas “políticas focalizadas”. En esta
segunda etapa que identificamos, el turismo se
extiende a la clase media, particularmente en su
capacidad de viajar más allá de fronteras y Miami en
Estados Unidos es un referente clave (recuérdese la
paridad de las monedas nacionales con el dólar), al
menos hasta las situaciones de crisis.
En la
segunda mitad de la década del ochenta puede
caracterizarse entonces el inicio de una segunda
etapa que implica –directa o indirectamente- otras
derivaciones para retener en el estudio del turismo.
Recordemos brevemente algunos elementos que permiten
establecer las razones de caracterizar en esta
coyuntura su inicio. Para la década del ochenta, el
campo de las ciencias sociales había sido
brutalmente transformado respecto a la creatividad
de la década del sesenta. Particularmente la
marginal discusión sobre dependencia –incapacidad de
generar un desarrollo autocentrado- que aún
sobrevivía, se observaba con notorio desdén desde
las posturas hegemónicas que terminaron puerilizando
las anteriores contribuciones.
En la
década del ochenta, además, "sociedad civil" se
había vuelto una categoría imprecisa, laxa y un tema
recurrente de análisis, por ejemplo observando el
corporativismo que comenzaba a cristalizarse en el
movimiento sindical o la presencia y actuación de
los llamados "nuevos movimientos sociales". De
hecho, el pensamiento crítico se refugió en el
estudio de los movimientos sociales. El concepto de
"ciudadanía" también hacía su aparición con fuerza.
La
cristalización del llamado Consenso de Washington de
1989 en las políticas económicas tendría efectos aún
más devastadores para los objetos de estudio de la
Sociología que se refugiaba predominantemente en el
análisis de los despojos sociales que dejaba la
implantación del llamado “neoliberalismo”. A nivel
global, desarrollo adquirió una conexión con el tema
del medio ambiente a través del concepto de
“sustentabilidad” y a nivel regional, a comienzos de
la década del noventa, la CEPAL planteó la
importancia de la educación y del llamado “capital
humano1 en el contexto de considerar la década del
ochenta como una “década perdida”.
La nueva
centralidad en la educación tendría con el correr de
los años otras derivaciones con su conexión con la
llamada “sociedad de la información” y la “sociedad
del conocimiento”. Más allá de los rótulos, más
allá de las perspectivas, más allá del proyecto
político subyacente, el contexto de transformaciones
globales implicaba la idea de que la generación de
conocimientos y su aplicación eran cada vez más
decisivos para cualquier actividad. Es decir, que
esta es otra dimensión que corresponde retener para
el análisis del turismo: el tipo de fuerza de
trabajo requerido y su capacitación, estableciendo
la diversidad de situaciones que se plantean.
Por otra
parte, a mediados de la década del noventa, parecía
claro que se estaba en una fase de creciente
interconexión y dominio geográfico del capital que
solía identificarse como globalización. La
Sociología comienza a introducirse lentamente en el
análisis de estos procesos transnacionales. También
a criticar las políticas macroeconómicas asentadas
en la apertura del mercado (postura que entonces
resultaba indiscutidamente hegemónica) y en plena
efervescencia de la discusión sobre globalización.
Pero las lógicas hegemónicas se siguen plasmando en
"fotografías" de situaciones concretas de pobreza y
sus consecuencias en distintos espacios sociales
(como por ejemplo la repetición escolar en barrios
marginales). Esto era útil para la instrumentación
de las llamadas políticas focalizadas.
Sin
embargo, el debate sobre “globalización”
ineludiblemente interpela a la Sociología y con éste
aparecen temáticas como el turismo que ya por
entonces había adquirido una dimensión de la que
décadas atrás carecía. Aquí puede establecerse el
inicio de una tercera etapa. Es paradójico que esta
operación cognitiva se hace predominantemente
obviando los aportes anteriores de la sociología
latinoamericana y su insistencia de contar con una
mirada de análisis global no eurocéntrica. El
renacimiento del pensamiento crítico con un tono más
regional, está asociado al impulso de centros como
CLACSO desde su sede en Buenos Aires. Es en este
contexto donde resurgen temas como la discusión
sobre la autonomía de instituciones estatales, su
papel y capacidad, las transformaciones en
estructuras de poder o las articulaciones
transnacionales de procesos sociales que se
analizaban dentro de los límites de los
estados-nación. De hecho, la asociación entre
turismo y perspectiva crítica llegó a generar
algunas contribuciones. Por ejemplo, importantes
dimensiones que hacen a la conexión entre
acumulación de capital y el turismo, en particular
la mercantilización de la naturaleza, fueron
trabajados por Allen Cordero (2006).
De esos
impulsos, de las transformaciones políticas
principalmente a partir de los inicios del siglo
XXI, el debate sobre el desarrollo en sus diversas
variantes de significados y posibilidades reales, se
reinstala. Sin embargo la discusión está lejos de
tener la intensidad y la creatividad de la década
del sesenta. Sobre las estructuras de poder se
avanza lentamente y sobre el proyecto de sociedad
implícito, el panorama sociológico no provee de
insumos importantes para pensar lo que ocurre.
En esta
etapa, el desarrollo pasa a estar asociado en las
posturas dominantes a conceptos como capital social.
La agenda fue particularmente incentivada por las
agencias multilaterales. En el caso del BID por
ejemplo, se desarrolló un programa específico para
promover la relación entre ética y economía que
implicaba de hecho a la Sociología. Bernardo
Kliksberg, coordinador de la "Iniciativa
Interamericana de Capital Social, Etica y
Desarrollo", popularizó en América Latina la idea de
"una economía con rostro humano" que constituyó el
título de uno de sus libros.
Si bien
no dejaba de postularse que el Estado debía asegurar
derechos sociales básicos a todos los ciudadanos (lo
cual le separaba de la visión liberal predominante
de la década del noventa), la idea central era una
coordinación ética entre instituciones estatales y
actores sociales. Se asumía la importancia de la
sociedad civil que junto con instituciones
estatales, podían promover una tarea de educación
entre los consumidores para que eligieran
relacionarse con las empresas más éticas. Como se
observa, existe mayor consenso que hace unos años en
que hablar de desarrollo supone ampliar la discusión
más allá de variables económicas estrictas. Sin
embargo, los instrumentos para ello están acotados a
una visión estrecha de la sociología.
El
concepto de capital social aparece notoriamente
influenciado por la tradición sociológica
norteamericana a través de Coleman y Putnam y no por
la francesa especialmente a partir de Bourdieu. En
el primer sentido se trata de conciliar la acción
racional con las relaciones sociales que pueden
potenciar o reducir a aquella. Se concede particular
importancia a valores como la confianza y a redes
sociales como el voluntariado. En el segundo sentido
-que a diferencia de la anterior versión se generó
en clave de crítica-capital social aparece como una
dimensión más de la desigualdad social junto al
capital económico y el cultural.
De esta
forma, Putnam (1993) muestra que el éxito económico
depende del capital social acumulado por
asociaciones que privilegian redes horizontales. El
mito que se establece a partir de la perspectiva del
capital social, es de una relación directa: más
capital social es igual a más desarrollo. Este
aparecerá dependiendo fundamentalmente de que
existan y se regeneren esos lazos sociales, quedando
en un segundo plano otras dimensiones centrales de
la discusión para países periféricos: capacidad del
Estado y como lo puede potenciar, con qué actores y
clases se cuenta, objetivos sociales del proyecto,
fuerzas productivas que son potencialmente
desencadenables y como se gestionan, etc.
¿Cómo se
relaciona el turismo con el concepto de capital
social? Por ejemplo, Antón Alvarez Sousa en España,
tributario del concepto en el sentido de redes de
conexión como potenciadoras de emprendimientos, lo
resume de esta forma: “el turismo contribuye al
desarrollo del capital social, tanto del nivel más
básico (relación entre personas), como del nivel más
elevado (relaciones entre distintos países y
regiones del mundo), o del nivel intermedio
(relaciones entre empresas, asociaciones, etc.)” (Alvarez
Sousa, 2005: 64). Ilustra el punto con el caso del
“Camino de Santiago” y de las asociaciones y
aglutinación de intereses que permitieron potenciar
este destino de turismo religioso.
Desde
este punto de vista, el capital social es uno de los
tipos de capital que puede potenciar el turismo
junto al capital financiero o económico, humano,
ecológico, simbólico, patrimonial e
infraestructural. Sin embargo esta perspectiva
general (más allá del autor mencionado) considera el
turismo como una actividad intrínsecamente positiva,
potenciadora de desarrollo y, a nuestro juicio, no
refleja las tensiones y contradicciones que como
toda actividad social tiene. Y una idea de
desarrollo expuesta como guía de análisis con
perspectiva crítica debe asumir tales elementos.
Particularmente cuando trabajamos en América Latina,
es preciso incorporar la idea de turismo como
potenciadora de aspectos positivos pero también
efectos negativos no buscados.
El
turismo como consumo global: entre la adaptación
pasiva y la integración activa a la economía-mundo
La
transición global en curso se ha examinado desde la
sociología desde diversas formas y sugiriendo
énfasis en elementos diferentes. A simple modo de
registro de algunas de la aproximaciones más
conocidas: desde la modernidad a la posmodernidad
como formatos del capitalismo (Sousa Santos), de un
sistema-mundo a un nuevo sistema-mundo (Wallerstein),
del capitalismo organizado al capitalismo
desorganizado (Lash y Urry), del fordismo a la
acumulación flexible (Harvey), de la era industrial
a la era de la información (Castells), de la forma
imperialismo a la forma imperio (Hardt y Negri)
entre otros.
Todos
coinciden en cambios globales en curso que se viene
registrando desde las últimas décadas y que entre
otros elementos suponen transformaciones
espacio-temporales en las relaciones sociales. La
capacidad de movilidad geográfica y de atravesar
fronteras ha aumentado considerablemente a pesar de
la extrema desigualdad de posibilidades. John Urry
(2004), por ejemplo, ha analizado en tal sentido el
significado (el cambio cualitativo) de flujos de
viajeros y turistas que se desplazan de un lugar a
otro. Agreguemos que a nuestro juicio, las formas de
movilidad rápida en determinados segmentos sociales
(clases medias y altas), la presencia de personas
cercanas al entorno individual viviendo en lugares
distantes, tienen efectos importantes en la
producción de subjetividad colectiva.
De
hecho, se puede decir que con el apoyo de las nuevas
tecnologías de la información y comunicación (TICs)
se globaliza una “globalización imaginada” de las
elites, pautada por la modificación de los
parámetros de próximo o lejano y de movilidad
geográfica. Es una globalización imaginada dominante
frente a otras perspectivas marginales y construidas
sobre otros referentes (por ejemplo, piénsese el
significado de la mayor presencia de las
transnacionales en la producción y el consumo y en
la transformación de la economía-mundo).
Sobre la
base de una emergente revolución informacional
(proceso que incluye pero excede largamente la
dimensión de las TICs), tiende a profundizarse la
asimetría entre regiones centrales y regiones
periféricas y no a anularse tales referentes
analíticos, tal como se procuró demostrar en un
trabajo reciente (Falero, 2010). Además, los cambios
ocurridos desde comienzos del siglo XXI en América
Latina (región periférica de la economía-mundo), es
decir, un nuevo contexto sociopolítico que se
cristaliza en diversas manifestaciones sociales y
recambio de elites políticas más orientadas a
reintroducir la temática del desarrollo y a desafiar
un modelo de acumulación excluyente (aunque eso no
necesariamente esto signifique avances sustantivos
en ese sentido), sugieren la necesidad de replantear
el tema del turismo en relación al desarrollo en el
nuevo contexto.
Hasta
ahora un planteamiento de una relación no lineal
entre turismo y desarrollo desde la Sociología en
América Latina exige considerar, de acuerdo a lo
visto en el apartado anterior, al menos los
siguientes elementos:
1. que
el turismo ya no puede considerarse más una
actividad social que supone el consumo ostentoso de
determinadas elites y por tanto un obstáculo al
desarrollo para la región, sino que se constituye en
una dimensión más del consumo y por tanto de
diferenciación social.
2. que
examinar la estructura del capital de los proyectos
turísticos y la capacidad del Estado de retención de
parte del excedente generado es clave, por lo cual
no se trata meramente de cuantificar lo que “deja”
el turismo a una sociedad.
3. que
las prácticas turísticas pueden significar una
enormidad de posibilidades y por tanto el perfil de
fuerza de trabajo que se integra puede igualmente
variar mucho por lo cual es necesario atender en
particular a la inteligencia aplicada a la actividad
específica que se analiza.
Agréguese a estos tres puntos, un cuarto
fundamentado en otro trabajo: el turismo en el
actual contexto debe ya ser considerado un derecho
social (Falero, 2008). Allí sustentábamos que la
necesidad social del ocio, y en particular del ocio
creativo, en el actual contexto sociohistórico de
necesidad de liberación del tiempo de trabajo, de
separación de lo cotidiano del lugar de descanso,
habilita a pensar en el turismo en tanto viaje, en
tanto contacto con lo diferente, aún dentro del
mismo país como un derecho social. Pero como ocurre
con cualquier necesidad, su resolución como
construcción de un derecho implica una construcción
social a partir de demandas del campo popular. El
concepto de desarrollo en el sentido latinoamericano
expuesto, también implica considerar este aspecto de
expansión radical de derechos.
Ahora
debemos avanzar otro paso en la relación de nuestro
tema con los procesos globales en curso y con la
capacidad de promover el desarrollo en una sociedad
y considerar elementos que nos parecen centrales
afirmar para pensar el turismo en tanto práctica
social y a la vez eje de acumulación de capital.
Este paso cognitivo tiene que ver con la necesidad
de tomar conciencia desde la investigación académica
en turismo de los numerosos aportes que procuran
marcar las transformaciones sociales globales
operadas desde una dinámica de acumulación flexible,
pues la potencialidad del análisis depende de esta
apertura de planos de observación.
Destacaremos tres ejes de análisis
En
primer lugar, debe considerarse que ahora el tiempo
de vida humana ha sido totalmente “vampirizado” por
el de la producción social. Para Antonio Negri, por
ejemplo (siguiendo a Marx en el capítulo VI
inédito), la explicación hay que hallarla en que en
una sociedad basada en la supeditación o subsunción
real del trabajo en el capital (que sustituye la
etapa de supeditación o subsunción formal del
trabajo en el capital), el trabajo abandona la
fábrica para hallar en todo lo social, el lugar
adecuado a las funciones de consolidación y de
transformación de la actividad laboral en valor (Negri,
1992; Hardt y Negri, 2002). Desde esta perspectiva,
la producción de bienes “inmateriales” (no el
sentido del proceso de trabajo, sino de la
intangibilidad del producto final) y que implican
como nunca antes la cooperación, la comunicación y
la creatividad en el trabajo (esto último en algunos
casos) cobra otro valor y por tanto requiere otra
atención en el análisis. De todo lo cual se puede
concluir que la “producción” del turismo no solo
debe valorarse en sus dimensiones tangibles
(infraestructura, por ejemplo), sino en sus aspectos
simbólicos.
En
segundo lugar, debe considerarse el nivel
subnacional de lo urbano ha adquirido otro valor
analítico, logrando desestabilizar la anterior
jerarquía de escalas centradas en el estado-nación.
En ese sentido la socióloga Saskia Sassen enfatiza
la idea de desnacionalización de componentes de los
estados-nación que funcionan para dinámicas globales
(Sassen, 2007). Siguiendo a la autora podríamos
preguntarnos, ¿qué hay de “nacional” en los
componentes que funcionan como espacio institucional
para dinámicas centrales –o al menos parcialmente
estratégicas- de lo que suele llamarse
globalización? Y la respuesta es que pese a ser
formalmente “nacionales”, muchos componentes
institucionales no son tales en el sentido histórico
del término.
Es
decir, si se vive la “desnacionalización” del
estado-nación, es preciso analizar también las
prácticas turísticas en ese registro. O para ser más
precisos, debe examinarse el componente de
“desnacionalización” contradictoriamente con la
producción y venta de construcciones simbólicas
“nacionales”, la “identidad nacional” que se plasma
a la vez en diferentes productos culturales que
procuran marcar una especificidad. Lo cual lleva a
plantear que la ecuación procesos de
desnacionalización – procesos de nacionalización
supone otra combinación.
En
tercer lugar, finalmente, es preciso considerar al
producto turístico dentro de un mercado global de
bienes simbólicos. Pierre Bourdieu (2010) habló de
un “mercado de los bienes simbólicos”, lo cual
significa considerar un espacio social específico.
Dentro de éste, ya podría hablarse de un proceso de
autonomización de bienes turísticos, lo cual supone
un conjunto de agentes que producen y compiten por
la venta de este tipo de productos.
El campo
de producción y de circulación de bienes turísticos
asume carácter global y por tanto el poder del
agente le permite “imponer” la importancia atribuida
a determinado producto, una forma de mirar y
criterio de evaluación del mismo. Esto sugiere un
proceso de distinción, de jerarquías, en función de
los recursos que se disponen, lo cual lleva, como
ocurre con la capacidad de imponer cualquier
producto, a una separación y diferenciación de
posiciones globales en la capacidad de producción y
venta de un producto turístico. Esta línea de
análisis, a nuestro juicio, permite conectar con lo
anteriormente establecido sobre profundización de la
separación entre regiones centrales y regiones
periféricas en la economía mundo.
América
Latina ha tenido la capacidad de disputar posiciones
de poder en la producción de bienes turísticos. En
este sentido, hay que tener en cuenta que hay
espacios sociales que actúan para la reproducción de
los mismos. En particular la cultura y la educación
cada vez tienen más importancia en la valorización
de un producto en tanto capacidad de construir,
atribuir y reproducir determinadas características
(patrimoniales, ecológicas, identitarias, etc.) a
determinado territorio, bien físico, costumbre, etc.
Pero en
este proceso, debe tenerse en cuenta que –también
como ocurre con otras prácticas sociales- se ha
derivado en lo que podría denominarse la
“espectacularización de la realidad”. Es seductora
en este sentido la postura de Baudrillard en el
sentido de muerte de lo real y de permanente
construcción de simulacros, es decir, de permanente
generación de modelos sin origen, de éxtasis de
imágenes despojadas de realidad pero que terminan
imponiéndose, de simulacros que tienden a fagocitar
los acontecimientos reales hasta el punto de que la
complicidad en el proceso hace ya imposible llegar a
la realidad. Un ejemplo clásico en este sentido es
Disneylandia, modelo de órdenes de simulacros
entremezclados, escenificación que dibuja el perfil
de “América”, de su “way of life” y que tal vez
existe para ocultar que es el país real, toda la
“América” una Disneylandia. Ya no es posible
discernir lo verdadero de lo falso (Baudrillard,
1978)
El
planteo de estas tesis que construye la perspectiva
teórico-metodológica de separación completa e
irreversible entre signo y realidad, de
representaciones cada vez más complejas y
sofisticadas del objeto que terminan sustituyendo al
objeto mismo, choca contra la perspectiva
teórico-metodológica de Bourdieu a la cual aludimos
y la que nos parece más sustantiva. Es decir, si
bien algunos elementos del autor vinculados a la
“espectacularización” de la realidad pueden ser
considerados en nuestro tema, la postura de no ver
esto como un recurso producto de agentes específicos
y de estrategias específicas, nos hacen alejar de
Baudrillard. Preferimos, entonces, señalar a partir
de Bourdieu que se trata de un poder simbólico que,
como tal, tiene el poder de “construcción de la
realidad”, tiende a establecer un orden
gnoseológico. Las producciones simbólicas –y un
producto turístico lo es- deben sus propiedades más
específicas a las condiciones sociales de su
producción y a la posición del productor en el campo
de la producción (Bourdieu, 2005).
Ahora
bien, si articulamos estos tres puntos, debe
concluirse en la siguiente idea: existen, como se
sabe distintos tipos de turismo, pero en general
puede decirse ya no es posible pensar el turismo
como la experiencia de la visita a un lugar
concreto. Dentro de las dinámicas actuales, toda la
sociedad se convierte en destino turístico
potencial. Así como la relación entre trabajo y
capital se han deslocalizado de la fábrica como
lugar de producción, toda la sociedad pasa a estar
tensionada por los intereses del turismo.
La
acumulación de capital a partir del turismo ya no
puede ser pensada como la mercantilización de un
servicio turístico concreto, de la explotación de
una específica “mercancía” turística. Además,
elementos como la complejización de la actividad,
las nuevas tendencias en cuanto a conocer más allá
de la replicación del catálogo -que naturalmente
coexiste con su contraria hegemónica de formatos
tradicionales- entre otros, llevan a considerar a
toda la sociedad cruzada por intereses derivados del
poder organizador que tiene el turismo en tanto
dinámica global. Cuando decimos “formatos
tradicionales” aludimos a lógicas de turismo
acotadas a la visita del producto turístico
específico, a la experiencia social más elemental e
inauténtica de solo mirar sin interactuar con nadie,
en suma, a dinámicas que no estimulan la necesidad
de comprender a la sociedad receptora del viajero (y
viceversa) y de interacción con lo diferente.
Paralelamente con lo anterior, el capital reclama al
estado no solo apoyos específicos (inversión en
marketing de un destino, por ejemplo) sino
condiciones sociales generales para que la actividad
turística pueda desarrollarse. Y estas condiciones
pasan por una
diversidad de puntos: infraestructura general,
seguridad, limpieza urbana, espectacularización de
la realidad, etc.
Todo lo
anterior complejiza el tema de los “impactos” del
turismo en una sociedad o los llamados “efectos
negativos”. No solo se trata, por ejemplo, de los
extremos del turismo sexual en sus formas más
crudas, no solo se trata de la destrucción
medioambiental que determinadas máquinas turísticas
terminan imprimiendo en un territorio, no solo se
trata de la trivialización de la memoria que las
visitas masivas a un determinado lugar pueden
implicar, sino que el tema debe ser construido con
una perspectiva de totalidad social. Es decir,
reparar simplemente en los “efectos” negativos que
se asumen intrínsecamente como puntuales, acotados,
menores, impide considerar al turismo como espejo de
prácticas sociales y como tales, cruzadas por
contradicciones, por intereses diversos de los
agentes sociales, por proyectos de sociedad
encontrados que conciben formas de ser y estar en el
mundo diferentes.
Por todo
ello el aporte de la Sociología a la investigación
en turismo no puede limitarse a la construcción y
suministro del dato. También pasa –sobretodo pasa-
por desestabilizar la linealidad mecánica que suele
establecerse en la ecuación por la cual mayor
cantidad de turistas equivale a más crecimiento
económico general y ello es igual a más desarrollo.
Sobre como esta ficción se ha manifestado en el caso
uruguayo, se tratará de mostrar algunas pistas en el
siguiente apartado.
Cuando
toda la sociedad forma parte del juego global:
algunas reflexiones sobre turismo y desarrollo en el
caso uruguayo.
En
nuestro trabajo sobre la revolución informacional en
curso y donde se investigaba en particular lo que
definíamos como “enclaves informacionales”,
examinábamos como Zonamérica se vendía en el
exterior construyéndose simbólicamente con un perfil
de parque tecnológico y de negocios. Allí se
fundamentaba la tensión entre la venta de su
especificidad en infraestructura para tales fines y
con todas las ventajas que tiene una zona franca en
Uruguay (que, más allá de la postura jurídica, es y
a la vez no es parte del estado-nación) y la venta
de Uruguay como totalidad, que requiere mostrar
indicadores generales. Entre ellos se mencionaban:
bajo nivel de conflictividad social, niveles de
seguridad adecuados en relación a la región,
desarrollos en infraestructura, “excelentes índices
en materia de libertad civil, política y económica,
transparencia y corrupción" y así se pueden seguir
adicionando indicadores que tienden a incluirse en
las presentaciones de esta zona franca en el
exterior (Falero, 2010)2.
En el
caso anterior, pero en general ocurre cuando se
promociona lacaptación de inversiones extranjeras
directas (IED), toda la sociedad es puesta al
servicio de las mismas. El “clima de negocios”
funciona como un mecanismo de disciplinamiento
social.
¿Qué
elación existe entre negocios, instituciones y
tejido social? En la actualidad, mucha y en tal
sentido se genera una competencia entre territorios
por ofrecer las mejores “condiciones” para la IED lo
que significa un chantaje sobre los derechos
sociales.
En ese
marco de presión también deben entenderse
aproximaciones periodísticas de países vecinos sobre
el caso uruguayo que procuran mostrar las ventajas
para el capital que ofrece Uruguay más allá de lo
económico. Por ejemplo, en Argentina se habló de
“ese encanto de la calidad democrática” en Uruguay y
que supone “tener un proyecto de país en común” -por
utilizar la definición y las palabras de una nota
del diario Clarín3- en el marco de las elecciones en
Uruguay pero también de su ofensiva de este
periódico contra el gobierno argentino y
principalmente contra su ley antimonopolios en los
medios de comunicación. Es decir, el capital procura
modelar la democracia a sus intereses y en ese
sentido aparecen luchas simbólicas.
El
“clima de negocios” se convierte en mucho más que la
política económica aunque obviamente ésta pesa en
las presiones de los agentes. Y como ocurre en otros
países, en nuestro caso un peso uruguayo fuerte en
relación al dólar, eleva la salida de uruguayos y
disminuye la entrada de potenciales turistas
extranjeros, lo que lleva a los grupos con intereses
en el sector turístico a presionar sobre las
instituciones del estado. Es decir, que los
intereses turísticos en Uruguay, como también ocurre
en otros lugares, incitan y modelan decisiones más
generales. Éstas, finalmente, siempre dependen de
los recursos que el agente puede hacer jugar a su
favor.
De la
misma forma, la venta del producto turístico –las
playas del este, por colocar el ejemplo más común-
supone mucho más que la venta de ese espacio
territorial concreto, implica la venta de la
sociedad uruguaya en su conjunto. La construcción de
un supuesto uruguayo “medio” modelo contribuye en
ese sentido: el uruguayo pasa a ser así “educado”,
“correcto”, “amable”, “culto”, etc. Todo lo social
favorece entonces la acumulación de capital.
Además,
los procesos globales en curso hacen emerger un
nivel subnacional “desnacionalizado” cuyo caso más
notorio en relación al turismo en el país es Punta
del Este. Todos se comportan como si ese lugar “es”
Uruguay, particularmente porque requiere condiciones
sociales de reproducción que administra el estado
uruguayo, pero a la vez todos saben que se trata -en
particular por unos meses-de centro de cruce de
intereses trasnacionales regionales que son los que
le construyen su prestigio en determinados espacios
sociales y los que permiten también su reproducción.
Otro
elemento a integrar es que, como ocurre en estos
casos, con el turismo existe una operación simbólica
que promueve e impone una asociación de ideas –el
poder simbólico, recordemos, supone poder de
construcción de la realidad, como examinó Bourdieu
(2005)- que se representa en la correlación de que
cuanto mejor les vaya a los operadores de los
negocios turísticos, mejor le va a la sociedad en su
conjunto. Este mecanicismo se reafirma desde el
propio discurso del Ministerio de Turismo. Ya no
existe necesidad de fundamentar a la sociedad por
qué el aumento de divisas por turismo o el aumento
de visitantes, cifras que cada tanto se reiteran,
suponen mecánicamente desarrollo y por tanto
bienestar general.
Así por
ejemplo, en una extensa entrevista en abril del 2010
con la viceministra Liliam Kechichian, la nota
periodística titula: “en 5 años, el turismo generará
divisas por 1.700 millones de dólares y llegarán 500
mil visitantes. Allí se explica, entre otras cosas,
como se superaron originales “prejuicios” que
derivaron en el acople público-privado, a partir del
gobierno de Tabaré Vázquez. Es decir, el
“aprendizaje” lleva al fin de las tensiones, al
final feliz, el discurso promueve que ya no existen
intereses privados concretos sino solo intereses
comunes de todo el país.
Así es
que considerando algunos de los elementos que se ha
marcado anteriormente como dimensión del desarrollo
como es la estructura del capital y la capacidad del
Estado de retener algo del excedente producido, aquí
simplemente se disuelven. Las distintas formas de
turismo terminan siendo al final solo una cuestión
de cuentas públicas y, en ese sentido, momentos en
las batallas por las cifras de visitantes y de
ingreso de divisas. Un éxito en ese sentido permite
acumular capital político para el gobierno y este es
el principal desafío.
De
hecho, los balances de fin de temporada de verano
suelen ser pródigos en mostrar cifras y explicar
poco. En cuanto a cifras finales del 2009, se dice
por ejemplo en una de las notas periodísticas sin
agregar más elementos que aumentó 5 % el número de
turistas respecto al año anterior y que en materia
de divisas, se recibieron 1.300 millones de dólares
lo que significa 26 % más6.
En este
sentido, reforzamos la idea por la cual una de las
contribuciones de la Sociología en la investigación
en turismo, debe ser mostrar posiciones sociales de
agentes (privados, estatales, eventualmente de la
llamada “sociedad civil”) vinculados a este espacio
social, sus discursos, sus recursos, las tensiones
visibles o ocultas y como se van construyendo
subjetividades colectivas en torno al tema. O como
se van naturalizando intereses sociales específicos
y como mecánicamente aparecen transformados en
intereses de toda la sociedad sobre la base de la
construcción de un consenso colectivo, como en este
caso.
Otro
punto que conecta la actividad turística con la
sociedad en su conjunto, tiene que ver con la ciudad
transformándose en escenario ampliado de las
prácticas de turismo. Dos aclaraciones caben en una
primera instancia. En primer lugar, en la línea
indicada en el apartado anterior, se trata de un
proceso global. Un caso emblemático es Barcelona
sometida a innumerables operaciones de cirugía
estética urbana a fin de ocultar realidades sociales
complicadas, dotada de infraestructura y tematizada
casi toda ella como espacio histórico-cultural para
turistas (Delgado, 2005).
En
segundo lugar, lo que se procura indicar tampoco
puede ser entendido estrictamente como novedad. Por
ejemplo, se ha señalado como la acción municipal en
Montevideo en las primeras décadas del siglo “se
apropió del espacio y diseñó un paisaje de uso
colectivo e integrador que actuó como instrumento
promotor de la imagen turística que las autoridades
gubernamentales aspiraban proyectar de la ciudad
para luego dar paso a la intensa ocupación
residencial” (Da Cunha y Campodónico, 2005: 43). Es
decir, lo que quiere establecerse aquí es que el
nivel de intervención urbana, de espectacularización
de la realidad para fines turísticos a nivel global
y con su correlato a escala de Montevideo, alcanza
una profundización desconocida y por tanto sugiere
un cambio cualitativo.
Esto
significa diferentes elementos a tener en cuenta. En
primer lugar, que los intereses del turismo pueden
tensionarse con el de otras actividades económicas
en forma mucho más agresiva. La esquizofrenia de
proyectos que vive la zona oeste de Montevideo
(desde la Aguada a la costa más allá de la zona del
Cerro) es un caso importante.
Por
ejemplo, aún no está claro hasta donde el énfasis en
actividades portuarias y de logística o las
industriales (refinería de ANCAP) pueden coexistir o
articularse con proyectos turísticos como el puerto
de pasajeros proyectado por Buquebús en la zona
próxima a la Estación Carnelli del ferrocarril
(claramente una zona de actividad logística). O como
la apuesta de la Intendencia de Montevideo (período
2005 – 2010) de desarrollar con perfil turístico e
inmodibiliario la zona de Capurro puede ser
compatible con una proyectada terminal de barcos
pesqueros que actualmente confluyen en el puerto de
Montevideo. En conclusión, se observan impulsos
contradictorios y una tensión entre agentes y
proyectos donde la presencia de intereses de la
actividad turística puede, como los otros, remodelar
una parte importante de la ciudad. Las
potencialidades paisajísticas aún sin mercantilizar
en la zona, sin duda marcan una tensión aún no
resuelta entre diversos intereses del capital.
En un
estudio reciente, también se ha examinado como la
construcción de un “escenario turístico” en la
peatonal Sarandí supone la conformación de un
producto que implica transformar urbanística y
socialmente esta parte de la Ciudad Vieja (toda
ella, en verdad, en proceso de rápida
transformación), disciplinando agentes sociales que
permanecen y modificando las reglas colectivas
generales (Buere, 2010). En otras palabras es
necesario traspasar las mejoras estéticas (por otra
parte reales comparando con la degradación
acumulativa que venía teniendo el barrio) y
considerar las realidades sociales en estas
dinámicas urbanas, intereses beneficiados e
intereses perjudicados.
No
obstante, en ocasiones los intereses relacionados
con un potencial turismo pueden converger con
intereses más generales de un barrio para proyectar
un espacio. Este parece ser el lento proceso de
mejoras del barrio Peñarol en la zona próxima a la
estación. El potencial del patrimonio ferroviario
puede articular aquí cultura y turismo para llevar a
la revitalización de una zona. El rescate de la
historia ferroviaria –si bien es paradójico que es
una historia pautada por la destrucción y la
decadencia a nivel nacional- puede articularse con
dinámicas de activación urbana más allá de
impostaciones e imágenes turísticas.
La
diferencia entre un caso y otro son notorias, pero
precisamente de la comparación surge el
conocimiento. Y en este sentido, debe marcarse,
finalmente para este apartado, la importancia para
la investigación de traspasar el estudio de casos
concretos para llegar a aproximaciones transversales
que puedan llevar el análisis a otro nivel. Este es
justamente otro de los desafíos que enfrenta la
investigación sociológica en turismo en Uruguay en
su conexión con ese escurridizo concepto de
desarrollo.
El fin
de un recorrido: algunas conclusiones primarias
Al
revisar el legado acumulado en las últimas décadas
de la Sociología Latinoamericana observamos como el
turismo pasó de obstáculo a considerarse uno de los
posibles ejes del desarrollo. Si sociedad moderna
equivalía a industria, hoy puede decirse que
equivale a un conjunto complejo de actividades,
entre ellas los servicios y entre éstos el turismo.
Más aún, las transformaciones globales en curso, las
dinámicas de acumulación flexible, muestran al
turismo como uno de los indicadores de desarrollo y
a la vez como un espejo de la sociedad.
Paralelamente el turismo aparece como tantas otras
prácticas sociales, con cambios rápidos en cuanto a
preferencias y modalidades.
En
cuanto a la relación entre turismo y desarrollo
puede afirmarse que heredamos la necesidad de
realizarnos una serie de preguntas que la
investigación debe volver a plantearse: ¿cuál es la
estructura del capital que sustenta las actividades
turísticas en una sociedad?, ¿qué capacidad tiene el
estado de retener parte del excedente generado?
¿Cómo se expresa la oscilación entre integración
pasiva e integración activa de una sociedad en la
economía-mundo en relación al turismo? O bien,
¿puede una sociedad periférica como la uruguaya
impulsar un desarrollo más autocentrado que evite la
conformación como mero soporte de dinámicas
transnacionales o globales de acumulación de capital
en el sector turístico? Esto último constituye una
dimensión clave que, puede decirse, sustituye en
forma actualizada la de si el turismo conduce a la
dependencia socioeconómica que ya no refleja la
complejidad del tema.
Dentro
de las dinámicas globales actuales, se han señalado
diversas formas de cómo toda la sociedad pasa a
estar –directa o indirectamente- integrada, cruzada
por los ejes de acumulación de capital provenientes
del turismo. Se han mostrado algunos ejemplos en
esta perspectiva, pero sobre todo se trata de marcar
ya en este tramo final la potencialidad de la misma
para examinar el tema en la sociedad uruguaya.
También
se ha examinado la importancia que adquiere el plano
simbólico en varios sentidos, pero en particular
recordemos dos vectores: el análisis del turismo
dentro de un mercado de bienes simbólicos y las
operaciones simbólicas que distintos agentes
sociales realizan para mostrar que los intereses del
sector son una ganancia para toda la sociedad. En
este sentido, es preciso seguir avanzando en el
análisis de los discursos de diferentes agentes para
comprender la construcción de subjetividades
colectivas en torno al tema.
Agreguemos adicionalmente a los elementos
mencionados en el apartado anterior uno más que es
preciso considerar desde una perspectiva
sociológica: es importante traspasar el dato de
cuanta fuerza de trabajo trabaja con el turismo que
asume una importancia
simbólica evidente para justificar determinados
intereses y examinar concretamente elementos como el
tipo de inserción laboral y la calificación
requerida.
En
cuanto a lo que el turismo significa a nivel de
instituciones del estado, dada la dimensión que
adquiere la actividad, debe quedar claro que guste o
no, cualquier gobierno vive la tensión entre
enfrentarse o cooperar con intereses económicos
también en este ámbito. En razón de ello, más que
nunca es necesaria la investigación en turismo desde
la academia entendida como un reducto del control
social sobre distintos intereses y de mantenimiento
de una perspectiva crítica sobre el tema. El futuro
inmediato dirá si se está a la altura de estos
desafíos.
Trabajo precentado:
Congreso Latinoamericano de Investigación Turística
Eje temático : Turismo y desarrollo económico y
socio cultural
Alfredo Falero*: doctor en Sociología, docente e
investigador en la Universidad de la República
(Facultades de Ciencias Sociales y Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación), Uruguay.
alfredof@adinet.com.uy
1 La
CEPAL junto con la UNESCO, participó en 1992 en la
elaboración del documento “Educación y conocimiento:
eje de la transformación productiva con equidad” que
tuvo fuerte impacto en la región.
2 Cabe
señalar que entre las empresas que se encuentran en
esta zona franca, está Sabre dedicada a servicios
turísticos, y que se constituye en un gran “call
center” en el que trabajan unas 870 personas y sobre
el que nos detuvimos en particular desde una
perspectiva de sociología de la globalización.
3
“Uruguay: ese encanto de la calidad democrática”,
Marcelo Cantelmi, Clarin, 24 de octubre de 2009. 4
Entre los múltiples artículos periodísticos que
pueden acudir para ilustrar el punto, el ahora
discontinuado diario “Plan B” titulaba una de sus
noticias el 30 de octubre de 2007: “Borsari (en
referencia al presidente de la Cámara Uruguaya de
Turismo): “Dólar bajo es un mazazo para el
turismo”.
5
Entrevista en Crónicas Económicas, 16 de abril 2010.
6 “Actividad en crecimiento. Terminó la temporada
estival 2009-2010; el gasto de los turistas en enero
y febrero fue superior al del verano anterior”,
artículo de La Diaria, 06.04.2010.
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