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Explotación sin limite a
fabricantes de discos duros
o memoria RAM
por Juan
Luís Sánchez
Cada día
mas versiones desde la prensa y testimonios diversos
confirman la información de las infrahumanas
condiciones en que esta sustentado el desarrollo
económico de los países asiáticos y de China en
particular.
Las
condiciones son tan dramáticas y abarcan a tantos
millones de trabajadores, que de un día para el otro
pasan compulsivamente del campo o la aldea a
convertirse en obreros industriales, que destacados
estudiosos no dudan en señalar que se esta ante un
fenómeno mas grave que el de los primeros pasos de
la revolución industrial de la segunda mitad del
siglo XVIII y principios del XIX.
Testimonio
de este fenómeno que muchos no quieren ver es este
dialogo de Juan Luís Sánchez comunicador del
periódico español Periodismohumano con la
sindicalista Bala Krishnan y la investigadora social
Pathma Krishnan del sector tecnológico en Malasia.
Quienes afirman que la explotación es tan grave
que; "Es muy frecuente que los trabajadores tengan
ataques de histeria", agregando a modo de ejemplo
muchos “no son conscientes de las condiciones en que
se fabrica ese iPhone”, por ejemplo, aludiendo al
aparato en que el comunicador
registra el
diálogo con ellos.
- Vaya
paradoja, estar grabándoles con un iPhone…
- Bala
K. Aquí no sois conscientes de las condiciones en
las que están fabricados productos como éste. Mi
país es un centro neurálgico de la electrónica,
donde se fabrican por ejemplo muchos de los
discos duros o memoria RAM que usan los computadores;
pero sobre todo se elaboran componentes. Nos llega
material de alta tecnología, quizá ya usado, y
nosotros los ‘limpiamos’ con disolventes tóxicos,
luego se insertan si procede y quizá después se
exportan a otro país para seguir con la cadena de
montaje. El mundo se ha convertido en una especie de
fábrica globalizada donde cada lugar hace una cosa
muy puntual, desconociendo totalmente lo que se ha
hecho antes o se va a hacer después. Esto que
tenemos delante de nosotros [el iPhone] se ha hecho
en China… ¿en qué condiciones? Pues las que puedes
imaginar.
Y si no se pueden imaginar se
pueden consultar en varias investigaciones
periodísticas que retratan situaciones de
absoluto maltrato laboral hasta el punto de
producirse una cadena de suicidios, concretamente en
la fábrica china de Foxconn, la empresa que
trabaja para Apple; como se cuenta en este
excelente reportaje
sobre el presidente de la compañía (en inglés), se
han instalado redes alrededor del edificio para
amortiguar la caída en futuras tentativas.
¿Qué
hacemos? ¿Dejamos de comprar teléfonos, ordenadores,
videojuegos? “No se trata de eso, porque a día de
hoy es imposible comprar un producto de este tipo
que sea sostenible o respetuoso con los derechos
humanos en todo su proceso de producción”, nos dice
Annie Yumi Joh, directora de campañas de Setem. La
pregunta sería quizá cuánto más estaríamos
dispuestos a pagar para que nuestro consumo no
explote a nadie. Yumi nos ofrece un paralelismo con
la industria textil: “según nuestras investigaciones
y cálculos, unas zapatillas Nike que cuesten 100
euros podrían costar 103€ si se respetaran los
manufactureros que las producen”, aunque sería
necesario también que se redujera el margen de
beneficio de la marca.
Bala nos
dibuja sobre un papel el sistema de producción en la
mayoría de los fabricantes en Malasia: una cinta
transportadora va pasando por delante de una fila de
trabajadores, la mayoría mujeres, y hay un tiempo
determinado para completar tu actividad asignada.
“Si al final del turno de 12 horas ha dado tiempo de
hacer, por ejemplo, 1.000 unidades, al día siguiente
el objetivo se pone en 1.200. Si no se cumple el
objetivo, el trabajador es penalizado”, nos cuenta.
“Eso genera a medio plazo crisis nerviosas de
todo tipo. Es muy frecuente que los trabajadores
tengan ataques de histeria, pura histeria, que son
llamativas porque la persona empieza a hiperventilar
y pierde la noción de todo”, víctima del estrés.
“Los
empresarios ni siquiera llaman al médico; si
es una crisis muy continuada, todo se achaca a que
esa persona ha sido poseída por un espíritu o algo
así”, asegura Bala compartiendo su estupefacción.
“Sí, sí… dicen que tienes un espíritu maligno dentro
y, con esa excusa, te echan”.
El punto
de partida y de expansión es la isla malaya de
Penang, donde en 1972 se establecieron cuatro
compañías de electrónica que daban trabajo a 500
personas. Casi cuarenta años después, en Malasia hay
1.500 empresas donde al menos 600.000 personas
aportan su mano de obra a esta imparable cadena de
producción. Aproximadamente la mitad son
inmigrantes extranjeros, procedentes de países
vecinos como Nepal, Bangladesh, Indonesia, Camboya o
Birmania. Con el fin de abaratar aún más los costes,
los fabricantes han multiplicado la contratación de
inmigrantes, cuya presencia se ha ido multiplicado
de año en año: sólo en 2007, incrementó un 72% con
respecto al año anterior, según datos del parlamento
nacional malayo.
- ¿No
produce este fenómeno un sentimiento de xenofobia o
de protección nacional entre la clase trabajadora
local?
- Bala
K. Sí, y eso empeora las cosas. Al principio incluso
se produjo entre los sindicatos, que tanto habían
luchado por el trabajo de los malayos, la lucha por
unas condiciones decentes y derechos como el
principio de antigüedad o la negociación colectiva…
La llegada de trabajadores inmigrantes puso en
peligro las condiciones laborales que tanto había
costado conseguir. Pero al final, nuestra conciencia
es la de la protección del trabajador, sea malayo o
extranjero. Estamos absolutamente en contra de la
explotación de la mano de obra, tanto local como
extranjera.
Las
agencias de contratación de encargan de todo. Los
captan en sus países de orígen, les prometen unas
condiciones laborales que nunca tendrán, les piden
dinero por ello, les hacen firmar unos contratos en
inglés que no saben leer y, de propina, les piden
que firmen también un par de hojas en blanco, nos
cuenta Pathma. Endeudados hasta las cejas para poder
hacer el viaje, los trabajadores llegan a Malasia y
lo primero que hace la agencia de contratación es
quitarles el pasaporte; si lo quieren, tendrán que
pagar una fianza de 120 a 800€ que por supuesto no
pueden afrontar. Se les amenaza con destruir el
pasaporte si se les ocurre quejarse demasiado,
algo que les dejaría en situación de ilegalidad en
Malasia a todos los efectos. “En sus contratos
también está estipulado que no pueden unirse a
sindicatos”, dice Pathma Krishnan.
Las
condiciones de insalubridad de las empresas se
trasladan también a las residencias donde les
procuran alojo. “En apartamento pequeño, con un sólo
baño, meten a 12 o 15 personas, con un
colchón y una almohada cada uno”. Hace tres semanas,
según el testimonio de Pathma Krishnan, un
trabajador nepalí que estuvo trabajando muy enfermo
durante dos días; tanto la empresa como la agencia
de contratación se negaron a llevarle al hospital.
Dos días después, este chico se desmayó, y ante la
insistencia de los compañeros, se le llevó
finalmente al hospital, donde murió, probablemente
de dengue o alguna fiebre tropical común.
“Las
empresas europeas que presumen de códigos de
conducta en sus informes deberían también contar lo
que permiten a sus proveedores o subcontratas hacer
en países como el mío”, dice Krishnan en la línea de
lo que pide la campaña puesta en marcha por decenas
de organizaciones europeas para que el parlamento
europeo permita que las compañías de la UE sean
responsables legales de lo que ocurre en la cadena
de producción de sus productos y para que las
administraciones sean ejemplo apliquen el “comercio
justo” a sus compras electrónicas.
LA
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