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“Renovar la política:
crisis y recomposición
del progresismo”
Foro de
Chile
Santiago de Chile, 11 y 12
de noviembre de 2010
La
nueva versión del Foro Anual del Progresismo
abordará, de manera problematizadora, la idea de
renovar la política. Esa parece ser la consigna
más repetida y, también, la más ambivalente, de los
últimos tiempos. Carga sobre sus hombros las dudas
sobre su contenido pero, al mismo tiempo, un
importante caudal de esperanza. Sin embargo, no
hablamos de cualquier política, sino de la política
progresista, la política de la izquierda
democrática.
Las
democracias latinoamericanas asisten a la irrupción
de esta promesa, en un marco de paradojas. Mientras
se han ido instalando como democracias electorales,
más parece alejarse de sí mismas la posibilidad de
una igualdad de resultados. Los gobiernos de
izquierda, en la región, han avanzado, a distintos
ritmos, demostrando que pueden gestionar la economía
tan bien como la derecha. Adicionalmente, un aspecto
claramente reconocible es el avance hacia la
instalación de sistemas de protección social que
abrigan la aspiración de superar la fórmula
neoliberal de la política focalizada y
asistencialista. Sin embargo, en muchos casos, las
transformaciones estructurales que permitan la
superación de la desigualdad y del abuso siguen
pendientes.
Los
ciudadanos de nuestros países, mientras tanto, han
aprendido a valorar autónomamente la democracia,
como sistema político y como forma de convivencia,
con independencia de su resultado en términos
económicos y sociales. Aunque la predisposición a
los autoritarismos ha ido desapareciendo de las
percepciones ciudadanas, la aceptación democrática
encierra dosis importantes de resignación y, en
muchos casos, un cierto cinismo frente a la
actividad política.
Renovar
la política es una apelación utilizada por actores
políticos y por coaliciones, especialmente tras una
derrota. Difícilmente se alude a ello mientras se
está en el ejercicio del poder. Pero ¿cómo se está
entendiendo y cómo se está llenando de contenido? En
algunos contextos, se asocia con el cambio por
rostros más jóvenes, interpretando la crítica a la
clase política como una de corte generacional. En
otros, se apela al cambio de estilos y se recurre a
las nuevas tecnologías de la información para
sintonizar con las demandas ciudadanas, incluso con
la pretensión de sustitución de la implementación de
fórmulas activas y presenciales de democracia
directa. Sin embargo, hay un área de la renovación
menos abordada: la relativa a los contenidos de la
actividad política. Resulta difícil que esta tarea
no incluya una reflexión inevitable: la relacionada
con los modelos de desarrollo y las estrategias para
lograr una transformación estructural que posibilite
que la distribución no sea asumida como una
dimensión “ex post” y en conciliación con la
sustentabilidad ambiental.
En
síntesis, la renovación de la política progresista
no sólo debe limitarse al cambio de rostros, sino a
una actualización profunda del diagnóstico de las
transformaciones sociales profundas, expresados en
programas políticos pero, indudablemente, también,
en fuerzas políticas.
¿Cómo
desafía este estado de cosas a las fuerzas
progresistas en el mundo? La respuesta a esta
pregunta, si bien se puede responder mejor hoy desde
América Latina por los procesos interesantes que han
venido teniendo lugar, no puede hacerse solamente en
clave latinoamericana. En Europa, ya hemos visto,
como la socialdemocracia alemana y el laborismo
inglés han experimentado sus respectivas derrotas.
¿Qué explica la situación de los socialdemócratas
alemanes y de los laboristas ingleses, así como el
triunfo de Sarkozy, en Francia? Obama, en Estados
Unidos, a pesar de instalar la necesidad de reformar
el sistema de salud, no logra satisfacer el cúmulo
de expectativas que estuvieron a la base de su
candidatura. Nuestro continente se ha visto menos
afectado que otros por la crisis financiera
internacional de 2008. Dicha crisis brindó la
oportunidad para que los gobiernos progresistas de
la región desarrollaran una política activa de apoyo
a los más vulnerables de sus sociedades, por cuanto
disponían de la solidez fiscal para hacerlo, como
fue el caso de Chile. Sin embargo, las elecciones
presidenciales de 2010 dieron el triunfo, por
primera vez en más de cincuenta años, a la derecha.
¿Cómo
puede ser posible que un gobierno progresista
atienda a sus ciudadanos más vulnerables, tenga una
Presidenta con récord histórico de popularidad, y no
tenga la capacidad de retener el gobierno? Como
respuestas parciales, surgen las asociadas al
agotamiento inevitable que produce el poder cuando
se detenta mucho tiempo, las dificultades para
captar las demandas ciudadanas en sociedades
altamente complejas y fragmentadas, la
intransferibilidad inherente a los liderazgos
carismáticos (como es el caso Bachelet), o la
incapacidad para transmitir a la ciudadanía la
importancia de generar sistemas de convivencia
sostenidos en valores como la solidaridad y el
compromiso, que es una de las claves del proyecto
progresista, frente a los promovidos por la derecha,
asentados en el esfuerzo personal y las
oportunidades, y que encierran cotas importantes de
egoísmo, individualismo e indiferencia por los
impactos sociales de la lógica de mercado.
Derrotas
y dificultades se interpretan, en muchos casos, en
clave partidaria. No podría ser de otra forma. Los
partidos políticos son indispensables para el
sostenimiento del régimen democrático pero, al mismo
tiempo, concitan unánime rechazo ciudadano. En
muchos casos, han terminado siendo aceptados como un
mal necesario, pero ello no garantiza la legitimidad
de la política. En lo que atañe a los partidos
progresistas, la crítica es aún mayor por cuanto
hacen de la participación y de la democracia la
esencia de su corpus de principios. Los partidos
progresistas, en muchas partes, se han ido
convirtiendo en aparatos de poder y dependientes de
liderazgos individualistas, incorporándose al “establishment”,
perdiendo su conexión con la base social y
priorizando lógicas tecnocráticas en la resolución
de los problemas.
El
progresismo, inevitablemente, se ha dejado arrastrar
por una de las dimensiones de la política, la que
dice relación con el poder, dejando algunas veces de
lado la preocupación por otras dos dimensiones
connaturales al quehacer político: la identidad y el
orden. Pero el progresismo no puede permanecer
indiferente frente a este estado de cosas por
cuanto, a diferencia de los neoliberales que
postulan un mundo apolítico e incluso, antipolítico,
reconoce que la política, no sólo cumple una función
tutelar y ordenadora en todas las sociedades sino
que es una dimensión insoslayable de la experiencia
humana.
Es por
ello que la quinta versión del Foro Anual del
Progresismo se centrará, no tanto en los dilemas
socioeconómicos que constituyeron el eje de la
reflexión de sus anteriores versiones, sino en los
cambios en la esfera política y en la organización
política y, más concretamente, en la necesidad de
actualizar las ideas y principios que sustentan el
proyecto progresista. No se trata solamente de
analizar lo sucedido con sus fuerzas políticas
tradicionales sino de ampliar la mirada,
incorporando fuerzas políticas que acogen demandas
asociadas tradicionalmente al progresismo. Más aún
nos asiste el convencimiento que se necesita, lo que
pudiéramos llamar, “un nuevo progresismo” que
desborde los domicilios partidarios corrientemente
asociados a la izquierda.
LA
ONDA®
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