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(I)
Poder, autoridad y
desobediencia
por Jorge
Majfud*
En
el siglo de las independencias (XIX), siglo de
predominio romántico en Iberoamérica, de rebeliones
y exaltación a la individualidad nacional, la
obediencia social —de clase, de sexo y de raza—
continuaba siendo un paradigma fundamental. El
libertador Simón Bolívar, como muchos otros, en sus
momentos de mayor producción intelectual dudó sobre
la conveniencia de un sistema democrático para
América Latina, no porque no tuviese fe en la teoría
que se había practicado en Estados Unidos sino
porque dudaba de las condiciones culturales de los
pueblos acostumbrados a obedecer. En su famosa
“Carta de Jamaica” (1815) a Henry Cullen, confiesa:
“En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los
talentos y virtudes políticas que distinguen a
nuestros hermanos del Norte, los sistemas
enteramente populares, lejos de sernos favorables,
temo mucho que vengan a ser nuestra ruina”
(Doctrina). Luego, citando a Montesquieu: “Es más
difícil sacar a un pueblo de la servidumbre que
subyugar a uno libre […] El Perú, por el contrario
[a la rebeldía del Río de la Plata], encierra dos
elementos enemigos de todo régimen justo y liberal:
oro y esclavos […]; el alma de un siervo rara vez
alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en
los tumultos o se humilla en las cadenas”.
La misma
idea repetirá el ensayista ecuatoriano Juan Montalvo
medio siglo después. Para Bolívar las divisiones son
propias de las guerras civiles entre conservadores y
reformadores. “Los primeros son, por lo común, más
numerosos, porque el imperio de la costumbre produce
el efecto de la obediencia a las potestades
establecidas; los últimos son siempre menos
numerosos aunque más vehementes e ilustrados”
(Doctrina).
Entre
estos últimos, estaban intelectuales liberales como
Estaban Echeverría, exiliado en Montevideo y autor
de El dogma socialista (1846): “Nosotros no exigimos
obediencia ciega, dice San Pablo, nosotros
enseñamos, probamos, persuadimos: Fides suadenda non
imperanda, repite San Bernardo”. Más adelante: “la
España nos recomendaba respeto y deferencia a las
opiniones de las canas, y las canas podrán ser
indicio de vejez pero no de inteligencia y razón.
[…] La España nos enseñaba a ser obedientes y
supersticiosos y la Democracia nos quiere sumisos a
la ley, religiosos y ciudadanos”.
Uno de
los mejores intelectuales argentinos de su época,
Juan Bautista Alberdi, todavía entendía el progreso
como el aumento de los mercados y la obediencia
laboriosa de sus individuos. “La industria es el
calmante por excelencia” (Bases). El mismo pensador
que en 1842 afirmaba ante un público de
universitarios en Montevideo que “la tolerancia es
la ley de nuestro tiempo” (Ideas), en 1852, en sus
Bases para las constituciones, insistía en la
sumisión de la mujer que recuerda al celebrado
clásico del Siglo de Oro español (y del misoginismo)
La perfecta casada (1583) de Fray Luis de León: “su
instrucción no ha de ser brillante. No debe
consistir en talentos e ornato y lujo exterior […]
no ha venido al mundo para ornar el salón, sino para
hermosear la soledad fecunda del hogar. Darle apego
a su casa es salvarla” (Bases). La misma idea es
reformulada en el siglo XXI por nuevos teóricos del
noepatriarcado en Estados Unidos: el patriarcado
favorece el aumento de la tasa de natalidad y, por
ende, la producción y predominio de un país a largo
plazo (Longman).
Cuatro
años antes Andrés Bello había advertido, desde una
perspectiva humanista, que “las constituciones
políticas escritas no son a menudo verdaderas
emanaciones del corazón de una sociedad, porque
suele dictarlas una parcialidad dominante”. Las
diferencias de clases impregnan todo el pensamiento
de los intelectuales de la época, mientras que las
diferencias raciales aparecen de forma explícita.
Para Domingo F. Sarmiento, reconocido pedagogo de la
época además de intelectual y presidente de la
nación Argentina, la educación se reducía a la
imposición de la disciplina, de la autoridad. “El
sólo hecho de ir siempre á la escuela, de obedecer á
un maestro, de no poder en ciertas horas abandonarse
a sus instintos, y repetir los mismos actos, bastan
para docilizar y educar á un niño, aunque aprenda
poco” (Berdiales). Su idea de la infancia (“un niño
no es más que un animal que se educa y dociliza”)
será también su idea del gaucho, del campesino y de
todas las clases marginales o subalternas de su
época. El mismo Alberdi, respondiendo al Sarmiento
de Facundo, en 1865 demuestra el progresivo cambio
de paradigma. El poder —entendido como el ejercicio
político de una minoría en la cúspide de la pirámide
social—, y luego la obediencia que lo realiza, ya no
es percibido como manifestación de Dios o como
fuerza organizadora de la sociedad sino como un mal
necesario destinado a decaer. Según Alberdi, “el
poder ilimitado de los recursos y medios de gobierno
de toda la nación absorbidos en Buenos Aires,
corrompió a Rosas como hubiera corrompido al mejor
hombre, armado de este poder sin límites”
(Barbarie).
Una
característica que nace con el humanismo seis siglos
antes es su rechazo a la autoridad; primero a la
autoridad intelectual, luego a la autoridad
política. Este rechazo —basado en los principios de
razón e historia contra autoridad y naturaleza—
provocará profundas reacciones, especialmente cuando
este paradigma se había consolidado en su expresión
teórica y en su retórica política, como en la España
del siglo XIX. Además de intelectuales anarquistas
como Pi i Margall, la poesía es en algún momento
concebida en un rol opuesto al tradicional. De la
antigua elegía o alabanza al vencedor, a los poemas
por encargo en adulación del rey, se pasa a la idea
de que el poeta “jamás usa sus conceptos en adular
el poder” (Zorrilla).
Este
rechazo se transforma en un tópico del pensamiento
del siglo XX: el poder y las posibles formas de
liberación de su imposición arbitraria. El
pensamiento posmoderno, con sus diversas y
contradictorias manifestaciones —el poscolonialismo,
el feminismo, las reivindicaciones de minorías
sexuales y raciales, la concepción de la historia
como un devenir sin objetivo, la multiplicidad de
puntos de vista, la micropolítica y las teorías de
la narración, el estructuralismo y el
antiestructuralismo — ha reincidido en una fuerte
crítica al poder como principal elemento creador de
la realidad. De ser una particularidad desde el
primer humanismo del Renacimiento, se convierte en
un principio “natural” del intelectual (prometeico)
moderno y posmoderno: según Edward Said, una de las
principales actividades intelectuales del siglo XX
ha sido el cuestionamiento y sobre todo la tarea de
“undermining of authority” (Representations). Así,
no sólo ha desaparecido el consenso sobre lo que
constituye la realidad objetiva, según Said, sino
además toda una serie de autoridades tradicionales,
incluida Dios o la supuesta voluntad de Dios.
Para que
esto sea posible, el individuo antes debe ser
representado como libre y racional (dos dimensiones
centrales del sujeto moderno). Como observó Cascardi,
este punto de vista conduce a la idea de un
individuo como un “espectador ideal”, independiente
del fenómeno que observa. El individuo es visto como
alguien que se ha liberado de las condiciones de un
mundo encantado o del encantamiento de la
naturaleza, tanto como de la necesidad de obediencia
a una autoridad exterior. Al mismo tiempo, este
individuo aparece como agente de cambio de ese mundo
exterior que, como consecuencia, debe derivar a un
estado conformado por individuos libremente
asociados. Razón por la cual el surgimiento de este
nuevo sujeto tiende a reemplazar la autoridad
religiosa por una práctica social basada en normas.
(Continuará)
Jorge
Majfud: Escritor uruguayo, nacido en Tacuarembó, en
1969. Estudió arquitectura graduándose en la
Universidad de la República. En la actualidad se
dedica íntegramente a la literatura y a sus
artículos y estudios han sido publicados en
diferentes medios de comunicación. Enseña Literatura
Latinoamericana en Jacksonville University – EEUU.
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