Brasil: los dos males
finalmente evitados
por el profesor Luiz Carlos Bresser-Pereira

La reciente elección nacionales en Brasil rechazó el udenismo moralista y potencialmente golpista y la americanización

de las discusiones políticas

 

Las elecciones del domingo 31 de diciembre, fueron libres y democráticas. Fueron propias de una democracia consolidada, porque Brasil cuenta con una gran clase media de empresarios y de profesionales y con  una clase trabajadora que participa del lucro de la productividad.

 

Porque cuenta con un sistema constitucional legal dotado de legitimidad y garantizado por un Estado moderno, que es efectivo en garantizar la ley y crecientemente eficiente en generar los servicios sociales y científicos que permiten reducir  su desigualdad.

 

Es verdad que los dos principales candidatos no consiguieron desarrollar un debate que ofreciese alternativas programáticas e ideológicas claras a los electores. Por eso, la gran mayoría de los analistas los criticó. Creo que se equivocaron.

 

El debate no se dio porque la sociedad brasileña es hoy una sociedad más unida que dividida. Sin duda, la fractura entre los ricos y los pobres sigue siendo fuerte, como lo demostraron las encuestas electorales. Pero hoy, la sociedad brasileña es lo suficientemente unida para no permitir que candidatos con programas muy diferentes tengan posibilidades iguales de ser electos – lo que es buena cosa.

 

Los dos males que de hecho rondaron las elecciones del 31 de octubre fueron los males del udenismo moralista y potencialmente golpista y el de la americanización del debate político.

 

Cuando sectores de la sociedad y militantes partidarios afirmaron que la candidata electa representaba una amenaza para la democracia, para la Constitución y para la moral pública, estaban retomando una práctica política que caracterizó a la UDN (Unión Democrática Nacional), el partido político moralista y golpista que derrocó a Getúlio Vargas en 1954.

 

No existe nada más antipolítico o antidemocrático que este tipo de argumento y de práctica. Las tres acusaciones son gravísimas; si fuesen verdaderas - y sus proponentes siempre creen que lo son - justifican el golpe de Estado preventivo. Felizmente la sociedad brasileña tuvo madurez y rechazó este tipo de argumento.

 

En cuanto al mal de la americanización de la política, entiendo por eso la mezcla de la religión con la política en un país moderno. Los Estados Unidos, que al final de la Segunda Guerra Mundial eran el ejemplo de democracia para todo el mundo, experimentaron desde entonces una decadencia política y social que tuvo como una de sus características, la invasión de la política por temas de base religiosa como la condena del aborto.

 

De repente un candidato pasa a ser amigo de Dios o del diablo, dependiendo de que esté  "a favor de la vida" o no. La separación entre la política y la religión - la secularización de la política - fue un gran avance democrático del siglo XlX. Volver a unirlas, un gran atraso, la vuelta a la intolerancia.

 

La sociedad brasileña resistió bien a las dos amenazas. Y la democracia salió incólume y reforzada de las elecciones. En su primer discurso luego de la elección, Dilma Rousseff reafirmó su compromiso con los pobres, al mismo tiempo en que se dispuso a realizar una política de conciliación, no haciendo distinción entre victoriosos y vencidos.

 

Estoy seguro que será fiel a este compromiso, como lo fueron los últimos presidentes. Nuestra democracia lo exige y permite. 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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