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Etnografía de una
banda de cumbia villera
por
Joaquín Venturini
joacovent@gmail.com
Hacia
una comprensión de la
identidad plancha desde
las
industrias culturales[i]
En este artículo exponemos el
trabajo y las conclusiones de un estudio
etnográfico sobre una conocida banda de cumbia
villera uruguaya, agrupación que en este trabajo
llamamos con el nombre ficcional, La Banda, con
el fin de preservar la identidad de nuestros
comunicadores. Se busca, en primer lugar, dar
cuenta de las particularidades de la identidad
social plancha a partir del estudio de un
exponente de la “industria cultural” o,
delimitando la amplitud de este término, decimos
también “industria sonora”.
El trabajo de campo, en tanto
investigación de la realidad social empírica,
consta de dos partes. La primera consiste en el
trabajo de campo realizado con la agrupación de
cumbia villera mencionada. Los semantemas de
letras de canciones de la agrupación nos brindan
un ejemplo de condensación simbólica del
estereotipo del plancha. La segunda parte
consiste en un estudio semiótico sobre las
campañas de marketing que permitieron a la
supermarca Nike consolidarse como líder en el
mercado de la ropa deportiva a nivel mundial y
que cautivó tanto la sensibilidad de los jóvenes
de clases bajas, permitiendo la configuración de
un nuevo sentido estético para la gratificación
hedonística y la identificación afirmativa o
emblemática del individuo.
Estereotipo cultural
del plancha en el imaginario social
Los estereotipos
culturales son, como todas las tipificaciones,
condensaciones simbólicas donde se concentran, por
metonimia, los rasgos más significativos,
característicos y exclusivos del grupo al que se
está estereotipando.
Así como las
“representaciones sociales” (Bourdieu 2004) no son
necesariamente muestras representativas de las
características objetivas de un grupo tomado como
una población concreta determinada, los estereotipos
culturales no tienen por qué ser cuantitativamente
representativos de condiciones objetivas de
existencia, aunque esta posibilidad nunca es del
todo descartada. Estos funcionan como esquemas
orientadores de juicios y prácticas con la función
primera de salvaguardar los prejuicios, la
sensibilidad y los valores, y todo aquello que,
siguiendo a Maffesoli (2004), entendemos como lo más
íntimo, pre-conceptual e irracional del sujeto.
Siguiendo a Geertz (1992) en su concepción de
“primordialismos”, entendemos que lo emocional tiene
un estatuto primario e infraestructural en lo que
concierne al sujeto.
El estereotipo del
plancha difundido en el imaginario social tiene al
menos dos niveles de diferenciación de cualidades
socioculturales que conviene separar.
En primer lugar hay
un habitus de clase. A este habitus
corresponde un sociolecto lunfardo, con
gesticulación ampulosa y alto volumen de voz en el
habla. El sociolecto que abarca las clases populares
se caracteriza por ser más informal que los de
clases superiores, siendo estos otros más cercanos
a normas sancionadas institucionalmente como las
maneras correctas del habla. El lunfardo varía en su
informalidad, mostrando matices de diferenciación en
la medida en que nos acercamos más a la infraclase
del proletariado desclasado. El volumen fuerte de
voz, sumado a la ampulosidad y excesividad de los
gestos es interpretado por las personas de clases
superiores como signo de falta de sofisticación. El
sociolecto lunfardo de las clases más bajas y los
gestos bruscos e indiscretos resultan extremadamente
groseros para la sensibilidad pequeño-burguesa del
imaginario social imperante.
Esta diferencia
social fundamental se refuerza por los fenotipos de
piel oscura comunes en los sectores relegados de la
sociedad. Es sabido que en América latina el color
de piel tiende a oscurecerse a medida que
descendemos en las jerarquías sociales. La
diferenciación en fenotipos refuerza la
diferenciación social inscripta en el habitus
de clase.
En segundo lugar, hay
formas de elaboración estética que se erigen y
desarrollan sobre los habitus de clase. En
este nivel “superestructural” es donde se inscriben
los gustos musicales y las preferencias por estilos
de vestimenta, así como otras formas ociosas y
hedonísticas de gratificación que pasan por la
esfera del consumo y del tiempo privado, fenómeno
gratificante esencial a la cultura posmoderna.
La imagen típica del
plancha en el imaginario social es la de un joven
que viste pantalones amplios, ya sea jean o
jogging; que usa buzo de tipo canguro con
capucha y o campera de estilo deportivo o polar,
como las camperas Alfa. A esto se le suelen sumar
como accesorios el uso de caravanas en las orejas y
de pierciengs en la cara, estos más propios
del estereotipo de la chica plancha. El estereotipo
de las chicas suele asociarlas más a camperas
deportivas para mujer que a buzos canguro, que son
más propiamente masculinos. Los jeans de las chicas
planchas suelen ser muy ajustados a las piernas y se
usan colores claros. También se estila mucho el uso
de calzas.
El peinado que
condensa más fuertemente como metonimia la imagen
del plancha en el imaginario social es el del pelo
muy corto teñido de amarillo. Pero que sea la imagen
metonímica por excelencia no quiere decir que sea
ampliamente predominante. Hay otros peinados que se
estilan y que también funcionan como imágenes
representativas, típicamente plancha. El pelo
cortado muy corto con un cerquillo que se pega con
gel a la frente es muy exclusivo del plancha y no
tiene por qué ser amarillo. También se lo usa
engominado formando pequeños pinchos hacia arriba.
Las chicas usan el
pelo largo y sus peinados no resaltan demasiado del
conjunto de posibilidades de peinados femeninos que
existen en el amplio espectro de nuestra cultura.
Pero sí podemos advertir algunos estilos exclusivos
de las chicas planchas a la hora de estilizarse para
las salidas de fin de semana en la noche. Se suele
usar el pelo atado en un moño fuerte, muy apretado
contra la cabeza. Son muy populares las vinchas de
tela, y también se estilan las trenzas jamaiquinas,
aunque de manera menos frecuente.
Pero lo más
importante y decisivo de la vestimenta y accesorios
son las zapatillas deportivas con resorte,
ampliamente asociadas al logotipo de Nike, tanto
para los hombres como para las mujeres; y los gorros
de visera, que se usan tanto con la visera hacia
delante como hacia atrás, aunque estos son más
propios de los hombres.
De este modo, las
estilizaciones en la indumentaria y en los gustos
musicales se levantan sobre la condiciones más
infraestructurales de existencia, las del habitus
de clase.
Estas estilizaciones
podrán tratar de encubrir las diferencias sociales
básicas. En este caso, los gustos de las clases
populares aceptan generalmente los gustos de las
elites culturales hegemónicas como legítimos. En
este intento de apropiación de las prácticas de
consumo cultas, Bourdieu encuentra lo que él llama
“desocultamiento por hipertrofia” (Bourdieu 2004).
En este caso, los individuos de clase baja revelan
su condición de agentes profanos y extraños a lo
culto al apegarse demasiado a la norma, a la
ceremonia con que llevan a cabo los consumos cultos
y a la falta de distancia humorística en su forma y
dosis adecuada para miniaturizar y contrarrestar lo
agobiante de esa solemnidad. Lo importante a
destacar aquí es que existe un lazo social de
reconocimiento hacia las clases superiores en el
cual el resentimiento por la exclusión se ve
atenuado por el respeto.
Por otro lado, los
estilos podrán acentuar aún más las diferencias
sociales ya dadas en el primer nivel. Los individuos
de clase baja querrán diferenciarse en sus gustos y
prácticas de las maneras sancionadas y legitimadas
por el imaginario pequeño-burgués. Las prácticas
inscriptas en este segundo nivel tienden a potenciar
lo contracultural ya inserto en el primer nivel,
creando verdaderas fracturas sociales. Los nuevos
estilos irán en otra dirección de simbolización de
identidad, apartándose de los cánones estilísticos y
de las prácticas legítimas.
Lo dicho abarca principalmente
a los jóvenes y adolescentes. La adolescencia es de
por sí un fenómeno contracultural[i].
Combinada con las cualidades contraculturales de las
clases excluidas, se entiende que las prácticas que
más atentan contra el orden legítimo sean las de
jóvenes de clase baja.
Este es el caso de
una sociedad en la que las promesas de dignificación
social de la clase baja a través de la cultura de
trabajo no se cumplen, en el amplio contexto de una
cultura cínica (Zizek 2005).
Características
líricas de la cumbia villera
A partir de
investigaciones anteriores realizadas por sociólogos
y antropólogos en Argentina y de nuestra propia
labor de análisis de contenidos, detectamos seis
tipos de semantemas constantes en los contenidos de
letras de cumbia villera. Estos son:
a. la presencia del
delito y la violencia callejera;
b. el abuso de drogas
ilegales y alcohol;
c. alusión a la
sexualidad con metáforas ofensivas y objetificación
de la mujer como objeto parcial;
d. elogio al
“aguante” y al “descontrol”
e. el villero
contrapuesto a los “chetos” y la “yuta”; oposición
entre los símbolos de masculinidad y feminidad en
las representaciones populares;
f. reificación de los
fenotipos de piel oscura en el nivel sociocultural y
reivindicación de estos.
A diferencia de lo
que sostienen algunos autores, no vemos en la cumbia
villera un fenómeno musical popular contestatario.
Suele entenderse que la intención principal de la
música contestataria es la de criticar normas,
prácticas e instituciones sociales dominantes. Esto
sitúa a los músicos contestatarios en un sector del
campo musical distinto del de los géneros musicales
más comerciales. La música contestataria responde a
otras necesidades de gratificación ociosa vinculada
a movimientos políticos de transformación o
resistencia. La militancia política es del orden de
la esfera pública y de la crítica racional,
evidentemente inscripta en lo que Durand (2004)
entiende como el Régimen Diurno del Imaginario y
sometida a lo que Maffesoli (2004) comprende por
principio apolíneo de la socialidad.
La cumbia villera es
un subgénero de la música tropical. En estas
latitudes, la música tropical entra en el sector de
la música comercial, dentro de una gran
clasificación comercial llamada pop pan-latino,
hecha para la cultura de masas. La finalidad
principal del producto musical hecho para la cultura
de masas es la del entretenimiento. Si algún
componente lírico pasa por ser crítica o denuncia,
es porque lo lúdico y humorístico de la cumbia
villera pasa justamente por la ofensa. Y lo que
puede parecer crítica es más bien colateral,
secundario.
Formación de La Banda
La Banda es el tercer
producto musical de una de las más importantes
productoras de música tropical a nivel nacional. A
esta pertenecen también algunas importantes
agrupaciones de plena que lideraron el boom
de la cumbia en el año 2000. “Pertenencia” es el
término correcto, y no meramente “representación”,
como sería el caso de artistas que son dueños de su
trabajo pero que, al necesitar de medios de
promoción y difusión, ceden un porcentaje de las
ganancias de sus obras a los intermediarios
involucrados en el proceso.
Los integrantes de La
Banda, al igual que sus pares de la plena, no son
“artistas” en el sentido estricto que los campos
artísticos, mejor dotados de capital simbólico y
cultural, y consagrados por las elites sociales como
arte legítimo, le dan al término “artista”. Los
integrantes de estas agrupaciones no participan del
proceso de composición de la música o las letras. De
esto se encargan los músicos asociados al dueño de
la productora, quienes participan directamente de
las ganancias de venta de discos y de contrataciones
para espectáculos, mientras que los “artistas” que
actúan en el escenario reciben una paga por cada
actuación realizada.
Las características
del trabajo de estos intérpretes y las relaciones de
contrato que mantienen con sus respectivas
productoras han sido ampliamente descritas (Cragnolini
2006; Vila et al 2006). La Banda no es la excepción
a la regla.
No se trata solamente
de contratación de músicos jóvenes e inexpertos sin
mayores aspiraciones profesionales en el campo de la
música, cuyas ambiciones económicas, muchas veces,
no sobrepasan el querer subir al escenario y viajar,
como lo señala Cagnolini (2006).
Las más de las veces
el espectáculo de La Banda consiste en un
playback musical y a veces también de las voces
mismas, reduciéndose el papel de quienes encarnan a
la banda en el escenario al de animadores que actúan
como si tocaran y cantaran. En contadas ocasiones se
hace media pista en playback, siendo las
voces, el bajo y el teclado los instrumentos que se
escuchan realmente en vivo, mientras que las pailas,
las tumbas y otros acompañamientos en percusión son
grabaciones.
El proyecto de La
Banda surgió con la intención de aprovechar la moda
de la cumbia villera entre los consumidores de
música tropical, especialmente entre los sectores de
clase baja de la población joven. Se llamó a
casting en diciembre de 2004 y se seleccionaron
seis integrantes: cuatros músicos y dos cantantes.
Desde entonces, los únicos miembros estables de la
agrupación fueron los dos cantantes.
Contenidos de las
letras de La Banda
Las letras de La
Banda no pretenden ninguna innovación con respecto
al género de cumbia argentino fundado por Pablo
Lescano, cantante y tecladista de Damas Gratis. Por
tratarse de un producto artístico de la esfera más
evidentemente comercial de la industria sonora, se
intenta repetir exactamente las mismas
características que hacen gratificante para la
audiencia un producto ya conocido.
Ahora bien, a un producto
musical de eficacia comprobada se le suele añadir un
sello distintivo que permita un punto de inflexión o
diferenciación con respecto al producto original que
se está imitando[ii].
Esa marca propia suele reducirse a elementos
extra-musicales, a características que en realidad
tienen que ver con la puesta en escena, como lo
puede ser el carisma del intérprete o la buena
apariencia, sin descartar del todo la posibilidad de
algunas marcas de diferenciación en el producto
estrictamente musical.
Para el caso de La
Banda, la marca de diferenciación con respecto a los
productos musicales de cumbia villera, importados
desde la Argentina, será el empleo del término
“plancha”. El álbum incluye la palabra “plancha” en
su título, con la intención de separarse de la
cumbia villera como subgénero y presentarse como
algo más novedoso de lo que realmente era como
producto musical.
Los contenidos
líricos recurren a los semantemas propios de la
cumbia villera, pero estos se encuentran coartados,
domesticados. Aunque sea tan sólo en dos de los
semantemas mencionados.
La “legitimación del delito y
la violencia callejera” se ven reducidas a “apología
de la violencia callejera”. Con esto queremos decir
que lo que se defiende o aboga explícitamente es la
violencia callejera y no el delito, como forma
radical de esta. El delito, como semantema, queda en
los contenidos latentes de la letra para quienes
quieran gozar de la apología al delito callejero
escuchando entre líneas[iii].
Las metáforas
sexuales ofensivas para la sensibilidad y los
valores pequeño-burgueses del imaginario social
imperante no son tan agresivas como las de la cumbia
villera argentina. Por ejemplo:
Tábamos todos los
planchas de bardo tomando un vino en la esquina
Pasó
tu novia y nos miró, y le pelamos la morcilla
(La Banda).
La metáfora de
“morcilla”, si bien lo suficientemente ofensiva como
para despertar las críticas más acérrimas, no es tan
agresiva como los contenidos manifiestos de
canciones como “La piba lechera” (Pibes Chorros).
A pesar de estas
sutiles domesticaciones, las letras de La Banda son
lo suficientemente ofensivas como para ganarse un
lugar legítimo en la estigmatización que recae sobre
la cumbia villera por el lenguaje extremadamente
lunfardo y bajo de sus letras. Además, en lo que
concierne a la degradación de la mujer en objeto
parcial y la referencia a al ejercicio del sexo sin
atisbos de sentimientos beatíficos, las letras de La
Banda son tan “vulgares” como los principales
conjuntos argentinos de cumbia villera.
La conversión del
estigma en emblema
La proliferación de
jóvenes que se identifican con lo plancha en los
últimos años es visible en el paisaje urbano de
Montevideo. Sobre todo en liceos públicos de ciclo
básico, donde el look plancha es
prácticamente el único que se ve.
La expansión masiva
de una identidad cargada de tantas propiedades
estigmatizantes debe comprenderse en un contexto
social de pesimismo, como lo sugiere el desarrollo
que hace Zizek (2005) de la posmodernidad
como una cultura cínica.
Los adolescentes de
clases bajas se enfrentan a dos grandes exclusiones.
La primera, una privación de identidad afirmativa al
ver negada su dignidad social en la clase a la que
pertenecen. Las segunda, una privación de lo
suntuario de la adolescencia, etapa de vida
hedonística por excelencia en la que los individuos
tienen permitido “pasarse” y derecho a ser servidos
por sus padres o tutores legales. Son los tutores
quienes hacen frente a las condiciones objetivas que
permiten sostener el nivel de vida que llevan los
hijos. Pero los jóvenes de clase baja se ven
privados de ese derecho en buena medida.
Los procesos de lumpenización
de las clases bajas que admiten prácticas delictivas[iv]
surgieron para exorcizar las identificaciones
privativas que reciben de las clases superiores y la
imposibilidad de acceder a los consumos más gozosos
de una cultura hedonística.
El procedimiento de
legitimación de prácticas sociales y acciones
concretas tan condenadas por el orden legítimo
requiere de una ruptura intensa y violenta con ese
mismo orden. Existen diferentes grados de
estigmatización. Cuanto mayor es la distancia entre
agentes distintos en diferentes posiciones del
espacio social, mayor es la violencia simbólica como
fuerza de repulsión actuante entre los mismos. Pero
no se trata de una relación meramente relativa. Una
de estas posiciones goza de legitimidad social
mientras que la otra, no. Esto afecta profundamente
a los individuos estigmatizados, ya que los efectos
del estigma se inscriben profundamente en la
apreciación de sí mismos (Goffman 2006). La
conversión de características tan estigmatizadas en
emblemas de honra al interior de la subcultura
plancha, requiere de grandes cantidades de energía
social sin sublimar. Esto explica la virulencia y lo
exacerbado con que estos emblemas deben ser
asumidos.
“Las balas van detrás”[v].
La condensación de lo deseable en Nike
Con riesgo de
excesiva simplificación, no queremos dejar de
mencionar en breves líneas los aspectos simbólicos
más notables condensados en la marca Nike.
Algo de la base
simbólica de la experiencia subjetiva es fuertemente
canalizado por la de marca número uno de ropa
deportiva en todo el mundo. La dignidad concedida al
logotipo no es, para nada, un fenómeno exclusivo de
las subculturas marginales uruguayas. El fenómeno
fue claramente documentado indistintas zonas de
América latina y Estados Unidos.
El prestigio del que gozan los
principales atletas del mundo se fusiona
simbólicamente con la imagen de Nike en una densa
experiencia de vida, de don y potencia que permiten
el goce más importante de bienes tangibles que
dimanan hedonismo[vi].
Entre pipas Nike y
cumbia villera
Música y ropa, cumbia
villera y Nike. Son los dos marcadores identitarios
que permiten positivar su identidad a los jóvenes de
clases excluidas privadas de los beneficios
simbólicos y gozosos del consumo hedonístico, tan
caro a la gratificación posmoderna volcada en la
esfera privada de lo social y tanto más importante
para los jóvenes y adolescentes de hoy.
En un futuro cercano
esperamos poder compartir más avances de este
estudio de caso, así como los pormenores y
dificultades surgidas en el trabajo de campo. Más
que nada, esperamos poder seguir avanzando en la
cuestión de la potente valoración que se le da a los
bienes materiales y tangibles en detrimento de la
valoración de cualidades intangibles y virtuales,
como lo son la personalidad, la moral, la cultura de
trabajo y otras características éticas del orden
social, desde una perspectiva de la violenta
materialzación de lo social en la apariencia
individual como tendencia de la cultura de masas.
[i]
Lo que para nada quiere decir
“contra-ideológico”. La ideología es algo
más conceptual, racional y de mayor
capacidad crítica y renovación que la
adolescencia. Muy alejada de la acepción
política e ideológica subyacente en la
acepción de “discurso”, lo contracultural no
tiene rigor conceptual en sus contenidos.
Siguiendo a Durand (2004) decimos que la
adolescencia está regida fundamentalmente
por símbolos nocturnos, y siguiendo a
Maffesoli (2004) diremos que el
“neotribalismo posmoderno” es la máxima
expresión sociocultural del fenómeno de la
adolescencia. Ambos autores tienen un lugar
privilegiado en esta investigación por sus
concepciones de lo nocturno, lo dionisíaco y
hedonístico y la importancia que estos
principios tienen para nosotros en el papel
preponderante del consumo, según el esquema
bourdieano, en la cultura posmoderna.
[ii]
El problema de los cientos de pequeñas
agrupaciones que imitaron incesantemente al
producto original de Damas Gratis y de haber
pasado rápidamente al olvido después de tres
meses de actuación fue no haber encontrado
un sello distintivo que borrara las huellas
de la continuidad inmediata con el producto
imitado.
[iii]
La canción “Somos rastrillos” habla en
realidad de políticos corruptos, pero la
repetición del verso “somos rastrillos”
descontextualizada en el estribillo permite
gozar otro significado.
[iv]
Aunque con matizaciones sobre a quienes hay
que robar, como señalaron, respecto a grupos
de planchas estudiados en contextos
críticos, María José Aragor et al
(2009). Los valores populares materializados
en el territorio barrial, lo que Gravano
(1988) entiende por barrialidad, llevan a la
elaboración de un código de delincuente que
tiene la dignidad de no robar a sus
vecinos. Esta importante distinción está tan
extendida y naturalizada entre las clases
bajas de la sociedad que José “El Peluca”
Valdez, ex líder del Movimiento Plancha,
dijo en un reportaje televisivo a Telemundo
“hay que volver a los códigos de antes, no
hay que robar en el barrio”, palabras que
demandaron una importante corrección
conceptual, y no meramente sintáctica ni
estilística, por parte del senador del
Partido Colorado, Luis Hierro López.
[v]
Referencia a la canción “Nike es la cultura”
del grupo de rock argentino, “Patricio Rey y
sus Redonditos de Ricota”.
[vi]
¿Por qué la ropa deportiva y los atletas más
consagrados son objeto de tanta veneración?
¿De dónde viene la potencia que encarnan
como deidades posmodernas? ¿por qué, más
allá del descreimiento por las instituciones
políticas y la esfera pública, la
legitimidad persiste en estas estrellas?
Esta y otras preguntas son ineludibles para
comprender la fascinación que ejerce Nike
sobre sus consumidores y, particularmente,
sobre la fascinación que ejerce sobre los
jóvenes de clases marginadas.
LA
ONDA®
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