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¿Creemos o no
creemos a Assange?
por
Andrés Villena
En
tiempos de relativa oscuridad como los que estamos
viviendo, somos muchos los que deseamos encontrar
algo en lo que creer ‘definitivamente’. No es menos
cierto que, después de tantas decepciones y engaños,
escrutamos con una enorme desconfianza cualquier
alternativa que prometa un nuevo modo de hacer las
cosas: detrás de estas podemos llegar a intuir una
nueva vuelta de tuerca o una mayor caída en las
sombras.
Algo así
sucede con la organización WikiLeaks y con su líder,
Julian Assange, encarcelado desde hace unos días por
un dudoso delito aún pendiente de juzgar. Las
distintas manifestaciones y concentraciones a su
favor están enfrentando diversos modos de entrar en
contacto con el nuevo fenómeno mediático. Es
relativamente normal y frecuente que estas posturas
devengan en antagónicas y simplificadas. Es un
problema bastante frecuente, pero que hay que
detectar si queremos extraer una buena lección de lo
que está sucediendo y de lo que podría ocurrir en el
futuro.
Lo
sucedido con WikiLeaks podría contemplarse como una
trama de ficción, propia de una novela de Stieg
Larsson: una organización independiente comienza a
publicar incómodos secretos de Estado que dejan al
desnudo el modo de hacer del último imperio que
conocemos; acto seguido, el máximo responsable de
estas informaciones es encarcelado por dos supuestos
delitos sexuales. La violencia difusa, latente, se
materializa y encarcela, como en las peores
dictaduras, al mensajero de las malas noticias. Los
ciudadanos salimos a manifestarnos por la libertad
de información. El sospechoso ocupa la portada de la
revista Time.
Las
teorías de la conspiración son inevitablemente
atractivas: ¿y si Assange no fuera más que un
señuelo, un tonto útil, dormido y controlado por las
élites económicas, militares y políticas, con el
objeto de restringir aún más las libertades? Todo
habría sido una descarada pantomima que ocultaría
cosas peores. Investigar sobre ello acabaría por
producir una especie de derrumbe de fichas de dominó
que nos llevaría, de paso, a conocer las verdaderas
motivaciones detrás de los atentados del 11 de
septiembre de 2001. Lo único que tenemos seguro en
la vida, además de nuestra futura muerte, es la
permanente incertidumbre que nos rodea. Poner esta
en marcha y explotarla está al alcance de mucha
gente gracias a las nuevas tecnologías.
No hace
falta rechazar a WikiLeaks como si de una
encarnación del demonio se tratara para mantener una
postura crítica. Es posible que, con una información
tan valiosa y relevante, determinados dirigentes de
esta organización hayan tratado de llegar a
interesantes tratos con los diferentes poderes
implicados. ¿Cuándo termina la explosiva libertad de
contarlo todo y comienza la lucrativa tendencia
extorsionadora que caracteriza muchas de las
actividades de los medios de comunicación?¿Acaso no
merecería la pena que se supiera el veinte por
ciento de lo que está sucediendo, de verdad, en el
mundo, a cambio de conservar oculto el otro ochenta?
Algo más
que el crédito de Assange, y el de WikiLeaks, se
deciden por estas fechas. Lo más importante es el
mecanismo que estas publicaciones han desencadenado
en la sociedad: hay una influyente masa crítica
esperando una nueva chispa para comenzar a consumir
productos diferentes, la única vía hoy existente
para cambiar el estado de las cosas. Ernesto ‘Che’
Guevara quería “cien Vietnams” en la Tierra para
acabar con el capitalismo; la Web perseguida ya ha
sido clonada más de mil veces. Merece la pena seguir
atentos.
*Licenciado español en
Economía y en Comunicación Audiovisual.
Fuente:
Público com
LA
ONDA®
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