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Estados Unidos, Turquía y la
crisis del sistema occidental
por
Tiberio Graziani *
Una vez archivada por la historia la
coyuntura unipolar, el sistema occidental liderado
por los estadounidenses parece haber entrado en una
crisis irreversible. El crac económico-financiero y
la pérdida de un seguro pilar del edificio
geopolítico occidental, el ofrecido por Turquía,
corroboran el fin del impulso propulsor
estadounidense.
Los EEUU se hallan actualmente ante
una decisión histórica: arrinconar el proyecto de
supremacía mundial y, por consiguiente, compartir
con los demás actores globales las opciones
existentes en la política y en la economía
internacional, o bien insistir en el proyecto
hegemónico y arriesgar su propia supervivencia como
nación.
La elección entre una y otra opción
vendrá impuesta por las relaciones que se
instaurarán, en el corto y medio plazo, entre los
grupos de presión que condicionan la política
exterior americana y la evolución del proceso
multipolar.
La
grieta turca
La consolidación del actual contexto
multipolar y la constante ampliación de las esferas
de influencia económica y geopolítica de algunos
países eurasiáticos y suramericanos, imponen
opciones decisivas para la actual administración
norteamericana. Esto ocurre en un momento en el cual
Washington parece no estar en condiciones de
orientar la crisis económica y financiera que ha
embestido al sistema occidental, del que constituye
el centro geopolítico, ni las relaciones con los
mayores países eurasiáticos (Rusia, India, y China).
Estos últimos – con un creciente sentido de la
responsabilidad- dictan la agenda de los principales
asuntos internacionales. Además, a este cuadro hay
que añadir las dificultades que el Pentágono
encuentra diariamente para coordinar con eficacia el
mastodóntico y costoso despliegue militar puesto
sobre el terreno a partir de la primera guerra del
Golfo. La debilidad norteamericana se refleja, en
particular, en el torpe intento de Obama y de la
Clinton en paliar algunas situaciones críticas, como
las del Cercano y Medio Oriente. En este ámbito de
importancia fundamental para la estrategia
expansionista de los EE.UU en la masa eurasiática,
el precioso aliado turco, baluarte al mismo tiempo
tanto de los intereses occidentales como de aquellos
específicos de Tel Aviv, ha adoptado ahora
posiciones heterodoxas con respecto a las
indicaciones provenientes de Washington.
Esto ha introducido un elemento de
desestabilización dentro de la arquitectura
geopolítica proyectada por los EEUU.
La grieta turca
recuerda a los estrategas estadounidenses otro duro
golpe, el sufrido a finales de los años 70 con la
pérdida de Irán como peón en el “gran juego” que en
esos momentos sus predecesores dirigían contra la
Unión Soviética. Ahora, en un contexto global
distinto, marcadamente multipolar, la grieta turca
podría revelarse desastrosa para el sistema
americano-céntrico por lo menos en cinco ámbitos.
El primer ámbito es
el relativo al dispositivo militar occidental por
excelencia, es decir, la estructura de la OTAN. ¿Por
cuánto tiempo aún el actual aparato dirigido por
Rasmussen podrá tolerar la excentricidad de uno de
sus miembros, abiertamente alineado en posiciones
anti-israelíes y, por consiguiente, antiamericanas?
¿Se halla la OTAN en condiciones de equilibrar las
expectativas turcas de desempeñar un papel regional
de primer orden, sin irritar al aliado israelí?
Estas son sólo dos de las preguntas que podrá
responder una nueva y adecuada reformulación de la
finalidad de la ya tambaleante institución
transatlántica, más allá del «punto de inflexión
histórico» de la reciente cumbre de Lisboa
(noviembre de 2010).
El segundo ámbito se refiere a las
relaciones entre Ankara y Bruselas.
La
nueva Turquía de Erdogan está lista para entrar en
la Unión Europea, pero Downing Street (el aliado
estratégico de los EEUU) y el Elíseo obstaculizan el
proceso de inclusión con el insignificante pretexto
de los derechos humanos, arsenal ideológico puesto a
punto por los think tank americanos y adoptado por
el Viejo Continente, en particular por Sarkozy.
Si Turquía es rechazada nuevamente,
ésta fortalecerá ulteriormente las relaciones con
los otros mercados (Rusia, Irán, China),
consolidando directamente el área
económico-productiva de la masa eurasiática.
El tercer ámbito, que
en parte guarda relación con el segundo, tiene que
ver con el Mediterráneo. Turquía, considerada como
la cuarta península europea, parece atraer cada vez
más los intereses económicos de los países
ribereños, sean los de Europa meridional, sean los
norteafricanos. A favor del reforzamiento de los
intereses económicos existentes entre Turquía y los
países del Mediterráneo está jugando un papel
particular el proyecto South Stream, ideado por
Moscú.
El cuarto ámbito
concierne a las relaciones que existen entre Turquía
y las repúblicas de Asia central. Turquía constituye
una vía de circulación hacia Asia central, es decir,
hacia ese espacio cuya hegemonía ambiciona
Washington desde el desmoronamiento de la URSS.
Mientras que Turquía seguía con diligencia las
indicaciones de los EE.UU., Washington facilitaba
sus presiones pan-turcas (por otra parte
oportunamente activadas en el contexto de la
desestructuración de la confederación yugoslava)
hacia las repúblicas de Asia central (los «Balcanes
eurasiáticos», según la definición programática de
Brzezinski), con el fin de aumentar las tensiones
endógenas, principalmente en función antirusa y, en
perspectiva, con una manifiesta función
antieurasiática. Ahora que Ankara parece dispuesta a
aumentar sus propios niveles de autonomía, las
relaciones que ha establecido con las repúblicas de
Asia central, por otro lado convenientemente
equilibradas con las establecidas con Moscú, no son
bien vistas por Washington. De ahí la reciente
demonización de Turquía realizada por los medios de
comunicación occidentales.
Por último, por lo que respecta al
quinto ámbito, vale la pena señalar que las buenas
relaciones que Ankara mantiene con Moscú, Pequín,
Teherán y los mayores países de Suramérica preludian
un cambio de ruta geopolítica por parte de Turquía.
Este cambio va inequívocamente en la
dirección de un fortalecimiento del nuevo escenario
policéntrico.
Érase una vez
Occidente
En el cuadro de lo
anteriormente esbozado, el sistema occidental
conducido por los EE.UU corre el riesgo de
implosionar. Su expansión hacia Oriente está
prácticamente deteniéndose, en virtud del recobrado
protagonismo de Moscú en la escena internacional y,
sobre todo, debido a las desastrosas campañas
afganas e iraquíes que el Pentágono y Washington no
logran controlar. En África, la competencia con
China plantea problemas cruciales para todo el
Occidente. Puesto que ni Washington, ni Wall Street,
ni el Pentágono/OTAN – a pesar de la puesta en
escena del Africacom- logran asegurar una
contraposición eficaz a la marcha de los chinos por
el continente negro, es razonablemente previsible (y
deseable para toda Europa) que algunos países
europeos, conscientes de sus propios intereses,
intenten buscar en el futuro próximo una adaptación
al transformado escenario internacional, activando
nuevas relaciones con China y con los países
africanos, caracterizadas por la cooperación
bilateral.
En Japón, a pesar del
fracaso del gobierno Hatoyama, veladamente
antiestadounidense, la reflexión crítica relativa a
las ventajas que Tokyo obtendría aún en el contexto
de las relaciones nipo-americanas instauradas
después de 1945, continúa alimentando el clima de
recelo hacia Washington, desgastando día a día la
hegemonía americana en lo que respecta a las
elecciones de fondo de los japoneses.
La América indiolatina ya no
representa el «territorio de caza» de los EE.UU.
útil para sus incursiones imperialistas, como en el
siglo pasado.
Brasilia, Caracas, La Paz y, en
parte, Buenos Aires, aumentan sensiblemente sus
niveles de autonomía política. Los acuerdos
establecidos entre estos países, en sinergia con los
que empiezan a poner en marcha con Irán y Turquía,
prefiguran un nuevo e inédito frente
«antiimperialista» que, todavía en fase de
articulación, podría catalizar las exigencias
antiliberales presentes en muchos países del globo.
La atención al estado social de los gobiernos de
Caracas, Brasilia y Buenos Aires, el recuperado
control por parte del estado ruso del sector de las
empresas estratégicas, la aplicación de políticas
sociales atentas a las libertades colectivas que
llevan a cabo Teherán y Ankara, respetando la
peculiar concepción islámica de la sociedad y de las
relaciones económicas, además de indicar el fracaso
del modelo liberal, introducen límites objetivos al
proceso de globalización, geopolíticamente entendido
como expansionismo de la potencia norteamericana a
nivel planetario.
Las naciones europeas, habiendo
sufrido en estos últimos años el desmantelamiento de
sus respectivos estados sociales, debido al deseo
manifestado por las oligarquías relacionadas con los
intereses americanos y por los diktat del FMI, han
perdido irreversiblemente aquel tipo de estabilidad
que les había permitido crecer económicamente.
Los efectos de esta
pérdida de peso específico en la economía global
debilitan, en la actual fase coyuntural, la
periferia del sistema occidental favoreciendo el
centro, radicado en los EEUU De ahí la disgregación
de la construcción geopolítica americana surgida
después de 1945.
En un futuro próximo, si no hay
medidas correctoras dirigidas a «mantener» a Europa
en el sistema occidental, algunas naciones europeas
podrían optar por la elección multipolar.
El tiempo de las
decisiones
El
impulso propulsor de los EEUU parece, por
consiguiente, haber terminado.
Desde una perspectiva geopolítica,
Washington se haya ante una encrucijada: arrinconar,
al menos por un cierto período de tiempo, el
bicentenario proyecto de dominación global, o bien
insistir sobre el mismo, adoptando nuevos criterios
y metodologías.
En el primer caso, los EE.UU. se
verían obligados a reexaminar su propio sistema
social y militar y, sobre todo, a negociar su propia
posición a nivel mundial con los ex aliados y con
los nuevos actores globales. La aceptación del
sistema policéntrico pondría, sin embargo, en crisis
todo el complejo industrial y militar que constituye
la base del poder político y económico de los EE.UU.
El equilibrio dinámico entre los grupos de presión
que determinan las opciones estratégicas del aparato
político y militar estadounidense sufriría, en
efecto, una perturbación fatal.
La
consecuencia directa de un desequilibrio en los
vértices del establishment causaría, inmediatamente,
la disgregación de la gigantesca esfera de
influencia que los EEUU han conquistado con mucho
esfuerzo en los últimos sesenta y cinco años.
La reorganización de los EE.UU.
inauguraría un nuevo ciclo geopolítico, cuya
estabilidad no se basará en el modelo del libre
mercado, sino sobre las exigencias geopolíticas
reales de los nuevos polos de agregación.
En el segundo caso,
los EE.UU., optando por la opción de perseguir su
supremacía mundial, se verán obligados a tener que
sustentar una enorme economía de «guerra
permanente». En el marco de aquella funesta
invocación que Edward N. Luttwack lanzó en 1999, en
el curso de la desmembración de la Federación
yugoslava : «Give a chance», deberán aplicar las
lógicas del constructive caos de los neocons, con el
riesgo de desatar reacciones geopolíticas
asimétricas en Asia, África y en la América
indiolatina.
Cualquiera que sea la
opción elegida, la relación entre la «nación
necesaria» y el resto del mundo no será ya nunca la
misma.
*Director de
Eurasia – Rivista di studi geopolitici
(www.eurasia-rivista.org) y de la colección Quaderni
di geopolitica (Edizioni all’insegna del Veltro),
Parma, Italia. Cofundador del Istituto Enrico Mattei
di Alti Studi per il Vicino e Medio Oriente.
Ha dictado cursos y
seminarios de geopolítica en universidades y centros
de investigación y análisis.
Docente del Istituto
per il Commercio Estero (Ministerio de Asuntos
Exteriores italiano), dictando cursos en distintos
países, como Uzbekistán, Argentina, India, China,
Libia.
E-mail:
direzione@eurasia-rivista.org
(Traducido por V.
Paglione y Página Transversal)
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