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Eliminar a Alfonso Cano jefe
de las FARC sería un grave error
por Luis
Eduardo Celis
A estas alturas del conflicto armado colombiano,
donde las guerrillas no son amenazas nacionales y
están duramente golpeadas y debilitadas, eliminar al
jefe de las Farc sería un error de graves
consecuencias. Lo explica en la siguiente nota para
la Semana com, Luis Eduardo Celis es coordinador
del Programa de Política Pública de Paz,
de la Corporación Nuevo Arco Iris.
La
guerra de las FARC continúa. Es una guerra de campos
minados, francotiradores y sabotajes. Cuando les es
posible, atacan de manera directa a la Fuerza
Pública. Este año han hecho presencia en 250
municipios, y van a producir alrededor de 1.700
heridos y unos 700 muertos en las filas oficiales.
Cifras durísimas. Por supuesto que en las filas de
las FARC las bajas son más cuantiosas, unas 3.500.
No son buenas noticias para esta época navideña,
pero es la dura realidad de una violencia que no
termina.
El
gobierno de Juan Manuel Santos se debe preguntar si
continuar con el objetivo de dar de baja a Alfonso
Cano, jefe actual de las FARC –sobre quien hay una
operación de búsqueda y eliminación desde hace seis
años-, sigue vigente como prioridad. La orden es
eliminar a los principales jefes, para lo cual las
distintas fuerzas (Ejército, Armada, Fuerza Aérea y
Policía) se repartieron los jefes y especializaron
sus equipos de inteligencia, en pos de estos
valiosos objetivos. En el terreno se han logrado
éxitos contundentes, como las muertes de Raúl Reyes
en marzo de 2008 y del Mono Jojoy en septiembre de
este año.
La
pregunta es: ¿se hace imprescindible eliminar a
Alfonso Cano? Una pregunta parecida se la hicieron
en otras latitudes y conflictos; se la hicieron los
surafricanos, que mantuvieron en cautiverio a Nelson
Mandela y le respetaron la vida, ganando así un
excelente interlocutor para tramitar una transición
pactada del Apartheid a la democracia en Sudáfrica,
una de las experiencias más exitosas en el siglo XX.
Se la hicieron también en el Mosad israelí, que
planearon la muerte de Yasser Arafat y la buscaron
por treinta años, sin lograrlo, hasta que cambiaron
de estrategia. Aunque en sus últimos 18 meses de
vida, como presidente de la Autoridad Nacional
Palestina, lo tuvieron bajo inclemente bloqueo en la
derruida Mukata –la sede de gobierno en Ramala- y
bajo la mira de francotiradores, decidieron no
oprimir el gatillo. Algo parecido ocurrió en el
Reino Unido, que en determinado momento acordó una
política de no eliminación de dirigentes del IRA,
así los tuvieran ubicados.
A estas
alturas del conflicto armado colombiano, donde las
guerrillas no son amenazas nacionales y están
duramente golpeadas y debilitadas, eliminar a Cano
sería un error de graves consecuencias. El Estado no
puede descartar la variable de acuerdos y
negociaciones, así no estén a la vuelta de la
esquina en la agenda nacional. Es una opción y, para
poderla gestionar, hay que tener el mejor de los
interlocutores. Y ése es Alfonso Cano.
Ahora,
volvamos a las liberaciones unilaterales por parte
de las FARC: se trata de una buena noticia, y mejor
sería si incluyera liberar a todos los que tienen en
su poder. Ésta representaría una nueva posibilidad
para abrirle espacio a un acuerdo acotado y serio
con las FARC y el ELN. Pero es mejor contar con un
interlocutor de respeto para mantener la opción de
integrar a estas organizaciones, en lugar del
nefasto escenario de una atomización descontrolada
de unas fuerzas que tienen presencia territorial,
producen ‘bajas colaterales’ entre la población
civil y conservan su vocación de capturar rentas
legales e ilegales. Basta observar la crítica
situación que brinda la multicriminalidad surgida
luego del parcial proceso con las AUC, para
reafirmarse en la idea de que es mejor tener con
quién conversar del otro lado, que perder una
oportunidad valiosa para la paz nacional.
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