Propongo hablar
de educación
Raúl Legnani*

En las últimas semanas, a pesar de las vacaciones y del buen verano el sistema político, a iniciativa del Presidente José Mujica, se ha dispuesto a debatir sobre la enseñanza.

Hemos escuchado de todo: cosas buenas y cosas malas, donde si se es generoso se puede concluir que todos en el Uruguay sabemos que en el sistema educativo público se juega parte de nuestro destino.

Después de muchas décadas nuestro país siente en sus entrañas que no estamos lejos de transformarnos en una sociedad que puede llegar a ser de primera, donde la enseñanza, la innovación y del desarrollo de la infraestructura pueden llegar a ser los tres pilares de una nueva época.

En esta oportunidad nos vamos a atrever a lanzar algunos apuntes sobre la enseñanza, donde la impresión que hemos perdido la brújula, a pesar de las buenas inquietudes de las autoridades de la enseñanza y de la política.

Estamos en un momento, en materia educativa, donde se cruzan ideas y propuestas, impregnadas de diagnósticos apresurados y de intereses políticos y también corporativos.

Pero lo que más sorprende es que todo esté rodeado de sociologismo, con muy poco contenido educativo. Se habla de los pobres, de los indigentes, de los que desertan del sistema educativo, de la situación de los docentes, pero se habla poco y nada de educación.

En los últimos meses - ¿años?- no hemos escuchado un solo debate sobre pedagogía, didáctica, psicología infantil o de historia de la educación nacional.

Es cierto que este tipo de debates no es en la historia propio de las multitudes, pero si lo ha sido en determinados momentos razón de ser del cuerpo educativo nacional.

La crisis social que se agudizó en 2002 obligó a la enseñanza a salir al rescate, a como diera lugar, de los que quedaban marginados del sistema educativo. Fue así que los docentes se vieron obligados a transformarse en “asistentes sociales”, realidad que se vio reforzada por corrientes sociológicas que tomaron por asalto el pensamiento de los docentes.

Un de los gladiadores de ese cuerpo de asalto fue el profesor Germán Rama, quien creyó, seguramente con buena intención, que era la hora de los sociólogos y de los docentes travestidos en sociólogos en la educación pública.

Fue así que gradualmente el acto de enseñar, fue quedando de lado, sin importar si la muchacha y el muchacho aprendían matemáticas o física. Lo que importaba era proteger al educando de la crisis de la sociedad y de la familia.

Con la buena intención de acercar al alumno al centro educativo, se dejó en un segundo plano del desarrollo del conocimiento y del aprendizaje de las materias, particularmente en la enseñanza media.

En ese tránsito saltó en pedazos la disciplina y el rigor en el estudio. Los liceos se fueron transformando en centros de contención, para corregir el ausentismo.

De esta forma la crisis de las familias se trasladó a la enseñanza, y se adueñó de ella. Ya no importó que los muchachos llegaran tarde, que utilizaran el celular en la clase, que salieran del aula cuando se les antojara, porque había que respetarles su individualidad castigada por una sociedad que perdía valores, tanto dentro como fuera de las aulas.

Mientras el aprendizaje de las matemáticas, de la física, de la química, de la literatura y de la historia comenzaron a ser asunto de segundo grado.

Ampliares en próxima nota.

* Periodista Uruguayo

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