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Polémica con Julio M. Sanguinetti
Es la hora de colocar las cosas en su lugar
Por el Dr. Alfredo E. Allende
El interesante artículo del prestigioso político e historiador uruguayo Julio María Sanguinetti del 7 del corriente en “La Nación” de Buenos Aires, deja algunos aspectos de lado, quizá por razones de espacio, tal vez por ciertos preconceptos que han dominado el recuerdo de quien mereció de parte del Educador José Pedro Varela, esta dedicatoria en un ejemplar de la Legislación Escolar, redactada de su propio puño y letra en el lecho de su prematura muerte ocurrida en 1879: “Como recuerdo al Magistrado que al promulgar la Ley de Educación Común y mantenerla con inalterable firmeza, supo cubrirse de gloria legítima, resolviendo en el sentido del progreso y de la felicidad de la República uno de los más importantes problemas de nuestra época y de nuestro país”. La nota estuvo encabezada así: “Al Sr. Presidente de la República Coronel Lorenzo Latorre”, tal cual lo dejó expresado Telmo Manacorda en su biografía sobre José Pedro Varela.
Hubiera sido imposible sancionar y ejecutar semejante norma educativa en aquella época sin la inalterable firmeza de su sostenedor, del hombre que eligió al Educador para la tarea, del que implantó con su firma impuestos destinados para hacer viable la famosa ley, del hombre que debió soportar -él mucho más que el propio Varela-, las presiones de quienes afirmaban la imprudencia de tener maestras para los escolares varoncitos a los que se podría afeminar o que acusaban de laicismo ateo el impulso educacional que se imprimía a las enseñanzas primarias que por otra parte, tuvo algunos ajustes de importancia inspirados por el Gobernador. Sostengo que la Reforma fue en realidad vareliana-latorrista, por más que se intente hacer caso omiso al Coronel que además implantó la primera reforma universitaria en América -muy anterior a la célebre de 1919 de Córdoba, Argentina-, con incorporación en los claustros universitarios de alumnos y profesores. Hay personalidades que se embrollan y creen que Varela tuvo algo que ver con esta decisión, como si la magnífica actuación de éste en el nivel de la educación primaria no le fuera suficiente. Y fue de exclusiva incumbencia de Latorre la creación de las Escuelas de Artes y Oficio, la facultad de Medicina, los inicios de la facultad de Agronomía y de Agrimensura la libertad irrestricta a las numerosas reuniones de los ateneos culturales, círculos en los cuales no faltaron voces de acerbas críticas contra su obra de gobierno.
Claro que toda esa tarea, comprendida la reforma vareliana-latorrista, se hizo en base a una reformulación general del país operada por el gobierno del coronel (que rechazó por dos veces el ascenso a general que le fuera ofrecido, la última ocasión por la propia Asamblea Legislativa) que no tuvo un “espíritu reformista” (Sanguinetti así lo puso) solamente sino revolucionario, creador y de naturaleza política mayúscula que lo hace acreedor al título de estadista por antonomasia. Su accionar como gobernante fue inmenso. Vayamos a los hechos, enumerados sin ordenamientos precisos, aclarando que sus realizaciones no fueron vano palabrerío sino efectividades concretas:
La introducción masiva de los cercados para el agro que, por vez primera desde el nacimiento como país independiente, permitió convertir a la querida Banda Oriental en un territorio plenamente habitable, con rodeos finos, agricultura floreciente y autosuficiente en materia de harinas. Comienzo efectivo de la terminación de un espantoso abuso, el de las levas. Ausencia absoluta de destierros o persecuciones políticas (no hubo ni un preso político en tiempos de habituales forzados exilios y detenciones inconstitucionales). Respeto escrupuloso a la libertad de prensa y agremiación que incluyó el de las huelgas. La creación de la justicia de paz letrada en la campaña en resguardo de la dignidad de sus habitantes de cualquier condición social. El derecho a la intimidad y la libertad de contraer matrimonio sin quedar supeditado a ninguna instancia que no fuera laica, con la institución del Registro Nacional de las Personas. Autonomía jurídica y de facto para disponer de la propiedad privada, vedada en el ámbito rural hasta entonces de hecho por las violencias predominantes. El Registro de marcas y señales que completaba la seguridad en las propiedades de tierras y rodeos. Eliminación de la censura en los teatros. El establecimiento de una cárcel moderna y de normas de procedimientos acordes con los principios actualizados de la época. La implantación de los telégrafos. Erección del Correo Nacional. Extensión de vías férreas. La sanción de diversos códigos y la modernización de otros mediante consulta a conocedores de alto vuelo, fueran o no partidarios suyos.
En cuanto al calificativo de ríspido que le endilga Julio María Sanguinetti (al margen de escasa o nula importancia que tiene en la valoración de una obra magna de estadista), si quiere decir intratable, insociable, me permito disentir. Recuerdo las palabras cálidas que tuvo el socialista Alfredo L. Palacios, al que conocí y frecuenté por años, hacia Latorre, del que fuera amigo personal como de tanta gente que mantuvo vínculos con el coronel. En fin, las confusiones son lógicas en los estudios históricos; es una pena que a pesar de eximios estudiosos del pasado del Uruguay no sean leídos con atención en lo que respecta al período latorrista. No sólo fue Latorre el autor principalísimo de la unidad nacional sino también el constructor fundamental del Estado Oriental.
Tuvo dos “fallas” fundamentales: no quedó familia en su tierra patria que protegiera su nombre, y los dos partidos mayoritarios lo negaron después de haberlo apoyado con mayorías abrumadoras. Incluso el Partido Blanco, aun reconociendo abiertamente Latorre su coloradismo se integró con personajes integérrimos a su gobierno.
Creo que ya debería llegar la hora de colocar las cosas en su lugar y no dejarse arrastrar por emociones recibidas en la niñez, cuando Latorre era mencionado para asustar comadres. Me permito indicar (lo han hecho otros antes con mayores títulos que los que poseo) que sin Latorre no hubiera existido un José Batlle y Ordóñez, ni un Sanguinetti ni un Mujica y, claro, no hubiera existido la formidable actividad en materia de escolaridad. También acudo a la historia a fin de tener presente que Latorre recibió un territorio sembrado sólo de peligros e improductivo, semi-bárbaro y entregó una república de indetenible progreso.
• Escritor y analista argentino.
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