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Brasil: Política Sur-Sur no desmerece la relación con EEUU
Por Cynara Menezes
En una de sus recientes ediciones la prestigiosa publicación brasileña Carta Capital publicó una entrevista al canciller Antonio Patriota realizado en Brasilia por su periodista Cynara Menezes, lo que sigue es la versión en español de la entrevista.
“El ministro de Relaciones Exteriores, Antonio Patriota, parece molesto con las comparaciones con el ex-canciller Celso Amorim - para bien o para mal. Piensa que es muy temprano para que le exijan un desempeño equivalente al de quien permaneció en el cargo durante ocho años, tampoco acepta la idea de que llevará a cabo una política exterior idéntica a la de su antecesor. El ex-embajador brasileño en Washington, Patriota, defiende que seguir por el camino Sur-Sur, prioritario para América Latina, no significa desmerecer la relación con los países más desarrollados del planeta, Estados Unidos inclusive.
-¿Dilma Rousseff tendrá más dificultad de proyectarse internacionalmente que Lula? - Su estilo es diferente y ella recibe un país en condiciones diferentes. Tiene otras oportunidades de interlocución y una demanda por parte de Brasil, tal vez mayor. Tengo la seguridad de que le dará mucha importancia a la interlocución internacional y que lo hará con un gran talento, habilidad e, incluso, con placer. Noto que a ella le gusta desempeñar este rol, posee una curiosidad que, diría inagotable, por lo que pasa en el mundo. También veo en ella un sentido de justicia profundo que se asocia bien a lo que es la agenda de Brasil en el plano multilateral, de asegurar que los mecanismos de cooperación y los foros de debate reflejen la geopolítica contemporánea y no sean clubes que polarizan o excluyen a ciertos países.
- ¿Ella será llamada monolingüe como lo fue Lula? -El presidente Lula se comunicaba con habilidad, porque tenía mucho que decir. Más importante que hablar varios idiomas es tener un mensaje. La presidenta Dilma también tiene esta característica, es una mujer con una experiencia de vida rica y es muy estudiosa. Más específicamente, tiene conocimiento de inglés, francés y español y es capaz de entender a un interlocutor sin necesidad de traducción. La usa más en el momento de expresarse.
- Dilma dijo en el Congreso que es “natural” que se democraticen las relaciones entre los países, lo que presupone cambios en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Por qué todavía no se dieron? - No es un pleito individual, se refiere a la propia estructura de funcionamiento del órgano. Se tiene que desencadenar un proceso comparable a una reforma constitucional y eso no es fácil de hacer. Ya hubo una reforma en 1964, cuando el Consejo pasó de 11 a 15 miembros y tuvo que ser ratificada por una mayoría de dos tercios de miembros de la ONU, inclusive los cinco permanentes, que tienen poder de veto. El debate sobre la reforma del Consejo viene arrastrándose desde 1992, es un proceso complicado y lento.
- ¿Cuál es el obstáculo? - Existe un amplio consenso de que la actual estructura, con estos cinco miembros permanentes - Rusia, EE.UU., China, Francia e Inglaterra - retrata más la post-Guerra que el mundo contemporáneo. Existen países que defienden una ampliación, pasar de 10 a 15. Brasil y nuestros socios en este debate, Alemania, Japón, India - y África también debe estar representada -, defendemos que el desequilibrio se encuentra en la categoría de miembros permanentes.
- ¿Qué es lo que temen los miembros permanentes con relación a una ampliación? - Cada uno tiene su preocupación. El Reino Unido y Francia son los más favorables a una reforma tal como nosotros la defendemos. Visto de una forma benévola, acordaron con los cambios geopolíticos y quieren una reforma que refleje esto. Los más apegados a la realpolitik, temen que una demora muy grande en la reforma pase a plantear dudas sobre sus status como miembros permanentes y que gane fuerza la idea de un lugar para la Unión Europea, en vez de asientos individuales. En cuanto a los demás, todos se muestran favorables, cada cual a su manera. China pone el énfasis en más espacio para el mundo en desarrollo, pero sin explicitar como se daría. Los Estados Unidos ponen énfasis en el tamaño del consejo reformado, que si fuera de más de 21 miembros, se transformaría en un órgano muy difícil de administrar.
- Este mes Brasil ocupa la presidencia rotativa del Consejo. ¿Cuál es el significado de esto? ¿Es apenas simbólico? - Es más que simbólico. Junto con Japón, Brasil es el país que más veces participó del Consejo como miembro no permanente. Uno va acumulando experiencia. Es la décima primera vez que participamos como miembros no permanentes. El Consejo fue creado en 1945, son 66 años. O sea, en un tercio de su existencia, Brasil participó de los trabajos, es lo máximo que un no permanente consiguió.
- ¿Cómo señalamos los abusos en los derechos humanos de países aliados de Brasil, como Cuba e Irán? - La palabra aliado no se aplica a Brasil, que es un país sin enemigos. Más allá de esto, Cuba, por ejemplo, tiene algunos de los mejores índices de las Américas en materia de derechos económicos y sociales. En los civiles y políticos, ahí tal vez pueda ser cuestionado. Pero es importante mantener la discusión dentro de un padrón en el que se reconozca que todos los países tienen progresos para hacer. Que no se transforme el debate, como dicen los americanos, en un ejercicio de finger pointing, acusador de algunos en detrimento de otros. Este es el gran desafío: encontrar el camino justo, el equilibrio.
- Se fuese hoy el caso de los boxeadores cubanos que desertaron durante los Juegos Panamericanos y fueron deportados, ¿Brasil actuaría de forma diferente? - No respondo preguntas hipotéticas. Es algo que aprendí en los Estados Unidos, ellos le dicen mucho a la prensa: no razono sobre hipótesis.
- A pesar de este empeño por los derechos humanos, hubieron críticas de que faltó una nota más dura del gobierno brasileño con relación a los problemas en Egipto. - También vi manifestaciones de complacencia por la posición adoptada. La situación de Egipto es interna, una convulsión nacional. Nuestra preocupación es que las aspiraciones de la población egipcia puedan ser equiparadas sin violencia, dentro de un ambiente de concordia, de negociación.
- ¿Entonces el principio de la no intervención en asuntos internos prevalece sobre la defensa de los derechos humanos? - ¿El que lo crítica va a contribuir, en este caso? ¿Crítica a quien? Es preciso entender también qué fuerzas están en juego. Entre las fuerzas que están manifestándose, ¿todas ellas son favorables a un Egipto más democrático? Nuestra apuesta es que Egipto evolucione en un sentido progresista. Y la no ingerencia no es un principio sacrosanto. Brasil ya se manifestó sobre asuntos internos, como cuando combatimos el apartheid en África del Sur.
- Los rumbos de la política externa serán mantenidos en el gobierno Dilma, el llamado Sur-Sur. ¿Qué gana Brasil con este enfoque? - No lo caracterizo así. Durante el gobierno Lula, la línea de actuación Sur-Sur quedó en evidencia porque era el aspecto más innovador de la política exterior. Pero ya, en aquella época, como embajador en Washington, yo defendía que esto no se daba en detrimento de la atención a socios tradicionales del mundo desarrollado. Este es el espíritu con el que continuaremos trabajando. En primer lugar, atención prioritaria a los socios Sudamericanos - basta decir que ocupo este sillón hace un mes y medio y ya estuve con cinco presidentes de América del Sur. Al mismo tiempo, estuve en Davos e iré a Washington para acordar con la secretaria de Estado, Hillary Clinton, la visita del presidente Barack Obama a Brasil, en marzo. Una cosa no excluye a la otra.
- Sobre el caso Cesare Battisti: si Brasil no confía en la justicia italiana, ¿por qué mantiene un acuerdo de extradición con Italia? - El ministro dice tener al respecto una “respuesta-padrón” y, de cierta forma, cae en una contradicción. Habla, obviamente, de la amistad que une a Brasil y a Italia y afirma que el caso Battisti es individual y “está encapsulado dentro de un contexto meramente judicial”. El Estado italiano, que se considera ofendido por la negativa a la extradición, ve traicionado el acuerdo firmado con Brasil, o sea, la propia ley. La idea de que el caso tiene que ser encarado desde un ángulo “meramente judicial” confirma que Brasil no confía en la Justicia italiana. Al menos por ahora.
- ¿Cómo siguió usted los ataques que sufrió Celso Amorim de que hacía una política exterior megalomaníaca? - Jamás corroboraría una descripción como esta, primero porque estuve muy comprometido en la administración anterior. Me identifico mucho con las iniciativas específicas y el espíritu con el que se desarrolló la actuación exterior del gobierno Lula. Es un consenso internacional, no soy yo quien lo dice, que elevó a Brasil, trajo respetabilidad, y nos permite formular políticas y programar iniciativas hoy, en el nuevo gobierno, a partir de una plataforma.
- Por otro lado, analistas más hacia la izquierda dicen que ya extrañan a Amorim, que usted sería más conservador. ¿Esto es verdad? - Admiro mucho a Celso Amorim, es con quien trabajo desde mediados de los años 90. Sería pretencioso de mi parte comenzar con iniciativas que representasen un ejercicio completamente distinto al de él. Así como no sería razonable esperar que cualquier nuevo canciller se desempeñase en un mes y medio como lo hizo él en ocho años. Estoy aquí en un trabajo de consolidación y estoy recibiendo el bastón a partir de una base muy buena.
- Políticamente, ¿Amorim puede ser considerado más hacia la izquierda que usted? - Mire, no pasé por las experiencias de vida por las cuales él pasó. Nunca pagué un precio por opiniones que defendiese, como él pagó al ser destituido de la Embrafilme. Soy un diplomático cuyo mérito, si es que tengo alguno, fue ser reconocido a lo largo de mi carrera, donde pude desarrollar un trabajo de acuerdo con mis ideas, con aquello que creía, sin haber sido por esto prescindido, dejado de lado. Él permaneció durante un buen tiempo después de la Embrafilme, esperando por una ubicación. Esto es algo que marca a un individuo, es una diferencia importante.
- Se supo, incuso, que usted fue aconsejado por el embajador jubilado Luiz Felipe Lampreia, que fue canciller de FHC. - La prensa tiene el derecho de interpretar como quiera. El hecho es que soy ecuménico, converso con quien me procure. Soy un diplomático de carrera y los diplomáticos de carrera estamos acostumbrados a escuchar muchos puntos de vista. Brasil tiene como elemento singular, en el escenario internacional, ser un país que no escucha sólo a aquellos que comparen las mismas ideas. Como individuo, también me defino un poco así. Pero mis consejeros son los asesores de aquí, de Itamaraty, el secretario-general, y los embajadores activos, en primer lugar.
- Luego de las revelaciones del WikiLeaks, ¿los diplomáticos fueron más moderados en las comunicaciones internas? - El WikiLeaks no deja de tener un impacto grande, fue un llamado a la reflexión. Lo que me impresionó fue que un país tan celoso de la seguridad como los EE.UU., hayan tornado públicas sus comunicaciones, como lo hicieron. Esto, probablemente, reforzará una característica del trabajo diplomático, la de procurar tratar los asuntos secretos con mucho más cuidado”.
* Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
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