La literatura fronteriza
de Saúl Ibargoyen Islas
Por Fernando Aínsa

Saúl Ibargoyen Islas, poeta, narrador y periodista, ha publicado más de cincuenta títulos entre poesía, cuento, novela, testimonio y teatro infantil. Es miembro de la Academia Nacional de Letras de Uruguay, en la actualidad reside en México. Fernando Aínsa escritor y crítico uruguayo de origen español, analiza aquí a Ibargoyen Islas; “un fecundo escritor que ha hecho de la zona fronteriza de Rivera y Santa Ana do Livramento el escenario de un mundo narrativo”.

A raíz del intercambio de opiniones sobre el “portuñol”, las precisiones de Jaime Monestier y las del “doble” salteño de Jorge Pignataro, quisiera recordar al autor uruguayo que mejor ha incursionado en ese mundo: Saúl Ibargoyen Islas, un fecundo escritor que ha hecho de la zona fronteriza de Rivera y Santa Ana do Livramento (donde viviera varios años), el escenario de un mundo narrativo conquistado a lo largo de más de 25 años. En tres volúmenes de relatos Fronteras de Joaquim Coluna (1975), Quién manda aquí (1986) y Los dientes del sol (1987) y en el ciclo de novelas integrado por La sangre interminable (1982), Noche de espadas (1987), Soñar la muerte (1994), completado con Toda la tierra (2000), ha proclamado un “territorio independiente” en las letras uruguayas. A partir de la ciudad de Rivamento en la que ha refundido el nombre de las dos capitales, ha creado un “condado” de indiscutida autonomía ficcional y ha fijado los hitos de una saga que recoge cien años largos de historia del país. Sobre su mundo fronterizo he tenido la oportunidad de ocuparme en diferentes ocasiones, especialmente en mi obra Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya (Ediciones Trilce, 2002).

A diferencia de la tensa y dramática frontera que separa los Estados Unidos de México, donde el border es vivido como laceración, como herida sobre la “piel” del mapa, cuya cicatrización es siempre dolorosa, la noción de frontera que emerge entre Uruguay y Brasil es, por el contrario, fluctuante, donde gente “tan fronterizada” no percibe siquiera “el dolor de dos patrias”. La frontera, en resumen, está “llenita de agujeros” y cuando “estamos en carnaval, esta frontera vuela.”

Saúl Ibargoyen narra con un estilo que, más allá de la originalidad de la lengua fronteriza en que se expresa, recrea palabras en la libertad poética de una madurez creadora que evoca las mejores páginas de Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo y de José María Arguedas, los grandes artífices latinoamericanos del bilingüismo literario. En el vuelo generoso y en la significación simbólica no es ajena una atenta lectura de autores brasileños como Joao Guimaraes Rosa y Adonias Filho. Del universo de este último, situado en la región de Bahía -narrador que SII conoce bien por haber traducido algunas de sus obras al español- incorpora el tono alegórico y las vastas parábolas existenciales.

En su obra recoge voces que hablan como ante un grabador para el relato ulterior que deberá escribirse. “Yo le hablo, le falo un poco, usté traduce - le dice Andresito Quilombé en Noche de espadas- Yo soy la solita voz, usté la lengua, la letra” (NDE, p.29). Ibargoyen Islas otorga credenciales literarias al lenguaje fronterizo hecho de infiltraciones mutuas de castellano y portugués y recupera la vitalidad de voces indígenas, especialmente las de raíz guaranítica, aunque observe que los indios son “personal” más bien de murmuraciones que de palabras, manejando el discreto silencio del sometimiento al “poder del blancaje” y anote que no todos los que escriben (“o chismean”) sobre ellos saben de lo que hablan. Para ello, SII asume la lengua en sus posibilidades de expresión integral, ósmosis apasionante de influencias y culturas en mulata “mixturanza”.

Este rescate lo hace sin pintoresquismo, folklorismos o reivindicaciones localistas. La tensión y la resistencia del encuentro, pero también la “mistura” y las nuevas expresiones que toda dialéctica fronteriza implica, se reflejan en el texto, pero no limitan su narrativa. Si bien otros escritores como Enrique Amorim, Eliseo Salvador Porta y José Monegal habían escenificado, respectivamente, sus ficciones en los departamentos fronterizos de Salto, Artigas y Cerro Largo, incorporando la fluidez dialectal de su expresión oral a una prosa vigorosa y emblemática, ninguno lo había hecho con tan explícita vocación fundacional. Alfredo Gravina, autor de Fronteras al viento- con cuya amistad se honrara el propio Ibargoyen Islas- había anunciado una dirección de la que ahora se recorre el camino.

La literatura de SII invita a esa trasgresión libertaria: su misión es cruzar los puentes que tiende sobre las diferencias, asegurar que las “señales” de la creación crucen las barreras levantadas por los seres humanos, eliminando prejuicios y abriéndose genuinamente al otro. Su creación está en los márgenes -o en la “marginalidad”- de los límites trazados por el orden reinante: roza o proclama la herejía, cruza el borde, asegura el “contrabando” de ideas y tendencias, aunque a veces parezca claudicar cuando comprueba que “la esperanza era como un lujo”. Como un equilibrista condenado a hacer piruetas en la línea divisoria, su obra ha sido el ariete que penetra clandestinamente el territorio extranjero para apropiárselo y hacerlo suyo, recordando -como su héroe central, Joaquim Coluna- que “no tuvo fronteras en su sangre”.

Fernando Aínsa escritor y crítico uruguayo-español

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