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La decisión de EE.UU. de atacar Libia, fue tomada en territorio brasileño
Por el profesor José Luís Fiori
Hegemonía e imperio El paseo del fin de semana de la familia Obama, a Brasil, pasaría a la historia como un acontecimiento turístico carioca y una gentileza internacional, si no hubiese coincidido con el desastre nuclear de Japón y con el comienzo del bombardeo aéreo de Libia. En particular, porque la decisión de los EE.UU. de atacar el país del norte de África, fue tomada en el territorio brasileño, un poco antes de la cena de gala que el Itamaraty ofreció a la deleción norteamericana. Esta decisión, sobre todo, sirvió para recordar a los más distraídos, que los EE.UU. siguen siendo la única potencia mundial con “derecho” de decidir - donde y cuando quieran - y con la capacidad de realizar intervenciones militares inmediatas, en cualquier conflicto, alrededor del mundo. Un recuerdo oportuno, porque se convirtió en lugar común, en la prensa y en la academia - a derecha y a izquierda - hablar de la decadencia del poder americano, mientras se acumulan las evidencias en sentido contrario. Después de 1991, y en particular después del fin de la URSS, Europa dejó de ser el centro de gravedad del sistema internacional, que pasó hacia el otro lado del Atlántico. Y, al mismo tiempo, los EE.UU. se transformaron en la “cabeza” de un nuevo tipo de “poder global”. Un imperio que no es colonial, no tiene una estructura formal y que posee fronteras flexibles, que son definidas en cada caso, en última instancia, por el poder naval y financiero de los EE.UU. Y desde comienzos del siglo XXI, los EE.UU. están enfrentando las contradicciones, los problemas y las trepidaciones producidas por esta transición y este cambio de status: de la condición de una “potencia hegemónica”, restringida al mundo capitalista, hasta la década de 1980, hacia la condición de “potencia imperial global”. Hoy, es imposible prever como será administrado este nuevo tipo de Imperio, en el futuro. Porque sigue siendo nacional y tendrá que convivir, al mismo tiempo, con cerca de otros doscientos estados que son o se consideran soberanos. Y más allá de esto, porque dentro de este sistema, la expansión del poder americano es la principal responsable por la multiplicación de sus competidores, en la lucha por las hegemonías regionales, dentro del sistema mundial.
A lo que estamos asistiendo, en este momento, es a un cambio en la administración del poder global de los EE.UU. Este proceso está en pleno curso, pero será largo y complicado, incluyendo divisiones y luchas dentro y fuera de la sociedad y del establishment norteamericano. Aún así, lo más probable es que al final de este proceso, los EE.UU. adopten una posición cada vez más distante y “arbitral” con relación a sus antiguos socios y en todas las regiones geopolíticas del mundo. Estimulando las divisiones internas y los “equilibrios regionales” de poder, echando a sus propios aliados, unos contra otros, y sólo interviniendo directamente en última instancia, de acuerdo al modelo clásico del Imperio Británico. Este nuevo tipo de poder imperial de los EE.UU. no excluye la posibilidad de guerras, o de fracasos militares localizados, como en Irak o Afganistán, ni la posibilidad de crisis financieras, como la del 2008. Estas crisis financieras no deberán alterar la jerarquía económica internacional, mientras el gobierno y los capitales americanos puedan trasladar sus costos hacia las demás potencias económicas del sistema. Y las guerras o fracasos militares localizados seguirán no revistiendo importancia, siempre y cuando no amenacen la supremacía naval de los EE.UU. en todos los océanos y mares del mundo y mientras no escalen en la dirección de una “guerra hegemónica” capaz de socavar la supremacía militar norteamericana. De cualquier forma, es obvio que este nuevo poder imperial no es absoluto ni será eterno. Como ya dijimos, su expansión continua crea y fortalece poderes competidores y desestabiliza y destruye los “equilibrios” y las instituciones, creadas por los propios EE.UU., estimulando la formación de “coaliciones de poder” regionales que acabarán desmembrando - poco a poco - su poder imperial, como sucedió con el Imperio Romano. Por otro lado, la nueva ingeniería económica mundial modificó el centro de la acumulación capitalista y transformó a China en una economía con un poder de gravitación casi equivalente al de los Estados Unidos. Esta nueva geo-economía internacional, intensifica la competencia capitalista y ya comenzó una “carrera imperialista”, cada vez más intensa en África y en América del Sur, aumentando la posibilidad y el número de los conflictos localizados entre las Grandes Potencias. Más allá de esto, el poder imperial americano deberá enfrentar una pérdida de legitimidad crónica dentro de los EE.UU., porque la diversidad y la complejidad nacional, étnica y civilizadora de su imperio, es absolutamente incompatible con la defensa y la preservación de todo tipo o sistema de valores universales, al contrario de lo que sueña una buena parte de la sociedad norteamericana.
De cualquier manera, el paseo de la familia Obama a los trópicos y la retórica simpática y amena del presidente americano, sirvieron para demostrar cómo funciona - en la práctica - el “tratamiento entre iguales”, cuando uno de ellos es un Imperio.
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
LA ONDA® DIGITAL
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