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Cuestión militar, cosa seria
Por Raúl Legnani*
El presidente José Mujica se refirió en los últimos días a toda la problemática militar, cuando sólo faltan algunos días para que se anule la Ley de Caducidad, que seguramente traerá malestar en la familia de algunos uniformados.
Estas apreciaciones del Presidente se vinculan, aunque no se quiera, con el presunto video de promotores de la inestabilidad institucional, aunque no les dé el cuero para ello.
El menos sensato de los uruguayos puede pensar que pueda haber un alzamiento militar si el general Dalmao, uno de los procesados por la muerte de Nibia Sabalsagaray, llega a ser condenado definitivamente.
Pero lo cierto es que por una vía u otra llega información de que en el Ejército hay sectores que no aceptan el accionar de la Justicia, particularmente entre los uniformados retirados.
Mujica expresó el pasado jueves que "no cabe duda que el factor militar puede cerrar o abrir el futuro, según tome posición frente a las contradicciones por las que puede atravesar una sociedad". Y agregó que "La forma que toman las decisiones de los aparatos militares puede hacer de puerta o de sepulturero de una sociedad".
En otro momento del país esa antinomia entre puerta y sepulturero, hubiera sido un escándalo político, pero por suerte no lo fue. Y no lo fue porque en nuestro Uruguay de la bonanza económica, no hay condiciones para establecer situaciones críticas y de enfrentamiento entre bandos que ya no existen.
Pero no se pude dejar de escuchar al Presidente, en tanto su discurso ha sido siempre de reconciliación y de encuentro, como lo fue el del ex presidente Tabaré Vázquez.
Para despejar dudas, para aventar peligros no deseados, tanto civiles como militares tienen que entrar en una lógica de comprensión, que no significa ocultar las ideas de la verdad y la justicia.
La sociedad no puede vivir de un escrache a otro permanentemente, nada más que porque alguien pertenece a una institución que fue responsable sustancial del genocidio uruguayo. Pero tampoco puede pasar que el Ejército Nacional no haya tenido ni un solo gesto ante la muerte de un general como Víctor Licandro, que fue preso político por sus ideas y no porque haya desatado una patota represiva y asesina.
El país no va a seguir avanzando sólo con la búsqueda de los violadores de los derechos humanos, pero tampoco ocultándolos debajo de la cama.
Todos necesitamos una grandeza de espíritu inmensa, serena y responsablemente democrática, para que la verdad y la justicia sean parte de un proceso transformador tranquilo, hasta gradual, para que se genere una conciencia en todo el país de que no se puede vivir con la culpa de la impunidad, que es terrible e inhumana.
Los militares no comprometidos con la tragedia de la dictadura, tienen que lograr sus espacios para poder expresarse, con una mirada de futuro, por cierto esperanzadora. Para que eso ocurra hay que darles una mano, porque si al cuerpo militar no ingresan muchachas y muchachos cuyos padres estuvieron enfrentados a la dictadura cívico militar, la institución militar será una fuerza oxidada, contaminante y peligrosa para la democracia. Y hasta ahora eso no ha pasado.
*Periodista uruguayo, nota publicada el 3 de abril en La República.
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