Fiori:La guerra en África es una
nueva carrera imperialista
Eleonora de Lucena

La guerra en Libia forma parte de una nueva carrera imperialista que se va a profundizar, dice José Luís Fiori, coordinador del programa de post-grado en economía política internacional de la UFRJ a la periodista Eleonora de Lucena Folha de S.Paulo.

Para él, las potencias se disputan los recursos estratégicos en África, pero los conflictos no tienen que ver sólo con el petróleo. En esta entrevista, Fiori habla también sobre el poder de los EE.UU., quienes para él están viviendo una crisis de crecimiento. A continuación publicamos
la entrevista completa.

- ¿Cómo analiza usted la guerra en Libia?
- Es evidente que no se trata de una discusión sobre el derecho a la vida de los libaneses, o sobre los llamados derechos humanos, y menos aún, sobre la democracia. En esta, como en todas las demás intervenciones de este tipo, de europeos y de los EE.UU., hechas en este último siglo, jamás se aclara el tema central de quien tiene el derecho de juzgar y arbitrar la existencia o no de respeto a los derechos humanos en algún país en particular, y quien determina el lugar en que la "comunidad internacional" debe o no intervenir para defender vidas y derechos. Con relación a quien arbitra, son siempre los mismos países a los que Samuel Huntington denominó "directorio militar" del mundo, o sea, EE.UU., Inglaterra y Francia. Y, con relación a los criterios del arbitraje, es obvio que este directorio jamás interviene contra un país, o contra un gobernante aliado, por más autoritario y antidemocrático que sea y por más que no respete los derechos defendidos por los europeos y por los norteamericanos. Independientemente de lo que se piense sobre el fundamento y la universalidad de los derechos humanos, no existe la menor duda que, desde el punto de vista de las relaciones entre los Estados dentro del sistema mundial, ellos siempre son esgrimidos y utilizados como un instrumento de legitimación de las decisiones geopolíticas y geo-económicas de las grandes potencias.

Por esto, las decisiones sobre este asunto en los foros internacionales son siempre políticas e instrumentales y varían según la voluntad y según los intereses estratégicos de estas grandes potencias.

¿La guerra es sobre el petróleo?
Lo que está en juego en Libia no es sólo el Petróleo. No todo lo que sucede en el mundo de la geopolítica y de la lucha de poder entre las grandes y medianas potencias tiene que ver con la energía, o incluso, con la economía. En este caso, está en juego el control de una región fronteriza con Europa, parte importante del Imperio Romano y territorio privilegiado del alter-ego civilizador de la "cristiandad". Fue por donde comenzó el colonialismo europeo, en el siglo 15 y después, de nuevo, en el siglo 19. Creo que ya estamos asistiendo a una nueva carrera imperialista en África y que no es para nada imposible que se vuelva a meditar sobre alguna forma renovada de colonialismo.

- ¿Cómo sería esta carrera imperialista? ¿Qué debe suceder allá? Las revueltas árabes en curso, ¿tendrán algún impacto en el poder de los Estados Unidos en la región y en el mundo?
- Durante la década del 90, se generalizó la convicción de que África sería un continente inviable y marginal dentro del proceso victorioso de la globalización económica. Se trataba de un continente que no interesaría a las grandes potencias ni a sus corporaciones y bancos privados. Pero África no es tan simple ni homogénea, con sus 53 Estados, cinco grandes regiones y sus casi 800 millones de habitantes. Un mosaico gigantesco y fragmentado de Estados, donde no existe un verdadero sistema estatal competitivo, ni tampoco se puede hablar de una economía regional integrada De hecho, el actual sistema estatal africano fue creado por las potencias coloniales europeas y sólo se mantuvo integrado, hasta 1991, gracias a la guerra fría y a su disputa bipolar. Después de la guerra fría y del fracaso de la intervención de los Estados Unidos en Somalia, en 1993, los EE.UU. redefinieron su estrategia hacia el continente negro: proponiendo, como objetivo central, el crecimiento económico, a través de los mercados, de la globalización y de la democracia.

De hecho, la preocupación de los Estados Unidos con relación a África se restringió hasta fines del siglo 20, casi exclusivamente, a la disputa de las regiones petrolíferas y al control y represión de las fuerzas islámicas y de los grupos terroristas del Cuerno de África. Pero deberá producirse un cambio radical, en las próximas dos décadas, del comportamiento norteamericano y de los europeos, gracias a la invasión económica de China de Rusia, de India e, inclusive, de Brasil. África será de nuevo un punto central de la nueva carrera imperialista que ya está en curso y que deberá profundizarse aún más en la próxima década. En este período, no es improbable, inclusive, que las viejas y nuevas potencias del sistema mundial, involucradas en la disputa por los recursos estratégicos de África, vuelvan a pensar en la posibilidad de conquista y dominación colonial de algunos de los actuales países africanos que fueron creados por los propios colonialistas europeos. Y es en esta perspectiva que creo que debe influir sobre la reacción europea y norteamericana frente a las revueltas árabes. Y, en particular, en el caso de la intervención militar en Libia, comandada por la Otan y liderada por los EE.UU., Inglaterra y Francia.

- ¿Los EE.UU. se ven amenazados de perder poder en el Medio Oriente?
- Siempre existe el riesgo de pérdida del control que ya habían conquistado en la situación anterior a la rebelión. Pero, en este caso, no veo este riesgo. Por el contrario, creo que son los mismos de siempre que están redistribuyendo las cartas y manipulando las divisiones internas dentro de los gobiernos y de los involucrados en las rebeliones. Cuando exista un riesgo real, reprimirán como lo hicieron en Bahrein. Siempre que sea posible, a través de las manos de terceros.

- ¿Para usted no existe una pérdida de la hegemonía norteamericana?
- Los EE.UU. están enfrentando en este momento los problemas, contradicciones e incertidumbres producidas por su cambio de status de la condición de "potencia hegemónica” del mundo capitalista, hasta la década de 1980, a la condición de "potencia imperial", asumida progresivamente después de 1991. Podría incluso llamarse una "crisis de crecimiento" y no una "crisis terminal". Y su "decadencia relativa", de la que tanto se habla en la prensa, con relación a la expansión asiática y a su probable superación económica por parte de China, no afectará la posición de los EE.UU., como pivot del sistema mundial, en las próximas dos décadas, por lo menos.

Este nuevo estatuto imperial de los EE.UU. debe conducir a que cambien su forma de administrar el poder global. Este cambio será lento y complicado, dentro y fuera de los EE.UU. Muchos analistas confunden la trepidación propia de este proceso de cambio con una "crisis terminal" del poder americano en el mundo. A partir de ahora, y cada vez más, los EE.UU. deberán adoptar una posición más distante y arbitral con relación a las luchas de poder en todos los tableros geopolíticos del mundo. Sólo interviniendo en última instancia y, de ser posible, a través de las manos de terceros países. Y deberán promover activamente todo tipo de divisiones internas, dentro y fuera de los principales países dentro de cada uno de estos tableros. Siguiendo el modelo clásico de la administración imperial de Gran Bretaña, durante el siglo 19. Esto no se producirá sin conflictos. Pero este será el juego que se jugará en las próximas dos décadas: por un lado, los EE.UU. actuando como cabeza de imperio, distanciándose e interviniendo sólo en última instancia, y, por el otro, las demás potencias regionales intentando escapar del cerco americano, a través de coaliciones de poder que neutralicen el divisionismo estimulado por los EE.UU..

- ¿Cuáles son las diferencias con relación al imperio británico?
- Se trata de un sistema imperial mucho más complejo e inestable de lo que fue el imperio británico, porque es supranacional sin ser colonial. E involucra, potencialmente, a 195 Estados y economías nacionales, que son o se consideran soberanos. Las fronteras de este imperio no son fijas ni territoriales y pueden ser redefinidas a cada momento por el poder global militar y financiero de los EE.UU. Y, dentro de este sistema, la expansión continua del poder y de la riqueza americana promueve y fortalece algunas nuevas potencias emergentes que deberán competir con los EE.UU., en las próximas décadas, por las hegemonías regionales del mundo. Es importante subrayar que este nuevo tipo de imperio no excluye la posibilidad de derrotas o fracasos militares localizados de los EE.UU. Por el contrario: es la propia expansión victoriosa de los EE.UU. y no su decadencia, la que va promoviendo los conflictos y las guerras. Y, desde el punto de vista estrictamente militar, lo esencial para el nuevo poder imperial americano es impedir que alguna potencia regional amenace su supremacía naval en cualquier región del mundo. Y, es obvio, impedir que ocurra una guerra hegemónica capaz de alcanzar su supremacía militar global.

- ¿No existen límites para este poder?
- Es obvio que este nuevo poder imperial no es absoluto ni será eterno. Como ya fue dicho, su expansión continua crea y fortalece poderes que compiten. Y desestabiliza y destruye los equilibrios y las instituciones, creadas por los propios EE.UU., estimulando la formación de coaliciones de poder regionales que acabarán desmembrando poco a poco su poder imperial, como sucedió con el imperio romano. Por otro lado, la nueva ingeniería económica mundial desvió el centro de la acumulación capitalista y transformó a China en una economía con poder de gravitación casi equivalente al de los Estados Unidos. Esta nueva geo-economía internacional intensifica la competencia capitalista y ya dio inicio a una "carrera imperialista", cada vez más intensa en África y en América del Sur, aumentando la posibilidad y el número de los conflictos localizados entre las grandes potencias. Más allá de esto, el poder imperial norteamericano deberá enfrentar una pérdida de legitimidad crónica dentro de los EE.UU., porque la diversidad y la complejidad nacional, étnica y civilizadora de su imperio, es absolutamente incompatible con la defensa y la preservación de cualquier tipo o sistema de valores universales, como pretenden los norteamericanos. De ahí el aumento de las divisiones, cada vez más profundas, dentro del establishment de la política externa de los EE.UU., y también dentro de la sociedad americana, con aumento de la radicalización de las posiciones y conflictos, como en el caso del Tea Party y de las manifestaciones en Madison, Wisconsin etc.

De cualquier forma, es posible decir, con relación al futuro, que no existe ninguna ley que defina la sucesión obligatoria y la fecha del fin de la supremacía americana. Pero es absolutamente cierto que el simple rebase económico de los EE.UU. no transformará automáticamente a China en una potencia global ni, mucho menos, en el líder del sistema mundial. Más allá de esto, es posible afirmar que se terminó definitivamente el tiempo de los pequeños países conquistadores. El futuro del sistema mundial envolverá, de aquí en adelante, una especie de guerra de posiciones permanente entre grandes países continentales, como es el caso pionero de los EE.UU., y ahora lo es también el caso de China, Rusia, India y Brasil.

- Usted ha afirmado que a partir de los años 1970, después de la consolidación del nuevo sistema monetario internacional "dólar flexible ", los EE.UU. conquistaron un poder sin precedentes en el capitalismo. ¿Pero la crisis financiera reciente no expuso fragilidades de este sistema? ¿No se manifiesta un declive en esta hegemonía?
- Es verdad que después de la crisis de los años 70, la política monetaria de los EE.UU., junto con la desregulación de sus mercados financieros, contribuyeron decisivamente con el nacimiento del nuevo sistema monetario internacional dólar-flexible , que ya dura más que el sistema de Bretton Woods. Y no cabe duda de que este nuevo sistema transfirió a los Estados Unidos un poder monetario y financiero sin precedentes en la historia de la economía mundial. Simplemente porque, según las nuevas reglas que no fueron consagradas por ningún tipo de acuerdo internacional, los EE.UU. pasaron a arbitrar simultáneamente el valor de su moneda, que es nacional e internacional al mismo tiempo, junto con el valor de sus títulos de la deuda, que absorben el ahorro de todo el mundo y sirven de ancla para el propio sistema liderado por la moneda norteamericana. Y finalmente, como consecuencia, los EE.UU. pueden redefinir, en cada momento, el valor de sus propias deudas, sin que sus acreedores puedan reclamar sin salir perdiendo.

En este sistema, toda crisis financiera de la economía americana acaba afectando, en mayor o menor grado, la economía mundial, a través de la propia corriente financiera global del dólar flexible. Estas crisis se repetirán, pero no son necesariamente una señal de fragilidad. A veces, pueden ser hasta una señal de poder y el inicio de un nuevo ciclo expansivo. De cualquier manera, estas crisis no deberán alterar la jerarquía económica internacional, mientras el gobierno y los capitales americanos puedan trasladar sus costos hacia las demás potencias económicas del sistema.

Ahí, el concepto de hegemonía es extremadamente amplio y gelatinoso. Va desde el ejercicio puro y simple de la supremacía militar hasta la idea de liderazgo económico y moral de los pueblos. Creo que el poder global de los EE.UU., hoy, ya no tiene que ver con el sentido gramsciano de hegemonía. Se trata de un poder imperial global, militar y financiero. Incluye la posibilidad y la necesidad de estas crisis que, inclusive, pueden acabar resultando en una escalada todavía más amplia de poder y riqueza, como sucedió con los EE.UU., después de la crisis de los años 70 del siglo pasado. Con excepción de un pequeño período de algunos pocos años en la década de 1990, nunca nadie creyó que el mundo fuese unipolar. Desde mi punto de vista, dentro del sistema interestatal en el que vivimos, el concepto de multipolaridad es desagradable y tiene poca relevancia desde el punto de vista teórico. A pesar de que sea un término útil en el mundo diplomático.

- ¿El dinamismo de China no traerá necesariamente consecuencias geopolíticas? ¿No deberá abandonar paulatinamente su posición de fragilidad diplomática por una acción más enfática en la diplomacia mundial? ¿Es posible ver a China como una potencia hegemónica mundial?
- Hoy no existen dudas de que la gran novedad dentro del sistema mundial es la expansión económica de China y su disposición creciente de luchar por la hegemonía política y militar regional, en Asia y en el Pacífico Sur. Pero desde el punto de vista geopolítico, lo más probable - en las próximas dos décadas por lo menos, es que China se limite a esta lucha por la hegemonía regional, manteniéndose fiel a su estrategia actual de no provocar ni aceptar ningún tipo de confrontación fuera de su zona de influencia. Pero si China sigue el camino de todas las grandes potencias del sistema interestatal capitalista, en algún momento futuro, tendrá que combinar su nueva centralidad económica mundial con algún tipo de proyección de su poder político y militar hacia fuera de su propia región inmediata. Pero hay que tener en cuenta que China tiene una posición geopolítica desfavorable, con un territorio interior amplio y cercado y una frontera marítima muy extensa, no contando todavía con un poder naval capaz de imponerse al control norteamericano del Pacífico Sur. Sin poder naval, China no irá muy lejos. Y pasarán muchos años todavía para que China llegue a tener una capacidad naval capaz de amenazar el control marítimo global de la marina norteamericana. El propio Japón tiene una capacidad naval mayor que la de China. Y, con certeza, los EE.UU. deberán incentivar el aumento del poder militar de Japón y de Corea, con vistas a un equilibrio de poder regional, que contenga a China dentro de su propia región.

- ¿Cómo observa usted la posición europea en este juego de poder?
- Después de 1991, aumentó el número de socios de la Unión Europea y la extensión territorial cubierta por la Otan. Pero la Unión Europea está cada vez más débil, dividida y desorientada sobre cómo conducir sus asuntos internos y sobre como reinsertarse en el nuevo sistema internacional, después del fin de la guerra fría y de la reunificación de Alemania. Está quedando cada vez más claro cuál es la verdadera causa de esta pérdida de rumbo: la Unión Europea no dispone de un poder central unificado y homogéneo, capaz de definir e imponer objetivos y prioridades estratégicas, al conjunto de sus asociados. Más allá de esto, está cada vez más dividida entre los diferentes proyectos para Europa: de Francia, Gran Bretaña y Alemania, que son sus Estados líderes y que tienen entre si divergencias estratégicas seculares. Divergencias que quedaron adormecidas hasta el fin de la Guerra Fría, pero que reaparecieron después con la reunificación de Alemania y el resurgimiento de la vieja Rusia dentro del escenario geopolítico europeo. Con su reunificación, Alemania se transformó en la mayor potencia demográfica y económica del continente y pasó a tener una política externa más autónoma, centrada en sus propios intereses nacionales. Y, en esta línea, se viene comprometiendo cada vez más con la hegemonía de Europa Central.

Al mismo tiempo, viene estableciendo lazos cada vez más extensos con Rusia. Una estrategia que reubica a Alemania en el epicentro de la lucha por la hegemonía dentro de toda Europa, opaca el papel de Francia y desafía el americanismo de Gran Bretaña.

En los próximos años, no es imposible que Alemania y Rusia busquen una aproximación más estrecha, dado que Rusia es la mayor proveedora de energía de Alemania y de toda Europa, además de ser la segunda mayor potencia atómica del mundo. Y Alemania está en condiciones de suministrar a Rusia la tecnología y los capitales que necesita para recuperar el dinamismo económico indispensable a una gran potencia. Este acercamiento afectará radicalmente el futuro de la Unión Europea y de sus relaciones con los Estados Unidos. No es improbable que traiga de vuelta la competencia geopolítica de los Estados europeos que fueron los fundadores del actual sistema mundial.

- ¿Y la actual crisis económica en Europa? ¿Usted cree que el euro sobrevivirá?
- La actual crisis económica europea no es apenas financiera ni se restringe a la insolvencia de algunos Estados de menor importancia económica dentro de la comunidad. Desde mi punto de vista, se trata de una crisis monetaria y de insolvencia del propio euro, una moneda que es emitida por un Banco Central metafísico, que no pertenece a ningún Estado ni está asociado a ningún Tesoro Central. El nuevo sistema monetario europeo comenzó a ser construido con el Tratado de Maastricht, en 1992, y culminó con la creación del Euro, en 2002. Basado en la suposición de los dirigentes europeos de que esta nueva moneda global conduciría a la creación de un poder central capaz de dirigirla. Pero hasta hoy el euro funcionó como una especie peculiar de moneda semi-privada e inconclusa, siendo aceptada en función de la creencia privada y en la certeza pública de que el BCE y Alemania cubrirían todas las deudas emitidas por los 16 Estados miembros de la eurozona. Como ocurrió hasta 2008, permitiendo que todos estos países fijasen tasas de intereses casi iguales a las de Alemania, a pesar de su inmensa desigualdad de poder y riqueza. Esta situación cambió después del colapso financiero de 2008, cuando la primera-ministra alemana, Ángela Merkel, estableció el nuevo principio de que cada país europeo tendría que ser responsable, a partir de aquel momento, por sus propios bancos y por la cobertura de sus deudas soberanas. La consecuencia inmediata de la nueva posición alemana fue la crisis de insolvencia de algunos gobiernos de Europa Central, en el año 2009, disimulada por la intervención del FMI. A comienzos de 2010, entre tanto, la denuncia del nuevo gobierno socialista de Grecia, de que el déficit presupuestal griego del año anterior había sido mayor que el publicado inicialmente, sirvió como mecha para una nueva crisis.

Esta crisis fue magnificada por el veto alemán, durante seis meses, a cualquier tipo de ayuda comunitaria al gobierno griego. hasta el momento en que la situación de Grecia amenazó extenderse a otros países endeudados y acabó afectando la propia credibilidad del euro. Esto obligó a Alemania a aceptar la pronta aprobación del Fondo Europeo de Estabilización Financiera, con capacidad anual de movilización de hasta 750 mil millones de euros. Valor suficiente para eludir la crisis inmediata, pero incapaz de revertir la desmoralización del sistema monetario europeo, que fue creado en 2002, bajo la tutela alemana. Para corregir esta "falla de fabricación" del euro, Francia propuso la creación de un gobierno económico europeo, que no fue aceptado por Alemania. El gobierno alemán, por su parte, propone, sin el apoyo francés, la creación de un Fondo Monetario Europeo, para ejercer el control riguroso de la disciplina fiscal de la eurozona, con el poder de expulsión de los ausentes. El impasse permanece, pero, incluso así, en el corto plazo, se impuso la posición alemana, favorable a un ajuste fiscal draconiano de todos los países incorporados a la zona del euro. Como el ajuste está siendo aplicado en economías que ya están estancadas y con altas tasas de desempleo, es como echar leña al fuego y apostar a una profunda y prolongada recesión, como lo hicieron los EE.UU. al comienzo de la crisis de la década de 1930. Pero nada de esto resolverá el problema de la insolvencia del euro, porque la moneda europea sólo tendrá valor efectivo en el momento en que sea respaldada por un poder y por un tesoro central capaces de asumir la responsabilidad permanente por su sustento, basado en su capacidad de tributación y endeudamiento. Si no sucede esto y si los pequeños estados europeos no aceptan la condición de provincias fiscales de Alemania, el sistema monetario europeo y el propio euro, están con sus días contados.

¿Qué evaluación hace usted del acercamiento entre EE.UU. y Rusia?
Cualquier discusión sobre el futuro de esta relación entre EE.UU. y Rusia tiene que partir del hecho de que los EE.UU. seguirán siendo el pivot militar de Europa por mucho tiempo. Por lo menos mientras mantengan el control de las fuerzas de la Otan y de los arsenales atómicos de Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Turquía. En este sentido, la iniciativa todavía está en manos de los EE.UU. Y los EE.UU. tienen, por lo menos, dos grandes alternativas estrategias posibles con relación a cómo conducirse con Rusia. La primera alternativa es mantener la estrategia clásica, definida por Alfred Mackinder, a fines del siglo 19. La misma estrategia que fue seguida por Gran Bretaña, durante el siglo 19, y que fue mantenida por los EE.UU., después del fin de la Segunda Guerra Mundial: cercar a Rusia e impedir de todas las formas su aproximación con Alemania. Esta fue de nuevo la opción de los EE.UU., después del fin de la guerra fría, con la incorporación militar de Europa Central a la Otan y el establecimiento de bases militares americanas en los territorios de Asia Central, como forma de apoyo a las guerras de Irak y de Afganistán.

Pero existe la posibilidad de una segunda alternativa, más innovadora y osada, que podría rediseñar el mapa geopolítico de Europa y del mundo, con efectos inmediatos sobre la geopolítica de Asia Central y del Medio Oriente. En este caso, los EE.UU. promoverán un acuerdo de mediano plazo de pacificación de la frontera rusa, junto con una adecuación negociada con Irán, que implique el apoyo de Rusia y la simpatía implícita de Alemania. De ser así, Rusia daría una contribución decisiva para la estabilización de Asia Central y del Medio Oriente. En este caso, a través de una negociación que involucre a Irán y Turquía, con vistas a la construcción de un nuevo equilibrio de poder regional. a cambio de esto, Rusia tendría el apoyo norteamericano para retomar su zona de influencia y reconstruir su hegemonía en los territorios perdidos después de la guerra fría. Siempre y cuando se diera sin el uso de las armas, por el camino del mercado y de las presiones diplomáticas, como se les permitió y sucedió con Alemania y Japón, a partir de la década de 1950. Esta alianza estratégica con Rusia ayudaría a bloquear la expansión china y comprometería el apoyo económico americano al desarrollo del capitalismo ruso, con vistas a la superación de su sesgo actual, de naturaleza primario-exportadora. Pero no hay que olvidarse que Roosevelt intentó llevar adelante una estrategia parecida de incorporación de la URSS, en 1945. Pero su propuesta fue postergada por causa de su muerte y por la estrategia diseñada por Churchill y Truman, que llevó a la guerra fría. De nuevo, el proyecto de Barack Obama puede revolucionar la geopolítica mundial, pero también puede ser demorado por los cambios presidenciales que tendrán lugar en los EE.UU. y en Rusia, en 2012. Pero, antes de esto, el gran juego de Barack Obama puede írsele de las manos, porque los EE.UU. pueden no conseguir contener o controlar todas las fuerzas sociales y políticas despiertas, o estimuladas, por este gigantesco cambio geopolítico, dentro de cada uno de los países involucrados, en Asia Central, en el Medio Oriente y en el Norte de África.

- Las crisis capitalistas muchas veces han desembocado en guerras de grandes proporciones. ¿Usted ve esta posibilidad?
- Creo que los conflictos ubicados dentro del sistema mundial van a multiplicarse, involucrando siempre a los EE.UU., de una forma u otra. Pero no veo en el horizonte la posibilidad de una gran guerra hegemónica del tipo de las dos grandes guerras mundiales del siglo 20.

- ¿América Latina podrá dejar su condición tradicional de periferia exportadora hacia las grandes potencias?
- En la segunda década del siglo 21, después de que se superen los efectos inmediatos de la crisis de 2008, lo más probable es que América del Sur se mantenga en su condición tradicional de periferia económica exportadora. Aún cuando se amplíen y diversifiquen sus mercados en dirección a Asia y a China. Para cambiar esta ruta, sería necesaria una decisión de Estado y una capacidad colectiva de mantener en pie el proyecto integracionista, independientemente de los conflictos y divergencias locales y de los propios cambios futuros de gobierno. Más allá de esto, sería preciso llevar adelante la integración de la infraestructura física energética del continente y desarrollar cada vez más su mercado interno, con la reducción de su dependencia macroeconómica a las fluctuaciones de los mercados compradores y de los precios internacionales.

En este punto, no existe un término medio: los países dependientes de la exportación de productos primarios, incluso en el caso del petróleo, serán siempre países periféricos, incapaces de comandar su propia política económica e incapaces de comandar su participación soberana en la economía mundial. De cualquier manera, el futuro de América del Sur será cada vez más dependiente de las opciones y decisiones tomadas por Brasil. Y el tiempo urge, porque si Brasil sigue sometido a los designios de los mercados internacionales, se transformará, inevitablemente, en una economía exportadora de alta intensidad, de petróleo, alimentos y commodities, una especie de periferia de lujo de las grandes potencias compradoras del mundo. Como lo fueron, en su debido tiempo, Australia y Argentina o Canadá, incluso después de haberse industrializado. Y si esto ocurre, Brasil estará condenando al resto de América del Sur a su condición histórica secular, de periferia primario-exportadora de la economía mundial.

- ¿Cómo deberá evolucionar la relación de Brasil con los EE.UU.?
- Hoy, Brasil es el único país de América del Sur que tiene capacidad y posibilidad de construir un camino nuevo dentro del continente, combinando industrias de alto valor agregado con la producción de alimentos y commodities de alta productividad, siendo, al mismo tiempo, autosuficiente desde el punto de vista energético. Entre tanto, esta no es una elección puramente técnica o económica. Supone una decisión preliminar, de naturaleza política y estratégica, sobre los objetivos del Estado y de la inserción internacional de Brasil. Y, en este caso, existen dos alternativas para Brasil: mantenerse como socio preferencial de los Estados Unidos en la administración de su hegemonía continental, o luchar para aumentar su capacidad de decisión estratégica autónoma, en el campo de la economía y de su propia seguridad, a través de una política hábil y determinada de complementariedad y competitividad creciente con los Estados Unidos, comprometiendo también a las demás potencias del sistema mundial, en el fortalecimiento de su relación de liderazgo y solidaridad con los países de América del Sur. Sea como sea, es absolutamente cierto que las opciones brasileñas serán decisivas para el futuro de América del Sur.

Por otro lado, entre las llamadas potencias emergentes o continentales, como China, India y, tal vez, Turquía, Irán e Indonesia, Brasil es el país con mayor potencial de expansión pacífica, dentro de su propia región. Con la diferencia esencial de que su principal competidor en América del Sur son los propios Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, la expansión de Brasil, dentro y fuera de América del Sur, contó hasta ahora con la ventaja de ser una potencia desarmada, porque de hecho está situado en la zona de protección atómica incondicional de los Estados Unidos. Más allá de esto, Brasil también usufructúa la condición de país o nación formada dentro de la misma matriz cultural y civilizadora que los EE.UU. Pero llegará el momento en que Brasil tendrá que tomar algunas decisiones fundamentales con relación a estos dos puntos que favorecieron hasta aquí la expansión de su influencia internacional.

En primer lugar, tendrá que definir su propio proyecto mundial y su especificidad con relación a los valores, diagnósticos y posiciones de los europeos y norteamericanos, con relación a los grandes temas y conflictos de la agenda internacional. Y, en seguida, Brasil tendrá que decidir si acepta o no la condición militar de aliado estratégico de los Estados Unidos, de Gran Bretaña y de Francia, con derecho de acceso a la tecnología de punta como en el caso de Turquía o de Israel, por ejemplo, pero manteniéndose en la zona de influencia, protección y decisión estratégica y militar de los Estados Unidos y de sus principales aliados europeos. O sea, Brasil tendrá que decidir su lugar en el mundo, a partir de su pertenencia original a la tradición europea y cristiana, que lo distingue y distancia inevitablemente, de las otras tradiciones y potencias continentales que deberán estar compitiendo con los Estados Unidos y entre si por el liderazgo mundial en las próximas décadas. Y tendrá que decidirse, quiera o no, a tener algún día la capacidad de sustentar sus posiciones fuera de América del Sur con su propio poder militar.

- ¿Cuál es la importancia del Mercosur?
- Brasil controla actualmente la mitad de la población y del producto sudamericano, hoy es el player regional más importante en el tablero geopolítico de América del Sur. Viene teniendo una presencia cada vez más afirmativa, incluso en América Central y en el Caribe. Brasil aceptó el comando de la misión de paz de las Naciones Unidas, en Haití, adoptó una posición decidida a favor de la reintegración de Cuba en la comunidad americana y ha defendido, en todos los foros internacionales, el fin del bloqueo económico a Cuba. Al mismo tiempo, ha ejercido una razonable influencia ideológica sobre algunos gobiernos de izquierda de América Central y tomó una posición rápida y dura frente al golpe de Estado militar de Honduras, en junio de 2009, y en la tensión con los Estados Unidos, con respecto a la coordinación de la ayuda a Haití, en el terremoto de Puerto Príncipe, a comienzos de 2010. Pero a pesar de su mayor activismo diplomático, Brasil todavía no tiene posibilidad de competir o cuestionar el poder americano, en su mar interior caribeño. En América del Sur, entre tanto, Brasil ha demostrado, en estos últimos años, voluntad y decisión de defender sus intereses y su propio proyecto de seguridad y de integración económica del continente. Con la expansión del Mercosur, la creación de la Unasur y del Consejo Sudamericano de Defensa, Brasil contribuyó para el encajonamiento del proyecto del Alca y redujo la importancia del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y de la Junta Interamericana de Defensa, que cuentan con el aval de los Estados Unidos. Por otra parte, Brasil tuvo una participación activa y pacificadora en los conflictos entre Ecuador y Colombia y entre Colombia y Venezuela. Y tuvo una discreta y eficiente intervención para impedir que el conflicto interno de Bolivia se transformase en una guerra de secesión territorial en su propia frontera y en el mismo corazón de América del Sur. Más allá de esto, en 2009, Brasil firmó un acuerdo estratégico militar con Francia, que deberá alterar la relación de Brasil con los EE.UU. y transformar al país, en algunos años más, en la mayor potencia naval de América del Sur, con capacidad simultánea de construir submarinos convencionales y atómicos y de producir sus propios cazas bombarderos. Esta decisión no implica una carrera armamentista entre Brasil y sus vecinos del continente ni, mucho menos, con los EE.UU. Pero señala un cambio en la posición internacional brasileña y una decisión brasileña de aumentar su capacidad político-militar de veto, dentro de América del Sur, con relación a las posiciones norteamericanas.

- En los momentos de crisis fuerte no faltan los que afirman vislumbrar la "crisis final del capitalismo". Immanuel Wallerstein, por ejemplo, cree que "la civilización capitalista llegó al otoño de su existencia". ¿Por qué usted no adhiere a esta tesis?
- Creo que ya expuse mi punto de vista en las respuestas anteriores. Pero podemos volver al tema de una forma más directa y clara. Es verdad que en la crisis de los años 70 del siglo pasado se habló mucho del fin de la hegemonía americana e, inclusive, en algunos casos, de una crisis estructural o final del propio capitalismo. Y, sin embargo, hoy está claro que la crisis de los años 70 no debilitó el poder americano. Muy por el contrario, se transformó en el punto de partida de una escalada en el proceso de acumulación victoriosa del poder y de la riqueza de los EE.UU., en una escala planetaria. Y, ahora, de nuevo, en este inicio del siglo XXI-, se volvió a hablar de una crisis terminal del poder americano y del capitalismo. Pero no existen evidencias convincentes de que este colapso esté ocurriendo o vaya a ocurrir en los próximos tiempos. La crisis hipotecaria y financiera americana, de 2007/2008 no se transformó en una crisis económica global. Y no es probable que se pueda repetir, a mediano plazo, la crisis de la década de 1930 o, incluso, la de la década de 1970. El fracaso político norteamericano en Irak no disminuyó el poder militar de los Estados Unidos, que sigue siendo muy superior al de todas las demás potencias juntas. La economía norteamericana sigue siendo la más poderosa del mundo y mantiene su capacidad de innovación. Los Estados Unidos siguen controlando cerca del 70% de toda la información producida y distribuida alrededor del mundo. La moneda internacional sigue siendo el dólar. El déficit externo no amenaza a los Estados Unidos en este nuevo patrón monetario internacional dólar-flexible. Y los Estados Unidos no parecen estar sin "los medios y la voluntad de continuar conduciendo el sistema de Estados en la dirección que se perciba como expandiendo no sólo su poder, sino el poder colectivo de los grupos dominantes del sistema", como pensaba Giovanni Arrighi. Las dificultades políticas y económicas de los Estados Unidos, al final de la primera década del siglo 21, podrán prolongarse y profundarse. Pero, desde nuestro punto de vista, con certeza no se trata del fin del poder americano ni, mucho menos, de la economía capitalista.

De cualquier manera, el problema de fondo de todas estas profecías terminales no está en su lectura inmediata de la coyuntura internacional de este comienzo del siglo 21. Su punto débil está en la confusión que se da entre planes y tiempos históricos diferentes. El historiador francés, Fernand Braudel, hablaba de la existencia de poner al menos tres tiempos históricos diferentes: el tiempo breve, de la vida política inmediata, el tiempo cíclico, de la vida económica, y el de la larga duración, de las grandes estructuras históricas. Sin distinguir estos planes y estos tiempos diferentes se puede confundir, con facilidad, el fin de un ciclo normal de la economía capitalista con una crisis estructural o terminal del propio capitalismo. Y puede considerarse catastrófico un declive relativo de un país que haya acumulado una cantidad excepcional de poder, luego de una guerra victoriosa, como fue el caso de los Estados Unidos, después de 1945, y después de 1991. A partir de este momento victorioso, es inevitable que la potencia ganadora pierda posiciones relativas dentro de la jerarquía mundial del poder y de la riqueza, en la medida en que avanza la reconstrucción de los Estados y de las demás economías que fueron derrotadas o fueron destruidas por la guerra.

En estos períodos de recuperación, la velocidad de la reconstrucción física y militar y del crecimiento económico de los derrotados o destruidos, tiende a ser mayor que el de la potencia líder. Lo que no se percibe, muchas veces, es que la reconstrucción y aceleración del crecimiento de estos países es, al mismo tiempo, indispensable, para la acumulación de poder y riqueza de la potencia que está en "decadencia relativa". Y que esta potencia en decadencia es indispensable para el ascenso relativo de las otras potencias que se están acercando o superando a la potencia líder. Por esto, se puede hablar de una "decadencia relativa" del poder americano, con relación a China, como ya se habló de la decadencia del poder económico norteamericano, con relación a Japón y a Alemania, en la década de 1970. Pero este declive relativo de los Estados Unidos no significa, necesariamente, un colapso de su poder económico y de su supremacía mundial. De cualquier manera, por detrás de la visión de Wallerstein, como de la mía propia, existen teorías diferentes sobre el origen y la dinámica del sistema mundial. Wallerstein y Arrighi ven la historia mundial como una sucesión de ciclos hegemónicos o de acumulación de capital. Mientras que yo veo a este mismo sistema como un "universo" en continua expansión. Donde todos los Estados que luchan por el poder global, en particular las grandes potencias, están siempre creando, al mismo tiempo, orden y desorden, expansión y crisis, paz y guerra, sin perder su supremacía jerárquica dentro del sistema. La visión de ellos está más cercana a la biología y a sus ciclos vitales. Mientras que la mía está más cerca de la física termodinámica y de la teoría de las estructuras disipativas.

- ¿Cuál es su evaluación acerca de la visita de Obama a Brasil?
- Hubiera sido una visita irrelevante, casi un paseo de fin de semana de la familia Obama, si no hubiera sido utilizada para hacer una demostración imperial del poder americano. Al poner en escena una decisión de guerra, que ya había sido tomada y que fue dejada para ser anunciada en territorio brasileño, antes de un almuerzo festivo del Itamaraty. Dejando a nuestro país en una posición infame y ubicando a nuestros gobernantes en la situación de pro-cónsules de una provincia imperial, en el momento en que hacían el ridículo de anunciar un nuevo "tratamiento entre iguales". Faltó un mínimo de altivez a nuestros gobernantes y ex-gobernantes presentes en la confraternización del Itamaraty. Ni que hablar de las autoridades cariocas, que se comportaron como si fuesen apenas groupies de auditorio.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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