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LIBRO
De Montevideo a México: “La embajada indoblegable”
Por Silvia Dutrénit Bielous
El jueves 7 de abril fue presentado en el Salón Artigas del Ministerio de Relaciones Exteriores el libro; “La embajada indoblegable”, de Silvia Dutrénit Bielous, uruguaya residente en México, el trabajo esta coeditado por el Instituto de Ciencia Política y Fin de Siglo.
El libro reconstruye el exilio forzados a que se vieron obligados por la dictadura uruguaya, casi 400 perseguidos políticos primero en la embajada de México en Montevideo en 1976 y luego ya en tierras aztecas. Aquellos hechos son reconstruidos en base a documentos diplomáticos uruguayos – mexicanos y testimonios de muchos de los exilados.
Con la presencia del viceministro de RREE Roberto Conde y con los académicos Gerardo Caetano, Álvaro Rico, la autora, algunos de aquellos protagonistas y una delegación de la representación diplomática mexicana encabezada por el actual embajador.
El vicecanciller Roberto Conde, uno de los oradores, señaló que en el libro aparecen en toda su magnitud dos figuras contrapuestas: por un lado, Juan Carlos Blanco, ministro de Relaciones Exteriores durante los primeros años de la dictadura uruguaya, a quien Conde tildó de “el canciller de la vergüenza”; y por otro a Vicente Muñiz Arroyo, representante de México en Uruguay por aquellos años, “el embajador de la dignidad y de la honra”. Muñiz salvó vidas, Blanco contribuyó a segar otras, dijo Conde.
Muñiz Arroyo por aquel entonces embajador de México en Montevideo prestó asistencia a todo aquellos perseguidos que se lo reclamaron. Alojando no sólo en la sede de la representación diplomática mexicana sino también en su residencia a unos 350 uruguayos -incluidos cerca de 60 niños- a las cuales se les prestaron servicios educativos, de salud, de seguridad y traslados.
Lo que sigue a continuación son los tramos fundamentales recogidas por La ONDA digital, de las palabras del Decano de la Facultad de Humanidades Dr. Álvaro Rico, del Dr. en Ciencias políticas e Historiador Gerardo Caetano y de la autora en la presentación del libro; “La embajada indoblegable”
Álvaro Rico: Ante tanta grandeza, del embajador, Vicente Muñiz Arroyo, recordemos a nuestra Belela Herrera. - Silvia nos trae nuevamente el tema del exilio, del asilo, del refugio, temas que - como se mencionaba aquí, al final - a veces pueden resultar extraños o lejanos para jóvenes generaciones en el Uruguay de hoy. Y que también resultan extraños porque no hemos tenido la capacidad, o no hemos podido, o no se ha querido incorporar en la conciencia colectiva de los uruguayos, esta temática en particular.
Relegada más a las experiencias personales de quienes - en algún momento - transitaron por esta etapa en sus vidas y mucho menos socializado o incorporado a una conciencia colectiva o a un pasado reciente. Y esto no es de extrañar, el fenómeno del exilio apenas estamos incorporándolo con fuerza en nuestra memoria colectiva a 40 años del primer detenido desaparecido en el Uruguay, el fenómeno de la desaparición forzada de personas. Evidentemente que estos otros temas vinculados a una época histórica reciente, ha costado más y es más difícil su discusión y su incorporación.
Pero es verdad. El exilio y - en particular - el exilio político y más en particular el exilio político latinoamericano, no fue un fenómeno ajeno a la realidad de la historia nacional en la década de los años 60. Para no remontarnos a los antecedentes y a todos los vínculos, afectivos, políticos y de todo tipo que - con las experiencias del exilio republicano español - nuestro país ha tenido desde siempre.
Uruguay acogió, para irnos más cercanamente a esa década de los 60, los primeros exiliados brasileños, después del golpe de estado de 1964. Quizás esto pueda ser representado en la figura de Joao Goulart y Leonel Brizola. Pero también de las sucesivas generaciones que ese exilio brasileño lanzó fuera de su territorio y que recogimos en nuestro país. En la década de los años 60 y a principios de los 70, también se acogieron muchos exiliados de la dictadura de Stroessner en Paraguay, aquí, en nuestro país. Y el caso de los exiliados brasileños y de los exiliados paraguayos, también demuestra cómo en la época de la dictadura - en los estudios recientes que se han hecho sobre la base de documentación estatal - fueron un objeto de vigilancia permanente en las etapas previas a la dictadura y - muy particularmente - durante la dictadura. Y como fueron objeto de represión, cuando algunos de esos exiliados se vincularon con las organizaciones políticas o espacios políticos de la izquierda en nuestro país, o cuando los presidentes, los dictadores de esos países visitaban a nuestros dictadores y, previamente a esa visita se realizaban un conjunto de “razzias” muy importantes que - en primer lugar - detenía a aquellos exiliados de esos países, que tenían antecedentes políticos en sus lugares de origen. Luego vino el exilio de los argentinos, antes del golpe de estado, con las políticas de la Triple A.
Quiere decir que esto formó parte de nuestra realidad y se construyó, también, a partir de cierto ciclo político que fue introduciendo para los uruguayos - ya no sólo para los latinoamericanos refugiados o exiliados en nuestro país, sino para los uruguayos exiliados o expulsados - su propia experiencia. Si nosotros recorriéramos brevemente, sin ánimo de ser exhaustivos, diríamos que una de las primeras modalidades que fue arrojando uruguayos al exterior en estas décadas, fue cuando muchos de los presos políticos procesados o detenidos bajo medidas prontas de seguridad, se acogieron a la opción institucional del artículo 168 inciso 17 y eran liberados a condición de su partida o expulsión al exterior. Ya ahí hay un primer núcleo de uruguayos que, numéricamente, pasa a ser cada vez más importante, en función de hacer uso de esta opción constitucional.
Luego hay otro momento de expulsión de extranjeros residentes, o de exiliados políticos en nuestro país. Ya bajo la época de la dictadura, podríamos apelar - y Gerardo y Selva se recordarán - al profesor Manuel Claps, de la Facultad de Humanidades. O - entre muchos otros nombres - el nombre emblemático de Manuel Liberoff, expulsado en junio de 1973 por la ley de indeseables y detenido desaparecido, posteriormente, en la República Argentina.
Tenemos en este ciclo en el cual este fenómeno del asilo y del exilio se va consolidando, las detenciones y las desapariciones de uruguayos en Chile. Cuando luego del golpe en setiembre de 1973, la dictadura chilena - prácticamente entre setiembre y diciembre - uno de los objetivos centrales de su política represiva fue golpear a los cientos o miles de exiliados latinoamericanos que se encontraban allí bajo protección o bajo refugio del gobierno del presidente Allende. Y es entonces cuando Uruguay, en muy pocos días, tiene nueve compatriotas detenidos desaparecidos que estaban residiendo y - en algunos casos - exiliados en Chile. ¿Por qué no recordar dentro de este ciclo, los traslados ilegales de exiliados uruguayos y asesinados en nuestro país? Como lo son el caso de los cinco asesinados de la carretera de Soca en 1974? ¿O el secuestro, desaparición y/o asesinato de exiliados políticos como Zelmar Michelini, Gutiérrez Ruiz, el matrimonio Barredo-Whitelaw, la desaparición de Manuel Liberoff? Y recordar, para este tema, la carta que Wilson Ferreira Aldunate le hace al general Rafael Videla, en la cual hay una fuerte crítica a la incapacidad de ese gobierno, de proteger la vida de exiliados uruguayos en ese país.
En el contexto que se producen los sucesos de la embajada de México, que es el objetivo central, el tema central de “La embajada indoblegable”, hay un caso emblemático que condicionará mucho los ánimos y los temores de los uruguayos exiliados en la embajada de México, que es el secuestro en el jardín de la embajada de Venezuela - en el año 76 - de la maestra Elena Quinteros.
Los sucesos de la embajada de México representan un cambio en este ciclo de exilios y refugios y asilos. Por un lado, representan un cambio en la propia concepción del exilio para las organizaciones de izquierda, que eran las más castigadas por la política represiva de la dictadura y - por consiguiente - el número mayor de exiliados pertenecían a organizaciones de izquierda. Recordemos que en la mentalidad de la izquierda, la posibilidad o la alternativa de exiliarse o de irse del país, no solamente estaba negada o en los permisos que a veces había que solicitar ante situaciones extremas, sino que - además de negarse orgánicamente, salvo excepciones por las organizaciones de izquierda - en muchos sentidos era sancionada en aquella concepción. De alguna manera, además, en la concepción de izquierda, la opción de exiliarse (por ejemplo, utilizar la opción constitucional de salir al exterior) era una concepción de que eso era sumamente transitorio. Era para quedar libres de la cárcel y volver a regresar, en lo inmediato, al país para retomar la lucha. Entonces, no estaba concebido en aquel contexto, aún, la posibilidad de asilarse y radicarse por largo tiempo en otro país, que no fuera - momentáneamente - salir del país para reingresar a la lucha.
Los sucesos del año 1975 y 76, inicialmente vinculados al operativo represivo masivo contra el Partido Comunista, llamado “Operación Morgan” y sus sucesivas oleadas represivas abarcando el año 1976, así como la represión misma a otras organizaciones de izquierda en 1976, van a ir - también - cambiando esta concepción sobre el tema del exilio o del asilo político en la izquierda. Y eso, en el libro, está reflejado. Hay un exilio que va asumiendo características masivas, hay un exilio en el que se involucran núcleos familiares y niños, hay una prolongación en el tiempo del uso de esa opción. Y no hay una sanción, sino que hay la posibilidad de usar el exilio. Y ahora al revés: no para volver, sino para utilizar los países del exterior, los países extranjeros, como un frente de lucha y de solidaridad hacia el pueblo uruguayo. Y en este contexto es en el que se va a producir ese ingreso masivo que va a totalizar alrededor de 400 exiliados en la embajada de México entre 1975 y 1976. Y, en ese universo, más de 30 niños. Y luego, resaltar el lugar de la autora. Un lugar privilegiado, porque ella ha sido testigo directo, en otra vida que ha tenido en otros tiempos, de estos sucesos y de los temas que ella luego aborda acá directamente. Pero se nota en su abordaje académico su vivencia y se nota, en su abordaje académico, el cariño hacia determinadas circunstancias, determinados acontecimientos y determinados nombres que no le hacen - por esto mismo - perder objetividad.
Entonces, tenemos un lugar privilegiado de la autora por sus propias vivencias, al mismo tiempo que una historiadora guiada por el uso de un oficio ancestral que le permite - fundamentalmente a través de la historia oral, en una gran cantidad de entrevistas a protagonistas, a testigos directos de estos acontecimientos y también el uso de fuentes documentales, la consulta a archivos tanto en México, como en nuestro país - reconstruir esta historia, reconstruir estas vivencias. Que también es un homenaje a México y su gente, por el hecho de que ella y su familia se han quedado en ese país desde el año 76.
Pero también porque ese México representado en su gente, por hombres y nombres - como Vicente Muñiz Arroyo, Gustavo Massa, Cuhitlahuac Arroyo, fue, un sostén muy importante para afrontar y resolver esta etapa tan difícil. Y hay que reconocer en Silvia Dutrenit, una gran consecuencia, una gran tenacidad frente al tema. No solamente por este libro, sino por otros y por documentales - incluso - que resaltan los estudios y las investigaciones de esta naturaleza.
Un libro atractivo por cómo está escrito. Porque es un libro cargado con su temática y pesado por las emociones que trasmite - pero muy alivianado (diría yo) por la forma de narrar y por el formato que el libro tiene. En la medida que en sus capítulos se combinan una serie de historias, individuales o colectivas, en las que por allí desfilan los primeros asilados, los nombres de Carlos Puchet y Carlos Borche, Anhelo Hernández e Ida Holz, Malusa Stern, El Galpón, los cinco militares exiliados, los jóvenes y niños en sus anécdotas y en sus reconstrucciones, los militantes de diferentes organizaciones políticas - con un fuerte peso del Partido Comunista pero también del MLN, también del PVP.
Es decir, combina la reconstrucción y la base testimonial de estos personajes, de estas historias y de estos acontecimientos, con otros capítulos más teóricos (en donde la propia autora opina y desarrolla), teóricamente vinculados al tema del asilo, vinculados específicamente al asilo en el Cono Sur, a la historia reciente como categoría conceptual y - también - sus opiniones fundadas acerca del tema de los archivos y de los documentos. Por consiguiente, la labor en el tiempo, desde México y desde aquí, de Silvia en este libro en particular, determina que ella también sea una de las protagonistas con los mayores aportes a la construcción de la historia reciente de nuestro país como un campo de estudios.
Simplemente y para terminar, quiero señalar estas dos últimas cosas: aquí está el exilio individualmente considerado y lo que le representa a la persona (hombre o mujer) tomar esa decisión y atravesar por las distintas instancias que, desde la toma de esa decisión hasta llegar al país de destino, implica. Desde qué ropa se lleva, cómo se arma la valija, cómo nos despedimos, etc., etc. Es decir, la experiencia intransferible individualmente considerada, de un asilado, de un exiliado. Pero también en el libro está - con un énfasis muy fuertemente puesto y con momentos muy importantes en los logros narrativos - lo que significó la convivencia, tanto en la casa del embajador en la calle Andrés Pujol, como la convivencia en las oficinas del consulado, en el edificio Ciudadela. Y, más allá de la narración puntual - a la cual ya no tengo tiempo de referirme - sí hay problemas, en esa narración puntual, muy bien tomados: cómo ocupar el tiempo libre, cómo organizar distintas formas de recreación para los jóvenes, cómo organizar la higiene, la distribución de alimentos, la ropa. Para las cerca de 200 personas (198 personas) y una gran cantidad de niños que estaban conviviendo, durante meses, en esos espacios pequeños y - además - espacios de encierro. Los aspectos más colectivos, los aspectos emergentes de la solidaridad entre las personas, la distribución de tareas, la organización de las fiestitas de despedida, las caravanas al aeropuerto, el famoso avión de Panamerican, ¿no?. La compañía PAN AM (que ya no vuela), presente en todo este relato. Y con un momento muy fuerte, en los capítulos 14 y 15, del tema de los niños. ¡Realmente emocionantes algunas de las fotos! Los niños festejando un cumpleaños, con sus piñatas y sus globos rojos.
El problema del ruido que provocaban y el desorden, en esa convivencia de encierro. Las artesanías, la escuelita de la maestra María Emilia Anyul de Puchet. Cómo tomar el aire libre. Cómo hacer que los niños tuvieran un momento en ese patio de atrás de la casa del embajador, al cuidado de los más grandes. Porque también estaba la posibilidad del secuestro de esos niños en el territorio de la embajada. Estaba lo de la maestra Quinteros. Estaba esa posibilidad o de cerco, o de invasión o de secuestro en la propia embajada. Todo esto está reflejado y hace a las vivencias y hace a la reconstrucción histórica. ¡Ni que hablar de la figura del embajador!
Y yo simplemente, ante tanta grandeza, quisiera - solamente - recordar, en esa figura del embajador, Vicente Muñiz Arroyo, con la figura de nuestra Belela Herrera.
Gerardo Caetano: Vicente Muñiz Arroyo en realidad, es un héroe uruguayo A mi me parece que este libro, debe ser un libro - no diría insustituible, pero casi - para la formación de los diplomáticos uruguayos. Entre otras cosas, porque revela lo que puede ser un diplomático. Y es muy importante que este libro se presente en esta casa, que fue una casa oprobiosa durante los años de la dictadura.
Aquí, la cancillería, no fue un ministerio de 2ª en los años de la dictadura. ¡Fue un Ministerio central!!. Y fue un Ministerio de entidades y por la valentía de algunos de los funcionarios de la cancillería, en el archivo de esta cancillería podemos tener el registro de muchas de esas identidades. De muchas de las identidades que hicieron diplomáticos formados antes de la dictadura. Diplomáticos formados en el Uruguay de la democracia, que sin embargo, durante el gobierno de la dictadura, fueron elementos venales de un régimen aborrecible.
A pesar de que en esta casa hubo cancilleres que al final de la dictadura promovieron la destrucción de documentos, algunos de esos documentos fueron salvados. Y esos documentos, entre otras cosas, están allí, esperando quien los lea - muchos de ellos ya han sido leídos - para registrar ciertas cosas terribles que hicieron diplomáticos formados en otra matriz - republicana, democrática - que, sin embargo, fueron esbirros de la peor dictadura. En ese sentido este libro, en primer lugar, brinda a un futuro diplomático muchas enseñanzas.
La primera es la de que una embajada puede ser lo que fue la casa del embajador Vicente Muñiz Arroyo, en la calle Pujol. Una embajada puede ser el refugio, en los tiempos de terrorismo de Estado, para centenares de personas perseguidas y en condiciones límites.
Todos sabemos que de no haber ocurrido esta aventura increíble (y creo que es creíble porque está la documentación y están los relatos), muchos de los uruguayos que estuvieron en la casa del embajador, hubieran sido presos, hubieran sido torturados y - seguramente - algunos hubieran sido desaparecidos. O sea que, en primer lugar, la idea de lo que puede ser una embajada. La idea de lo que puede ser una embajada en un tiempo de dictadura. La idea de lo que puede ser una embajada indoblegable en una dictadura que aplica el terrorismo de estado. La idea de lo que puede hacer un hombre, como un embajador digno, en medio del ventarrón del terrorismo más siniestro. Es muy importante que los futuros diplomáticos incorporen esta dimensión: lo que puede ser una embajada como un territorio libre, en medio de una dictadura que aplica terrorismo de Estado.
Este libro también le habla al pueblo uruguayo, de muchos elementos que son muy relevantes. En primer lugar, México. México no es un país cualquiera para los uruguayos. México es un país muy entrañable para los uruguayos. Un país muy particular en América Latina, un país que cobijó y cobija a muchos miles de compatriotas que han seguido vinculados al Uruguay, que siguen participando de la aventura uruguaya - como Silvia y Martín - pero que también participan de otra aventura, que es la aventura mexicana. Que siempre tuvo una aventura, siempre. La aventura mexicana es latinoamericana. Y cuando a mi me dicen “bueno, México, por el NAFTA, ya ha dejado de ser América Latina y ya es Norteamérica”. Yo les digo: “no”.
Podemos discutir esto, pero México, no puede dejar de ser América Latina. Porque México tiene a América Latina en su sangre, en su historia, en su vida. Es como una marca de fuego y es una marca que nos da estos vínculos. Cuando estamos en México o cuando nos encontramos con mexicanos en América Latina, sabemos que tenemos una hermandad tácita. Hecha, además, de estas historias.
Este libro, además de devolvernos esta imagen entrañable del México latinoamericano, nos devuelve las marcas de la dictadura. Yo formo parte de una generación en la que la marca fundamental, es la dictadura. Por eso nos cuesta mucho aceptar el discurso de aquellos que dicen: “bueno, hay que disolver esas marcas, porque si esas marcas siguen estando vigentes - en realidad - el futuro se compromete”. Y es un discurso que - además de un discurso mezquino - es profundamente equivocado.
Si quisiéramos disolver esas marcas, en primer lugar, no podríamos. ¿Cómo disolver la marca de lo que fue esta experiencia humana en quienes participaron directamente de ella? ¿Cómo disolver las marcas de quienes vivimos - dentro o fuera del país - la de estigmatización de la dictadura? Y yo creo que las marcas de la dictadura tienen que ver con vivencias muy concretas. Y además con vivencias - y este libro tiene esa virtud - de quienes, por fuerza mayor, cuando son reconstruidas sin ética, desde la persuasividad de las cosas concretas, de las peripecias más humanas. Hechas con la estopa humana, que puede tener su mejor versión y que puede tener su peor versión.
Y esta es una historia de personas. Una historia de hombres y de mujeres. Una historia que nos devuelve, desde las marcas de la dictadura, lo que es el terror, la vivencia del terror. Yo creo que quien lee este libro - por ejemplo - puede sentir, puede palpitar, con aquel uruguayo que corrió en el edificio Ciudadela y que fue - así como no pudo ser la maestra Elena Quinteros - salvado en el último momento por un funcionario, al grito de: “¡esto es México!” Y que tiró del lado de la vida y salvó a una persona de la muerte más oprobiosa.
Uno puede sentir el terror práctico de esa escalera corrida. Uno puede sentir el terror de recorrer aquel Montevideo en donde no había puertas abiertas o en donde había muy pocas puertas abiertas y en donde el miedo de la persecución y el seguimiento, era muy real. No había que narrarlo. Uno puede sentir, en la practicidad de lo concreto, la convivencia de centenares de personas en lo que era - simplemente - una casa. Una casa “tomada”. Y allí, ¿cómo no sentirse conmovido por esa comunidad, esa cotidianidad imposible, sostenida contra viento y marea? En donde había maestros que se las ingeniaban para dar clases de pintura sin ejemplos visuales; había patriotas apátridas; había amores a escondidas; había despedidas desgarradoras hechas con brindis de dedales de whisky; había discusiones; había simulacros de autodefensa; había terror con los reflectores contra la casa, por los turnos de autodefensa que trataban de pensar en la hipótesis de un asalto. Que hoy se nos ocurre que era una hipótesis imposible, pero que no era nada imposible. Era una hipótesis cotidiana y era una hipótesis que, seguramente, estuvo en la mesa de las discusiones.
Por eso esta historia es muy persuasiva. Es una historia que también nos trae experiencias con nombre y apellido. Y Vicente era una figura absolutamente central. No porque sea una figura que opaca a los otros, sino porque - en algún sentido - fue un protagonista de una aventura colectiva, pero en donde el colectivo se formó desde peripecias absolutamente personales. Y ese héroe uruguayo es Vicente Muñiz Arroyo.
Yo hoy cuando veo el tema del bicentenario, cuando veo un país a la búsqueda de héroes esenciales tratando de inventar lo inverosímil y perdiendo lo más valioso que es, justamente, la aventura uruguaya, digo: “vamos a dejarnos de búsquedas absurdas y vamos a recuperar el “gran relato” de la aventura uruguaya. ¡Pero vamos a recuperarlo en serio! Y vamos a recuperarlo a partir de estos relatos y a partir de estas personas”. Porque no me cabe la menor duda de que Vicente Muñiz Arroyo, forma parte estelar de la aventura uruguaya. Que, en su mejor versión, es una aventura que también se proyecta hacia América Latina y es una aventura que aloja - como compatriotas - a muchos que nacieron fuera de aquí y que, de alguna manera, pasaron a formar parte de nosotros.
Este país - y lo han dicho muy bien Carlos y Álvaro - tuvo una matriz republicana, en donde el tema del asilo se vinculaba con toda una filosofía humanitaria, con toda una filosofía respecto a que la nación era la humanidad y que la nación tenía que ver con valores. Esto, que el Uruguay lo pudo vivir practicándolo, luego, cuando se perdió esa ecuación, el Uruguay lo pudo experimentar del otro lado. Y Vicente Muñiz Arroyo es eso.
Es alguien que - perfectamente - podría haber incorporado, podría haber sido la expresión más emblemática de aquellos códigos laicos del batllismo y del progresismo novecentista, en donde se transfería la noción permanente de que, para ser fiel a la patria, había que - primero - ser fiel a la humanidad. De que no había la defensa del interés nacional, sino la defensa de valores universales. Muñiz fue eso. Alguien que supo defender - como nadie - la identidad de México, defendiendo valores universales. Y yo quiero precisar esto, porque no fue casual que Muñiz, finalmente, volvió al Uruguay y, finalmente, murió en el Uruguay. Siendo radicalmente mexicano, siendo un uruguayo entrañable, formando parte de esta mejor historia de la aventura uruguaya y - al mismo tiempo - teniendo todavía sus marcas en aquel pueblito Michuacan…, donde la noche es larga porque amanece tarde.
Yo creo que este es un libro que los uruguayos necesitábamos. Es un libro que contiene una historia que es esa historia que nos devuelve las razones para andar juntos, como diría Real de Azúa. Porque nos devuelve el reconocimiento de aquellas fibras que nos permiten decidir un “nosotros” y orientarlo en un sentido de futuro.
Es una historia cargada de ese optimismo humanista y - realmente yo también comparto con Álvaro - ese optimismo que uno lo encuentra en muchos lugares del libro pero, seguramente en pocos, tan entrañable como en las fotos y en los relatos que nos hablan de que en un país, hijo de la escuela, tal vez haya sido una de las escuelas más maravillosas que hubo en este país, que fue la historia de la escuela de la maestra María Emilia Anyul, que se hizo en un patiecito de una casa “tomada” por centenares de uruguayos que encontraron en un embajador mexicano, a un verdadero compatriota.
Yo quiero terminar diciendo que este libro viene a confirmar muchas cosas respecto a la autora, Viene a confirmar que Silvia Dutrenit es una extraordinaria historiadora. Es una historiadora formada en la mejor versión de lo que es la mejor tradición del oficio: en el culto al documento, en el rescate de las reglas del procedimiento para interpretar un documento, para interpelarlo. Pero al mismo tiempo, es una historiadora nueva, una historiadora abierta a la novedad, es una historiadora que no es una “positivista”, sino que - de alguna manera - reconstruye maneras nuevas de relatar, precisamente, estos envasados. Creo que ella, en este libro, innova mucho respecto a sus libros anteriores y que construye una modalidad de relato que es muy relevante tomar como registro como para interpelar una historia del pasado reciente, que es un espacio en donde nuestra historiografía está creciendo, está involucrando nuevos historiadores y que está devolviendo - de manera innovadora - muchos relatos. Este libro termina con un capítulo 17 que se llama “Andamios y Materiales” y es un capítulo formidable.
Porque, luego de construir el gran relato, con mucha precisión, es como que el historiador se vuelve historiógrafo. El relato dice así: “utilicé estos instrumentos metodológicos, tuve estas dificultades, manejé estos marcos teóricos”. Creo que es un gran acierto, por parte de Silvia, porque permite - no solamente incorporar una historia - sino también incorporar la “cocina” de cómo se construye la historia. Y creo que esto le da un sabor muy especial y no solamente a la visita de otros historiadores.
Pero este es un libro confirmatorio de algo que ya sabíamos. Y es que Silvia Dutrenit y Martín Puchet y sus hijos mexicanos/uruguayos, tienen un vínculo entrañable y absolutamente indestructible, con la aventura del Uruguay. Y es un vínculo que - entre otras cosas - se puede confirmar por esa búsqueda tenaz de aportar a esta aventura colectiva, a estas razones que todavía nos siguen hermanando y a esta punción de futuro de donde - ciertamente - estamos instalados. Por eso creo que es un libro para celebrar, para leer y es un libro que - me parece - que nos devuelve (en este año medio raro del bicentenario), una historia que bien vale la pena.
Silvia Dutrénit: cinco militares, nunca salieron del edificio Ciudadela… El cierre de la presentacion del libro fue hecha por su autora la historiadora Silvia Dutrénit, quien agradeció las distintas colaboraciones en el proceso de elaboración e investigación de la obra y a los presentes y a las autoridades del ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo por ceder su anfiteatro para el evento. Agregando que; "El trabajo son narraciones que están bien constituidas a través de muchos testimonios".
Cotejar y buscar en los archivos, una vez que se fueron abriendo los archivos mexicanos, uruguayos, documentación, para ver cómo, tanto los documentos diplomáticos de Uruguay y México, como los documentos que se presentaban en la documentación de los servicios de inteligencia, daba cuenta de estos episodios. Tarea que se dice muy rápida ahora, pero que amigos y colegas saben muy bien que no es tan rápido. Se dice rápido, pero ir y navegar, bucear en la documentación polvorienta y - a veces - casi desecha de los documentos y tratar de llegar al documento que realmente esté registrando el episodio (porque realmente sería imposible que estuviera registrado), pero no siempre es fácil llegar, no siempre se encuentra, no siempre se cede, se permite que se llegue a ese documento.
Esta fue una tarea de años, tanto en México, que fue el primero en donde logré introducirme en los archivos, como en Uruguay. No está todo dicho, no es todo lo que yo encontré lo que existe (estoy segura), pero lentamente, con el libro provoco la posibilidad al reproducir algunos documentos que otra gente pueda buscar, tenga la posibilidad y seguir rastreando para que se consigan datos.
Es muy interesante ver cómo se asientan, qué se decía, cómo repercutía el hecho. El hecho que se dio y que sucedió, no sólo en aquella sede o en aquella embajada mexicana en la calle Andrés Pujol, también en el edificio Ciudadela. Yo veo caras aquí, muchos pasaron por el edificio Ciudadela y otros debieron permanecer en el edificio Ciudadela. Los cinco militares, por ejemplo, nunca salieron del edificio Ciudadela. Porque era un problema de protección, para ellos en particular - como decía el embajador Don Vicente - pero también juntar a los militares con el resto de los asilados, hacía más difícil la seguridad del conjunto de ellos.
Bueno, estos asilados que algunos de ellos están hoy aquí - los estoy viendo - los famosos militares del asilo - no había sólo para ellos que estaban en el edificio Ciudadela, a unos cuantos metros, el tema de la vigilancia, de la provocación policial. A ellos los tenían dentro de un corredor, en un piso del edificio Ciudadela. Estaban en una puertita aquí, del otro lado militares y aquí nomás, los militares del régimen. Y vivían, también, permanentes provocaciones. Allí también estuvo uno de los fugados del Cilindro, que su pase llegó a una tensión muy importante dentro de la cancillería y que debió salir - como los funcionarios mexicanos - fuera de Uruguay porque la cancillería uruguaya no garantizaba su seguridad.
Los relatos están basados en testimonios. Hubo casi 400 asilados, más de 350 fueron asilados por Vicente Muñiz Arroyo. Y estos testimonios tienen las características de que quienes relatan, obviamente, dan sus toques particulares, individuales. Pero tienen la pretensión de mostrar los grandes rasgos del episodio “asilo mexicano”. Esa es la idea. Es muy difícil que cientos y cientos de personas den su testimonio muchas veces, es muy difícil hacer una investigación y concluir un libro con esto. Gerardo lo decía hace un rato, hay entrevistas que empezaron en el año 96. Entonces no muchos (no quiere decir que consultamos a todos ya que - por cierto - no nos daban las fuerzas ni las energías) - estaban entonces dispuestos a dar su testimonio. Este es uno de los problemas Carlos. No puedo contestar todo lo que dijiste, no voy a contestar lo que dijiste, pero hay muchos puntos que son para trabajar más unidos, son una provocación, de alguna manera.
Uno de los desafíos metodológicos es entender esto. Quienes dan testimonio en el 96 y alguna vez volvimos a hablar con ellos cuando el testimonio es trunco, bueno, las rememoraciones, temporalmente, son distintas. Porque son de mucha gente, desde ese presente que se está rememorando. Es un riesgo metodológico, sin lugar a dudas.
Quería decir también que el asilo mexicano dio cuenta (también se ha mencionado mucho) no sólo, de que los uruguayos entonces (y masivamente, porque casi 400 es mucha gente), no han encontrado ninguna fuente de cuántos fueron rechazados y cuántos renunciaron del exilio. Sin embargo, tenemos cuenta de algunos datos - pero sólo los testimonios - de los cuales la mayoría de los que se protegió, relativamente pocos en comparación, no viajaron a México. Viajaron a un tercer país.
Quiero decir que sí, que ese conjunto de testimonios dan cuenta - e inclusive, la propia documentación - de que no sólo es importante que un estado tenga una política de asilo. Es importante que existan los instrumentos internacionales de defensa, de protección a los perseguidos políticos. Pero es fundamental - y esta historia lo demuestra - y en el caso de México hay muchas historias - por ejemplo con la gigantesca llegada de los refugiados españoles, hay otros embajadores mexicanos de gran proyección en este caso - nos dan cuenta de que no alcanza con una política de estado, que no alcanza con un instrumento, que siempre está la intención entre la norma y la práctica, sino que es fundamental quien está en ese momento. Y el que haya estado Vicente Muñiz Arroyo, da pruebas de que había una puerta abierta, pero no quería decir una puerta abierta indiscriminadamente, como este ministerio - en otros años - dijo que eran todos turistas, que en realidad lo que querían, era viajar a México.
Hay uno de los relatos que da cuenta de algo que Vicente Muñiz Arroyo, en su momento, cuando los militares estaban asilados en el edificio Ciudadela, él le dijo a Juan Carlos Blanco - que era el canciller de entonces - : “ahora le traigo 5 turistas más que quieren viajar a México”.
Se ha tratado en este texto, en esta historia, de poder - a partir de testimonios, de documentos - dar los grandes rasgos de este episodio. Pero tenemos la seguridad, como lo decía Gerardo hace un ratito, de que este no es el último libro sobre el asilo ya que se han escrito otros, en México. Esto es un episodio que merece muchos más relatos. De alguna manera, hay mucho más para decir, mucho más para cotejar y mucho más para ver, desde el punto de vista diplomático, qué significan momentos como éstos. A veces los cambios de embajadores responden a un cambio en la administración, a un cambio de política o a una nueva percepción del embajador y a muchas cosas más. En fin, hay respuestas, pero no son respuestas finales. Creo que hay que trabajar más, en este caso.
Para hacer esto se precisaron los testimonios. Se necesitó que los protagonistas - que eran todos diplomáticos y exiliados - tuvieran la generosidad, la fuerza, de volver sobre el pasado. De recordar cosas generosas, episodios dolorosos. Otros no tanto. Otros lo que muestran es la fuerza del ser humano, la capacidad de solidaridad, la capacidad de armar cotidianeidades en medio de la funcionalidad. Pero sin esos testimonios, hubiera sido imposible hacer este libro. Entonces, creo que es muy importante agradecer a todos, algunos presentes y otros no presente, algunos a los que ya les hicimos las entrevistas y fallecieron en el camino y otros que están lejos, que están en México. Y otros más que están en lo que es la diáspora, que ya - ni siquiera - están en México. Es como nuestra segunda generación, niños del exilio, los niños de la embajada, no todos quedaron en Uruguay o en México. Hoy andan por Europa, África…
En fin, el mundo es distinto y el Uruguay es distinto. Y tiene ese crecimiento a partir, no sólo de la época de la dictadura, ya desde antes. A partir de que ese crecimiento del Uruguay fuera de fronteras.
Gracias a todos aquellos que dieron su testimonio, gracias a la editorial, por el esfuerzo que hizo y por creer en nuestro proyecto y - sin duda - muchas gracias al Instituto de Ciencia Política, por haber acompañado, por habernos acogido muchas veces durante los viajes, para revisar los archivos y gracias a todos ustedes por compartir este rato (aplausos).
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