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FUNCIÓN VITAL
La sexualidad como valor humano
Elisabeth Pons Cebrián
La sexualidad es una función no menos vital que el comer o el respirar, aun cuando en sí misma no afecte a la supervivencia del individuo
El influjo de la sexualidad en la conducta de cada persona, y en las relaciones humanas en general, es algo que hoy en día casi nadie se atreve a negar. Sin embargo, lo que actualmente parece ser de consenso común, hace poco menos de unas cuantas décadas era ámbito de controversia. Durante siglos, en Occidente -tanto en Europa como en América- una interpretación teológica equivocada del cristianismo fundamentalista -ya ortodoxo, ya católico, ya protestante- equiparó acto sexual con vicio, con perversión y con pecado.
Así, todo acto sexual no enmarcado dentro de unas normas estrictas de comportamiento era considerado contrario a la templanza, a la santidad y a la Gracia, llegando al extremo de considerar algunas prácticas heterosexuales como depravadas y antinaturales. La sexualidad parecía tener justificación nada más, y aun con limitaciones, dentro del matrimonio -considerado éste como un estado de vocación inferior al estado consagrado o religioso- y sólo en edad fértil; o sea, antes o después de ella, en la niñez o en la madurez de los individuos, es decir, en los períodos no hábiles para la procreación, la actividad sexual adquiría connotaciones patológicas o viciosas.
Desde la perspectiva de este bagaje histórico, de condenas morales y de conocimientos transmitidos con vergüenza de generación en generación, por vía oral y no siempre bajo la responsabilidad de las personas más idóneas, no es de extrañar que el estudio científico de la sexualidad humana estuviera -y aún siga estando en algunos terrenos- preñado de mitos, inexactitudes, tabúes y, en general, de errores con amargas consecuencias para el equilibrio físico y psíquico de las personas.
La sexualidad ha permanecido etiquetada durante siglos en Occidente como uno de los instintos más vergonzosos del género humano. Algo de lo que, en sus manifestaciones más sofisticadas -la prostitución sagrada femenina y masculina-, era mejor no hablar; tal y como recomendaba san Pablo en el versículo 3 del capítulo v de la epístola a los Efesios.
Aunque para el varón había mayor permisión moral en este espacio, la sexualidad significaba una pesada carga para ambos sexos, un duro estigma cotidiano al que cada individuo aplicaba las soluciones de su propia intuición. El caso de la mujer ha sido -y sigue siendo todavía en muchas partes del planeta- estremecedor en cuanto a las consecuencias fisiológicas y psicológicas. Para la moral victoriana -que aún impera en muchos sectores de la sociedad occidental- cuanto menos información recibieran los y las jóvenes, se decía, menores serían sus deseos, menor su descontrol y menor el peligro de que infringiesen las normas al respecto. Así pues, sobre esta base de ignorancia, el miedo a lo desconocido y a sus graves consecuencias (enfermedades, embarazo, etc.) operaba como auténtico elemento de autocontrol.
Por suerte, pero con lentitud, científicos, pedagogos e incluso algunos poderes públicos -tanto en el norte de Europa como en norteamérica- fueron tomando conciencia de la necesidad de una educación sexual desde la misma infancia, como único medio útil para luchar contra los mismos trastornos físicos y psíquicos que la “ley del silencio” había propiciado.
El esfuerzo era loable, pero pronto se hizo evidente la insuficiencia de cualquier programa educativo que limitara su horizonte a la simple información sobre anatomía, fisiología, de embarazo o de moral, sin acercarse al delicado terreno de la conducta sexual práctica.
Consiguientemente, se requerían enfoques psicológicos más sutiles y mayor claridad expositiva para hacer algo frente a la preocupación compleja, obsesiva y con frecuencia mal explicitada, de los jóvenes y de muchos adultos, sobre temas como las características del sexo, las diferentes posturas en el acto sexual o el modo de causar y recibir mayor placer.
En resumen: había que abandonar, de una vez por todas, tanto el falso prejuicio de que una información total y ponderada sobre la sexualidad humana hacía necesariamente a los individuos promiscuos y activos en este tema, como que el miedo o el misterio fuesen precisamente los instrumentos preventivos más idóneos al respecto.
Pero, entonces, ¿qué es la sexualidad? Por encima de sus muchos interrogantes aún sin respuesta, lo cierto es que se trata de una función no menos vital que el comer o el respirar, aun cuando en sí misma no afecte a la supervivencia del propio individuo. Como un poderoso factor de equilibrio, repercute en todos los matices de la personalidad porque afecta a toda su psicología e incide en su equilibrio emocional y social. Y lo hace en la medida en que la sexualidad humana trasciende la simple finalidad biológica -la reproducción de la especie-, para adornarse con unos elementos sin parangón en el reino animal: el placer de la emoción y el complejo sentimiento del amor sexual; los cuales, con el paso de los siglos, dejaron de servir para asegurar exclusivamente la reproducción y tomaron carta de naturaleza en sí mismos.
No obstante, determinadas corrientes de la ciencia sexológica actual contestan cualquier tendencia a considerar la atracción y la respuesta sexual en función de fenómenos tan complejos como la ternura o el amor. Según sus tesis, aun cuando se llagara a una definición aproximada del hecho amoroso, cosa harto improbable por subjetiva, la realidad demostraría que su presencia no es absolutamente necesaria ni en la génesis, ni en el desarrollo del acto sexual. En su opinión, parece evidente que para que una respuesta sexual sea satisfactoria debe existir una cierta atracción entre sus participantes, pero no precisa ni necesariamente amor.
Por encima de los mismos términos de ésta y de otras muchas controversias sobre diferentes aspectos de la sexualidad, lo cierto es que el mero hecho de que puedan desarrollarse públicamente denota ya un proceso de cambio en la mentalidad social. Una especie de “revolución sexual” propiciada por los nuevos conocimientos científicos, por las nuevas tecnologías y, muy especialmente, por el esfuerzo de las nuevas generaciones en desterrar de la convivencia humana cualquier tipo de discriminación de los individuos a causa de su sexo.
Los comienzos del cambio en los hábitos y costumbres relacionados con este tema y, sobre todo, en la eliminación de los tabúes que durante siglos han impedido hablar del sexo como de cualquier otro problema humano, se remontan solo a finales del siglo xix, cuando investigadores como Henry Havelock Ellis (1859-1939), Richard von Krafft-Ebing (1840-1902) y Theodor Hendrik van der Velde (1873-1937), entre otros, abordaron por primera vez la sexualidad desde un punto de vista totalmente científico. Más allá de sus aciertos, y también de sus errores, la aportación de estos pioneros sería principalmente su enfoque racional del tema. Sigmund Freud (1856-1939) daría a la sexualidad el espaldarazo definitivo, al considerarla como la causa principal, consciente o inconsciente, de la mayoría de las dolencias que aquejan al ser humano.
De esta forma convirtió la sexualidad en uno de los pilares fundamentales para la comprensión total del hombre, pero, desgraciadamente, en ningún momento intentó demostrar científicamente sus intuiciones. Además, pese al creciente interés por el tema sexual, persistía aún la idea de que determinadas actividades sexuales eran patológicas y propias únicamente de una minoría neurótica, e incluso depravada.
La irrupción de Alfred Kinsey (1894-1956), Ralph Pomeroy (1867-1925) y Martin Dannecker (de 1942), tres nuevos estudiosos del tema, cambiaría el panorama de la sexología: sus trabajos estadísticos demostraron que muchas de las conductas tenidas hasta entonces como antinaturales eran practicadas por casi la totalidad de la población, y obligaron con ello a reconsiderar el enfoque global dado hasta entonces a la sexualidad. Finalmente, William Masters (1915-2001) y Virginia Johnson (de 1925) lograrían resolver los interrogantes básicos sobre los procesos que experimenta el organismo cuando emite una respuesta sexual, y sobre los mecanismos biológicos encargados de controlar este fenómeno.
Fuente: El Seis Doble Fotos del Templo Khajuraho
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