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El derecho humano a la guerra
Por el profesor José Luís Fiori*
“Yo veía en el universo cristiano una liviandad con relación a la guerra que habría dejado avergonzadas a las mismísimas naciones bárbaras. Por causas fútiles, o incluso sin motivo, se recurría a las armas y cuando ya con ellas en las manos, no se observaba más respeto alguno para con el derecho divino ni para con el derecho humano, como si por la fuerza de un edicto, el furor hubiese sido desencadenado sobre todos los crímenes”. Hugo Grotius, “El derecho de la Guerra y de la Paz”, 1625
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Hugo Grotius (1583-1645), padre del derecho internacional moderno, fue heredero de la tradición humanista y cosmopolita de la filosofía estoica, que formuló, por primera vez, la idea de una sociedad internacional solidaria y sometida a las leyes universales. Aún siendo cristiano y teólogo, Grotius desarrolló la tesis de que estas leyes universales formaban parte de un “derecho natural común a todos los pueblos... tan inmutable que no podría ser cambiado ni por el mismo Dios”. Para el jurista holandés, el derecho a la seguridad y a la paz formaba parte de estos derechos fundamentales de los hombres y de las naciones. A pesar de esto, Grotius consideraba que el recurso a la guerra también era un derecho natural de los pueblos que vivían dentro de un sistema internacional compuesto por múltiples estados, desde que la guerra apuntase a “asegurar la conservación de la vida y del cuerpo y la adquisición de las cosas útiles a la existencia”. Pero a pesar de esto, Grotius no concibió ni defendió la posibilidad de una guerra que se propusiese como objetivo a la defensa o promoción internacional de los mismos derechos humanos. En parte, porque él era católico y conocía la decisión del Concilio de Constanza (1414-1418), que fijara la doctrina de la ilegitimidad de la “conversión forzada” y de todo tipo de guerra, apuntando a la conversión de otros pueblos, como había sido el caso de las Cruzadas, en los siglos anteriores. Después del Concilio de Constanza, el concepto de “guerra justa” quedó restringido - para los católicos y para casi todos los europeos - a las guerras que respondiesen a una agresión y que fuesen caracterizadas como un acto jurídico, destinado a reconstituir el status quo ante. Grotius no desarrolló el argumento, pero se puede deducir, desde su punto de vista, que los derechos humanos, como la fe religiosa, son una lucha y una conquista de cada hombre y de cada pueblo en particular. Sobre todo, porque fue uno de los primeros en darse cuenta que en un sistema internacional formado por múltiples estados, era inevitable que coexistiesen varias “inocencias subjetivas”, frente a una misma “justicia objetiva”.
No habiendo forma de arbitrar - “objetivamente” - sobre la razón o legitimidad de una guerra declarada entre dos pueblos que reivindicasen una interpretación diferente, de los mismos derechos fundamentales, de los hombres y de las naciones. En este sentido, la propia idea de una guerra en nombre de los “derechos humanos”, contiene una contradicción conceptual, y es por esto que todas ellas acaban transformándose, inevitablemente, en una “guerra de conversión”, o en una nueva forma de Cruzada.
En última instancia, este también es el motivo por el cual la discusión sobre Derechos Humanos, en el campo internacional, se transformó - después del fin de la Guerra Fría - en un terreno cercado de buenas intenciones, pero minado por el oportunismo y por la hipocresía. Porque existe, de hecho, una frontera muy tenue e imprecisa entre la defensa del principio general, como proyecto y como utopía, y la arrogancia de algunos estados y gobiernos que se auto-atribuyen el “derecho natural” de arbitrar y difundir, por la fuerza, la tabla occidental de los derechos humanos. Para comprender la complejidad y la fluidez de esta frontera, basta leer a otro gran filósofo iluminista y cosmopolita, el alemán Immanuel Kant, dividido entre su utopía de una “paz perpetua”, y su deseo de convertir al “género humano” a la “ética internacional civilizada”. Para Kant, “en el grado de cultura en el que todavía se encuentra el género humano, la guerra es un medio inevitable para extender la civilización, y sólo después que la cultura se haya desarrollado (Dios sabe cuando), será saludable y posible una paz perpetua”. (“Comienzo verosímil de la historia humana”, 1796)
Para ver en la práctica, como se desarrollan estas guerras kantianas, basta observar el caso más reciente de la intervención en Libia, iniciada por un gobierno francés de derecha y en estado de descomposición, seguido por un gobierno inglés conservador y absolutamente inexpresivo, y por un gobierno norteamericano amenazado por graves dificultades internas. Todo comenzó bajo el aplauso internacional de casi todos los defensores de los derechos humanos, de derecha y de izquierda, que consideraban que se trataba de un caso indiscutible de “guerra legítima”, hecha en nombre de la defensa de una población agredida y desarmada.
Pero ya ahora, después de algunas semanas de masacre, de un lado y del otro, va quedando cada vez más claro que el tema en cuestión, no es el derecho a la vida y a la libertad de los libios, ni tampoco, la promoción de una democracia universal. Al mismo tiempo y en la medida, incluso, en que la guerra de Libia se va transformando, de forma cada vez más clara, en un ejercicio militar experimental de implantación de una cabeza-de-puente para una intervención futura, eventual y más amplia, de las fuerzas de la OTAN, en África.
Ahora bien, mirando desde otro ángulo, se puede observar una recurrencia y una dificultad análoga, en el debate y en las iniciativas de los organismos internacionales, con relación a la defensa y a la promoción de los “derechos fundamentales”, alrededor del mundo. A lo que se ha asistido, en los últimos años, es casi siempre a la misma película: por un lado, se ubican y votan los “inocentes útiles” y los defensores generosos del principio, del proyecto y de la utopía; y por el otro, se posicionan los países que se valen de su apoyo y de su misma retórica, para proyectar su poder y su estrategia geopolítica. A través de “guerras humanitarias”, promovidas o lideradas, invariablemente, por los mismos países que componen el actual “directorio ético y militar del mundo”, o sea: EE.UU., Gran Bretaña y Francia.
* José Luis Fiori: Profesor en la Universidad pública de Río de Janeiro sobre economía y ciencia política.
- Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
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