LEYENDA
Niko, el de Reforma 27
Raúl Legnani
urumex80@gmail.com

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Este lunes 16 un grupo de amigos realiza en la sede de APU un brindis con Niko Schvarz, que cumple 84 años de edad. Será, sin duda, una verdadera fiesta, y no solo para el homenajeado, sino para el periodismo nacional y particularmente, si se nos permite, para los periodistas de izquierda.

Mucho antes de que yo conociera a Niko, ya era una leyenda, un fantasma que recorría el mundo y el Uruguay, especialmente los laberintos del Palacio Legislativo, como periodista de El Popular. Era la época en que los colegas cobraban aguinaldo, insólitamente pago por el Poder Legislativo, aunque Niko ese dinero "lo entregaba al Partido", me dijo una vez.

En esa época Niko, comunista por donde lo miraras, era amigo de legisladores de los partidos tradicionales como Luis Hierro Gambardella, Wilson Ferreira Aldunate y Maneco Flores Mora, entre muchos otros.

Lo conocí en México, siendo uno más de los miles de asilados políticos, en la puerta del Hotel Versalles, una noche en que el presidente Luis Echeverría Álvarez le dijo al mundo que la tragedia de Chile nunca iba a ocurrir en su país.

Los dramáticos dichos de Echeverría y la presencia física del periodista no eran nada alentadoras porque Niko había estado en todos los últimos golpes de Estado: Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay. Era como la yeta encarnada en un ser humano bajito, rápido al caminar, con cara seria, amante de la música clásica, lector de todo lo que se le cruzara. Por eso muchos pensamos que nos quedaba poco en México y que teníamos que ir buscando otra embajada, cosa que por cierto no ocurrió. Por suerte y gracias a Lupe.

Un día el Colorado Echave me llamó a su cuarto del hotel y me dijo: "Mirá, el gobierno nos pide que vayamos consiguiendo casa en donde vivir y existe la posibilidad de alquilar un apartamento en Reforma 27, frente al diario "Excelsior", pero con Niko".

Fue así que marchamos para nuestro primer apartamento (departamento, dicen los mexicanos), donde durante algún tiempo dormimos con el colchón en el piso, lo que por cierto no es nada heroico y es, además, sano para la espalda.

En esos días Niko ya había movido sus piezas y logrado contactos con exiliados españoles que vendían muebles a un muy buen precio y en cómodas cuotas.

Lo primero que se compró fue una mesa para poder apoyar la máquina de escribir (había cargado su única arma, la más potente). Luego conseguimos la heladera y muy pocas cosas más. Esta fue la única vez que hizo algo práctico-cotidiano: además de hacer el té, lavar las lechugas, los tomates e ir de compras al supermercado.

En la azotea del edificio había cuartos para las empleadas domésticas, pero como nosotros no teníamos se la prestamos al Gallego Aurelio, para que pudiera revelar sus fotos y hacer copias de los negativos que había traído clandestinamente de Montevideo con los registros de la huelga general que enfrentó a la dictadura.

Convivimos muchos meses juntos, sin ningún tipo de problemas, junto a mi esposa, y mi madre, que llegó un día para mi cumpleaños pero nunca más volvió al Uruguay hasta el retorno de la democracia, porque ese día las fuerzas conjuntas se llevaron al viejo en cana.

El apartamento estaba en el mismo piso, a 29 pasos, de la sede de Prensa Latina ¬ su lugar de trabajo- , desde donde un día escribimos juntos que mi padre había sido detenido, encarcelado y posteriormente procesado.

Niko, en los primeros días de cohabitación, estaba en la más absoluta lona, hasta que comenzó a cobrar en Prensa Latina, lo que demoró demasiado. Recuerdo que tenía un saco impresentable, todo gastado, que mi madre se lo pintó con acuarelas al tono para que fuera más o menos presentable a una recepción en la embajada de Vietnam. Fue pintado, sin duda, cosa que hizo con orgullo.

En las noches conversábamos de cualquier cosa, pero como era lógico hablábamos de política y de sus experiencias periodísticas: los golpes de Estado en los países que ya nombré, de sus charlas con Neruda, con el Ché, Ho Chi Minh, la guerra de Vietnam donde él había estado, Rodney Arismendi, Lucho Corvalán, encuentros con Fidel y Raúl, sobre la época estalinista de los Gómez, de los médicos comunistas más queridos. En cada cuento se le caía un lágrima (hoy le sigue pasando lo mismo y quizás por eso sigue siendo joven, porque no perdió la capacidad de emocionarse).

También perdíamos el tiempo charlando sobre cualquier cosa. Tuvimos un debate "trascendente" y fue sobre en qué idioma putea uno. Niko, que sabe español, francés y brasileño, me aseguró con mucha seriedad y argumentos elaborados que las puteadas eran en el primer idioma que uno aprende.

Razón tenía, porque nunca me calenté cuando un mexicano me gritaba "hijo de la chingada" y tampoco reaccioné utilizando los dichos mexicanos, a pesar de que me los aprendí todos en pocas semanas.

Niko siempre supo vivir al límite. Nos enseñó a tomar buenos vinos y ricas comidas, no muy abundantes, en las aperturas de las exposiciones de pintura de los países socialistas en el Distrito Federal. Allí íbamos, mirábamos dos o tres cuadros con caras de entendidos y de inmediato a los vinos y a los bocadillos.

Las mayores acciones peligrosas que cometimos juntos fue cuando intenté enseñarle a manejar el auto. Fue imposible, y después de tres a cuatro fines de semana, de común acuerdo resolvimos que habíamos fracasado porque podíamos terminar dentro del estadio de la UNAM comidos por el Puma

El auto quedó a salvo y la conducción pasó a manos de Margarita, quien piloteó todo ¬ y no solo el auto - en esos años, logrando que durante diez días, una vez al año, no escribiera algún cable (¡suerte que en esos años no existía Internet!). Eso sí: el boletín quincenal "Desde Uruguay" nunca dejó de salir.

Donde jamás cedió fue en la vida partidaria, por lo menos esa fue la experiencia de México. Por momentos duro, por momentos cabeza dura, por momentos pícaro. Su mayor habilidad era apuntarse después de mí en las reuniones, con la intención de rebatir mis argumentos que dos por tres se salían del librero partidario. Pero jamás un insulto, una palabra fuera de lugar. Siempre los debates terminaban con un gesto afectuoso y comiendo tacos al pastor.

Los años del retorno que aún seguimos transitando ¬ soy de los que cree que aún no colgamos los cuadros, como dice Zitarrosa - , lo han mostrado como siempre: sin cambios físicos (un verdadero milagro de la naturaleza), sin cambios en sus principios: más antiimperialista, más promotor de la paz, más de izquierda y frenteamplista, más comunista (sin partido, pero añorándolo).

Seguramente mañana, poco antes de ir a su fiesta - la nuestra- , en APU, escriba alguna columna. Seguramente, minutos después, llame a José Luis Martínez para recordarle que la columna ya está en su PC. Seguramente seguirá militando, que es su razón de ser, donde en ese solo acto es capaz de conjugar el amor y sus ideas.

*Periodista uruguayo, nota publicada este 12 de mayo en La República

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