El FA necesita un
momento de Big Bang

Por Raúl Legnani*

Cada vez se escucha más, desde la interna del Frente Amplio, que se hace imprescindible que las nuevas generaciones irrumpan en el escenario político con la idea de provocar un recambio en la fuerza política.

Lo paradójico de todo esto es que la reclamación no se origina en los escenarios más jóvenes, sino que parte de los estamentos que van entre los 60 y los 70 años de edad.

Esto me hace acordar a mi abuela Eloísa, que nunca conocí, que daba vueltas a la plaza de Canelones exigiendo el voto para las mujeres y nadie le daba pelota, particularmente las mujeres que estaban muy contentas con que los maridos se metieran en la política y no ellas. El boliche y la política, eran solo para los machos.

Hoy los viejos o medianamente viejos son los que gritan a favor de los jóvenes, pero las muchachas y muchachos se refugian en las redes para hablar de lo que hacen mal los mayores, sin plantearse que llegó la hora de tirar por la ventana a los que ya fueron (fuimos).

En la década del 60 ¬los viejos siempre volvemos a esa década, porque allí nos sentimos fuertes en tanto el pasado nos protege¬ las nuevas generaciones irrumpieron para apropiarse del poder, esa palabrita que a muchos chiquilines les molesta.

Si a las nuevas generaciones les molesta el poder, porque el actual poder no les gusta y no pudieron imaginarse otro, la sociedad uruguaya va camino al derrumbe, entre otras cosas porque las viejas generaciones ya no tienen cura (ni monja). No puede haber una renovación generacional, encabezada por viejos, no solo biológicos sino también culturales.

El año 1968, que no logró ninguna revolución en materia de conquista de poder, fue un escándalo intelectual y cultural que le hizo bien a los sociedades que lo vivieron, donde por cierto lo que pasaba en Tlatelolco no era lo mismo que en París o Montevideo, pero tenían elementos comunes como la rebeldía y el cuestionamiento a lo estatuido.

Es cierto que estos movimientos de protesta, como ahora el 15-M de España, no fueron elaborados por columnistas (como es mi caso), ni politólogos, dos profesiones que nunca son protagonistas, sino simples comentaristas de la realidad.

La rebelión de los sesenta surgió en las entrañas de muchachas y muchachos que no sabían a dónde iban, pero sabían lo que no querían, que era la novela que las viejas generaciones habían construido para poder sobrevivir y confirmarse en el poder.

Hoy el Frente Amplio necesita un momento de Big Bang ¬aunque la palabra sea escandalosa y explosiva¬, que se exprese en la irrupción de nuevas capas de la sociedad que salgan a la calle a decir que así no se puede seguir, que no se soportan más las reuniones cuasi secretas de la dirigencia (la Mesa Política tiene más de logia que de organismo de dirección), donde un Plenario Nacional que no representa a nadie es capaz de resolver sobre temas trascendentes, sin lagrimear.

Es impensable que el Frente Amplio pueda renovarse y actualizarse solo por la acción de la actual dirigencia sectorial. Tampoco sin ella, pero no alcanza con solo ella, desde el momento que el electorado frenteamplista, particularmente el juvenil, no cree en nadie y desconfía de todos. Es que carece de referentes.

Si no hay una explosión de miles de muchachas y muchachos que irrumpan en la escena política, la izquierda no tiene salida y tampoco el país. Pero a la vez hay que saber que si el debate es solo sobre cuántas plantas de marihuana se puede consumir, tampoco habrá salida y mucho menos futuro.

El país tiene todas las condiciones para proyectarse al futuro, para felicidad de su gente. Para que eso se logre se necesita ante todo gente enamorada del proyecto, pero también una visión estratégica como sociedad, donde todos tenemos que aceptar que cometemos a diario errores y horrores.

Como individuos y como sociedad pujante, nos falta mucho aún para aprender. Con cabeza de oficina pública no vamos a ningún lado. Este desafío deber ser apropiado por los más humildes, a quienes hay que dar una mano, pero también por aquellos que se matan estudiando y no encuentran trabajo ni posibilidades de realizaciones. Son los jóvenes sin futuro, como en Madrid.

El sector más dinámico de la sociedad sigue estando en las muchachas y muchachos que estudian, que se preparan profesionalmente, pero que muchas veces no tienen apoyo para lograr sus realizaciones personales y que, si se logran, terminan siendo un capital de la sociedad, a la vez que permiten arrastrar positivamente a los más desposeídos en el difícil camino del futuro.

Esta inmensa tarea no es solo del gobierno y de la fuerza política, aunque ambos tienen la responsabilidad de actuar con coherencia y firmeza, en cada minuto de los días.

Ni el mercado local, ni la situación económica internacional, van a ser absolutamente decisivos en los próximos cuatro años. Un país no es un buen libreto de la economía, aunque en este terreno no hay derecho a equivocarse, ni a improvisar.

Uruguay llegó a ser en el mundo un punto de referencia para muchos pueblos, porque tuvo una conducción política que detrás de las ideas puso calificación en la gestión, pero fundamentalmente hombres políticos e intelectuales que respaldaron la construcción de las utopías. Y a esto se llegó luego de grandes debates, cuando la muchachada de la época asumió su responsabilidad. La hora de los jóvenes, es la hora del país y del Frente Amplio. Son ellos o la nada. Que sean ellos.

* Periodista uruguayo. Columna ublicada el domingo 29 de mayo en La República

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital