La cuestión Libia
Por el Dr, Lincoln Bizzozero Revelez*

Interpelación y límites a una política de seguridad regional de la Unión Europea

Los levantamientos en el mundo árabe dejaron en evidencia las insuficiencias de los organismos internacionales y regionales en el análisis crítico, en el conocimiento del territorio y del espacio político de esa región. Los distintos análisis realizados, los informes de situación, las medidas y acciones emprendidas ya sea a nivel nacional como es el caso del Fondo Monetario Internacional, como regional en el contexto euro-mediterráneo o bien de seguridad en el marco de la estrategia de la OTAN, muestran el predominio de un “realismo a ultranza” en desmedro de las realidades políticas y sociales. De ahí que los levantamientos en los países árabes trataron de ser contenidos en su expresión y desarrollo por las posibles derivaciones que pudieran ocasionar en el tablero geopolítico de la región, de por sí limitado en un statu-quo delicado por varios conflictos en el cual sobresale el árabe-israelí, la reivindicación palestina, y sobre todo la delicada cuestión energética. Es a partir de estos elementos que debe situarse la evolución de los acontecimientos que se plantearon en Libia, cuya conformación histórica como nación no corresponde a los parámetros occidentales ni de otros países de la región (unificación de dos regiones diferentes con alto contenido tribal).

Desde la perspectiva de las relaciones internacionales uno de los aspectos relevantes de la cuestión libia atañe a la interpretación de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la medida que se puso en discusión el principio de intervención por razones humanitarias. La resolución finalmente votada, aunque no por consenso otorgó un mandato para que se concretara una zona de exclusión aérea con la finalidad de proteger a la población civil y hacerles llegar la ayuda humanitaria necesaria. El fundamento de la acción del Consejo de Seguridad se planteó como derivación del Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas, aspecto que de por sí generó controversia en la introducción del tema en la agenda de ese órgano. La resolución 1973 fue aprobada con la abstención de los países BRIC (Brasil, Rusia, india y China), los cuales llegaron a la misma sin concertación previa. Además también se abstuvo Alemania, lo que marca una clara delimitación de su posición internacional como ya ocurriera en el tema iraquí. La resolución esboza una comprensión de los alcances y de los límites que tiene el debate sobre los principios que sustentan el actual orden internacional en transición, en particular referidos a la no intervención y a la intervención por razones humanitarias. El punto de inflexión en lo que podría ser la transición entre ambos, que se fue pautando en los años noventa, tuvo un freno durante este siglo como consecuencia del retorno del “interés nacional” en tanto expresión de los espacios políticos en ámbitos globales e internacionales, una vez que volvieron a plantearse y a otorgárseles prioridad a los asuntos vinculados a la seguridad.

Este retorno del “interés nacional” y específico (provincial o local) en la localización de la política, del debate comunitario, de la formulación y toma de decisiones ha planteado un coto a la evolución de una Unión Europea articulada en distintos niveles a partir de determinados principios europeos. De ahí las dificultades en poner en marcha los lineamientos del Tratado de Lisboa en materia de política exterior y de seguridad europea y esas dificultades se expresan en la falta de visión compartida sobre el entorno inmediato, incluyendo el Mediterráneo y también la cuestión libia. Una de las manifestaciones de esta falta de visión compartida fueron las diferencias que se plantearon entre los países europeos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Otra de las expresiones de esas diferencias se ha patentado en la misma OTAN que asumió el mandato del Consejo de Seguridad, ya que solamente participan en las operaciones catorce de los veintiocho miembros integrantes y de esos catorce países, Francia, Reino Unido y Estados Unidos han asumido el grueso de operaciones mientras el resto participan en los ataques a tierra (Dinamarca, Noruega, Italia y Bélgica) o en la zona de exclusión aérea (España, Holanda, Polonia, Turquía). Además de esta acotada intervención que dio lugar a un cuestionamiento a los socios de la organización en su compromiso con los cometidos de la OTAN por parte del Secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, se ha comenzado a plantear el delicado tema de los costos de la operación, en la medida que la lectura inicial de una rápida resolución del conflicto no se ha visto plasmada.

La crisis económica y en particular la que vive la zona euro no puede verse en otra pantalla sin vinculación con los compromisos de los países en la resolución de la misma. Los cuestionamientos de la Liga Norte en Italia con los compromisos presupuestales asumidos por Berlusconi en la cuestión libia y las controversias generadas por la participación de España, a través de la “voz” de los indignados, por una acción que no consideran prioritaria desde el punto de vista de la sociedad, son algunos de los ejemplos de la fragilidad de la “coalición mínima” que implementa a través de la OTAN el mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. También muestra las dificultades que tiene la Unión Europea en el presente para definir un concepto de seguridad regional que no quede prisionero de las lógicas nacionales o que sea funcional a los intereses económicos. De ahí que la cuestión libia sea también una interpelación al potencial y posibilidades de la Unión Europea en generar alternativas y contenidos específicos en valores en espacios regionales donde se presenta como actor.

(*)Lincoln Bizzozero Revelez: Investigador del Programa de Política Internacional y Relaciones Internacionales -Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de la República. Profesor del Instituto Artigas de Servicio Exterior.

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