¿El fin o una nueva
era Espacial?

José Monserrat Filho*

The Economist

La revista británica The Economist, en su edición del 30 de junio, anuncia "el fin de la Era Espacial" (The end of the Space Age). Como subtítulo, la nota de portada adelanta algo para que se comience a entender su propuesta: "El espacio interior es útil. El espacio exterior ya es historia" (Inner space is useful. Outer space is history). La primera frase parece correcta, la otra, no tanto.

Idea básica: la Era Espacial ha vivido más de fantasías que de realidades. "La visión vendida en los años 50 y 60 era de aventura y fantasía", dice la revista. E intenta explicar: "Los hechos del proyecto espacial norteamericano y de su contraparte soviética indujeron claramente a la fantasía del 'Star Trek' y del '2001: Una Odisea en el espacio'", dos best sellers de la TV y del cine. Los otros planetas, habitados o no, y también las estrellas, estarían allí para ser tomados.

¿Cierto? No lo sé. Ya al comienzo de los años 60, EE.UU y la URSS acordaron: la Luna y los otros cuerpos celestes no podrían ser objeto de apropiación nacional. Para la época, esto era realismo puro.

El marco de fantasías no existe más, continúa el semanario. Hoy, los entusiastas de las actividades espaciales, a los que él llama "los cadetes del espacio", "están más concentrados en aventuras privadas de personas como Elon Musk, en los EE.UU., y Sir Richard Branson, del Reino Unido, que esperan convertir el vuelo espacial en uno comercialmente viable".

La revista se olvida que la primera red activa de telecomunicaciones directas vía satélite fue una iniciativa privada. Se llamaba Telstar y pertenecía al consorcio liderado por la AT&T. Su primer satélite, de órbita elíptica, lanzado por la NASA desde Cabo Cañaveral, el 10 de julio de 1962, fue el primer vuelo espacial pagado por una empresa privada. La Telstar puede golpearse el pecho y proclamar que realizó la primera transmisión de televisión en vivo entre Europa y los EE.UU.

Lo que se menciona hoy como símbolo de la iniciativa privada en el sector es el turismo espacial, negocio de moda hoy en los EE.UU. (seguramente a falta de novedades más sensacionales y emocionantes), tal vez por esto mismo muy divulgado por la prensa internacional.

The Economist define el turismo espacial como "servicio de lujo", cuyo mercado "parece pequeño y vulnerable". Firmo abajo e indago: ¿será que los breves minutos de gloria pasados al borde del espacio exterior, en un vuelo semi- orbital - lujo accesible exclusivamente para personas muy ricas -, tampoco serían una "fantasía" de la época de los astronautas vistos como héroes, con derecho a desfilar en la Plaza Roja, de Moscú, o al papel picado en la "Quinta Avenida", de Nueva York?

¿Acaso la era de los "astronautas millonarios" puede marcar "el fin de la Era Espacial"? Convengamos: en pleno siglo XXI, cuando se intensifican las actividades espaciales con la participación de un número cada vez mayor de países y organizaciones, esto no tiene ni pie ni cabeza.

En verdad, lo que inspira la nota de The Economist es la despedida del ómnibus espacial Atlantis. El 8 de julio, este medio de transporte espacial reutilizable - lanzado por primera vez en 1981 - deberá volar del Centro Espacial Kennedy, en Florida, EE.UU., directo hacia los libros de historia, como se destaca en la propia revista.

Luego de 30 años, 135 vuelos y dos desastres (Challenger, en 1986, y Columbia, en 2003), el programa de los omnibuses espaciales, en el que se depositaron tantas esperanzas de modernidad, eficiencia y economía, llega a su fin, sin pena ni gloria. Endeavour, Discovery, Enterprise y el propio Atlantis pasan a ser ilustres y cuestionadas piezas de museo. ¿Valió la pena?

"El programa nunca satisfizo a nadie", responde la revista y preve lo que se viene: "Miles de millones de dólares serán economizados, millares de trabajadores en la Costa Espacial de la Florida (y otros millares en otros lugares más distantes) perderán sus empleos, la Estación Espacial Internacional dependerá de cohetes rusos, europeos y japoneses para llevar los suministros necesarios, y la nación que venció la carrera espacial, poniendo en la Luna la marca de los pies de Neil Armstrong con el Apollo 11, quedará incapacitada para enviar astronautas al espacio - siempre que quiera enviar a alguien para allá, tendrá que alquilar un asiento en un cohete ruso." ¡Qué ironía!.

Hablando de Estación Espacial Internacional, el semanario lo considera "el mayor desperdicio de dinero jamás realizado, cerca de U$S 100 mil millones, en nombre de la ciencia". Pero “al César lo que es del César”: fueron los astronautas a bordo del Endeavour, en 1993, quienes repararon el telescopio espacial Hubble: sin ellos y el ómnibus para efectuar el delicado ajuste de sus lentes, el revolucionario observatorio se hubiera convertido en un enorme elefante blanco y bizco en el espacio.

¿Bastaría esto para dar más credibilidad y prestigio a los omnibuses espaciales? Michael Griffin, director general de la NASA de 2005 a 2009, ya dijo que no. Promediando su gestión, en 2007, declaró, según The Economist, que el programa "costó tanto dinero y tiempo que frenó a la NASA por décadas". Y dijo más aún, según la revista: "Si la NASA hubiese insistido en los cohetes Saturno, mucho más grandes, que impulsaron las misiones a la Luna, los costos de lanzamiento habrían disminuido, la agencia habría tenido más dinero para la ciencia y la explotación del espacio profundo, y los astronautas ya podrían haber visitado Marte".

¿Fantasía o realidad? Yo diría, sin pestañear, que la Era Espacial, a pesar de todo, avanza célebre en el rumbo de una realidad mucho más amplia y exhaustiva. La propia publicación reconoce esto en bellas frases, al comienzo de la nota: "El vacío que circunda la Tierra vibra con satélites artificiales, formando una especie de tecnósfera más allá de la atmósfera. La mayoría de estos satélites circula apenas algunas centenas de kilómetros por encima de la sólida superficie del planeta. Muchos, sin embargo, forman un anillo, como el de Saturno, que queda a una distancia de 36 mil kms y donde a cualquier objeto le lleva 24 horas para orbitar la Tierra y, por lo tanto, flota constantemente sobre el mismo punto del planeta."

La referencia es a las órbitas bajas de la Tierra y a la órbita geoestacionaria. Todas ellas, más las órbitas medias, "vibran" porque el número de satélites lanzados sólo hace que aumenten. La basura espacial es una prueba: crece vertiginosamente.

China, Rusia, India, Francia, Japón, Ucrania, Suecia, Corea del Sur, Australia, Pakistán, Tailandia, Indonesia, Vietnam, Israel, Irán, Turquía, Sudáfrica, Nigeria, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Bolivia, Perú, Venezuela, México, entre otros, todos están dispuestos y/o preparados - unos con más recursos que otros - para tener sus satélites en órbitas (construidos en su propio país o comprados fuera), prestando servicios a sus poblaciones, instituciones y empresas públicas y privadas. Nadie admite sacar el cuadro de un campo que se volvió absolutamente indispensable para cualquier programa de desarrollo nacional y fortalecimiento de la soberanía. Crecen los anhelos y las presiones por una cooperación espacial más dinámica y eficiente, que promueva beneficios mutuos y se capaciten, de hecho, todos los países.

No es casual que los temas del acceso a la información científica y de transferencia de tecnologías espaciales son cada vez más discutidos. Ningún país que se precie acepta quedarse afuera. Todo el mundo quiere, como mínimo, contar con una infraestructura de equipamientos y especialistas, necesaria para tener acceso, recibir, procesar, analizar, utilizar y agregar valor a las imágenes de satélite, esenciales para la vida cotidiana de cualquier país - datos que Brasil ya propuso definir como "bienes globales" de utilidad pública. Y la comunidad mundial está cada vez más preocupada con la sustentabilidad a largo plazo de las actividades espaciales, amenazadas por la basura que se acumula en las órbitas más usadas y por los planes de instalación de armas en el espacio, con su consecuente conversión en teatro de guerra.

Este inmenso desafío ya es debatido por el Comité de las Naciones Unidas para el Uso Pacífico del Espacio (COPUOS) y su Subcomité Técnico-Científico. Tarde o temprano, será examinado también por el Subcomité Jurídico, encargado de desarrollar progresivamente el derecho espacial, actualizando, modernizando y tornando más efectiva la reglamentación de las actividades espaciales.

Otra señal de los tiempos: este año, de 3 al 7 de octubre, por primera vez en la larga historia de la Federación Internacional de Astronáutica, su competitivo Congreso Anual, donde se reúnen también la Academia Internacional de Astronáutica y el Instituto Internacional de Derecho Espacial, tendrá lugar en el continente africano, en Sudáfrica, en Ciudad del Cabo. Tema general: African Astronaissance, o sea, Astronacimiento africano. (Más información en el site www.iafastro.com )

Estimada The Economist, disculpe la provocación, ¿pero no sería más realista cambiar el título de su nota de portada de esta semana a "Una nueva Era Espacial está surgiendo"?

La competencia ya no viene de Rusia, viene de China pdf

*Jefe de la Asesoría de Cooperación Internacional de la Agencia Espacial Brasileña (AEB). Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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