Insurrección de Artigas
e invasiones portuguesas

Por el profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira*

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En este 2011 Uruguay y Argentina han estado conmemorando el bicentenario del proceso de Independencia, por lo que es una buena oportunidad para recoger la mirada que nos han brindado los historiadores, sobre los procesos que vivió la región por parte de los países europeos que habían colonizado esta región. En esta oportunidad recogemos, en una primera entrega, la lectura histórica que nos brinda el historiador Luiz Alberto Moniz Bandeira, de lo que llama “Insurrec¬ción de Artigas e invasiones portuguesas de la Banda Oriental” en su libro; La Formación de los Estados en la Cuenca del Plata*”

“La expansión territorial de la América portuguesa alcanzó su apogeo entre el final del siglo XVII - más precisamente, entre la fundación de la Colonia del Sacramento, ocasión en que se produjeron también los primeros grandes descubrimientos de oro - y la primera mitad del siglo XVIII. Con la firma del Tratado de Madrid, en 1750, el Estado brasileño ya proyecta¬ba geográficamente su contorno, que sufriría pocas modifica¬ciones en el curso de la historia. Como destacó el embajador Álvaro Teixeira Soares, mientras los Estados Unidos sólo se expandieron territorialmente después de la proclamación de su independencia, Brasil expandió las fronteras cuando todavía era colonia. Las necesidades básicas del modo de pro¬ducción, basado en el trabajo esclavo y en la explotación extensiva de las tierras, impulsaron a los luso-brasileños a tomar posesión de inmensas áreas que el Tratado de Tordesillas había otorgado a España, con actividades de agricultura, ganadería, extracción y minería.

Pero el factor decisivo de la diáspora fue la búsqueda de riquezas materiales, bajo los estímulos del mercado mundial, como en los Estados Unidos. Y esto es tan cierto que, con el trabajo de extracción del oro, el proceso de expansión territorial comenzó a declinar.

Sin duda alguna, el mercantilismo constituyó la princi¬pal fuerza propulsora de la conquista de territorios, que los luso-brasileños emprendieron durante aquel período. La ocupación efectiva surgió de la necesidad de garantizar el es¬pacio físico necesario para el mantenimiento de las líneas de comercio, lo que pone en evidencia el hecho de que el establecimiento de pobladores en la región entre la margen septentrional del Río de la Plata, el Uruguay y el océano Atlántico sólo comenzó realmente a partir de 1736, cincuenta años después de la funda¬ción de la Colonia del Sacramento, cuando el rey de Portugal, don João V; ordenó otro ataque y la ocupación de la localidad de Montevideo donde, anteriormente, ya había intentado la construcción de una fortaleza.

Lo que le preocupaba funda¬mentalmente a don João V era "facilitar a los navíos portu¬gueses de comercio la libre navegación" del Río de la Plata, razón por la cual se imponía el dominio sobre una de sus márgenes, al menos, con la defensa de la Colonia del Sacra-mento, la recuperación de Montevideo, la construcción de otra fortaleza en Maldonado y el surgimiento de residentes, con inmi-grantes oriundos del archipiélago de Azores, del litoral de Río Grande de San Pedro, Santa Catarina y Paranagua.

En aquella época, la navegación a través del Río de la Pla¬ta y sus afluentes ya era vital para los portugueses, cuyos in¬tereses en la región se volvían más complejos, a medida que, a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII, la ocupación del oeste y la minería del oro extendieron las fronteras de Brasil e impulsaron la formación de su mercado interno. El ganado cimarrón (salvaje) proliferaba en casi toda la zona de la cuenca del Plata, y los luso-brasileños explotaban de forma predatoria las llamadas vaquerías del mar; desarrollando la industria y el comercio del cuero y de la carne de charque, dos productos que por su creciente importancia económica pretendían monopolizar.

El cuero era materia prima esencial para la industria y suplantó a la plata en las exportaciones ha¬cia Europa. La carne de charque, enviada a Brasil y las islas del Caribe, servía para la alimentación de los esclavos africanos.

La formación de los Estados en la cuenca del Plata
Entre tanto, no sólo los rebaños bovinos constituían mo¬tivo de atracción. En los campos del sur, igualmente, existían significativos stocks de mulas y caballos, medio de transporte de tal forma imprescindible para la circulación de la produc¬ción de oro, café y caña de azúcar; así como el armamento de los ejércitos, que los portugueses iban a buscar en todas partes, hasta en los territorios del Paraguay y de la futura Bolivia, re¬curriendo al robo y al contrabando. Este tráfico de equinos fue, en cierto modo, lo más importante, y creció muchísimo en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se trazó definitivamente el camino hacia Río Grande de San Pedro.

A partir de los núcleos poblacionales, formados entre las campanas vecinas de la Colonia del Sacramento y la costa del río Grande, los aventureros que surgieron y se destacaron como gauchos o gauderios emprendían la tarea de arrear manadas de bueyes, mulas y caballos, en parajes pertenecientes a España, a fin de remitirlas al interior de Brasil, así como anteriormente los bandeirantes se dedicaban a capturar indí¬genas, en las misiones jesuitas. Las luchas fronterizas, por la apropiación de los pastizales y del ganado, se ampliaron en¬tonces con las incursiones de pillaje, las arriadas, convulsio¬nando permanentemente aquella región donde los problemas se incrementaron, debido a la dimensión geopolítica que ad¬quiría el Río de la Plata, como arteria esencial para la articu¬lación de la América portuguesa.

Con el establecimiento de pobladores en los territorios al oeste de la línea de Tordesillas, determinado por las actividades de extracción y minería del oro, las conexiones entre el litoral y el interior de la Colonia pasaron a depender del río de la Plata. Sus tri¬butarios, el Paraná y el Paraguay formaban juntos no sólo el camino más corto sino también la única vía de comunica¬ción que existía entre Río de Janeiro y las provincias de Mato Grosso y Goiás. Mientras aquellos ríos permaneciesen ce¬rrados a la navegación, poblados como Cuiabá sólo podían vincularse con Río de Janeiro por medio de caravanas que atravesaban montañas inhóspitas y selvas donde habitaban indígenas aguerridos, lo que hacía necesario llevar hasta el propio alimento de las mulas para el viaje, cuya duración muchas veces llegaba a 14 y 15 meses.

Así, el Río de la Plata representaba la llave de acceso al es¬tuario superior de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay, que bañaban Úerras consideradas cono las más ricas y fértiles del Brasil. Por esto, a pesar de la pérdida de la Colonia del Sacra¬mento en 1777 con el Tratado de San Ildefonso, los portu¬gueses jamás desistieron de la anexión de la margen oriental de aquel estuario y las tentativas de recuperación no cesa¬ron, provocando conflictos e invasiones en las que intereses particulares de estancieros y comerciantes se confundían o eran las propias razones de Estado. En 1801, cuando España atacó la plaza de Olivença, algunos propietarios y otros tantos aventureros, originarios de Río Grande de San Pedro, arremetieron sobre los Siete Pueblos de las misiones, Santa Tecla, Batovi y Vila de Melo, y se apoderaron de sus tierras, que desde 1777 también se hallaban bajo la jurisdicción del Vi¬rreinato de las Provincias del Río de la Plata.

Con todo, la guerra en Europa servía de pretexto para precipitar y justificar la expansión mercantil y territorial que se producía incesantemente, pues ya los establecimien¬tos portugueses se expandían por toda la región. Según advertía aquel mismo año don Félix de Azara, los luso-¬brasileños controlaban entonces el comercio de Misiones, parte del de Corrientes, Santa Fe y el Paraguay y amenaza¬ban con apoderarse también de sus tierras.

La formación de los Estados en la cuenca del Plata
El Tratado de Badajoz detuvo la conflagración en la frontera y el virrey del Pino, temiendo nuevos avances, ordenó la internación de los portugueses residentes en Buenos Aires. Pero los luso-brasileños, desalojados de Santa Tecla, Batovi y Vila de Melo, retuvieron el territorio de las misiones orientales, hasta las márgenes del Ibicui, llegaron al Jaguarão y por él a las inme¬diaciones de Cuareim, aunque en 1804 el marqués Rafael de Sobremonte, virrey de las Provincias del Río de la Plata, y el capitán general de Río Grande habían firmado un convenio en el cual se reconocía aquel statu quo.

De esa forma, los luso-brasileños siguieron infiltrándose en la margen este del río Uruguay, comúnmente denominada Banda Oriental, donde las condiciones se presentaban más favorables al desarrollo de la ganadería y de sus derivados, en particular el charque. Y la disputa en torno de la región recrudeció con la transferencia de la corte de Lisboa a Brasil. El príncipe regente, don João, soñaba con la posibilidad de fundar un poderoso imperio en América y creyó que po¬dría reunir bajo el mismo cetro a los estados de Brasil y las co¬lonias de España, sometida en la época por Napoleón Bonapar¬te. Y al llegar a Río de Janeiro en 1808, el ministro Rodrigo de Souza Coutinho, conde de Linhares, envió una nota, especie de ultimátum, al Cabildo de Buenos Aires, comunicándole el propósito de recurrir a las armas contra el Virreinato de las Provincias del Río de la Plata, de acuerdo con Gran Bretaña, en caso de que él no aceptase sus "propuestas amigables" para formar con Brasil "una sola nación

El Cabildo rechazó la nota y el gobierno portugués se pre¬paró para invadir no sólo la Banda Oriental, sino, igualmente, el otro lado del Río de la Plata y ocupar Buenos Aires, como un desdoblamiento de la misma política de represalia que lo induciría a ordenar la toma de Cayena, en la Guayana france¬sa. Según el plan, los paulistas marcharían sobre Asunción, Corrientes y Misiones, uniéndose después a las fuerzas de Santa Catarina y de Río Grande de San Pedro, en el ataque a Montevideo donde desembarcarían dos mil hombres de la escuadra inglesa, comandada por el vicealmirante Sir Sidney Smith, a fin de cortar las comunicaciones con Buenos Aires. Era una versión actualizada del antiguo proyecto de Salvador Correia de Sá e Benevides.

Entre tanto, la evolución de la guerra en Europa modificó la situación y el gobierno portugués tuvo que reexaminar la conveniencia de la operación armada contra las provincias españolas de la cuenca del Plata. Por un lado, Inglaterra, in¬teresada en una alianza con España, que se sublevaba contra el yugo de Francia, le retiró el respaldo.

Por otro, la abdica¬ción del rey Carlos IV y la prisión de su hijo y heredero, don Fernando, le abrieron la perspectiva de poder anexarlas sin derramamiento de sangre. Doña Carlota Joaquina, es-posa de don João, era la hija mayor de Carlos IV y como tal reivindicó el gobierno del Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su pretensión recibió el apoyo de amplios sectores de las clases dominantes en Buenos Aires, tradicio¬nalmente ligadas a los intereses del comercio portugués, y algunos líderes como Juan Martín de Pueyrredón, Manuel Belgrano y Saturnino Rodríguez Peña quisieron proclamarla Regente, en nombre de don Fernando, o coronarla Empera¬triz de América.

Sir Sidney Smith y otros de sus compatriotas también favorecían el movimiento, expresando de algún modo las aspi¬raciones del comercio inglés,33 cuyo interés por Buenos Aires y Montevideo se reavivó con las expediciones de 1806 y 1807. Pero, si bien Inglaterra precisaba mercados y quería liquidar al Imperio español siendo su proyecto hacer de Brasil un "em¬porio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la América del Sur", no le convenía, políticamente que Portugal aumentase la influencia en el Río de la Plata y se fortaleciera con el dominio de toda la costa del Atlántico sur. Por esto, Lord Strangford se opuso resueltamente a las maniobras de doña Carlota Joaquina para asumir el poder en las Provincias del Río de la Plata e intentó impedir que don João la auxiliase.

La formación de los Estados en la cuenca del Plata
Sus esfuerzos tuvieron éxito durante más de un año, hasta que las luchas revolucionarias en la región recrudecieron con la sublevación comandada por José Gervasio Artigas, y ame¬nazaron propagarse por el territorio de Río Grande de San Pedro. Entonces, el príncipe regente abandonó la actitud de neutralidad en que se mantenía instigado por Lord Strang¬ford e intervino en el conflicto para defender la plaza de Montevideo, gobernada por el virrey Francisco Javier Elio.

Con la operación militar en la Banda Oriental, el gobierno portugués, no sólo se disponía a reprimir el movimiento re-volucionario, sino también a lograr algunos objetivos eco¬nómicos. Al ocupar el Uruguay en 1811, el general don Diego de Souza no ocultó el propósito de apropiarse de toda la zo¬na de pasturas - los fértiles pastos del Ibicuí - concediendo lotes de tierra agreste donde la propiedad del terreno no es¬taba consolidada o reconocida y ordenando o permitiendo las arriadas de ganado.

Los conflictos en la cuenca del Plata, que anteriormente reflejaban fundamentalmente los antagonismos a nivel de las metrópolis, adquirieron entonces una dinámica propia, de¬bido a factores económicos y políticos generados por el des¬pliegue de la colonización. La necesidad de juntar rebaños mulares y la competencia que la ganadería y las charqueadas de la Banda Oriental les hacían a las de Río Grande de San Pe¬dro, cincuenta por ciento menos productivas, contribuyeron naturalmente a la invasión. Pero lo que la precipitó fue so¬bre todo el factor político. Sin duda alguna, el príncipe don João, cuyas tropas ya habían llegado al Paraguay para comba¬tir a las de Manuel Belgrano, temía que Montevideo cayese en manos de Artigas y de los contingentes de Buenos Aires, aumentando el peligro de que la “anarquía revolucionaria" contaminase a Brasil.

El pretexto de resguardar la seguridad de su colonia correspondía, efectivamente, a la intención de Portugal de que, al invadir la Banda Oriental, apuntaba a contener el proceso revolucionario deflagrado a partir de Buenos Ai¬res, con la sublevación del 25 de mayo de 1810. La inter¬vención militar; deseada e incluso solicitada por el virrey Francisco Javier de Elio, no consiguió, entre tanto, impedir la lucha anticolonial por la independencia de las Provincias del Río de la Plata. Ante las presiones inglesas - y Lord Strangford hizo de todo para apartar a Portugal del estua¬rio del Plata - don João aceptó el armisticio el 26 de mayo de 1812, retirando a su ejército de la región, de la misma forma que el de Buenos Aires. Y el movimiento de Artigas, que no se conformaba con la continuidad del dominio español sobre Montevideo, recobró mayor ímpetu y vigor; en medio de las contradicciones sociales y políticas no re¬sueltas, y antes acentuadas por la intromisión portuguesa en la Banda Oriental.

En verdad, la lucha de Artigas presentaba un carácter más popular y promovía un proyecto de transformación aun más radical que el de la Revolución de Mayo. Era una insurrección rural, conducida por los propios hombres del campo, con un programa político que aspiraba a la constitución de una re¬pública federal, respetando la autonomía y la igualdad de todas las Provincias del Río de la Plata. A cierta altura, él incitó a los gauchos de Río Grande de San Pedro y a los esclavos ne¬gros a rebelarse contra Portugal, en una tentativa de atraerlos hacia su lado, como ya lo había hecho anteriormente con los indígenas, en particular los guaraníes de las misiones, que formaban una fuerza especial de su ejército.

La formación de los Estados en la cuenca del Plata
Artigas, denominado Protector de los Pueblos Libres por las provincias de Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Córdoba, apoyaba la lucha de liberación nacional en la revolución agraria y se oponía a la hegemonía de Buenos Aires y a su pretensión de conservar el monopolio sobre el comer¬cio del Río de la Plata. Ahí residía la diferencia básica entre el movimiento que comandaba Artigas y el de Buenos Aires, cuyos líderes, defendiendo intereses económicos similares a los de los españoles, jamás lo aceptaron, sino como el peor de sus enemigos", según las palabras de Calógeras, al punto de sacrificar en su odio por él la propia independencia urugua¬ya, bajo la bandera de las Provincias Unidas. Pero en aque¬lla época, según la historiadora uruguaya Ana Ribeiro, él "era una fina estampa con una incendiaria leyenda de bandido social" y "lejos estaba entonces de ser visto cómo luego sería en la historiografía del siglo XX - como el fundador del Estado Oriental, estadista demócrata, autor de Las instrucciones del año XIII y del Reglamento de tierras, de 1815". Domingo E. Sarmiento escribió que Artigas "había sido contrabandista te¬mible hasta 1804, en que las autoridades civiles de Buenos Aires pudieron ganarlo, y hacerle servir en carácter de co¬mandante de campaña en apoyo de esas mismas autoridades a quienes había hecho la guerra hasta entonces."

En consecuencia, el gobierno portugués, empeñado en la conservación del statu quo, no podía tolerar el triunfo de Artigas, el triunfo de la subversión republicana al sur de la provincia del Río Grande de San Pedro, por los riesgos que implicaba para la esclavitud y la monarquía, fundamentos del orden social y político de Brasil. Así, cuando la suprema¬cía de Artigas se extendió a Montevideo, en 1815, don João Vl, arrepentido por el armisticio de 1812, que consideraba humillante, se preparó para ordenar una vez más la invasión de la Banda Oriental. Y lo hizo tras la declaración de la in¬dependencia de las Provincias Unidas por el Congreso de Tucumán, el 9 de julio de 1816, hecho que convertía al pro¬ceso revolucionario de la región del Río de la Plata en algo todavía más peligroso para los intereses de Portugal.

Cerca de 4830 soldados de la División de Voluntarios Reales, veteranos de la guerra contra Napoleón Bonaparte, avanzaron entonces por la margen izquierda del Uruguay, bajo el comando del general Carlos Frederico Lecór; el ba¬rón de Laguna, y el 20 de enero de 1817 ocuparon Montevi¬deo. De ese modo, Portugal no sólo descargaba un duro gol¬pe contra el segmento más radical de la revolución platense sino que se apoderaba de un sitió estratégico, vital para la se¬guridad y la defensa de las provincias de Mato Grosso y Goiás, posibilitándole anexar a Brasil toda la Banda Oriental, ha¬cía mucho codiciada por su riqueza ganadera, y conjurar cualquier veleidad sediciosa de la provincia de Río Grande de San Pedro, sensible a los llamados de Artigas.

Era la concreción del antiguo proyecto del rey don João V, que en 1736 ya había ordenado al gobernador general de Río de Ja¬neiro y Minas Gerais, Gomes Freire de Andrada, el envío de una expedición para tomar Montevideo”.

*Libro: La Formación de los Estados en la Cuenca del Plata
Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay
Editoral Norma

*Luiz Alberto de Vianna Moniz Bandeira, graduado en Derecho, es doctor en Ciencia Política en la Universidad de San Pablo y profesor titular (jubilado) de Historia de la Política Exterior de Brasil, en la Universidad de Brasilia (UnB). Es Doctor Honoris Causa en las Facultades Integradas de Brasil – UniBrasil, de Paraná, así como en la Universidad Federal de Bahía. En 2006, la Unión Brasileña de Escritores (UBE) lo eligió, por aclamación, Intelectual del Año de 2005, confiriéndole el Trofeo Juca Pato, por su obra Formación del Imperio Americano (De la guerra contra España a la guerra en Irak). Autor de más de 20 obras, algunas de las cuales fueron publicadas en Rusia, Alemania, Argentina, Chile, Portugal y Cuba. Luiz Alberto Moniz Bandeira fue profesor visitante en las Universidades de Heidelberg, Colonia, Estocolmo, Buenos Aires, Nacional de Córdoba (Argentina) y Técnica de Lisboa. Es Gran Oficial de la Orden de Río Branco (Brasil); comendador de la Orden del Mérito Cultural (Brasil); comendador de la Orden de Mayo (Argentina) y condecorado con la Cruz de la República Federal de Alemania, 1ª Clase.

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