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Rebelión en Chile: me gustan los estudiantes
Por Raúl Legnani* Urumex80@gmail.com
Los modelos políticos y económicos de Chile posteriores a la dictadura fascista de Pinochet, tuvieron algo en común: que todos se creyeron, incluso las izquierdas, que ese país surgía potente y con nuevas ideas, a las cuales había que imitar.
Chile llegó a ser un “ejemplo” para muchos progresistas, en tanto el PBI lo daba, año a año, en pleno crecimiento, con rebajas sustanciales en la desocupación. Estos datos impregnaron, incluso a distintos actores políticos uruguayos, de que había que mirar detrás de los Andes.
Hubo con un “chilenismo” donde todos queríamos parecernos a ellos, incluso eso pasó entre gente muy inteligente ubicada al oriente de la cordillera. Todos queríamos parecernos a Chile, porque ese país en cualquier encuesta siempre estaba (¿está?) en primer o segundo lugar de lo que fuera, menos en el fútbol que nunca llegan a la copa.
En este marco de exitismo, hace unos meses acaba de aparecer un fenómeno que nadie esperaba y es la irrupción de decenas de miles de estudiantes, secundarios y universitarios, que reclaman cambios sustanciales en el sistema educativo y de enseñanza, que cuentan con el apoyo de los docentes y los padres, quienes cacerolean desde las veredas, mientras sus hijos y nietos enfrentan a los grupos de choque del Estado chileno, que responden a un presidente de derecha,
Según información que hemos recogido de distintos centros de información provenientes de ese país, tenemos que “En materia de financiamiento de la educación superior, Chile muestra indicadores sorprendentes en términos comparativos: aranceles elevados, bajo financiamiento estatal (0,3% del PIB, que se compara con el 1,5% de los países de la OCDE) y muy fuerte participación de las familias de los estudiantes. Si consideramos la desigual distribución del ingreso, que significa que la mayoría de las familias vive con un salario incompatible con pagar $3 millones anuales en aranceles, es evidente que la rápida expansión de la matrícula universitaria de los últimos 20 años ha sido posible por el esfuerzo titánico de muchos padres que han postergado otras necesidades familiares o se han endeudado más allá de lo razonable. En otros casos, el endeudamiento es de los propios estudiantes. Cuando esto se da en universidades de baja calidad y con una inserción laboral insatisfactoria de sus egresados, se configura un verdadero fraude”.
Intentamos decir lo anterior en otras palabras. Como muy buenas intenciones la sociedad chileno, en sus múltiples expresiones, se jugó todo a que el futuro de ese país requería ingresar con fuerza a la sociedad del conocimiento.
No solo había que lograr una carrera universitaria, sino que además no había que detenerse en el tiempo. Si el muchacho o la muchacha lograban un primer nivel (por ejemplo una licenciatura), después se debía seguir detrás de una maestría, para posteriormente apuntar a un doctorado, que podía ser en Chile o en la costa Este de EEUU o en sus alrededores.
La idea no era mala, pero no fue real. La crisis se produjo porque las universidades privadas y públicas en ese país son pagas. Fue así que los padres y los propios muchachos pagaron un año, dos, tres, hasta que en el cuarto ya no pudieron hacerlo. Y el maravilloso sistema de mercado capitalista, comenzó a ejecutarlos. Si usted no paga, el nene no sigue estudiando, fue más o menos lo que se escuchó en Chile en el último año.
Eso es lo que la analista Adriana Puiggros, presidenta de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados de Argentina, define como el “estallido de la burbuja educativa”.
“El ´modelo` educativo de Chile ha estallado en mil pedazos, lo cual es un síntoma fuerte del agotamiento del neoliberalismo como forma de la economía, la política y la cultura. No se trata de cualquier experiencia educativa, sino de la que fue alabada, mimada y mostrada como ejemplo hasta hace escasos días por los sectores políticos que abjuran del viejo liberalismo estatista, por los mercaderes de la educación que se han multiplicado como una plaga dejando muy atrás a la escuela privada tradicional, por los que impulsan la meritocracia como mecanismo selector de la población que alcanzará distintos niveles de educación”, comentó la legisladora y pedagoga argentina.
“Las universidades chilenas -agrega Puiggros-. están entre las más caras del mundo, de acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), un organismo que ha incorporado a la educación entre los bienes transables y que impulsa el libre mercado de educación superior, así como el retiro de los Estados de todo tipo de inversión y supervisión sobre las universidades.
No podemos dejar de señalar que pocas publicaciones de organismos internacionales han dejado de admirar al modelo educativo chileno y que muchos de los político-educadores neoliberales han exhibido estadísticas muy favorables a ese modelo. Desde la orilla en la que se defiende la educación pública, el papel principal del Estado, el derecho a la educación del pueblo, la gratuidad de toda la educación, incluida la educación superior, descreímos de esas informaciones que denunciamos frecuentemente como basadas en falsas premisas.
El más burdo ejemplo es que se muestra como ejemplo de la inversión chilena en educación, que es de un 6 por ciento, sin aclarar que más de la mitad es privada y que parte de la pública se ofrece en forma de créditos que encadenan a las familias por décadas para que sus hijos estudien. Precisamente uno de los elementos de la actual crisis es la imposibilidad de sostener esos créditos; se trata de una situación comparable con la española en relación con la burbuja inmobiliaria.
En Chile, los criterios de la educación instalados desde la época de Pinochet fueron enriquecidos por el neoliberalismo pedagógico que dentro de la Concertación ganó terreno y dio origen a la burbuja educativa. Sus engañosos componentes son términos como “calidad”, “excelencia” educativa, eficiencia de la inversión, equidad (término que en el “modelo chileno” opera permitiendo cobrarle la educación a la mayoría con la excusa de balancear la inversión que el Estado hace con algunos pocos), que en el marco del discurso pedagógico neoliberal adquieren contenidos estigmatizadores y discriminadores. En nombre de la eficiencia se transfirieron las escuelas y los colegios a los municipios, que a su vez arancelaron la prestación o se deshicieron de las escuelas privatizándolas. Esa situación tampoco aguanta más y el movimiento de secundarios, la “revolución pingüina”, que comenzó ya en los años del gobierno de Bachelet, se ha generalizado y superado ante la profundización de las injusticias educativas por parte del gobierno de Sebastián Piñera, que desde su postura conservadora no ha podido pensar más allá que en emplear un decreto firmado por Pinochet en 1983 para reprimir a los estudiantes”.
El modelo educativo chileno se está cayendo en mil pedazos y son los estudiantes, como en la década del 60. tanto en Europa como en América, que salen a las calles a construir uno nuevo. ¿Podrán? ¿Podremos?
*Columna publicada el 8 de agosto en La República
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