Lorenzo Latorre y
la conciencia
histórica uruguaya

Por el Dr. Alfredo E. Allende*

La figura de Lorenzo Latorre tiene a maltraer a las conciencias lúcidas del Uruguay. Como la dictadura militar iniciada en 1973 realizó una tarea propagandística a favor de aquél (sin duda, como bien dijo Julio M. Sanguinetti, La Nación, 6/8/11, para legitimarse) luego de la restauración democrática esa élite cultural se creyó en la obligación de volver a la difamación contra el personaje fundador principal del Estado Oriental, y precedente insoslayable de realizaciones de otros estadistas. Persiste una especie de obsesión; se vincula a Latorre (gobernante entre 1876-1880) casi a regañadientes con la gran revolución educativa ejecutada por José Pedro Varela, como si esta obra hubiera sido efectuada sin el acompañamiento, apoyo y dentro del contexto de una monumental tarea nacional y democratizadora llevada a cabo por Dn. Lorenzo, única forma que tuvo de efectiva realización.

Hay algo subjetivo sin duda; el hecho de tratarse de un coronel que llevaba a cabo una labor ciclópea y liberal en menos de cuatro años, obra que por diferentes motivos, políticos ilustrados y caudillos de renombre habían sido incapaces de llevar a cabo, empujando rl país al borde de la anarquía, molesta la perspectiva de intelectuales de un Latorre ordenador del país, creador de instituciones, promovedor de la gran reforma agraria que significó poner en marcha el campo productivo, judicializar la campaña mediante jueces letrados reduciendo o eliminando a la barbarie enseñoreada de vidas y bienes, liberar la nación de las importaciones de harina y alimentos elementales, favorecer el alambrado a ritmo vertiginoso con su secuela de beneficios incalculables para la el refinamiento de la hacienda. Un Latorre fundador de facultades universitarias y de las escuelas de Artes y Oficios, motiva escozores profundos, como un Latorre respetuoso quizá como no lo había sido nadie antes de los opositores, sin detenidos políticos ni exiliados, sin cierres de publicaciones, que integró al país mediante el telégrafo inexistente hasta entonces, que erigió el Correo Nacional antes confiado a las pulperías y buena disposición de los chasquis, que extremó las medidas a fin de apurar la realización de las vías ferroviarias, en busca de ese norte geográfico convertido en un territorio de ambigua nacionalidad, zona en la que ubicó establecimientos educativos y comunicacionales con el resto del territorio, un Latorre así, creador -nada menos- que del Registro Nacional de las Personas y del Registro de Marcas y Señales (¡en un país agrario!) perturba el imaginario detractor elaborado en su memoria.

Digámoslo sin rodeos: el vilipendiado Latorre civilizó irreversiblemente a un país todavía sumido en la semibarbarie, y tal cosa, claro, implica remordimientos, cuando no vergüenzas, entre personalidades cultas que no se habían molestado en indagar con objetividad el pasado.

Incluso la reforma educativo fue en realidad “latorrista-vareliana” pues el que impuso impuestos para la proliferación de la docencia fue Latorre, quien reemplazó a Varela fallecido por su hermano Jacobo Varela, fue Latorre que quiso se continuara la línea trazada. Quien modificó la estructura demasiado descentralizada propuesta por Varela, fue Latorre, defensor además a capa y espada de la enseñanza mixta primaria. Fue también él quien dictaminó que las mujeres pudieran estar al frente de las clases, ante un machismo desenfrenado propio de la época. Y, no olvidemos, por favor, que quien designó a Varela y lo sostuvo, a pesar de los sectores alineados contra la tarea demasiada osada que se le endilgaba no fue otro que Latorre. Como fue él (y ello no tuvo nada que ver el gran Varela) quien inició un proceso de reforma universitaria democratizadora sin precedentes en América y una de las primeras del mundo, muy anterior a la legendaria de la Argentina de 1918.

Se suele olvidar que este héroe de la guerra contra el Paraguay -encabezó el primer ataque de la Triple Alianza contra las defensa épica paraguaya en Estero Bellaco, cayendo malamente herido- redujo el presupuesto castrense en forma dramática a casi la mitad del existente y desalojó de Montevideo a casi todas las unidades militares, pedido que se le hiciera por parte de sectores elevados de la sociedad culta para apaciguar el temor de esa presencia en el escenario del poder central uruguayo. Hoy día, en verdad, todos los autores de nivel niegan el nombre de dictadura militar al período latorrista.

En momentos en el que en Brasil existían cuatro millones de esclavos y que en la Argentina se instalaban prisiones en gélidas y desiertas regiones del sur (Isla de los Estados y Tierra del Fuego) levantó un presidio moderno en Montevideo, dónde jamás hubo detenidos políticos, contrariamente a lo que una leyenda ha persistido en detrimento de la verdad histórica, eliminando las detenciones en el Cerrito, en pontones y en cuarteles, como la leva racista que se efectuaba sin pudor con la gente de “color”.

El coronel, de raigambre colorada, se asesoró con blancos, colorados e independientes, respetó escrupulosamente la composición de los tribunales preexistentes, formó comisiones de redacción y modificación de códigos y leyes con juristas de todos los sectores, incluso opositores, becó a artistas, eliminó la censura teatral (amó las representaciones en el Solís de Montevideo, como las del Colón de Buenos Aires). Su moral pública ha sido un símbolo del político incorruptible.

Hubo respetables y brillantes figuras posteriormente en la política del Uruguay, y las sigue habiendo con envidiable asiduidad (pienso sólo, para no extenderme demasiado, en los nombres de José Batlle Ordóñez, Wilson Ferreyra Adunate, en el Dr. Julio Sanguinetti, en el actual Presidente José Mujica). Algunas de ellas -o todas- ni hubieran existido sin la previa presencia de Latorre. Que se revalorice entonces de una vez su labor fundacional, que se dejan de lado prejuicios que enrarecen la visión del pasado y hacen menos clara la realidad presente. No tuvo él culpa alguna de que autoritarios lo homenajearan, al contrario fue víctima de quienes creyeron que por llevar galones, los enaltecería a todos ellos por tributar honras a sus restos mortales.

Hasta parece haberse olvidado que rechazó dos veces el generalato por razones de economía en el erario público; y porque sentía que simplemente había cumplido con sus deberes de ciudadano y de militar uruguayo apaciguando el país, dando seguridades jurídicas y personales a sus habitantes, proponiendo un paradigma ético insuperado y de progreso social, material y moral.

* Intelectual y escritor argentino, ex ministro del presidente Arturo Frondizi

LA ONDA® DIGITAL

Portada


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


© Copyright 
Revista
LA ONDA digital