Aullidos humanos
silenciosos

Por el Dr. Alfredo E. Allende

Desde la perspectiva actual,
¿qué nos queda? Dios agoniza o ha muerto.
El socialismo se ha estrellado. El capitalismo
sobrevive en base a crisis, hambrunas y guerras.

Desde 1426 existe un alarido mudo y perdurable, representando no sólo la anécdota bíblica simbólica de la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal, sino también la devastación espiritual más que física en la que habían quedado los exponentes primordiales de la especie.

Tommaso Cassai, llamado Masaccio, nacido a principios del siglo XV (muerto sin haber cumplido los veintisiete años de edad) dejó incorporado en la capilla de Brancacci en Santa María del Carmine, Florencia, el desamparo de esos seres desnudos en el momento de salir del Edén. Adán se toma la cara en desesperado gesto, Eva lanza un grito-llanto de arrepentimiento mientras cubre con sus manos las zonas pudendas de su persona atormentada, ambos dirigiéndose hacia el mundo desconocido y sombrío en el que continuamos a vivir desde estonces.

El genio de Masaccio, uno de los máximos creadores de la pintura renacentista, al que podríamos llamar, sin incurrir en hipérbole, padre de la estética pictórica moderna, resume en una sola obra el conflicto religioso entre Dios y los humanos, la incertidumbre sobre el futuro del Hombre, la vulnerabilidad de quienes habitamos este valle de lágrimas, las diversidades culturales de ambos seres, el varón y la mujer. Nos resulta evidente el sentido superior, aun en esas circunstancias trágicas, otorgado al varón, que deja al descubierto un sexo prepotente, como si tuviera el orgullo de portar un sello dominador cuando la compañera procura ocultar sus senos y región vaginal. Él demuestra vergüenza sólo por haber caído inducido por ella, y por haber perdido los privilegios de esa edad mítica de oro. Eva expone además el bochorno de ser mujer. (Ha nacido la misoginia, otro desastre creado por la cultura inventada por la Historia).

Para lograr el mensaje, el joven pintor utilizó las técnicas anunciadoras de la era científica que se avecinaba; perspectiva, sombras, paisaje concreto en derredor de las figuras, un cielo no dorado como era habitual en la precedente y plena Edad Media. La obra presupone el expresionismo de siglos después, con otro grito famoso -casi reciente-, el del noruego Edvard Munch (1863-1944).

Éste nos advierte desde 1893, con espanto que a pesar de los siglos transcurridos, continuamos sintiendo el pavor ante un mundo que estremece, con tiempos de guerras y hecatombes como las que experimentó la atormentada vida de Munch, mundo pleno de injusticias e incapacidades para solucionarlas, manifestadas con pinceladas de retorcidos y gruesos trazos que semejan a llamas y corrientes de misterioso origen, presagiantes de catástrofes de cualquier tipo, incluso cósmicas. El rostro del personaje noruego es caricatura del semblante de un hombre, es una distorsión existencial estallada en el pánico. Adán y Eva, en cambio, son individuos ordinarios, comunes, corridos por el ángel amenazador que nos indican la inevitabilidad del terror y el vacío de la gente frente a un universo sin paraísos, pleno de sufrimientos irremediables, inherentes a la condición humana. Sin embargo, el “grito” del dúo expulsado de la tierra bendita al menos está exhalado en pareja, en una comunidad que camina, anda hacia algo, no queda paralizada, aunque cada uno está distinguido del otro por distanciamientos de contexturas físicas y de actitudes. De todos modos, quedan márgenes a una eventual transformación de la vida en algún futuro.

Por lo contrario, el espanto debido a Munch es paralizado y paralizante, su criatura queda petrificada y sin esperanzas. La desolación es total; un par de figuras humanas borrosas hacia el fondo, miran sin hacer nada, quizá peor, sin entender nada.

Masaccio veía por encima de la maldición bíblica cierto tipo de horizontes que el Renacimiento abría en una Italia de cambios estéticos, tecnológicos y sociales. El autor pertenecía a una corporación con trabajo ascendente dentro de una clase social que crecía sin cesar, en una zona italiana de riqueza artística, comercial e intelectual de gran vitalidad.

Desde los fiordos en los que se hallaba, el noruego no percibía sino el desastre de una Europa sumida en la peor miseria de las personas, en medio de conflagraciones y holocaustos humanos. Munch era un filo-anarquista que vivía la bohemia de Cristianía (Oslo actual) y no avizoraba en el sistema mundial más que decepciones y carnicerías. Si tuvo un presentimiento de la matanza actual de jóvenes en un picnic ejecutada por un connacional, su gesto trágico expresionista en el “El grito” tuvo el valor de un vaticinio, del cumplimiento fatal de augurios de carnicerías, de aberrantes actitudes de mesiánicos enloquecidos, de pequeños Hitler con las entrañas tan podridas moralmente como las tuvo uno de los asesinos más siniestros de la especie humana.

Munch dejó abiertas las puertas para la expansión de la pintura con colores arbitrarios -aunque con registros vinculados al tema que se deseaba “expresar”- a fin de investigar la psiquis de una humanidad cuyas crisis catastróficas eran hijas de esa naturaleza, y retroalimento objetivo de mayores calamidades. Si bien han existido diversos modos de exhibir la angustia y el dolor, Munch, antes que nadie dio a la estética pictórica una expresividad sin fronteras. Decía el noruego que así como Leonardo Da Vince exploraba la anatomía en los cuerpos de los cadáveres, él quería a su vez calar fondo en el alma humana. Y lo hizo buceando su propia realidad trágica, hasta los tuétanos materiales y hasta las profundidades del espíritu.

El rostro del personaje noruego es caricatura del rostro de un hombre, es una distorsión existencial estallada en el pánico. Los Adán y Eva del italiano son individuos ordinarios, comunes, corridas por el ángel amenazador que nos indican la inevitabilidad del terror y el vacío de la gente frente a un universo sin paraísos, pleno de sufrimientos y soledad irremediable, inherentes a la condición humana. Sin embargo, el “grito” del dúo expulsado de la tierra bendita al menos está exhalado en pareja que camina, anda hacia algo, no queda paralizada, aunque cada uno de ellos está distinguido del otro por distanciamientos de contexturas físicas y de actitudes. De todo modo, el horror deja márgenes a una eventual transformación de la vida en algún futuro; el futuro con sus cargas de expectaciones existe. El espanto debido a Munch es paralizado y paralizante, queda petrificado y sin esperanzas. No es la época de la Creación, es la del progreso; de alguna manera triunfaron en su salida los padres primordiales porque llegaron con sus angustias a construir un mundo. El Hombre de los fiordos ha llegado entonces a la meta propuesta y ya no ve futuro alguno. Desde la perspectiva actual, ¿qué nos queda? Dios agoniza o ha muerto. El socialismo se ha estrellado. El capitalismo sobrevive en base a crisis, hambrunas y guerras.

Los países del “Tercer mundo”, ¿Qué somos? ¿Qué porvenir tenemos? Otro Munch necesitaríamos para prospectar los nuevos horrores deparados por la pobreza de los más, la corrupción sin límites, la expansión criminal e idiotizante de la droga, de demagogias populistas con el único propósito de la permanencia en el poder a cualquier precio, de las dictaduras fluctuantes, siempre sangrientas, que retornan cuando se pone en peligro el statu quo del subdesarrollo, la aparición de tremendistas con un fondo de vocación asesina invocando no se sabe qué nuevo paraíso.

“Ékphrasis” es la palabra griega que desde la Antigüedad significa el análisis literario de una obra de arte -y que bien podríamos incluir en el castellano mediante un nuevo sintagma: éfrasis, a los fines de enriquecer el idioma y precisar las ideas-. No he practicado este difícil ejercicio, sino simplemente quise recordar aquello de que la pintura es poesía muda, y la poesía es un cuadro hablante. Empero, y ello es lo más importante, es también una síntesis insuperable como tal, como síntesis de momentos, de situaciones históricas, de legítimas evaluaciones de épocas. Desgraciadamente el grito mudo de Munch es más audible en la realidad actual, que el de Masaccio. La éfrasis del cuadro del noruego es, lo digo con horror que yo también siento, más fácil de expresar.

*Intelectual y escritor argentino, ex ministro del presidente Arturo Frondizi

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