Carlos Quijano, un
demócrata radical

Conferencia del Dr. Gerardo Caetano

Celebro mucho que volvamos a reflexionar, en el 2011, como Quijano siempre promovió, mirando el futuro, que es el tiempo más importante. Celebro que utilicemos el observatorio de Quijano, de su manera tan particular de interpretar, de orientar, una visión intransferible sobre el país, sobre América Latina, sobre el mundo. Y lo celebro, porque yo creo que Quijano, a contramano de ciertas visiones muy suficientes y triviales, Quijano era un radical, sin lugar a dudas. Iba a la raíz de los asuntos, de los problemas y - en ese sentido - amó profundamente al Uruguay, amó profundamente a América Latina y esa nación de repúblicas, como dijera Bolívar y él registrara de manera especial. Y fundó ese amor y ese vínculo en las referencias que suelen sustentar los compromisos de amor verdadero, que es la conciencia crítica, que era - de alguna manera - el método que Quijano tenía para orientar sus compromisos públicos. Porque amaba su sociedad y la criticó duramente y la defendió en sus momentos críticos. Y también, porque era un enamorado de ciertas ideas que forjó en su juventud y luego manejó con una coherencia realmente conmovedora, a lo largo de toda su vida. Fue un radical en esas ideas. Nosotros cuando con José Rilla trabajamos en “El joven Quijano”, aquellos años de formación, realmente nos conmovía ver la profundidad de esa matriz, la profundidad de sus convicciones como liturgia. Que eran una manera de traducir en el campo de las ideas una conciencia del país, una conciencia de América Latina, una conciencia del mundo. Y cómo, ya en aquel joven Quijano, estaba un neutralismo radical; estaba un latinoamericanismo anti-imperialista; estaba una concepción socialista absolutamente anti-dogmática, libre; estaba una visión de la historia propia y de la historia latinoamericana y universal.

Quijano pensó siempre en clave histórica y es realmente muy impresionante ver cómo su matriz - que construye con mucho rigor conceptual en aquellos años de juventud - luego no tozudamente, no cultivando el ídolo de la coherencia, más allá de las transformaciones, era un hombre absolutamente al día, hasta el último día de su vida. Era un hombre curioso. Era un hombre que siempre sintió la interpelación del cambio, como la clave para reafirmar sus ideas. Y no tengo la menor duda que, de haber vivido en estos últimos 25 o 27 años que nos separan de su muerte, hubiera sido un hombre con una enorme capacidad de apertura hacia lo nuevo. Un hombre que hubiera desechado aquellas ideas que el tiempo las hubiera vuelto arcaicas o anacrónicas y reafirmado, con mucha convicción e - incluso - a contrapelo, aquellas ideas que, con rigor, conceptual, veía consistentes. Él mantuvo, como una de sus convicciones más fuertes, una visión radical de la democracia. Y es a lo que me voy a referir.

En realidad, corresponde calificar la democracia e incorporarle el adjetivo de “radical”. Porque Quijano, que fue un radical en muchas de sus convicciones, yo creo que en pocas - como en su vocación democrática - llegó a calar más hondo. Pero esas tres visiones: una visión latinoamericanista anti-imperialista, una concepción de democracia radical y una convicción socialista anti-dogmática libre, son como el núcleo de sus convicciones y el núcleo de su vocación, a partir del cual transitó durante, prácticamente, todo el siglo XX.

Había nacido con el siglo y murió en un año muy particular, como 1984. Dentro de esas convicciones, ese sentido radical de la democracia fue absolutamente central. Y creo que es extraordinariamente relevante para el Uruguay, tomar ese observatorio de una democracia radical. Porque tiendo a pensar que este país, que construyó su identidad en la visión democrática (la utopía uruguaya es la democracia, es la utopía democrática), durante mucho tiempo se acostumbró a una democracia lábil, a una democracia laxa, a una democracia sin pleitos, a una democracia demasiado unanimista, a una democracia floja, a una democracia sin exigencias, a una democracia poco radical. Y creo que uno de los temas de este Uruguay que Quijano vio, es ese: nos falta radicalismo democrático.

Por eso, volver a Quijano, tiene un sentido de una vigencia enorme. Porque a nuestra democracia le sobra complacencia y le falta radicalismo. ¿Por qué digo esto? Miren lo que Quijano decía en 1976, desde México, desde su exilio: "El golpe de estado formal fue el 27 de junio, pero la caída de las instituciones se había consumado antes, el 9 de febrero de 1973. Ese día hubo un pronunciamiento militar que hizo retroceder al Uruguay 100 años. Es una de las páginas más deliberadamente oscurecidas de nuestra historia. Sobre los hechos de entonces, durante largo tiempo, abundaron las más equivocadas interpretaciones. De las instituciones civiles, quedó sólo la cáscara. Comenzó la era militar. Cuatro meses más tarde, el 27 de junio, la cáscara se convirtió en polvo. Repetimos, no es ahora ocasión de reabrir el debate sobre esos hechos que dividieron y debilitaron a la oposición. Algún día habrá que hacerlo - si la vida lo permite - para extraer del funesto error, la necesaria lección. Uruguay olvidó - y lo indujeron a que olvidara - que el poder militar tiene que inclinarse ante el poder civil y que esta norma es sabia, es de todos los tiempos y latitudes”. Y si no era el tiempo en 1976, en la dictadura, en pleno terrorismo de estado, cuando los dictadores llevaban adelante sus tropelías de la manera más trágica, bueno, en el 2011, ya es tiempo. En realidad, hace ya mucho tiempo.

Entonces, eso que Quijano dejó, hay que reabrirlo. Y eso - entro otras cosas - supone reconstruir la historia de nuestra democracia. Reconstruir la historia de nuestra democracia - a Quijano que le gustaba forjar sus convicciones en miradas históricas - entre otras cosas supone advertir que la democracia (cualquier democracia), nunca fue un régimen de unanimismos, nunca fue un régimen de fáciles consensos. Fue un régimen que configuró un escenario de debates fundamentales, de conflictos. La democracia y el conflicto son articulaciones inescindibles. Uno de los elementos que ha hecho debilitar la atención de nuestra convicción democrática, es haberla separado del conflicto, en esa visión hiperamortiguadora que Real de Azúa tan felizmente refirió. Muchas veces, por buscar amortiguar los debates fundamentales, perdimos la atención del verbo democrático. La democracia uruguaya se fundó desde el conflicto y, si hay un momento en donde ese conflicto democrático se vio de manera muy clara, justamente fueron aquellos años de formación en los que Quijano configuró su matriz y, en su matriz, definió una concepción radical de la democracia: las primeras décadas del siglo XX. Recogiendo, como Quijano siempre reivindicó, raíces absolutamente inesquibables y absolutamente insoslayables que pulían su radicación en el siglo XIX. Quijano nunca entendió el siglo XX sin mirar el siglo XIX. Nunca creyó que el 900 era una suerte de ruptura del Uruguay moderno contra la “Tierra Purpúrea”. Por eso, de manera tan reiterada, convocó a la reflexión sobre el siglo XIX en los “Cuadernos de Marcha”. Es muy impresionante como en los años 60, en momentos en que en el país se discutía el futuro y en el mundo se discutía el futuro, Quijano - como un insumo fundamental, entre otras cosas - para encontrar el rumbo democrático, miraba hacia atrás y convocaba a reflexionar sobre la guerra del Paraguay, sobre Latorre, sobre Labandeira - su admirado Labandeira - sobre los debates en torno a la libertad que habían configurado el sustento de la “Tierra Purpúrea”. No casualmente, en plena batalla, reeditó la “Tierra Purpúrea”. Porque él - de alguna manera - era un convencido (y bien convencido) y persuadido de que para entender al Uruguay, había que entender la “Tierra Purpúrea”. Y que, como dijo alguna vez Rúben Cotelo, “La Tierra Purpúrea”, entre otras cosas, podría ser considerada como uno de los mayores elogios que el Uruguay recibió a lo largo de toda su historia.

En ese tiempo, lejos de establecerse una amortiguación de los conflictos, el Uruguay estallaba en conflictos. En los años en que Quijano fundó el “Centro Ariel”, en los que Quijano iniciaba su vida política en el Partido Nacional junto al radicalismo blanco de Carnelli y luego, rápidamente incorporado, por Washington Beltrán y aquel diario “El País” - que no tiene nada que ver con el actual diario “El País” - en aquellos años en donde Quijano desde el “Centro Ariel” y desde la “Revista Ariel” criticaba los musgos del “Ateneo” y buscaba construir - de alguna manera - un movimiento generacional (que luego prolongaría en París). Quijano, que a los 24 años y después de haberse recibido de abogado, con todos los honores, se va a París a estudiar Economía y en 1925 sale diputado y no acepta la diputación. ¿Por qué? Porque tiene que seguir estudiando. Y vuelve en 1928 y, allí, el grupo de Beltrán lo incorpora en un lugar para salir. Y evita la tentación del atajo perezoso y construye su propia agrupación y consiguen aquella primera comparecencia electoral de 1928, que fue su única victoria electoral. Primera victoria electoral que marcaría un itinerario de derrotas, de derrotas muy duras. Sacaría más votos que 20 años después, cuando formaría el Partido Popular. Y allí salió marcado por sus votos convocando, además, al ideario de la democracia social.

En ese país, entre otras, había dos grandes familias ideológicas: el liberalismo individualista y el republicanismo solidarista, que debatían - entre otras cosas - sobre una concepción de una democracia. Y ese pleito, que enfrentó como líderes de ambos campos al batllismo y al herrerismo, pero que - de alguna manera - incorporaba visiones y campos que contenían otras voces, en ese debate fundacional para la democracia uruguaya, tal como la conocimos, Quijano fue protagonista. Y, obviamente, él estaba del lado de los radicales en su visión de la democracia. ¿Qué significaba ser un demócrata radical en aquellos tiempos? Significaba, por ejemplo, tener un sentido de la libertad afirmado en la defensa del bien común, en el sentido proactivo de la ciudadanía, reivindicar la política como el gran instrumento de construcción de una sociedad nueva. Reivindicar que los derechos no precedían a la política, sino que debían ser conquistados y construidos a partir de la política. Reivindicar la participación como un instrumento decisivo, que no podía construirse contra la representación, pero que debía incorporar a la representación en una lógica de lo que entonces se llamaba “avancismo”. “Avanzar”, el nombre que Julio César Grauert (un radical del batllismo) le dio a su agrupación. En aquel entonces, los progresistas hablaban del “porvenirismo”. Y esa visión de una democracia, orientada en un utopismo de futuro, era esa visión del democratismo radical que Quijano siempre tuvo.

Este año he tenido que volver al “Marcha” de 1964, que cumplía 25 años y que no encontraba mejor manera de cumplir sus 25 años, que imaginar cómo sería el Uruguay 25 años después. El Uruguay de 1989. Y sorprende ver aquella empresa político-intelectual, de una amplitud, de un rigor, de una profundidad… Sorprende ver, por ejemplo, la prospectiva educativa que hacía el maestro Julio Castro, que hacía Arturo Ardao, que hacía Grompone, que hacían tantos otros. Sorprende ver cómo Quijano incorporaba su devoción por Artigas. En 1964 se cumplía el bicentenario del gran traicionado y Quijano dedicaba tres números de “Marcha” a incorporar reflexiones y ensayos sobre esa efemérides. Pero dedicó cinco números de “Marcha” a discutir el Uruguay de los próximos 25 años, en 1964. Y allí, como elemento absolutamente fundamental, la democracia radical, una visión radical de la democracia. ¿Qué suponía, además de incorporar esa matriz fundacional, de una democracia proactiva, con una carga ciudadana muy fuerte, una democracia que reivindicaba el bien común, que no se quedaba en una visión de los derechos individuales como el supremo tiende a defender, de una democracia que reivindicaba la política, que reivindicaba el estado - no un estado burocratizado, que apagara la energía de la sociedad, sino por el contrario - un estado como un instrumento para que los ciudadanos pudieran construir siempre, en la libertad, una sociedad mejor? Bueno, la visión democrática de Quijano - entre otras cosas - suponía algunas convicciones inclaudicables. La primera de ellas, que lo enfrentó a todos los golpes de estado y a todas las transiciones que soportó, a todas las salidas de los golpes de estado que había combatido, era que la democracia no podía pactar con la no democracia. Lo que él decía acerca de que no se podía hacer “posibilismo democrático”, que había que ser intransigente respecto a ciertos principios. Por supuesto que en democracia se negocia, pero se negocia siempre que no se claudiquen principios fundamentales.

Los “marchistas” tenían admiración por Leandro Alem. Decían que Quijano reiteraba una visión que para ellos era la raíz democrática por excelencia y que se incorporaba en la visión de Leandro Alem: “en política hay que hacer lo que hay que hacer. Y cuando lo que hay que hacer no se puede hacer, no hay que hacer nada”. No hay que hacer nada. Bueno, seguramente no hay convicción más alejada de la que él llamaba la “traperanza” de la clase política uruguaya de todos los tiempos, que eso. Y, sin embargo, esa es la primera convicción de Quijano. Es decir, en una democracia no se puede aceptar la aleación al principio de separación de los poderes. ¡No se puede aceptar! No hay que aceptarla y no hay que hacer nada. Y los uruguayos la aceptamos. Aceptamos una transición que, además, después se vendió como modelo “for export” que sacrificó - entre otras cosas - la separación de los poderes. Quijano establecía que no había que aceptar una democracia que limitara los derechos fundamentales. Y en ese sentido, entre los derechos fundamentales, y entre ellos estaba la idea de que - para elegir - había que elegir con plena libertad de hombres y de partidos y que no había posibilidad de negociar, legitimando, que algunos hombres y algunos partidos no se los pudiera votar. Y Uruguay aceptó una transición en donde hubo personas y partidos proscriptos.

Quijano afirmaba la necesidad de que el poder militar nunca fuera un actor político y que podía haber un militar gobernando, pero sólo bajo la primacía civil. Él siempre citaba a Gestido que había sido un general que había sido presidente, pero bajo un régimen de primacía civil. El poder militar no podía ser poder en una democracia. Tenía que estar subordinado, de manera radical, al único poder reconocido en una democracia, que era el poder civil. Y nosotros aceptamos una democracia que conectó y reconoció un poder militar. Quijano enfrentó el golpe de estado de 1933. Lo enfrentó recordando a Washington Beltrán. Enfrentó el “golpe bueno” de 1942, afirmando que no había “golpe de estado bueno” y que no se podía defender las instituciones bajo esa figura. Cuestionó el “posibilismo” de aquellos que buscaron una salida posible. Lo cuestionó en el año 42. Y perdió. Pero, desde “Marcha”, construyó un observatorio que puso - justamente - al desnudo las inconsecuencias en filas democráticas y, sobre todo, con una enorme capacidad objetiva, advertía que, en la historia de los pueblos, había momentos claves, en donde - justamente - lo prudente era lo imprudente. Establecer un “posibilismo” que negara ciertos principios fundamentales significaba sacrificar el porvenir. Y no solamente el porvenir largo, sino el porvenir en el corto plazo. Y así ocurrió en el 42 y así ocurrió en el año 60.

Por eso, Quijano que criticó el 42, en el 73 fue un opositor radical del golpe de estado y en el 84 - en los últimos momentos de su vida - estuvo entre aquellos que cuestionaron una negociación que - obviamente - no se hacía en los mejores términos sino que, con el paso del tiempo, pudimos advertir hasta qué punto comprometía aspectos fundamentales de la democracia uruguaya. Entonces, ¡si tendrá vigencia la visión de Quijano! ¡Si tendrá vigencia el radicalismo democrático de Quijano en la precisión conceptual! Esa precisión conceptual de los años 60 - en minoría, en las páginas de “Marcha” - lo hizo enfrentarse al vanguardismo violentista de algún grupo de “iluminados”. Y afirmar, una y otra vez, que la construcción de una sociedad nueva, debía afirmarse en lo político. Él no era un pacifista - a pesar de que era un no violento, que son dos cosas distintas - pero reivindicaba el instrumento de la “no violencia”. Pero no era un pacifista en el sentido de sacrificar todos los valores en torno a la paz. Él, en muchas ocasiones, reivindicó - en la historia latinoamericana - momentos de insurrección democrática, de insurrección republicana. Sin embargo, siempre cuestionó cualquier violentismo que no se afirmara en el protagonismo popular, en el protagonismo de “los más”. Y siempre cuestionó la visión militarista, viniera de donde viniera. Los llamaba los “escopetistas” de derecha o de izquierda.

Y en aquellos momentos de mucha confusión, su claridad es sorprendente. Del mismo modo, es muy importante recordar en estos tiempos en donde - insólitamente - hay algunos que intentan escribir (esa sí) una historia hemipléjica, que reivindique la democracia “pachequista”. Porque leyendo a algunos seudo-historiadores que le han salido al Uruguay, ¿con qué se encuentra? Se encuentra con que el gran demócrata, fue Pacheco Areco (risas) y que - en definitiva - Wilson Ferreira era un “loquito”; la izquierda toda, monolíticamente, era anti-democrática. Y - por suerte - había una persona que contuvo las instituciones. En estos tiempos de confusión en torno al “pachequismo”, como un régimen “diverticida”, se fue ajando la izquierda en la reconstrucción histórica.

Bueno, en estos momentos, vale la pena retornar a los editoriales - semana tras semana - que desde “Marcha”, Quijano establecía para denunciar el carácter “diverticida” y anti-democrático del “pachequismo”. Y, hasta qué punto, aquella democracia estaba erosionada por quienes reivindicaban, supuestamente, su defensa. En estos tiempos de confusión, hay que recordar una vez más que Quijano - en febrero del 73, en minoría absoluta - afirmó que estar al lado de los “federistas”, estar al lado de los militares progresistas, era un error gigantesco. Y que había que afirmar - en esos momentos difíciles - que lo primero era el valor de la democracia y que si se entraba en confusión respecto a eso, el futuro se comprometía. Esa convicción y ese radicalismo llevan a Quijano a tener una enorme vigencia.

Por eso yo quiero terminar diciendo que volver a Quijano siempre es fértil, respecto a muchos temas. Escuchábamos el estupendo ensayo de José y, realmente, había cosas que eran para ahora, que estaban escritas para estos tiempos. Yo quiero señalar que repasar - sobre todo en los momentos difíciles, en los momentos en donde “se ven los pingos”, en los momentos en donde se ve el arraigo de las convicciones, en esos momentos, la convicción democrática de Quijano estuvo más firme que nunca. Quijano no fue un demócrata en los tiempos de la normalidad. Fue un demócrata siempre, en particular, en los momentos más difíciles. En momentos de la lucha democrática contra los golpistas y contra los dictadores y, también, en los momentos de la negociación política en donde había que afirmar principios y había que retornar a esa idea que es inherente a la democracia y que es que: “la democracia, no puede pactar con la no democracia”. Que la democracia es un régimen que tiene ciertos principios inclaudicables sobre los que no se puede negociar. La democracia - que es el sistema de la negociación - sin embargo, tiene ciertos principios radicales que no se pueden negociar. Y cuando una sociedad y una ciudadanía pierde el rumbo y cree que puede negociar esos principios, sin duda, se está generando una gran imprudencia y que paga costos y los seguirá pagando por mucho tiempo.

Quijano nos propone - aún hoy, 27 años después de su muerte - un observatorio privilegiado para atravesar la historia de la democracia uruguaya. Pero yo diría, un observatorio privilegiado para evitar muchas confusiones del presente y - sobre todo - para construir el tiempo que él siempre reivindicó como el más importante (y que lo es), que es el futuro.

* Historiador y politólogo uruguayo

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