|
Rembrandt el hervibóro
Por Pablo Ruchansky*
Cuando W.G. Sebald propone una mirada diferenciada en la pintura de anatomía de Rembrandt, sugiere que, mientras sus comitentes cirujanos no observan en este cuerpo más que carne y mecanismos, inversamente el pintor,"...es el único que no tiene la mirada absorta, cartesiana, el único que percibe el cuerpo verdoso, la sombra en la boca...". Resguardando las formas pictóricas de una segura carnicería, "...donde la espantosa corporalidad queda reducida a un diagrama (...) tal como imaginaba Descartes", Rembrandt recupera en el gesto mínimo de la disección del brazo, compositivamente equivocado (mano desproporcionada, pulgar invertido), la presencia del cadáver. Devuelve, según mi lectura, la carne al reino del cuerpo, dejando entrever en el pecho abombado, la violencia que se había practicado en la horca y continuaba horas mas tarde en la sala, aún después de la muerte, frente a las clases pudientes europeas.
Sólo a través de esa curiosa abstracción que la carne representa en oposición a la organicidad del cuerpo, podía continuar comiendo cómodamente mi alimento favorito: el animal.
Quien alguna vez haya presenciado la faena de cerdos, gallinas, vacas, corderos, difícilmente pueda olvidar y argumentar que la aguda sensación de sufrimiento se debe a nuestra tendencia a "humanizar" el animal o a mecanismos cartesianos.
Es evidente: la comida del trabajador rural, las personas que, próximos al animal criado y muchas veces doméstico, le dan muerte para su consumo, no son equiparables a la abstracción del exquisito "lomo internacional" en Puerto Madero, servido por Swift, ganaderos y demás intermediarios. Biológicamente, un mejillón no es un ternero. Imaginar que la lucha por justicia social está en las antípodas e inclusive amenazada por otras resistencias, recuerda un poco a la persecución que la comunidad GLTTB padeció en Cuba, solo recientemente reconocida por el gobierno cubano.
Que conste: la cuestión no es la muerte, al contrario, son las posibilidades y condiciones de (co)existencia. Hay demasiado escrito, bueno y malo: Singer, Berger, LeBreton, Derrida, Agamben, etc., para invocar, en mi caso, ingenuidad. Que no emerjan principios absolutos no debería paralizarnos, es decir, ¿por qué deberíamos practicar una ética establecida de principios universales en torno a problemas generales? Siendo que, como John Berger señala, llevamos siglos distanciando al animal de nuestra esfera, hasta transformarlo en una categoría vacía/saturada, en el que casi todo es decible y factible. ¿Qué beneficios tendrían un conjunto de dogmatismos? Al contrario, una multitud de matices emergen, agrietando extensamente el macizo "Humanismo", albergados en el universo más incómodo: nuestra cotidianidad. ¿Se puede siquiera no tener dudas acerca de la naturaleza del sufrimiento en el animal?, ¿No alcanza la inquietud para revolver el estómago y las ideas?.
Muy cerca merodean una curiosa galería de coartadas (propias) fallidas. Desde los paredones ontológicos de buena parte de la filosofía moderna, Kant y los ilustrados, Hegel y los románticos, inclusive "eco-Heidegger" con su Dasein y Zuhandenheit aparecen nítidos, pasando por la conciencia humana del dolor freudiana versus el dolor liso y mecánico del animal sufriente. Siendo que, buena parte de la filosofía y la biología contemporáneas, continúan diciendo lo permeables que son estas divisiones entre entes o seres vivos, especialmente en cuanto a la capacidad de dolencia se refiere.
Otras discusiones asoman que creo correctas: las limitaciones que emergen de una práctica ética del consumo, creer que problemas esenciales se resuelven en la jurisdicción "mercado" y aceptarse "consumidor", status que gran parte de la población hambrienta en el mundo desconoce, pero ¿solucionó la faena intensiva y extensiva el horror del hambre en la Argentina ganadera del siglo XX y XXI?. No menciono siglos pasados, muchas veces se hace difícil distinguir a algunos "humanos" de los animales, la carencia de ánima, de res cogitans, envolvió a pueblos originarios, esclavos, peones rurales, mujeres, niños, proletarios, etc. ¿De qué otra manera hubiera sido tolerable la crueldad profesada?. Es decir, e invirtiendo el problema, que algún hipotético CEO de la empresa más criminal del mundo sea vegetariano, ¿sería suficiente para clausurar el debate?.
El snobismo de la moda vegetariana, su semblanza primermundista y corte clasista, mejorar la salud o el miedo a empeorarla, inclusive la comida de un gato doméstico que procede de estas usinas de carne amplifica las paradojas, presionando sobre la noción de naturaleza que arrastramos. Pero, ¿alcanza con esas críticas para justificar el inagotable sufrimiento que en los animales produjo y produce la industrialización de su faena, así como la experimentación de las farmacéuticas, cosméticas, ciencias y otros rubros?. El hecho, muy evidente, de que aludiendo a la violencia ejercida sobre humanos (especialmente en genocidios) la comparemos con nuestro trato habitual hacia los animales, deja flotando la pregunta, un tanto kantiana: ¿Qué ocurriría si no pensáramos a los animales como "animales"?.
* Docente argentino; en Arquitectura, Comunicación, Diseño Audiovisual, Diseño Gráfico y Urbanismo
LA ONDA® DIGITAL
|
|