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Miserias morales y materiales
Por el Dr. Alfredo E. Allende*
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En cambio de abocarnos los argentinos a los problemas estructurales de fondo, a la mesa de las concertaciones acerca de cómo superar los ingentes problemas internos, el juez Zaffarorini y el gobierno (el que va y el que viene) quieren preocuparnos por los temas de las formas constitucionales cuando ni siquiera se respetan las institucionales.
Un país con dependencia del monocultivo similar o peor a las décadas iniciales del siglo pasado, con no menos del 25% de la población en la pobreza -y dentro de esta proporción un segmento importante en la pauperización o indigencia como quiera llamarse-, padeciendo una de las inflaciones más altas del mundo, debiendo importar cantidades crecientes de combustibles, con escasísimas auto-rutas, con red ferroviaria disminuida y destartalada, sufriendo un déficit habitacional enorme, sin industrias de base de peso, sobrepasados en todos los aspectos económicos y culturales por Brasil de una manera sorprendente, con una educación, en todos sus niveles, de baja-bajísima calidad reconocida por los organismo internacionales especializados, incluso, y más aún, diría con una caída cultural “a ojos vista”, sin pensadores ni escritores de relieve internacional, sin artistas creadores de fuste (en todo caso expulsados por las condiciones estrechas locales), con un desenvolvimiento de la investigación científica mínima propia de un país periférico y en decadencia, soportando una mortandad infantil propia de un país marginal sórdido, sin aprovechamiento de su inmensa plataforma submarina, los argentinos ahora nos vemos impelidos a analizar si el presidencialismo o el parlamentarismo (como si hubiera “un parlamentarismo” y no variadas especies) es el método más adecuado…a los efectos de seguir igual.
La escuela del noble siciliano Salinas, personaje del Gattopardo -de Giuseppe Leopardi di Lampedusa- que sostenía la necesidad de cambiar todo para que no cambiase nada, tiene prosélitos impensados en nuestro actual insignificante país. La drogadicción avanza sin pausas y la inseguridad se hace inherente a nuestra forma de vida, pero nos preocupamos por ensayar métodos mágicos de gobiernos que, como todo sabemos, no son sino tentativas a los fines de mantener el poder político, en tanto la crisis ya entró con el objeto de quedarse y profundizarse, con una fuga de capitales mensual no menor a 3 mil millones de dólares. Interesa más discutir el matrimonio o no entre iguales, el aborto, exhortar a hacer del “garantismo” un modelo, en vez de planear y llevar cabo obras profundas modificatorias de un estado de cosas por el que fallecen decenas de chicos cada día de enfermedades curables; y siguen creciendo las villas miserias con sus secuelas inevitables de lo que no es progresista hablar “porque los pobres no son delincuentes”, aunque sea la pobreza extrema el único progreso numérico substancial que es fábrica principal de enfermedades, drogadicción y delincuencia, aquí y en todas partes del mundo.
Porque los pobres son buenos y dignos, ¿hay que agrandar las penurias, para que así haya más gente buena y digna? Los sinvergüenzas y reaccionarios, más allá de la desfachatez, tienen ingenio para enmascarar las intenciones de anteponer sus intereses a los de la nación y el pueblo. En nombre del progresismo ¡cuántos crímenes se cometen!
Son de izquierda (¿?) y hacen proliferar los casinos, y hasta los gobernantes se convierten en capitalistas opíparos de la noche a la mañana; se gastan doscientos millones de dólares al año en un “fútbol para todos” que adormece a la gente y cuesta el equivalente de varios hospitales modelos en pocos años o decenas de escuelas confortables o, agregadas esas sumas a una planificación adecuada, centenares de pueblos servidos por aguas corrientes y cloacas, más una veintena de cárceles modernas y decentes en poco tiempo o miles de créditos a empresas de gran tecnología, pequeñas y medianas, transformadoras del perfil cuantitativo y cualitativo productivo del país, con un retorno de renovadas inversiones que permitirían en un lustro un lanzamiento empresarial formidable. Y en todo caso, con una política obsesionada en el desarrollo -única manera real de convertirnos todos en progresistas de hecho y no de gestos- ir intercalando las creaciones a fin de llegar en el 2020 a poseer nosocomios de primera calidad y aparatología, cubierto el territorio de escuelas técnicas y humanistas, con todas las concentraciones humanas provistas de sus servicios imprescindibles, impulsada la comunidad hacia un perfeccionamiento de avanzada, con índices de educación, ocupación, orden y libertad propios de los pueblos altamente civilizados y cultos.
En cambio, ahora seremos todos constitucionalistas y polemizaremos si el primer ministro será un miembro del Congreso, un designado por un Presidente con menos poderes que en la actualidad, si se requerirá una mayoría simple o calificada, si no convendría que uno de los dos fuera mujer, si los ministros deberán tener el aval del Congreso y del propio Presidente, cómo se revocarán (o revolcarán) los mandatos y ¿por qué no? si deben ser rubios los conductores o morochos de los pueblos originarios.
“De lo otro”, de la estructura del atraso, de la pobreza, de las miserias morales y materiales, ¿para qué ocuparse? Si hay poesía ¿para qué leer en prosa? Y en cuanto a la falta de tradición parlamentaria, a la posible división del poder en múltiples manos, mejor: más garantismo a fin de que se multipliquen los piquetes que le cuestan a la nación, a los argentinos, miles de millones de dólares en razón de las ineficiencias que produce en el tránsito, en el trabajo, en el cumplimiento de las obligaciones, en combustible, en enfermedades nerviosas, en accidentes y en polución tóxica, en un acostumbramiento a la indisciplina social, a la irrespetuosidad, a la desobediencia a la ley. La protesta social, que es en sí misma oxigenante, cuando se convierte en un hábito desordenado, sin reglas ni respeto, constituye en un instrumento retrógrado que favorece la presencia de mayores sinsabores para todos. De mayores miserias, morales y materiales.
De la Defensa nacional ¡basta, no se hable más! No hay peligro -proclaman los “progres” campeones de la ignorancia- que pueda sobrevenir a un país de cerca de 3 millones de kilómetros cuadrados continentales, con fronteras inmensas e inermes, en mar y tierra en un mundo peligroso y cambiante y en continua y acelerada transformación.
¿Estamos todos locos, y nos interesa un bledo el porvenir de la comunidad nacional? Yo, por cumplir los 81 años de vida, ruego a los compatriotas jóvenes y maduros que tuerzan el rumbo de colisión por el que se marcha, que recapaciten antes de que sea demasiado tarde.
La baja sensualidad que nace de la plata fácil, de los subsidios distorsionantes, de la complicidad pagada de las burocracias sindicales, empresariales, barriales, de los grupos auto proclamados intelectuales, de las juventudes con pose de rebeldes embolsando en cargos públicos el premio a su “rebeldía”, de buena parte de una judicatura genuflexa ante el poder, no saldrán sino más bajezas, más miserias de todo tipo, menos república, menos nación, ausencia de sentido de patria, indecencia e insensibilidad y decadencia generalizadas.
Erraba el príncipe Salinas: Se va a cambiar todo para retroceder en el tiempo, para emporcarnos en el fango, en la greda gelatinosa de las miserias morales y materiales.
*Intelectual y escritor argentino, ex ministro del presidente Arturo Frondizi
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