¿China, una gran Singapur o
Singapur, una pequeña China?

Por Gilberto Lopes
(gclopes@racsa.co.cr)

Todos los ojos parecen puestos aquí, desde las grandes multinacionales hasta las mayores potencias mundiales; quizás con una mezcla de temor, interés o envidia. El futuro de la política internacional, dijo la secretaria de Estado Hillary Clinton en una publicación en el último número de la revista Foreign Policy, “será decidido en Asia”. En la próxima década, advirtió Clinton, Estados Unidos deberá incrementar sustantivamente sus inversiones -diplomáticas, económicas, estratégicas, entre otras- en la región Asia-Pacífico.

China y Singapur pueden sugerir modelos extremos en ese mundo. Naturalmente, desde un punto de vista estratégico, no hay comparación posible entre un Estado de casi 9,6 millones de km2 y más de 1,3 mil millones de habitantes y otro que apenas llega a los 710 km2, con una población de 5 millones de habitantes. No reside ahí el interés de la comparación, sino en los modelos de desarrollo que los han transformado en dos polos de atención para el mundo.

Quizás se pueda comparar el modelo de desarrollo de China con el de Singapur. Algo de este modelo atrajo a los chinos desde muy temprano cuando, hace ya casi 20 años, el gran promotor de las reformas en China, Deng Xiaping (1904-97), expresaba su admiración por Singapur. “El orden social de Singapur es muy bueno. Sus líderes aplican un modelo estricto de administración. Debemos aprender de esa experiencia y hacer un trabajo mejor del que ellos hacen”, dijo Deng durante un viaje por el sur de China en 1992.
Lo que los chinos admiran de nosotros -diría cinco años después, en una entrevista a la revista Fortune, el creador del modelo de esta ciudad-Estado, Lee Kuan Yew- “es una cierta claridad, tanto física como en términos administrativos. Como administradores, manejamos un buque limpio en el que los trabajadores tienen también sus intereses como propietarios que son”.

Desde Singapur
La estrategia de vincularse al mundo desarrollado -Estados Unidos, Europa y Japón- y atraer a sus multinacionales para que operaran desde Singapur, explicó Lee Kuan Yew, exigía la cooperación de la fuerza de trabajo: teníamos que cambiar la actitud de no cooperación de los sindicatos, que calificaba de “comunista”, por una actitud de cooperación. Y -recordaba- algunas multinacionales, como Hewlett-Packard, “no quería ningún sindicato”.

La otra estrategia de desarrollo era hacer de Singapur, ubicada en el Tercer Mundo, una base de operaciones del Primer Mundo, “con estándares de administración, salud, educación, seguridad, comunicaciones que se aproximaran a los de Europa, Estados Unidos y Japón”.

Dos puntas
Digamos que China y Singapur son dos puntas de un mismo hilo. Cerrado en círculo, las dos puntas se acercan y despiertan muchas polémicas: unos acusan a China de haberse vuelto capitalista, mientras otros ven en el papel del sector público en la economía de Singapur un carácter socialista. Eso creó confusión, aireando un debate sobre la naturaleza del régimen chino, pero también sobre la del de Singapur, un capitalismo extremo al que algunos acusan de tintes socialistas. Un debate que no parece hacerles mucha gracia a los dirigentes de ninguno de los dos países.

Hay que ser cuidadoso en la comparación y, naturalmente, un viaje rápido se presta para muchas confusiones, aunque se trate de tener cuidado
.
Pero, hecha la advertencia, vale la pena intentar una explicación para un fenómeno que atrae enorme interés, crea perplejidad y que, de lejos, se hace todavía más opaco y curioso.

Singapur se ha desarrollado como una base de negocios para el mundo (especialmente para Asia), en la cual las empresas transnacionales encuentran grandes facilidades para operar.

Está, desde luego, su orden institucional. Se puede discutir si su sistema corresponde al de una democracia o no. En mi opinión, es una discusión inútil que se puede resolver diciendo que es uno de los modelos de democracia actuales y uno de los más funcionales (distinta cosa es ver si se amolda a la visión dieciochesca de la democracia, tal como planteaban ingleses, franceses o norteamericanos).

Cero corrupción; una cuidadosa planificación de su ciudad y de la calidad de vida de sus ciudadanos, incluyendo la preocupación por la creciente desigualdad social; puerta abierta para lo que llaman “meritocracia”, y muchos controles para la mano de obra barata, sobre todo extranjera: examen médico anual para las mujeres y, si salen embarazadas, son puestas en la frontera. Lo mismo si cualquiera pretende casarse con algún nacional. Pena de muerte para el tráfico de drogas y azotes para otros casos menos graves, como vandalismo, por ejemplo.

Y, seguramente, hay otras características del sistema que lo corto del viaje no permite apreciar.

El 85% de los singapurenses viven en lo que llaman Public Houses. El Estado desarrolla estas casas, las construye, fija el precio, establece los mecanismos y facilita parte de los recursos para que la gente las compre. “No tenemos suficiente tierra ni suficiente agua”, nos dice Dinesh Naidu, del Center for Liveable Cities. Por eso, el precio de esos departamentos, de alrededor de 100 m2, puede dispararse a más de $500 mil, cuando se vende de segunda mano. Venta que también está sometida a ciertas regulaciones.

Sobre esa base institucional, Singapur desarrolló una gran oferta de servicio para la economía mundial. Una es su puerto de contenedores, el segundo más importante del mundo, que pudimos visitar.

Una sorprendente simplicidad en el manejo de los 27 millones de contenedores, que pasan por aquí anualmente, oculta lo sofisticado del funcionamiento automatizado que permite operar con seguridad.

Pieza clave de la economía mundial, la automatización ha reducido al mínimo la mano de obra, nos explican, cuando alguien pregunta sobre las siempre difíciles relaciones con los sindicatos portuarios. Como otras empresas en Singapur, el puerto se maneja con autonomía, pero es propiedad del Estado, según la información que nos proporcionan.

Singapur ofrece, también, su experiencia en el manejo de aeropuertos, a partir del extraordinario Changi, con su variada oferta para la comodidad de los pasajeros y la eficiencia en el manejo de las operaciones, incluyendo la del equipaje. En agosto pasado, el aeropuerto movió a casi 3,9 millones de personas (11,2% más que en el mismo mes del año pasado).

O Keppel, una empresa con más de 30 mil trabajadores que construye plataformas petroleras (especialmente para la brasileña Petrobrás) y barcos ha ido diversificando sus operaciones a más de 30 países, y a otras áreas, como infraestructura, propiedades e inversiones.

Fondos públicos
Empresas como PSA Singapore Terminal, que maneja el puerto de contenedores, o Keppel Co. son de cierto modo, en cuanto a control de las acciones, propiedad del Estado. En el caso del puerto, la Autoridad Marítima y Portuaria de Singapur (MPA) es la responsable del desarrollo del puerto, incluyendo los operadores de las terminales, como PSA Co.

Del mismo modo, Keppel Co, definida como una “publicly listed company”, es controlada, también, por el gobierno de Singapur. Esta forma de propiedad surge cuando grandes compañías requieren, en determinado momento, una inyección de capital para su expansión y, por lo tanto, se abren a inversiones privadas. Pero siguen siendo, como en este caso, ampliamente controladas por el Gobierno.
En el caso de Singapur, a estas empresas se suman las dos grandes compañías de inversiones: sus fondos soberanos CIG y Temasek. La primera, CIG, se define como una “compañía privada que pertenece totalmente al gobierno de Singapur. Fue creada con el único propósito de administrar las reservas en divisas de Singapur”.

La información agrega que el Gobierno, representado por el ministro de Finanzas, ni dirige ni interviene en las decisiones de inversiones de la compañía, superiores a los $100 mil millones, en acciones, propiedades o recursos naturales, en más de 40 países.

Temasek también es propiedad del gobierno singapurense y su objetivo es, al igual que GIC, proteger e incrementar las reservas del país. Maneja un portafolio de inversiones de 193 mil millones de dólares. Su anuncio, hace dos semanas, de que retiraba inversiones de dos bancos chinos ante el temor de que pudieran sufrir pérdidas, en el caso de que estalle la burbuja inmobiliaria en ese país, provocó inquietud en el mercado.

Para financiar el desarrollo de su ciudad-Estado y garantizar el bienestar de la población, Singapur mantiene el control de sus inversiones, administradas por empresas con gran autonomía, del mismo modo que controla las inversiones en grandes sectores de la economía, como los puertos.

El secreto de la fuente de los recursos con que cuenta el Estado está en la propiedad de las inversiones y de las empresas. Lo que causa confusión en el análisis es lo híbrido del modelo (tanto en Singapur como en China), donde recursos públicos son invertidos en el mercado, no sin ciertos riesgos inherentes a este tipo de operaciones.

Lee Kwan Yew explicó por qué GIC es vital para los intereses de Singapur, al hablar en el acto conmemorativo de su trigésimo aniversario, en mayo pasado.

Singapur está muy expuesta a las circunstancias que afectan la economía global, por lo que las reservas nacionales operan como un colchón para absorber los choques, como en 2009.
“Nos ayuda a mantener el empleo con un esquema de créditos de empleo. En segundo lugar, unas sólidas cuentas nacionales dan confianza al inversionista e incrementan la estabilidad del dólar singapurense. Tercero, los retornos obtenidos con nuestras reservas complementan los ingresos del Gobierno”.

Ese papel del Estado en la economía, muchas veces oculto por quienes nos sugieren copiar el modelo de Singapur, parece clave en un modelo de desarrollo que ha transformado algunos países asiáticos, entre ellos China y Singapur, en los de mayor crecimiento, en medio de la actual crisis económica mundial.

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