Después de “romper todo”
Por Raúl Legnani*
Urumex80gmail.com

Los tristes hechos ocurridos en el Liceo Francés de Uruguay, provocan sentimientos contradictorios, pero que invitan a la reflexión.

Todos conocemos de la seriedad del Liceo Francés, institución privada en la enseñanza de nuestro país, que cuenta con una larga trayectoria educativa. Es, por cierto, un centro de estudio laico, que recibe a estudiantes de las capas medias y altas con capacidad de pago de matrícula por parte de las familias de los alumnos.

Gracias a una estudiante de periodismo nos enteramos que un grupo de alumnos y de exalumnos, irrumpieron con fuerza en esa institución de forma absolutamente descontrolada, casi salvaje.

Envalentonados con el grito de “¡A romper todo!”, este grupo de muchachos, unos 10, alcoholizados y drogados, comenzaron a destrozar todo lo que se les cruzaba en ese edificio, sobre la media mañana del lunes 17 de noviembre.

Con ese despliegue casi terrorista, no de guerrilla como dijo El País con la clara intención de identificarlos con la izquierda, estaban expresando, con una nueva modalidad, lo que era su tradicional celebración de fin de curso, que ellos llaman “La fiesta del agua”, donde optan por la agresión con el vital líquido, lo que por cierto debería haber sido prohibido desde hace mucho tiempo.

De forma trágica estamos ante un nuevo hecho que nos degrada como sociedad y que muestra que muchas cosas andan mal en el paisito y que no todas son responsabilidad de los educadores - que las tienen, por cierto-, sino de la propia conformación cultural y de convivencia que se ha roto en nuestro país.

Fenómenos como este se manifiestan muchas veces en otros centros educativos, ya sean públicos como privados, pero también en las tribunas de las canchas de fútbol, en los festivales de música (aquí son menores), en las fiestas de fin de año de la Ciudad Vieja, en las despedidas de solteros e incluso en los días que los muchachos culminan sus carreras universitarias. Incluso, hace pocos días, tuvimos la muerte de una perra, por parte de adolescentes del interior del país. Pero, seguramente, lo más trágico siga siendo la violencia doméstica, que cobra más víctimas que el delito común, que también es grave.

Estamos enfermos como sociedad y no estoy promoviendo una cacería de muchachas y muchachos, que participan de todas estas locuras, sino que intento, modestamente, promover una gran reflexión que abarque a toda la sociedad, donde las familias tienen que asumir sus responsabilidades.

Las autoridades del Liceo Francés han reaccionado con inteligencia, desde el momento que se identificaron a los responsables de los desmanes y denunciados ante las autoridades y la Justicia. Uno de sus directivos fue categórico: "Los que protagonizaron estos incidentes no volverán al colegio", aseguró.

A la vez sabemos que esos posibles expulsados del Liceo Francés, terminarán golpeando las puertas de los liceos públicos, para poder continuar sus estudios. Y esto no es nuevo: los liceos públicos ( de Avenida Italia al sur) están cansados de recibir a los expulsados del sector privado, quienes son los que más problemas generan, a la vez que son promotores - no los únicos- de la drogadicción y del desconocimiento de la convivencia civilizada.

Los problemas en los centros educativos tienen que ver mucho más con las nuevas conductas, que los errores, que los hay, del cuerpo educativo nacional y de sus autoridades. La violencia, con forma de locura, ya no tiene cara de pobre después de lo ocurrido en el Liceo Francés, aunque todos lo sabíamos. Quizás esto sea lo positivo de una jornada desgraciada y no deseada. Algún día habrá que conocer cuál es el nivel de violencia en los hogares de los hurgadores, porque jamás los hemos visto en las calles intercambiar un solo golpe de puño, en cambio algunos poderosos lo hacen con frecuencia y a la vista de todos.

No soy de los que creen que la cultura de la impunidad impuesta por la ley de caducidad, sea la responsable de todas las desgracias sociales de hoy, particularmente las que tienen que ver con la violencia. Pero tengo la obligación de decir, porque así lo siento, que aquella impunidad de los terroristas de Estado es la que alienta las atrocidades de hoy, porque si se pudo matar y hacer desaparecer a un civil por pensar distinto, mucho más se puede matar a un perro, parece ser la cruda lógica de la posmodernidad uruguaya.

Basta, entonces, de impunidades, sean del origen que sean. El que se equivoca paga y el que deja que se llegue a escenarios de violencia, también tiene que hacerse responsable ante la sociedad y sus iguales.

*Periodista uruguayo, columna publicada en lunes 21 de noviembre en La República

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