Estados Unidos, el mperio en crisis
Por Emiliano José*

No cabe duda de que vivimos una crisis mundial de proporciones aún no debidamente dimensionadas, aunque se perciba que va a ser de larga duración, como recientemente fue destacada por Maria de la Conceição Tavares. Cuando una nueva ola llega hasta nosotros, parece incluso que se trata de otra crisis, como quieren algunos, y no la misma que explotó en 2008, y que dejó al mundo aturdido. Se trata, como me parece obvio, de la misma crisis y no de otra. Una crisis que nació en el corazón del capitalismo, en los EE.UU. y en Europa, y que deriva de la financierización del capital, de la gran calesita del capital financiero, de una acumulación capitalista que pretende prescindir de la economía real. Pasó lo que tenía que pasar. Y las reacciones se suceden. Me parece que como consecuencia de ella se producirán muchos cambios en el mundo, no se sabe en que dirección, ni si para bien o para mal. Dependerá, claro, de la lucha política en curso, de la correlación de fuerzas y de la secuencia en la que se establezcan las mismas.

El movimiento que se desarrolla en Wall Street, la ocupación de Wall Street, tal vez sea la más simbólica de las reacciones político-sociales. Al proclamar que representa al 98% de los americanos, aquellos que no tienen nada que ver con los movimientos del capital financiero, y que sufren directamente los efectos de los juegos del casino, aquel movimiento simboliza un nuevo momento. Dos hechos parecen marcar a los EE.UU. y al mundo en este nuevo milenio - el 11 de septiembre en 2001 y ahora esta, en 2011, la ocupación de Wall Street. Ha pasado una década, varias guerras, y, entonces, la señal de que algo huele mal en el reino, y no es en Dinamarca.

No nos anima la idea del inminente fin del capitalismo, siempre una tentación en estos momentos, siempre un pensamiento deseado que nos ronda. Es mejor razonar con Gramsci, pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. Analizar la real correlación de fuerzas y trabar la lucha política. Es mejor razonar con la complejidad de la crisis, sólo comparable al crack de 1929, y con los cambios inevitables que provocará en el mundo, inclusive cambios en el propio juego del poder mundial. Es evidente que las viejas potencias, y los EE.UU. en particular, dan señales claras de decadencia. No está bien desconocer que un imperio en decadencia, por tener fuerza militar, como es el caso de los EE.UU., constituye siempre un peligro por su actitud beligerante. Los países emergentes, deben, por esto, insistir en el camino de la paz para la solución de los conflictos mundiales.

La Gran Depresión de 1929, es bueno recordar, a diferencia de la crisis actual, encontró un liderazgo político que estaba a su altura, Franklin Delano Roosevelt. El New Deal, que fue la respuesta a la crisis del capitalismo de entonces, produjo una fuerte inversión en obras públicas y promovió la disminución de la jornada laboral para aumentar la oferta de empleos, la fijación del salario mínimo, la creación del seguro de desempleo y el seguro para los que tenían más de 65 años de edad. O sea, la solución se ubicó en el Estado, en el fortalecimiento del Estado, que se inclinó hacia el fortalecimiento de la producción y la protección del empleo. Hoy, cuando se habla de enfrentamiento de la crisis que se inicia en 2008, sólo se habla de amparar al capital financiero, el causante real de la tormenta.

Sólo se habla de ayuda a los bancos, no de ayuda a los trabajadores o de un incremento de la producción. Ni en los EE.UU., ni en Europa. Obama, Sarkozy, Merkel o Berlusconi no se inclinan sobre el significado de la orgía financiera. Por el contrario, quieren fortalecer nuevamente a los reales causantes de la crisis, que volverían a la mesa del casino, como si nada hubiese sucedido. Cuando se habló de plebiscito en Grecia para conocer la opinión de la población, fue un “dios me libre”, y el gobierno tuvo que retroceder por la presión de las grandes potencias. La población no puede y no debe ser consultada. Por todo esto, por la coyuntura dramática, errática, vivida por los países del capitalismo central, se ha dicho, con propiedad, que los países emergentes tienen mucho que decir al mundo con relación a la solución de la crisis. Y Dilma lo ha hecho, como lo hizo Lula durante muchas intervenciones.

Y esto tiene que ver con la política. Si analizamos los últimos años en América del Sur y en toda América Latina, podemos observar un movimiento claramente contrario al neoliberalismo, con la emergencia de gobiernos reformistas y progresistas, de izquierda, en su más amplio sentido, que se opusieron y se oponen a las políticas tendientes al debilitamiento del Estado y a las políticas destinadas exclusivamente a favorecer a los grandes grupos económicos. Debido a las opciones políticas, América del Sur y América Latina vienen enfrentando transformaciones importantes, mejoras significativas en la vida de sus pueblos, a pesar de que se sepa del largo camino que existe por delante en el enfrentamiento de las desigualdades y de la miseria en el continente.

Es curioso observar, en Brasil, el discurso de oposición al proyecto de la revolución democrática en curso desde 2003, cuando asumió Lula. Ante la crisis mundial, al intentar dar respuestas, con su núcleo de inteligencia ubicado en el PSDB, insiste en mantener y fortalecer las propuestas neoliberales, que implican el debilitamiento del Estado, la privatización de los fondos públicos, la privatización de las empresas estatales. Se caracteriza como una especie de enclave del pensamiento dominante americano y europeo en América del Sur, contraponiéndose al pensamiento progresista y reformador que ha hegemonizado al Continente.

Sabemos que la crisis, al ser de larga duración, alcanzará a América del Sur. Brasil ya está sintiendo su llegada y tomando las medidas para disminuir el impacto de la misma. El gobierno brasileño sabe que no la va a enfrentar dejando las políticas sociales de lado. Son estas políticas sociales, distribuidoras de renta, que han garantizado, junto con una valorización inédita del salario mínimo, el dinamismo de la economía y la continuidad de la distribución de renta.

El gobierno sabe que precisa estimular la producción, como lo viene haciendo, al fortalecer la actividad industrial, al mantener un programa intenso de obras públicas, como el PAC, al fortalecer la enseñanza tecnológica, al dar prioridad a la formación científica de nuestros jóvenes, al destinar millares de becas en las mejores universidades del mundo. El Estado ocupa un papel clave. La idea de Estado-mínimo, tan presente en el razonamiento de los pensadores del PSDB, es un desastre para el enfrentamiento de la crisis. Lo que pregona el pensamiento tucano es la vuelta a una concepción típicamente neoliberal, sin preocuparse, obviamente, de la generación de empleos, de la distribución de la renta, con el fortalecimiento de los servicios públicos.

Correctamente, el gobierno de la presidenta Dilma ha intensificado la política de incremento de la producción, inclusive con la reducción de los intereses, medida correcta y reclamada hace mucho tiempo. La rebaja de los intereses debe continuar y dicha medida es parte de la política del enfrentamiento de la crisis. Se vuelve a insistir, como lo ha hecho la presidenta, en que no se debe perder de vista el gran objetivo de acabar con la miseria extrema en nuestro país. Brasil, desde 2002, ha rechazado la idea de que primero es preciso crecer para después repartir la riqueza. Es la política de distribución de renta, de repartición de la renta, la que asegura el crecimiento, el mantenimiento y ampliación del mercado masivo, y es en esta línea en la que el desarrollo brasileño debe continuar en los próximos años.

*Fuente: Carta Capital

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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