|
El caballo de las manzanas verdes
Por Máximo Oleaurre*
Acercándome a un contenedor, por algún lado de nuestra ciudad con mañana soleada prometiendo calor, observo a dos muchachos buscadores de vida en la basura.
Un carrito de dudoso equilibrio, cargado como para castigarlo y un caballito guapo, menudo, acostumbrado a afrontar la vida con coraje y decisión, seguramente dedicado, en el insomnio parado de su especie, a pensar durante muchas noches sobre verdes campos y dulces cañaditas de agua fresca, corriendo tranquila entre piedras redondeadas, envejecidas, marrones o verdosas, de un montecito en sombra, con su música.
Uno de los muchachos, flaco, ya maduro como a los veinte y algo, parsimonioso y con dedicación quirúrgica, revisaba cualquier indicio de algo indefinido, que imaginablemente pudiera servir para recuperar.
El otro, muchachón, con un cuerpo que uno asociaría con buena alimentación regular y buen dormir, con no más de dieciséis o diecisiete años, llevaba en sus manos, algo, sobre una bolsa de nylon como fondo. Caminaba despacio, midiendo los pasos con extremo cuidado, inclinado hacia adelante, con el cuerpo elástico y tenso, como alguien que lleva un plato llano lleno de agua y no quiere mojar el piso.
Lo observé con curiosidad por la pose, avanzar así unos cinco metros, hasta llegar a su meta. Demoré sin darme cuenta, en reparar de que se trataba tan meticulosamente cuidada carga, hasta que más cerca pude reparar en tal vez unos dos kilos de cáscaras de manzanas verdes, de las que alguien había retirado el contenido más gordo.
El caballito sorprendido, interrumpidos sus sueños y con educación envidiable, comenzó, también cuidadosamente a comer las cáscaras, con delicadeza caballuna, sin glotonería.
¡Caballo delicado el suyo, comiendo manzanas!, le comenté al muchachón. Junto con una sonrisa amplia, franca, mezclada con media carcajada en una cara casi redonda, me devolvió una mirada abierta, orgullosa, complacida, satisfecha, de alguien que acaba de tomar conciencia de estar dando un ejemplo de cariño y dedicación; de labor cumplida; de pertenecer a eso, a su caballo y a su deber.
Con mayor atención, me pareció ver en sus ojos un brillo de ganas de seguir la charla y de alegría porque alguien le hubiera hablado, sin estar pensando en encerrarlo por las dudas, en algún lado.
Pensándolo, tengo pena de no haberle preguntado algo más sobre el caballo.
*Colaborador
LA ONDA® DIGITAL
|
|